En el corazón del corazón del país – William Gass

En el corazón del corazón del país – William Gass

Para este collage se utilizo a mi gato René, Jorge Luis Borges, John Lennon, una Muñequita Liefeld Puteadora, un mapa del delito tan delirante como argentina y una publicidad de un supermercado que te coge de parado.

vendido

Estado: impecable.

Editorial: Alfaguara.

Precio: $000.

William Gass, filósofo de formación, profesor universitario, ensayista y crítico, pero también autor de excelentes relatos, respetado y reputado, pero poco leído por lo experimentalista de su estilo, es el autor de esta colección de cuentos de 1968, que contiene los siguientes: : “El chico de Pedersen”, el más largo, una verdadera novela corta; “La señora Ruin”, “Carámbanos”, “Del orden de los insectos” y el que da título al libro, “En el corazón del corazón del país”, unidos por una común ambientación rural, una desolada visión de la existencia humana y un estilo prodigioso, exigente y cristalino a la vez.
Shelf Life *
William Gass
Vivo en una biblioteca. Cuando era un adolescente, impaciente por abandonar el nido aunque tan incapaz de volar como un dodo, me imaginaba en una vida nueva y mágica en Nueva Zelanda. Puesto que no sabía nada de Nueva Zelanda salvo que estaba en uno de los confines de la tierra y que tenía normas contra la introducción de malos hábitos en el país, podía soñar mi Zelanda como quisiera, libre de ataduras familiares y por tanto sin complicaciones o irritaciones sociales, sus encantadores días, sus serenas noches. Allí, los árboles darían libros en lugar de frutos, y uno bebería soda en calabazas cuyos jugos habrían sido bendecidos por los dioses nativos. Navegaría hasta allí como un marinero en un barco de los descritos por Joseph Conrad y cuyo rumbo habría sido trazado por Robert Louis Stevenson. Era más barato evadirse mediante un libro que con un pasaje, y cuando lo hacías con un libro, siempre estabas en casa a la hora de cenar.
Después, durante la Segunda Guerra Mundial, surqué de verdad el océano azul. El mar era todo lo que se había escrito sobre él. Nunca era azul; su humor era variable; era enorme; y en él las campanas de todos los barcos eran más bellas que cualquier otra campana. En días tranquilos su superficie era la piel de una criatura dormida. Lavaba mi ropa interior atándola al cabo de una cuerda y dejando que el barco la arrastrara por el agua como si se tratara de una pieza mayor, quizá un traje de etiqueta. Allí iba acumulando sal mientras se limpiaba a fondo, por lo que ponérsela después no era demasiado aconsejable. Decidí ir si ropa interior durante un breve periodo, hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. Varios años después, mi ropa interior todavía olía a sal.
Yo era un oficial pasivamente indisciplinado, a menudo recluido en mi camarote, donde leía cualesquiera libros legibles que hubiera a bordo. Éstos consistían en un puñado de Hemingway y una pizca de Faulkner. Aparte de eso jugaba al ajedrez con otro hereje que jamás fue recluido en su camarote pero que en todo caso siempre estaba allí. A causa de mi incompetencia ejemplar fui ascendido (tal es el modo de actuar de la Armada) a Oficial de Alto Secreto. Por consiguiente se me confió la combinación de la caja de seguridad del barco, donde los libros de códigos y claves, impresos en papel disoluble y cargados de plomo, vivían un aislamiento silencioso excepto por la compañía del alcohol medicinal del barco. Hasta ese espacio seguro, del tamaño de una habitación de un Red Roof Inn, me retiraba con regularidad, cerraba su pesada puerta blindada, tragaba un poco de brandy y leía los mismos Hemingway y Faulkner que ya había disfrutado repetidamente, pero sin la tranquilidad interrumpida ni la atención distraída —casi como en mi Nueva Zelanda de fantasía— hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. De inmediato retiraron el brandy. Todavía podía encerrarme en mí mismo y leer o dormitar. Mis superiores parecieron contentos de perderme de vista.
Mientras hacía el posgrado en Cornell, pasé horas en la biblioteca de la Universidad, como se espera de un esclavo del doctorado. Allí tenía mi cubículo, apenas un palmo entre la pared y las columnas en el que cabía una silla de metal barata y una bombilla, una chapa de acero para escribir o apoyar un libro, una balda frente a mi cara para los volúmenes que cogía de las estanterías (que bajo juramento no podían salir del edificio) y un bote de caramelos duros cuyo contenido era peligroso cuando se ablandaba. Para tomar notas había una regla de “sólo lápices” que yo estaba dispuesto a respetar, ya que, a diferencia de las de la Armada, aquélla tenía sentido. El edificio parecía en cierto modo un barco que me llevara suavemente. No sólo las columnas estaban hechas de metal, el suelo era una malla metálica que permitía que una luz ya exhausta se hundiera hacia un sótano tan distante como una sentina. Naturalmente los pasos hacían ruido a menos que fueras en zapatillas de deporte, aunque había zonas tan ajenas al interés humano (“Nutrición”, por ejemplo… era otra época) que los únicos sonidos que escuchabas eran probablemente los de los vigilantes. Sin embargo, sentado allí, día tras día bajo aquella luz oscura, mi concepción del Edén empezó a cambiar. No era un sitio en un mapa, sino un destino decidido por el Sistema Dewey de Catalogación Bibliotecaria.
Cuando no estaba leyendo o quedándome dormido sobre una página de La gran cadena del ser de Arthur Lovejoy, deambulaba. Subía y bajaba las escaleras metálicas. Recorría los pasillos metálicos. Acechaba como un cazador que por entre la luz turbia considerara beneficioso el largo entierro de algún volumen, pero poco práctico si se deseaba leer uno, a veces mis dedos resbalando por los cantos de los libros como un niño haría con un palo contra una valla, mi mirada sobre los lomos y sus títulos, una mirada llena de asombro por que hubiera tantos, tan muertos para mí como aquellas hileras de calaveras en las catacumbas a menos que sacara uno de su fila, lo abriera y lo leyera como Hamlet hizo con la calavera de Yorick: El libro de los insectos, de Jean-Henri Fabre, o El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard. ¿Quién podría resistirse a un autor llamado Apsley Cherry-Garrard? Quería sacar el de Jean-Henri Fabre para un hijo de mi director de tesis, el profesor Max Black, pues se me había pedido que buscara textos entretenidos pero que valieran la pena para uno de sus chicos. Desafortunadamente, al joven le encantaron mis selecciones, y el profesor Black prolongó mis servicios. El de Apsley Cherry-Garrard también fue un éxito. Había ahí uno de los relatos más desgarradores jamás escritos sobre la aventura antártica, páginas de frío y nieve, dolor e incertidumbre, además de un heroísmo obstinado y no deseado que intentaría recordar cuando escribí “El chico de Pedersen”, una novela corta ambientada en una tormenta de nieve. Puesto que yo era un estudiante de filosofía, intenté convertir en paradoja el hecho de que El peor viaje era en realidad el mejor viaje que había hecho jamás.
A los tipos de botas pesadas que vigilaban la oscuridad no les gustaban los lectores que se quedaban por la noche. Podías agachar la cabeza sobre John Locke toda la tarde, no les importaba, pero al dar las 10 en punto empezaban a barrernos hacia fuera. Primero llegaban para investigar quiénes estaban en sus cubículos. Lo sabían gracias a la luz. Como nuestros pequeños rincones estaban abiertos como en un supermercado, si veían que no estabas allí sentado, apagaban tu lámpara. Escondiéndonos en el momento justo por el sistema de diluirnos al final de un pasillo o volando a otra planta como una corriente de aire juguetona, esperábamos para volver tras el cierre.
Esquivar los pasos pesados de la Gestapo se convirtió en un juego, pero nuestras habilidades (evidentemente yo no estaba sólo en esta práctica) se veían comprometidas cada año cuando la biblioteca celebraba su saldo de libros. Sabía lo que eran la sucesión, la secesión, la recesión, la posesión, la concesión y la depresión, y ahora iba a disfrutar de la des-adhesión. Se apartaba un espacio de la planta baja y se amueblaba con varias mesas grandes de biblioteca. Sobre ellas se colocaban hileras de libros con los lomos hacia arriba. Las humanidades ocupaban más superficie que las ciencias, lo que no era una sorpresa ya que los científicos no leían, investigaban. Y comunicaban sus resultados en revistas que costaban más que los libros. Había rumores de que personas desconocidas se escondían por la noche entre las columnas para ser los primeros en la cola cuando la venta comenzara a la mañana siguiente. Pero eso no era lo peor que hacían estos furtivos. En realidad cogían los libros que querían de una de las mesas (literatura, filosofía, historia) y los escondían entre los de economía o estadística, y una persona a la que yo conocía fue acusada de llevarse volúmenes a otra parte del edificio por la noche, sólo para traerlos de vuelta a la mañana siguiente como si acabara de elegirlos. De nuevo algún chivato se lo contó a todo el mundo.
La competencia era feroz, y no existía la amistad. Todos los libros nos pertenecían a todos, y a menudo hubo recompensas jugosas, pues en ocasiones nuestros profesores tenían la decencia de morirse, y sus herederos, ignorantes o indiferentes, se deshacían de grandes partes de su herencia en las papeleras de la biblioteca. Pero estos libros nunca llegaban a las estanterías. Se les denegaba la admisión (“Ya tenemos esta edición de La doncella de Orleans”). Un escritor dijo una vez, a cuenta de los editores, que del rechazo viene la redención, en este caso porque los libros a la venta no se habían visto afeados por el pretencioso lema de la biblioteca (PROPIEDAD DE LA BIBLIOTECA DE LA UNIVERSIDAD DE CORNELL), o agujereados por el sello en relieve de la Universidad, o por el registro adhesivo de retiradas y devoluciones, o avergonzados por una marca de tinta sobre sus lomos. Como compradores atareados dijimos que rescatábamos libros que con ilusión arrancábamos de un destino que sabíamos calamitoso. No la muerte. Eso no era nada. El destino más deprimente era estar siempre disponibles pero no ser nunca importunados.
Desde entonces he estado en muchos saldos de bibliotecas y doy fe de que los ejemplares rara vez son examinados, o considerados sus orígenes, porque de ellos han caído, como de un libro de una feria del libro, tesoros que a veces superan incluso los de sus páginas: no sólo los desechos que los lectores normalmente van dejando tras su paso —clips, cerillas de cocina, gomas elásticas, papel de aluminio, bucles de pelo, marcadores, facturas, palos de caramelos, listas, cartas de amor, postales, sellos de correos, envoltorios de chicles— sino fotografías y avisos amenazadores, dólares, cheques y el borrador de un telegrama al Alto Mando Aliado pidiendo que se acelerara la salida de Alemania de Werner Heisenberg, que revoloteó hasta el suelo de mi casa cuando hojeé rápidamente uno de los libros de Arthur Holly Compton después de comprarlo por 50 centavos en un saldo de la Universidad de Washington.
Los coleccionistas que no se preocupan por los libros más allá de por su rareza los prefieren sin estrenar, puros y virginales, pero esos volúmenes no han tenido vida, y ahora, cuando a uno de ellos se le da una oportunidad, resulta que, aprisionado por un plástico sofocante, encarecido para halagar la vanidad del advenedizo que lo ha comprado, ese libro es retirado de la luz en un humidificador hermético de cristal como el vino demasiado viejo para ser abierto, demasiado caro para ser disfrutado.
Mientras el Señor Andrajoso, que tiene el fracaso económico marcado en su guarda como un personaje de Dickens podría gracias a su condición usar el sombrero, el bastón y el abrigo como almacén de forraje recién cortado, se ha visto enriquecido con una historia: vendido como nuevo en 1937 por 3,95 dólares, como usado en el Mercado de Libros de Gotham en 1947 por 2 dólares, y rebajado sucesivamente con lápiz y después con cera de 75 a 50, y de 35 centavos a un cuarto de dólar durante las décadas siguientes —poseído por dos sujetos que escribieron sus nombres, uno de los cuales añadió su dirección en Joliet— hasta terminar su viaje en San Luis, donde recogido de una carretilla o una caja en un saldo de un garaje o sacado de un cubo de la beneficencia fue el modo en que encontré mi ejemplar de El sentido de la belleza, de George Santayana, en 1982. Sobrevivió a sus aventuras tan admirablemente como Odiseo. Soy más bien generoso con mis libros, y permitiré a quien, con la esperanza de conseguir un poco de buena suerte en la vida, desee besar la cubierta de El sentido de la belleza.
Así es como aprendí a vivir en una biblioteca, qué camino conduce al baño, qué provisiones pasar de contrabando en mi maletín, cómo ablandar un asiento duro, evaluar rápidamente lo que hay en la carretilla del librero de viejo o encontrar dónde es más fácil leer, dónde es más seguro dormir.
Sería una década antes de que encontrara mi primera gran biblioteca. Por “gran biblioteca” me refiero a una biblioteca cuyos compartimentos son tan grandes que nadie puede estar lo bastante seguro de qué hay en sus profundidades; una biblioteca en la que unas partituras de Vivaldi quizá permanezcan ocultas durante cien años; una biblioteca densa y abundante; una biblioteca que no rechazará ningún libro —ya sea basura o un tesoro— porque una buena biblioteca es avara, tan orgullosa de sus reliquias como una iglesia, permitiendo incluso que una novela barata sea útil para el estudio de la cultura que la creó; una institución, en consecuencia, que no permitirá que lo efímero perezca y que no se avergonzará de tener la mejor colección existente de novelas románticas; una biblioteca que lleva sentada tranquilamente en el mismo lugar y ha visto como un sabio envejecer su contenido, en consecuencia una biblioteca cuyo polvo es el óxido del tiempo; una biblioteca que nunca cierra los días de frío y que permitirá a quienes no tengan hogar descansar en su sala de lectura; una biblioteca que me permitirá husmear en sus tripas tanto y tan a menudo como yo quiera.
Me doy cuenta ahora de que comencé mi vida en las bibliotecas como enemigo de la institución, metiéndome en problemas con las llamadas al silencio de la solterona de pelo enmarañado y cara de pocos amigos del mostrador de recepción… (Los estereotipos son acertados más veces de las que no lo son, y su esbozo es esencial en el arte de la novela, si no ¿dónde estarían Trollope y Thackeray y Dickens sin sus caricaturas, y cómo vendería Roger Tory Peterson sus guías de pájaros, porque reconocer un tordo en mi jardín es como encontrar un irlandés en un pub; y ninguna de las bromas sobre curas, rabinos o imanes intentando explicar el amargor de sus pintas de cerveza a un escocés llamado David Hume tendrían gracia, y quién querría que sucediera eso?) …Ahora volvamos, un tanto jadeantes, al mostrador… Cuando intentaba, como un crío de instituto, sacar el Ulises de James Joyce, se me decía que (a) era demasiado joven, y (b) de todos modos era un libro guarro, y (c) si persistía en el intento de sacar libros asquerosos, ella informaría de todo a mis superiores, de los cuales había muchos.
Mientras estaba en el instituto, aunque por entonces también era recluta de la Armada, mi profesor de literatura me pidió que escribiera sobre El amante de Lady Chaterley y me dio una autorización para retirar dicha obra de Peticiones Especiales (un calabozo, supuse, para libros sediciosos), pero la señora de rostro pálido que custodiaba la cuerda de reos se negó, arguyendo que contenía descripciones de actos antinaturales. Esta respuesta me provocó un afán por el proyecto que no había tenido previamente, pero no hubo suerte. Llevado por una corazonada, busqué en la biblioteca los ejemplares de Los cuentos de Canterbury sólo para descubrir (lo que de hecho me encantó) que habían “afeitado” a uno del cuento de la esposa de Bath. Descubrí que ejemplares de Boccaccio, Catulo, Petronio y Aristófanes habían sufrido daños similares. No había ninguno de Henry Miller, pero lo había habido, sus por entonces escandalosos textos seguramente estarían penando en la cárcel. Se lo conté a los superiores de la señora, de los cuales había muchos. La señora de rostro pálido y afeitado declaró que era su deber proteger a los estudiantes de la indecencia. Pensé que su propia ignorancia era protección suficiente. La Armada me envió a la Academia de Guardamarinas, y desconozco lo que le sucedió a esta particular guardiana de la moral pública. Siempre parecen unos enfermos pero viven eternamente.
Ahora vivo en mi propia casa rodeado de casi 20.000 libros, pocos de ellos raros, muchos no leídos, ninguno descuidado. Están ahí, como en las bibliotecas, para ayudar cuando se les necesita, y quién sabe cuál será el próximo escritor sobre el que tendré que escribir, qué asunto se convertirá de repente en esencial, o qué encargo surgirá que requiera la asistencia inmediata de los libros de la —sí— biblioteca, o el idioma de los animales o la pronunciación de la jerga melanesia, puesto que mis ensayos son normalmente asignados, no simplemente solicitados, y porque los temas nuevos me seducen con facilidad. De hecho puedo decir unas cuantas cosas en jerga melanesia, ninguna de ellas amable.
Por lo que están ahí para mantener mi curiosidad despierta y en funcionamiento, para preguntar cuáles eran los escritores estadounidenses más notables en 1984, cuando Henry C. Vedder publicó su libro sobre este asunto (acabo de cogerlo en este momento aleatoriamente de la estantería), y de ahí saber de Charles Egbert Craddock y Elizabeth Stuart Phelps, pero también averiguar que Henry James “se pasa de listo” y que su teoría sobre la ficción es vergonzosa porque se atreve a suponer que “una novela es buena cuando está bien escrita” y “es mala si está mal escrita”, una opinión que sugiere una deplorable indiferencia hacia la dimensión moral de la novela. ¡Oh, qué mal parado saldría yo a manos del señor Vedder! Por supuesto, Henry James no ignoró, ni por un momento, la dimensión moral de la novela. Trato de reprimir la sonrisa ante confusiones como esa, y mi indignación por tal juicio, para así disfrutar la definición de John Quincy Adams de un almuerzo (citada por el señor Vedder) como “una reflexión sobre el desayuno y un insulto a la cena”.
Antes de que el señor Vedder volviera a la oscuridad de la que vino, y que tan justamente merece, pude descubrir que el notable Egbert Craddock fue un seudónimo de M. N. Murfree y que el buzón desde el que fue enviado su primer relato a The Atlantic Monthly estaba en San Luis. Leyendo el primer capítulo dedicado a él, fui informado de que nuestro autor misterioso es Mary Noailles Murfree, que proviene de “los mejores valores de los Estados Unidos” y es, cuando los editores de Atlantic la vieron por primera vez, una cosita joven. Cuál fue su suerte, y cuáles son los mejores valores de los Estados Unidos, no lo sabréis, porque yo tengo el libro y vosotros no.
Pero hojear un libro es muy divertido, y no pasa un día que no recoja a ciegas un premio y no lea una página que me deje perplejo, informado, sorprendido, encantado y ofendido.
Mis libros están ahí para consolarme del mundo, porque sólo a los infames puede agradarles nuestro presente estado de cosas, mientras que el honesto discrepa de las razones de nuestras dificultades y amenaza con enzarzarse con quienes de nosotros son responsables de la miseria de tantos millones de personas y de un número cada vez mayor de hipócritas, chacales y sinvergüenzas.
Entre ellos, los escritores. Ninguna ocupación puede garantizar la honestidad tal como el trabajo duro aumenta la musculatura, y sólo la santidad la exige como parte de su ejercicio. Así los escritores escriben, quizá mejorando sus textos de vez en cuando, pero rara vez a sí mismos.
Pero los libros… los libros discrepan sin hacer ruido, como quizá las mentes de tantos lectores en una biblioteca, sin el más mínimo alboroto; y en esa paz podemos observar lo bellas, lo inteligentes, lo particulares, lo importantes, lo cómicamente absurdas que son las ideas; porque aquí, en las vistosas hileras que hacen que las estanterías parezcan bailar, el mundo existe tal y como la mente humana lo ha aceptado e imaginado, pero transformado en un reino más elevado del Ser, donde la virtud es el conocimiento que los griegos reivindicaban, donde incluso el conocimiento de lo peor debe ser tan estimado como cualquier otro y donde sucesos tan concretos como un asunto amoroso, unas elecciones o un campo de batalla son reemplazados por sus descripciones —por relatos como el del viaje blanco de Apsley Cherry-Garrard a través de la página fría y blanca—, porque estos volúmenes son depósitos de conocimiento y son ejemplos, cuidadosamente construidos, de los tipos de consciencia humana, de sabiduría que de otro modo sería efímera, frágil y a menudo confusa. Entre las estanterías, donde los filósofos despliegan sus tropas, hay una guerra de palabras —pero una guerra soportable—, una guerra de posiciones seleccionadas con consideración, quizá con ningún problema resuelto, pero sin derramamiento de sangre; estanterías donde los triunfos humanos y sus sufrimientos son representados por escritores que por lo menos se preocuparon lo bastante por sus vidas y por este mundo como para llevar una pluma hasta un papel. Tucídides lo sabía cuando dijo, respecto del conflicto con el Peloponeso, esta guerra es mía. La Historia sucede una vez. Las historias suceden repetidamente lector tras lector.
Cada uno de estos libros es un amigo que siempre dirá lo mismo, pero que siempre parecerá decir algo nuevo, o algo viejo, o algo prestado, algo triste.
Lo que me recuerda que debo ir a visitar a la Reina Victoria. Le prometí una visita. Ella está ahora entre los montones apilados de mi sótano. En la biografía de Lytton Strachey. Todavía gordita, poco agraciada. Todavía Reina.
* Texto publicado en el número de diciembre de 2007 del St. Louis Magazine y reproducido en español por autorización expresa y directa de William Gass en el blog http://bolmangani.blogspot.com.ar/

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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