Réquiem por un sueño – Hubert Selby Jr.

Réquiem por un sueño Hubert Selby Jr. William T Vollmann Borges Perón Evita

Para este collage se uso a Juan Domingo Perón, Evita, Jorge Luis Borges, William T. Vollmann, una Muñequita Liefeld Puteadora y estampillas de la colección personal de mi padre.

Estado: nuevo.

Editorial: al margen.

Prólogo: Richard Price.

Precio: $400.

Sara Goldfarb, viuda cuyo contacto con el mundo se reduce a las horas pasadas delante del televisor en su modesto apartamento de Coney Island, fantasea con participar un día en un popular concurso televisivo. Harry, el hijo veinteañero de Sara, yonqui como su novia Marion y su mejor amigo Tyrone, sueña con abrir un café bohemio que permita a los tres abandonar el sórdido y desesperanzado mundo que los rodea y que a duras penas reconocen. El inicio del verano trae las mejores expectativas: Sara recibe una enigmática llamada invitándola a participar en un importante concurso, mientras a Harry se le ofrece una oportunidad única de conseguir rápida y eficazmente el dinero necesario para poner en marcha su anhelado negocio: el tráfico de heroína. Sin embargo, el verano pasa, y el deus ex machina que debía alejarlos de la tragedia a la que sus vidas parecían abocadas, termina por revelar su auténtico rostro y por arrastrarlos en un vertiginoso descenso a los infiernos. Con un estilo único, un ritmo palpitante, y una crudeza sin precedentes en la reciente literatura norteamericana, Hubert Selby Jr. logra en Réquiem por un sueño retratar la angustia de una generación que descubrió sin saberlo la vertiente más oscura del sueño americano. Obra de culto, su adaptación cinematográfica en el año 2000 a cargo de Darren Aronofsky hizo de ella la novela más conocida de Selby, autor también de Última salida para Brooklyn.
Hubert Selby Jr. (Brooklyn, 1928 – Los Ángeles, 2004) es uno de los autores más interesantes y radicales de la narrativa norteamericana contemporánea. Con tan sólo quince años se alistó en la Marina Mercante, y a los dieciocho contrajo tuberculosis. Desahuciado en varias ocasiones por los médicos que lo trataron, su frágil estado de salud le impidió encontrar un trabajo estable, y siguiendo el consejo de un amigo se convirtió, pese a su escasa educación, en escritor. Admirador de Melville, Isaac Babel y Céline, debutó en 1964 con Última salida para Brooklyn (Anagrama), cosechando un gran éxito no exento de polémica por el contenido violento del libro. Durante las cuatro décadas siguientes, hostigado permanentemente por sus múltiples adicciones, escribió cinco novelas y un libro de relatos. La adaptación cinematográfica de Réquiem por un sueño a cargo de Darren Aronofsky en el año 2000, de la que Selby Jr. fue coguionista, despertó de nuevo el interés por esta novela.
Sin aliento
 Mariana Enriquez
Hubert Selby Jr. solía contar que se dedicó a la literatura cuando a mediados de los ‘50 un médico le anunció que le quedaban pocos meses de vida. Selby (“Cubby” para los amigos) tenía menos de treinta años, no había terminado el secundario y estaba gravemente enfermo. “Fue una experiencia espiritual”, decía. “De pronto me aterrorizó pensar que había arruinado mi vida, que no había logrado nada. Debía hacer algo con el tiempo que me quedaba. Así que decidí escribir.”
Seis años después, Selby tenía terminada su primera novela, Ultima salida para Brooklyn (1964). Crítica y público cayeron a sus pies. Allen Ginsberg profetizó que el libro “arrasaría como una bomba Estados Unidos, y será leído con la misma relevancia dentro de cien años”. El New York Times escribió: “Selby se ubica en la primera línea de los novelistas norteamericanos, y en su trabajo habitan el poder y la intimidad junto con el sufrimiento y la moralidad; tiene la misma honestidad y urgencia moral que Dostoievski. Entender a Selby es entender la angustia de Estados Unidos”.
Ningún elogio era exagerado, y Ultima salida para Brooklyn es un clásico de la literatura norteamericana, tan enorme y mítico que oscureció el resto del trabajo de Selby, por lo general a la altura del impactante debut. Cuarenta y cinco años después de su publicación, cuando gran parte de la literatura contemporánea desgastó los personajes y tópicos favoritos de Selby (prostitutas, travestis, homosexuales, drogadictos, obreros, borrachos, matrimonios violentos, ancianas solitarias), el libro sigue incólume y mucho más feroz que toda su progenie. Es fácil pensar en la conmoción que habrá causado a principios de los ‘60 si aún hoy estremece; no es sólo el estilo, los monólogos interiores de los personajes que parecen sintonías sobrenaturales, ni los recursos tipográficos, ni la lógica interna que convierte a seis relatos independientes en una auténtica novela. Hay algo más, algo despiadado pero compasivo, una escritura casi desesperada. De los seis relatos de Ultima salida…, tres condensan el universo de Selby: La reina está muerta, Tralala y Huelga. En el primero, la protagonista es Georgette, una travesti adicta a las anfetaminas que se expone hasta lo suicida para estar cerca de Vinnie, el ex presidiario de quien está enamorada. El relato culmina con una orgía entre travestis y los rudos hombres que frecuentan el bar El Griego (sitio donde gravitan todos los personajes y elemento unificador) que pasa del erotismo a la violencia, inminente desde el primer renglón.
Pero mucho más violento es Tralala. El relato se centra en una prostituta que, durante la guerra, sobrevive acostándose con los hombres que vuelven del frente. Enamora a uno de ellos –o, al menos, él la considera un paliativo a su soledad– pero Tralala lo rechaza cuando sólo recibe una carta de amor y no el dinero que esperaba. A partir de entonces, cae en una espiral de degradación, espejo de la decadencia de su barrio, sus clientes, sus compañeros de la noche; y su trayecto culmina en un gang-bang que todavía hoy se encuentra entre lo más violento que alguna vez haya alcanzado la literatura: “…y le dieron otra lata de cerveza y bebió y gritó lo de sus tetas y le rompieron otro diente y la herida de los labios se hizo mayor y todos reían y ella reía y bebió más y más y pronto se desmayó y le dieron unas bofetadas y ella murmuró algo y volvió la cabeza pero no consiguieron que reviviera así que continuaron cogiéndosela mientras yacía inconsciente en el asiento… y los que estaban mirando y esperando su turno descargaron su frustración sobre Tralala y le hicieron trizas la ropa y le quemaron con cigarrillos los pezones y se mearon encima de ella y le metieron un mango de escoba en la concha… yacía desnuda cubierta de sangre, meadas y semen y una pequeña mancha de sangre se formaba en el asiento entre sus piernas…”.
Sin embargo, quizá sea La huelga el mejor relato de la novela. Harry, un líder sindical, vive noches infernales cada vez que su esposa le pide sexo; la posee con furia, con asco, sufre pesadillas y vomita cada vez que tiene un orgasmo. No entiende qué le ocurre, ni por qué odia tanto a su mujer. Pero durante una larga huelga que dirige en su fábrica, durante esos días ociosos, conoce a un homosexual en un bar, y descubre un mundo de placer inesperado. Visita los bares de travestis, tiene varios romances; mientras tanto, sigue dirigiendo a los obreros en paro desde su oficina, gastando en sus amigos el dinero que paga el sindicato. Cuando la huelga llega a su fin y Harry se encuentra sin el dinero extra, descubre que las travestis ya no están interesadas en un obrero pobre; y el final, una espantosa escena de abuso infantil que vengan los matones del barrio, lleva a Ultima salida… hasta un clímax infernal. Lo cierto es que la salida del título es una paradoja: no hay escape alguno a la violencia y tragedia que plantea la novela de Selby.
Tralala se publicó en 1961, como cuento, en la revistas literarias The Provincetown Review, Black Mountain Review y New Directions. El editor de Provincetown fue arrestado por venderle material “pornográfico” a un menor –que resultó no ser menor– y la publicación fue a juicio por obscenidad, aunque las acusaciones fueron declaradas nulas en la apelación. Pero cuando Ultima salida… se publicó en Gran Bretaña, provocó un verdadero furor. Aunque recibió críticas positivas y vendió 14.000 ejemplares –un número importante para la época–, el dueño de una librería de Oxford se quejó al director de Fiscalizaciones Públicas sobre las brutales y crueles descripciones del libro. El funcionario no le hizo caso, pero en 1966 Sir Cyril Black, miembro conservador del Parlamento, inició una demanda privada ante la Corte, que consideró al libro culpable de obscenidad bajo la Sección 2ª del Acta de Publicaciones Obscenas. El caso llegó a juicio en la corte londinense de Old Bailey. Del lado de la defensa se encontraban académicos como Al Alvarez II, Frank Kermode (que había comparado a Selby con Dickens) y Anthony Burgess. El juez Graham Rigers consideró que las mujeres “podían sentirse incómodas al leer un libro que hablaba de homosexualidad, prostitución, drogadicción y perversiones sexuales”; tras nueve días de audiencias, Ultima salida… fue prohibido.
Pero en agosto de 1968, la sentencia se apeló y fue revocada gracias al abogado y escritor John Mortimer. El caso marcó un punto de quiebre en las leyes de censura británica: fue un fallo histórico. A esta altura, la novela había vendido medio millón de ejemplares en Estados Unidos.
Pero ni el éxito ni la histórica sentencia lograron darle confianza a un desmoralizado Selby. Al contrario: la notoriedad lo hundió en la peor de las inseguridades. “Todo es tan diferente cuando uno está sentado, solo, escribiendo. Pasé seis años escribiendo Ultima salida…. Nadie lo sabía, a nadie le importaba. Me la pasaba peleando, peleando. No tenía nada que defender, y nada a qué oponerme. Uno no tiene responsabilidades, salvo la que tiene con su arte. Y de repente, hay que mantener algo. Hay que hacerlo otra vez. Mientras en el corazón y en los huesos y en el alma uno siente que no vale nada, que no sirve para nada… que todo es un error y algún día se darán cuenta. Es algo aterrador. Aunque mis amigos escritores, a quienes respetaba, me decían que era talentoso, no podía creerlo. Y por supuesto, en aquella época era un borracho, y de repente tenía el dinero y los motivos para beber todo lo que quisiera. Cosa que entorpeció mi trabajo. Nunca fui Faulkner o Hemingway. Cuando bebía, sólo bebía. Todo lo que escribí lo hice en períodos de sobriedad.”
Viaje al fin de la noche
Los problemas de Selby con las adicciones no comenzaron estrictamente con su éxito. Nacido en Brooklyn en 1928, hijo de un marino mercante (y ex minero de Kentucky), a los 15 años dejó el colegio y siguió los pasos de su padre como marinero. En 1947, sobre el buque, le diagnosticaron tuberculosis avanzada, y lo trasladaron a Alemania antes de devolverlo, casi desahuciado, a Estados Unidos. Selby tenía 18 años, y hasta los 21 estuvo internado en el Hospital de la Marina de Nueva York. Los médicos intentaron un tratamiento experimental con drogas, que le provocó consecuencias casi fatales. Tuvieron que operarlo: en el quirófano perdió diez costillas, uno de sus pulmones colapsó y le fue removida una parte del otro. Sobrevivió, pero padeció problemas pulmonares hasta su muerte en 2004, además de una grave adicción a la morfina y, más tarde, a la heroína.
En 1949, Selby se casó por primera vez, pero sin experiencia y con problemas de salud, no podía conseguir trabajo. Pasó los siguientes diez años postrado, y hospitalizado con frecuencia. Los médicos insistían en que no podía sobrevivir, porque sencillamente carecía de una capacidad pulmonar compatible con la vida. Fue su amigo de infancia, el poeta Gilbert Sorrentino, quien le sugirió escribir; cuando tuvo algo listo, se contactó con el agente de Jack Kerouac. Quizá por eso durante un tiempo se lo asoció con los beatniks, pero Selby solía aclarar: “Nunca tuve mucho que ver con ellos. Me gustaron varios libros de Jack Kerouac y siempre amé a Allen Ginsberg como persona y como poeta. Pero la verdad es que no tenía relación alguna con ellos. Especialmente con los supuestos beatniks que se juntaban en bares. Estaban llenos de mierda, en pose. Ni Allen ni Jack tuvieron la culpa, pero esta gente tenía una actitud al estilo: ‘todo lo que tengo que hacer es pintar un cuadro o tocar un instrumento o poner algunas palabras sobre el papel y es arte porque yo lo hice’. Ridículo. Una locura. El arte precisa de mucha técnica y disciplina. Es el trabajo más difícil del mundo”.
Sin educación, sin entrenamiento, Selby insistía en que su “estilo” tuvo que ver con estas carencias, además de su pasión por la música. “Quería narrar el oscuro mundo de mi juventud, mis experiencias con linyeras, matones, travestis, cafishos, marineros, travestis, homosexuales, adictos… sobre todo hablar de mi comunidad, que era muy pobre y marginal. Por eso usé una gramática inapropiada; no me importaba la puntuación ni abrir diálogos ni usar comillas. Un diálogo consistía en un párrafo, y no me preocupaba en indicar quién hablaba. Pero escribía con mucho cuidado, siempre traté de ser fiel a las voces, y ponerle la mayor dedicación posible. Además, me influencia mucho la música. Así que desarrollé una tipografía que en mi opinión reflejara las notas musicales. Me parecía que la forma en que estuvieran ubicadas las palabras sobre la página traerían un efecto musical, de pausas, de silencios.”
Selby necesitó siete años para volver a escribir. En 1967 estuvo detenido por posesión de heroína, y para fines de la década había superado la adicción. Recién entonces publicó The Room (1971), para muchos su verdadera obra maestra; para Selby, un libro tan brutal que ni siquiera él pudo volver a leerlo. Se trataba de un hombre atrapado en una habitación, consumido por la culpa, las fantasías sexuales, las pesadillas y la desesperación. Después llegó The Demon, quizá su trabajo más convencional; pero recién volvió a alcanzar cierto grado de fama con Réquiem para un sueño (1978) –llevada al cine en una versión mediocre pero respetuosa por Darren Aronofsky en el 2000–. La novela tiene un solo héroe, la adicción, y cuatro personajes atrapados en sus redes: Harry, su novia Marion, su madre Sara y su mejor amigo, Tyrone. Los jóvenes son heroinómanos; la madre es adicta a las pastillas para adelgazar y la televisión. Todos parecen suspendidos en un limbo, que Marion explica así: “Parecía que hubiera pasado toda su vida esperando. ¿¿¿Esperando qué???? Esperando vivir. Se había dado cuenta de eso en algún momento, durante la terapia. Como si esto fuera un ensayo para la vida. Sólo una práctica”. Sara espera que la llamen de un programa de concursos televisivo, y mientras tanto adelgaza para poder usar su vestido rojo; Harry y Tyrone esperan un kilo de heroína pura que les salve la vida; Marion, la chica judía de clase media, culta, pintora, espera que la vida vuelva a resultarle interesante. Y, mientras tanto, niegan la profundidad de su adicción y sus miedos, hasta un final apocalíptico que muchos confundieron con moralizante; Selby usa con frecuencia citas bíblicas en sus libros, y muchos críticos consideraron que se trataba de un guiño, de una condena implícita a sus personajes. “No soy religioso –explicaba–, pero hay cosas muy humanas, profundas y bellas en la Biblia. Usé citas bíblicas en los primeros cuatro libros porque en ninguno hay catarsis. Las únicas respuestas implícitas están en las citas.”
Selby no volvió a publicar una novela hasta The Willow Tree en 1998; la ausencia de 20 años sólo contó con una recopilación de cuentos a mediados de los ‘80. El agujero apenas tuvo que ver con lo creativo; durante esos años se convirtió en un autor de culto reverenciado, especialmente por músicos de rock. El legendario punk californiano Henry Rollins editó un CD con Selby leyendo su trabajo, y lo llevó de gira; Kurt Cobain lo citó como influencia crucial. Pero Selby tuvo que reconocer que escribía cuando su deterioro físico se lo permitía. “La mayor parte del tiempo me ocupo de sobrevivir, lo que ya es demasiado. Intento dar clases de escritura creativa, aunque no creo que nadie pueda aprender a escribir. Uno se quiere morir, transpira, se vuelve loco. Es la única manera. Sin embargo creo que se puede enseñar a reescribir, a corregir, y de eso me ocupo. Encuentro muy difícil, físicamente, hacer algo más.”
En 2002, Selby entregó a la imprenta su último trabajo, pero ya no tenía vida pública. Atado a un tubo de oxígeno, había dejado de dar clase y sufría de depresión; murió en abril de 2004 de obstrucción pulmonar crónica, y rechazó la morfina durante su agonía. Cuatro años antes, había escrito para el diario L.A. Weekly: “Lo extraño, en realidad, es que todavía estoy vivo, y que periódicamente publico un libro. Creo que tiene que ver con aquella sentencia de muerte que me dio el médico cuando era joven. Que se vaya a la mierda, pensé entonces. Nadie me dice lo que tengo que hacer”.
El eterno desahuciado
PHILIPP ENGEL
“Última salida para Brooklyn” (1964) lo consagró como el Céline estadounidense. Anagrama la publicó a finales de los 1980 y nunca más se supo. Pero el “boom” de las pequeñas editoriales independientes ha propiciado la recuperación de las tres siguientes novelas de este “outsider” de las letras americanas. La última en ser rescatada ha sido “El demonio” (Huacanamo).
A los 15 años, Hubert Selby Jr. dejó el colegio para seguir la estela de su padre y se alistó en la marina mercante. El bravo muchachote siempre había soñado con hacerse a la mar, pero no tardaron en devolverlo a tierra con un diagnóstico, tuberculosis, y la garantía de que no llegaría a finales de año. Pero a los 20 todavía estaba agonizando en una cama de hospital, incluso llegaron administrarle la extremaunción en varias ocasiones. Y, contra todo pronóstico, logró salir adelante, no tanto milagrosamente como gracias a numerosas operaciones quirúrgicas y a innovadores tratamientos con drogas experimentales que arruinaron a su familia. Tampoco es que saliera ileso. Le dieron el alta con diez costillas menos, un pulmón y parte del otro totalmente irrecuperables, la vista y el oído seriamente dañados y una adicción galopante a las pastillas y a la morfina, más tarde heroína, de la que no consiguió zafarse hasta que, en 1967, le encerraron por posesión.
Hubert Selby Jr. envejeció más rápido que nadie, enseguida se convirtió en la sombra de sí mismo, un tipo alto y flaco, medio calvo y con ojos de iluminado. Casi un fantasma, un espectro con el ligero toque de distinción que le confería su ascendencia británica. Al menos estaba vivo, muy vivo.
Teclas contra la muerte
Rebobinemos al plano del joven desahuciado en la cama del hospital. No cabe duda de que la literatura tuvo un papel primordial en su salvación. Fue en esa cama donde le cogió gusto a la lectura, y así se aferró a una Remington portátil como si fuera la vida misma. Palabra a palabra, se construyó un estilo propio, caracterizado por su desprecio de las convenciones académicas: puntuación al gusto, uso y abuso de MAYÚSCULAS… También marcado por el sonoro realismo de su poética callejera y por un ritmo endiablado que hace pensar en un escritor poseído. Habrán adivinado que la temática de este superviviente nato, que conoce el dolor de primera mano, no baña en una luz cegadora. Aunque vaya por delante que su premisa nunca fue la de aburrirnos con su propio calvario, sino ante todo la de “contar una buena historia”. Construyó un universo literario que bien podría ser el reverso más oscuro del sueño americano, su pesadilla, el reflejo de “la violencia de un mundo sin amor”.
Con él llegó el escándalo
En las seis historias que se entrelazan en su debut, Última salida para Brooklyn (1964), circulan maricas, yonquis y una prostituta, la inolvidable Tralala, que se deja violar hasta la muerte por medio centenar de desalmados. Una tan implacable como honesta inmersión en los bajos fondos del Brooklyn de los años 1950, que fue recibida con prohibición total en Italia y un histórico proceso por obscenidad en Gran Bretaña, con miles de narices arrugadas en los círculos puritanos, en el que tomaron su defensa escritores como Anthony Burgess. Resultado: más de dos millones de ejemplares vendidos, condición de clásico instantáneo y una adaptación cinematográfica que se retrasó, por causa de varios proyectos fallidos, hasta un tardío 1989. La dirigió el alemán Uli Edel y Selby brindó un curioso cameo metaliterario: es el desaprensivo conductor que atropella y mata a uno de sus personajes.
Ansiedad tras la tormenta
¿Qué ocurrió entre el libro y la película? Selby simplemente dejó de ser noticia, siguió tecleando con la misma furia, pero en el oscuro rincón de la literatura americana que le correspondía, más el de un escritor de culto que el de un novelista superventas. Y es que tampoco lo puso fácil. Su segunda novela, La habitación (publicada en 1971 y recuperada por Ediciones La Escalera), transcurre íntegramente en el laberinto mental de un recluso consumido por sus delirios de venganza en la celda del título; el propio autor reconoció que se trata de “el libro más oscuro sobre la degradación humana después de la Biblia”. El comportamiento adictivo es el tema que más vistosamente se repite en sus novelas, y la adicción tiene un nombre en la ficción de Selby. Se llama Harry. Harry nunca es la misma persona, pero siempre es un tipo en lucha consigo mismo, y que pierde. Harry es el sindicalista casado que descubre su homosexualidad durante la huelga de Última salida para Brooklyn, y no puede reprimir su deseo ni cuando asea a su propio bebé; Harry se llama también el recluso que incuba su resentimiento victimista en La habitación, y por Harry atiende uno de los tres yonquis de Réquiem por un sueño (1978), opresiva novela recuperada por Sajalín, que el cineasta Darren Aronofsky tuvo la audacia de trasladar a la actualidad en el año 2000. Otro film con cameo metaliterario: Selby aparece como el guarda que se ríe de sus propios personajes.
El diablo dentro de Selby
Hubert Selby Jr., que se mantenía sobrio desde principios de los 1970, dedicó El demonio (1978), la soberbia novela que ha publicado Huacanamo, a Bill Wilson, uno de los fundadores de esa asociación tan presente en la historia de la literatura estadounidense, Alcohólicos Anónimos. Aunque este último Harry no tiene problemas con las drogas, ni con el alcohol, sino con aquello tan contradictorio que popularizó Michael Douglas. Es un adicto al sexo y, a diferencia del resto de la galería de personajes selbynianos, Harry White pasa por ser un triunfador en todos los sentidos. Es el hijo atento que vive con sus padres en Brooklyn, toma el metro cada día para ir a trabajar a una empresa de Manhattan donde no dejará de medrar siempre que su enfermiza obsesión se lo permita, y no hay falda que se le resista. El demonio también podría ser la novela más recomendable para iniciarse en Selby, pues contiene pasajes diabólicamente divertidos. Y si no, vean lo que piensa el bueno de Harry cuando uno de sus compañeros de trabajo es nombrado vicepresidente junior en su lugar: “El imbécil de Davis, entre tanto, hacía una serie de estúpidos comentarios sobre lo feliz que se sentía y sobre lo mucho que se esforzaría por estar a la altura de las exigencias de su cargo –de tu nuevo cargo, pedazo de idiota-, y le agradecía a su mujer lo mucho que le había ayudado y que hubiera hecho posible que él se dedicara de lleno a su trabajo, hasta el punto de haber podido llegar adonde había llegado… Y luego siguió dando las gracias a unos y a otros con un puñado de chorradas carentes de sentido, aquel empolloncito sin carácter, hasta que por fin se volvió a sentar y todos aplaudieron como una manada de focas subnormales” (Risas). Una cita vale a veces más que mil divagaciones de crítico enfierecido.
El demonio es American Psycho “avant la lettre” y, sobre todo, un remake a la americana, convenientemente actualizado y ampliado, de El diablo, aquel cuento póstumo de Tolstói sobre un joven hombre casado torturado por el deseo, cuyo final alternativo dice así: “Y, en efecto, si Eugenio Ivánich estaba loco, cuando cometió el crimen, los demás también lo están; locos son ciertamente los que en otros ven síntomas de locura que no saben descubrir en sí mismos.” No cabe duda de que Tolstói, como Dostoievski, hubiesen sido fans a muerte de Hubert Selby Jr.
HUBERT SELBY JR. EL HOMBRE QUE SE NEGABA A MORIR
Lydia Lunch
(Entrevista recogida en “Medidas desesperadas” de Lydia Lunch. Publicado por Libertos Editorial)
Nacido en las Badlands de Brooklyn en 1928, Hubert Selby Jr. le dio una nueva patada en el trasero a la literatura con su primera novela “Last Exit to Brooklyn”. Publicada en 1964 y convertida en película en 1990, sigue siendo una de las obras más importantes y desgarradoras de la literatura norteamericana. Con cada una de sus sucesivas obras maestras -“The Room”, “The Demon”, “Requiem for a Dream”, “Song of the Silent Snow” y “The Willow Tree”-, Selby sumió a sus lectores en escaramuzas emocionales donde la obsesión, la violencia y la locura teñían las cicatrices de una vida de lecciones aprendidas a golpes. Hubert Selby Jr. murió de una afección pulmonar crónica en abril de 2004. Esta entrevista se condujo bajo una luz de interrogatorio en el modesto apartamento de Selby en Los Ángeles, el año 2001.
LL: Sus libros han inspirado a las tres últimas generaciones de escritores, yo misma incluida… ¿Diría que el hecho de escribir le salvó la vida?
HS: No lo dudo, posiblemente en más de un sentido. Lo principal es que me dio un objetivo, me dio una razón para molestarme en vivir… Empecé a escribir porque quería hacer algo con mi vida antes de morir. Porque me moría. Se convirtió en una forma de vida. Creo que esto fue lo más importante. Todo el mundo necesita una razón para vivir. Puede que no exista razón para esta vida, pero todos necesitamos una razón para vivir. Tiene un gran poder curativo… Si no me hubiera dedicado a escribir, tal vez habría estallado o quién diablos sabe…
LL: Escribir como válvula de escape… Para aliviar la presión… ¿Cuándo y por qué dejó Nueva York?
HS: En 1965, por una oferta de trabajo. En retrospectiva, trataba de huir de mí mismo… Me estaba volviendo loco, tenía todo tipo de problemas, así que vine aquí pero, por supuesto, me traje conmigo. Lo hago siempre. Parece que soy incapaz de dejarme atrás. Así que me quedé en California hasta 1978, luego estuve en la costa Este hasta 1983 y desde entonces he estado aquí.
LL: ¿Echa de menos aquello?
HS: Mucho, muchísimo… Naces y creces en una ciudad y luego vives en un lugar como Los Ángeles, que no es siquiera un suburbio…, es la gran nada. Pero la NuevaYork que yo echo de menos ya no existe. Físicamente ya no está, y la gente -que es de lo que realmente están hechos los recuerdos- está hoy desperdigada por todas partes, si es que aún viven. Un día decidí que disfrutaría de esta ciudad por lo que tiene, en lugar de lamentarme por lo que le falta.
LL: Hay un dinamismo real entre la Costa Este y la Oeste.Ycierto esnobismo en la Costa Este. La base de nuestra realidad es muy diferente. Real como haber soportado los campos de batalla de Brooklyn, especialmente en los años treinta y cuarenta. Se alistó en la marina mercante. ¿Por qué?
HS: Sólo duré un par de años, hasta que me puse enfermo. Siempre quise ir al mar, estábamos en guerra y era fácil mentir sobre la edad que uno tenía. Quién sabe cuántos millones de chavales lo hicieron… Cuando empecé en el puerto de Nueva York tenía quince años. A los dieciséis me embarqué hacia Europa. Eso fue entre 1945 y 1946. En septiembre de 1946 me sacaron del barco, me dijeron que iba a morirme.
LL: En aquella época, la mayoría de la gente que enfermaba de tuberculosis no sobrevivía.
HS: El estrés de la guerra, las condiciones de higiene, la mala alimentación … Pasé cerca de cuatro años en el hospital. Me extirparon diez costillas y todo el rollo…
LL: ¿Leía mucho?
HS: Fue entonces cuando empecé a leer.Mickey Spillane y toda la novela negra. Podías leerte un par de libros cada día.
LL: ¿Está “The Room” inspirada en el tiempo que pasó encerrado?
HS: Pues sí…
LL: Entonces, por si no hubiera pasado ya lo bastante mal con la tuberculosis, las múltiples operaciones y los cuatro años de encierro en un hospital ..
HS: Bueno, en aquel tiempo no me daba cuenta de eso, pero me internaron. Cada vez que el mundo me resultaba una carga excesiva, me quedaba el recurso del internamiento. Lo que tiene de fantástico ser internado es que puedes quejarte y lamentarte y todo el mundo está de acuerdo contigo. Siiií, estamos todos jodidos… No tienes responsabilidades. No tienes que preocuparte de nada. Excepto si eso interfiere en tu libertad.
LL: ¿Arresto por drogas?
HS: Por heroína. Me detuvieron en septiembre de 1967. Al final quedó en posesión o conducir bajo el efecto de estupefacientes. Fue aquí, en Los Ángeles.
LL: ¿Fue difícil conseguir que alguien publicara “Last Exit to Brooklyn”?
HS: Una noche, en el Cedar Taver donde nos juntábamos todos, Amiri Baraka (poeta y activista) me sugirió que probara con Sterling Lord, el agente literario de Jack Kerouac. Les envié un manuscrito, y luego me llamaron y dijeron: “Creo que podemos ganar dinero con esto”. Se lo pasó a Barney Rosset, de Grove Press, que por entonces era probablemente una de las mayores editoriales del país, y ellos lo publicaron.
LL: ¿Que anticipo pagaron?
HS: Creo que fueron unos pocos cientos de dólares…
LL: ¿Se relaciona con los beats?
HS: No.
LL: ¿Le interesaban?
HS: No demasiado… Leí uno o dos libros de Jack.
LL: A veces lo encasillan en el campo de los beats. ¿En qué se diferencia de ellos?
HS: Cuando se habla de los beats, se habla de cuarenta o cincuenta escritores diferentes. En lo que discrepo con quienes se hicieron llamar beatniks es su idea de que bastaba con poner palabras sobre papel. Sin técnica, ni método, ni maestría, ni arte. Bastaba con “Lo hice”. Si cogías un instrumento y lo rasgueabas, o vertías pintura sobre cualquier cosa, eso era arte. No me lo creo.
LL: “The Willow Tree”… La última vez que hablamos se refirió a él como una incubación de dieciséis años… ¿Hubo alivio? ¿Fue el embarazo más largo de la historia?
HS: No lo sé, pero seguro que con aquel libro podría competir con una elefanta. Fue muy difícil. El final de una cosa y el principio de otra. De alguna manera tuve que romper con algo. Tenía el libro en mente ya en 1983. Pero, cuando empecé a escribirlo realmente, escribía unas semanas y luego un día me levantaba para ponerme a escribir y, al acercarme a la puerta del estudio, algo me impedía entrar, me echaba de allí. A veces tardaba semanas sólo en conseguir entrar en la habitación. Escribirlo en sí me costó quizá seis meses, pero a lo largo de un período de muchos años. Cada vez que reemprendía el trabajo, tenía que recuperar el ritmo de la escritura porque podían haber pasado seis meses o un año entre una sesión y otra. Era un libro de setecientas páginas, pero tuve que descartar cerca de trescientas. Fue una experiencia extraña y dolorosa. El libro más doloroso que he escrito.
LL: “The Willow Tree” trata de un hombre azotado por la desesperación y la violencia, que ha superado la pesadilla de su vida y ha sobrevivido, y se esfuerza en no perder la esperanza. Como escritor que trata la parte oscura de la vida, ¿fue difícil exponer asuntos de redención en una manera que como lector le pareciera aceptable?
HS: La escritura en sí no era el problema…
LL: ¿Era el espectro de la puerta del estudio? …
HS: Tal vez fuera algo tan obvio y simple como que mi pasado me tenía cogido por las pelotas y no quería que yo escribiera aquello, no quería que yo fuera libre. Mi pasado trataba de impedir que yo me apartara de él.
LL: ¿Cuándo fue más feliz?
HS: Antes de nacer…
LL: ¿En el claustro materno?
HS: No, no… eso fue horrible. Ahí fue donde empecé a morir …
LL: La tortura empieza en el útero.
HS: ¡Exacto! Empecé a morir treinta y seis horas antes de nacer. Cuando nací era un caso desesperado: azulado por la cianosis, era algo extraordinario … Mi madre padecía toxemia, no sabía qué hacer con la lactancia y el médico le dijo: “No se preocupe, él succionará todo el tóxico …” Así empece la vida … Cabreado.
LL: EL HOMBRE QUE SE NEGABA A MORIR … ¿Es un viejo verde?
HS: ¿Soy viejo? Supongo que sí …, tengo setenta y un años. Nací siendo un viejo verde.
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Ángulo de reposo – Wallace Stegner
Staten Islan – Arthur Nersesian
Amor malo y feroz – Larry Brown
Trilobites – Breece D’J Pancake
Suttree – Cormac McCarthy
El diablo a todas horas – Donald Ray Pollock
The black dahlia – James Ellroy (versión original en inglés)

 

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