Atardecer

Fechorias de un eunuco en los circulos cristianos Juan Pablo Liefeld Jorge Luis Borges
Estoy sentado en la placita Primero de Mayo.
Fumo.
Miro a los chicos jugar.
Miro a los perros correr.
A mis espaldas unos chicos discuten. Son una bandita de mas de 15 y el más grande como mucho tendrá no más de 10 años.
Uno con el pelo teñido de amarillo se sienta en el caño que hace de resplado del banco de la placita en el que estoy viendo pasar la vida, esperando que llegue la muerte y buscando la escena inicial que ponga a funcionar la novela que voy a escribir este año.
Ok.
Cuando el chico se sienta en el caño del respaldo del banco yo desde abajo lo miro y el desde arriba me mira.
Hola, señor, me saluda.
Hola, cómo va, le respondo.
Todo bien señor.
Y volvemos ambos, el chico y el señor, a nuestros asuntos tan inútiles como inevitables.
Ok.
Tengo la edad que tenían mis padres cuando yo tenía la edad del chico que me acaba de tratar de señor.
Bien, amiguito.
Me seguís, no?
Ok.
Ahí llego.
Vení.
Estás?
Ok.
Estaba sentado viendo caer la tarde o desapareciendo lentamente con ella mientras el cielo se teñía de rojo sangre – que no era rojo sino un infinito degrade de rosas y celestes y grises pero rojo sangre y el desierto y Billy Parthman me asaltaron y me llevaron al rojo sangre.
Bien.
Amiguito.
Te la hago corta porque todavía tengo que ir a comprar las cosas para cocinar y si me cuelgo me cierra todo.
Veo entrar a la Placita Primero de Mayo tres elementos. Una mujer con una carpeta y dos hombres que la acompañan y encaran a una parejita.
Los miro. Entre la mujer y los dos hombres si sumo todo deben haber haciendo números redondos unos 200 años.
A mis espaldas además de los chicos que juegan a la pelota hay un hombre que canta.
Sí, canta, para nadie, sentado en un banco solo y en un tono bajo y nada desafinado.
Ok.
Miro los tres elementos con curiosidad.
A mi lado ahora también se ha sentado una vieja con baston y bolsas del Coto del Spinetto – el Spinetto es un fantasma esperpéntico que supo vanagloriarse de ser el primer shopping center de la argentina.
Bien.
Toda la escena ya esta preparada para el crimén.
Los tres elementos avanzan hacia mí. La mujer al frente, los dos hombres le cubren las espaldas.
Prendo un cigarrillo.
Los miro sin mirar. Ver sin que el otro persiva que lo ves es una técnica difícil pero útil para la policía, los ladrones y los curiosos como yo que en la calle estan atentos a todo lo que se mueve y lo rodea a su alrededor.
Ok.
Tengo a los tres elementos parados frente a mí.
Hola, tenes un momento, que queremos hacerte una breve propuesta, me dice la mujer con la carpeta en su pecho tapando sus tetas caídas baya uno a saber cuantos años ya.
Recién entonces cuando se calla la mira de frente, a los ojos.
No, le respondo.
Ella hace caso omiso a mi respuesta y suma a la propuesta de contar algo brevemente a la vieja de baston y bolsas de Coto que no dice nada.
Bueno, dice la mujer, lo que les quería contar es que estamos juntando firmas para la candidatura de Gabriela Michetti para que se postule como jefa de gobierno de la Ciudad.
La mujer sigue desplegando su propuesta y yo abro la boca para ponerle un tiro en la cabeza.
A Gabriela Michetti yo le sacaría la silla de rueda, le gatillo mirando a la mujer y atento a los dos hombres que estan un paso detrás de ella.
La mujer se calla. Me mira con horror. Titubea un instante, se rehace y ensaya unas palabras.
Pero si le sacamos la silla de rueda queda en el piso, me responde con vos dramática, sin entender si esta hablando con psicópata o un loco.
Y yo le respondo:
Lo mejor que le puede pasar a la ciudad de buenos aires es que Michetti quede en el piso.
Los tres elementos, la mujer y los dos hombres, dan un paso atrás ahora temerosos de mi presencia y se alejan.
Y los chicos juegan.
Y los perros corren.
Y yo envejezco como la tarde. Como el fantasma esperpéntico del shopping Spinetto del barrio de Balvanera.

 

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