Radiografía de la pampa – Ezequiel Martínez Estrada

Radiografía de la pampa Ezequiel Martínez Estrada Jorge Luis Borges Juan Pablo Liefeld Horacio González Christian Ferrer

Para este collage se uso a La Vaca y El Pollito, Jorge Luis Borges,  Ezequiel Martínez Estrada, Adolf Hitler, Pablo Picasso, Sarina Valentina, Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, The Beatles, Oscar del Barco, Lisa Ann, una Muñequita Liefeld Puteadora, a mi gato René y un Pibe Chorro que puede ser tan cruel en ciertas circunstancias como Carrefour – trabaje un año para ese supermercado en la sucursal San Martin así que conozco lo poco que vale la vida para esta empresa.

Estado: nuevo (tapa dura/con sobrecubierta/cuadernillos cosidos).

Editorial: Colección Archivos.

Edición crítica: Leo Pollmann (coordinador).

Precio: $700.

Espejismos en la llanura
Christian Ferrer
Zarza
Los libros son horizontales. Así se predisponen, así se leen. De ellos se esperan buenas historias, cortesía compositiva, claridad y precisión argumental. Son ascensores del alma o elixires para pasar el rato, no instrumentos de tortura, salvo para los escolares y los indolentes. La reputación de una biblioteca es la misma del refugio, el lugar de solaz y la sala de nutrición. Pero hay otro tipo de libros, bruscos, escarpados, verticales, que se desploman sobre el lector como lanzados desde un abismo. No son amables, no por dificultades de sintaxis o por jergas peculiares, sino porque están escritos en piedra. O bien uno se refriega la vista con ellos, o bien se los rechaza de plano. No admiten el análisis deductivo ni el estudio comparativo, aun cuando pueda hacérselos. Exigen ser leídos con sobresalto, con alarma, y que además se les entregue algo a cambio. No atención ni interés, sólo un ojo de la cara. La desolación es sin contraparte. En este caso, tratándose de un autor de versos con rima, la apuesta era fuerte, a doble o nada, pero es asó, hay escritores poseídos por un espíritu numantino, que prefieren vivar el perder a no salir invictos. O se destruyen ellos o acaban con el lector.
Cuando Ezequiel Martínez Estrada publicó Radiografía de la pampa, a sus treinta y siete años de edad, su amigo Horacio Quiroga le hizo esta pregunta: “¿De dónde sacó usted el coraje para escribirlo? Se lo necesita, y muy grande”. el libro parecía haber sido dictado por una Casandra o una Pandora, o por un dios muy enojado. Fue el primero de sus ensayos, el que a la postre quedaría inmediatamente asociado a su nombre, aun cuando años después diera a conocer obras quizá más relevantes, como Muerte y transfiguración de Martín Fierro, o más bellas, como El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, o más polémicas, como su Qué es esto, en la tapa estaba impresa una miniatura creada por el bien conocido dibujante Alejandro Sirio, la estampa de la Torre de Babel, emblema de la editorial de su amigo Enrique Espinoza.
Diríase que el libro, por sí mismo, podría haber confirmado la justicia del Premio Nacional de Literatura que le había sido otorgado recientemente y, aunque a largo plazo así sucedió, en aquel momento la “recepción” no fue unánime, ni siquiera entusiasta. Más bien primó el recelo, sin contar el sobreentendido grosero y a veces malintencionado de que había sido escrito en contra del terruño. Con el tiempo acumularía adeptos y contradictores, pero no lectores contemporáneos, al menos no tantos, puesto que la primera edición tardó diez años en venderse por completo. Fue el último título que llegó a ser publicado por Babel, casa editora que, por falta de resto económico, jamás tuvo local propio, siéndolo el de la casa familiar de Espinoza. Pero no era un libro, era una zarza ardiente, y un ramalazo de urgencia y desventura azota al lector ya desde las primeras páginas.
Círculos concéntricos
De entrada puede decirse lo siguiente: la Argentina es un país imposible. La causa puede residir en la recurrente manía por el trauma; o en los sueños frustrados de los antecesores traspasados a sus descendientes, camada por camada; o en la tristeza de cementerio que es propia de los pueblos y ciudades del país, desarraigados y distanciados unos de otros por océanos de soledad; o bien en la monarquía portuaria incompatible con la tirria de sus provincias súbditas; o en la costumbre general de cumplir la ley únicamente en caso de conveniencia; o en la intervención en política menos para reclamar por ofensas apiladas que para impulsar “anhelos ilegítimos”; o en la predisposición a disimular el rencor y el miedo a la realidad de lo que se es mediante juegos de cultura, “técnicas de máscara y prestidigitación”; o en los plácemes concedidos esos especuladores de voz en cuello que invocan la patria y el porvenir, es decir el progreso. Con el fin de desviar la atención de la letra chica de sus discursos; o en la improvisación, que tantas veces nos ha posibilitado sacar las castañas del fuego, sin dejar de ser artesanía de hombres provisorios; o más simplemente en que cuanto mayor ha sido nuestra prosperidad, más degradado el sentido de la decencia y la justicia sin los cuales cualquier cohesión es fingida. En suma, si la historia de un país pudiera ser contada como un error mantenido en el tiempo hasta transformarse en mentira, ése sería nuestro caso.
Nunca faltaron hombres representativos o ideólogos o fantasiosos que deliraran destinos manifiestos para estas tierras, una vez “Granero del Mundo” y otra vez “Argentina Potencia”, pero Martínez Estrada hizo otro tipo de inventario: encrucijadas trabadas, crisis de grandeza ficticia, propensión a la hecatombe, porfía en ingresar en callejones sin salida. De allí que cada capítulo del libro resuene como toque de rebato. Dado que no creía en el progreso de nada ni en la superación de ninguna etapa, entonces examinaba todos los procesos históricos en forma superpuesta y simultánea y con vértigo y resquemor. Su pampa no era un conjunto de datos organizados en cuadros, viñetas o panoramas, o en conceptos, teorías o sistemas, sino un modo de sentir y de revelar un engaño gigantesco: “La pampa es una ilusión”. La pampa es la Argentina que a la vez es Trapalanda que a la vez es un fraude. Sólo hay llanura pregnante, y miedo, y distancias, y aislamiento, y mucha pero mucha apariencia de realidad, de la que huye.
Sin duda que las preocupaciones sociológicas que concernieron a Martínez Estrada no eran singulares, más bien semejantes a las de muchos otros escritores de la época, pero lo que fue específico en él, se diría excepcional, es haber desechado las salidas de emergencia como también descartado supuestas tierras de promisión más adelante en el camino. Prefirió quitarle las rejas a una suerte de “pánico doctrinal”. Los demás optaron por una u otra forma de la historicidad provechosa, equivocándose dos veces de cada una. En verdad, propuso una idea alternativa de historia nacional, un poco desencantada, bastante cruel, comenzando por el principio: primero se habría violado a la naturaleza; después, si no antes y a granel, a las mujeres; después al indio; se siguió con el gaucho y con las muchedumbres; y después sólo quedaron los semejantes y también se los violó. El epílogo es el fratricidio. Es un libro agobiante, que va contrayéndose en círculos cerrados, cada vez más vigorosos, hasta dejar al lector sin respiro y sin ánimo de creer.
Radiografía de la pampa
Cuando llegaron los conquistadores sólo encontraron extensión, es decir baldíos. Soledades, pues los indios estaban de más. No vinieron a admirar ni a poblar, querían riquezas, metales, tesoros. Los impulsaba la codicia, para adelante, siempre más adelante, en pos de un lugar llamado Trapalanda, un país áureo cuyo rey se engalanaba el cuerpo con polvo de oro y al que nunca encontraron, otro más de los mitos que enceguecieron a los españoles de entonces, como el de la Fuente de la Juventud que rastrearon inútilmente en la Florida, o el de la isla Rica en Plata y la isla Rica en Oro que creyeron avistar en el océano Pacífico y que quizás hayan sido las islas de Hawai. Pronto se desilusionaron y tuvieron que conformarse con tierras de labranza y con esclavos. Pero la irrealidad no se desvanece tan rápidamente, queda latente en el renco por lo que nunca fue, por lo que se quiso y no se consiguió, de modo que en el labriego inmotivado no hubo amor a la tierra sino posesión, desfloramiento. Fue inevitable y constante una cuota de repugnancia por la porción del mundo a la que se había arribado, que es decir por sí mismos. La pampa fue hembra detestada, no mina de oro. “Señorío Fálico” sobre la carne, sobre los bienes, sobre las tierras. El paisaje era la propiedad.
Luego vino el colono y fue lo mismo, decepción porque con la naturaleza a la larga se hace fortuna, pero lenta, parsimoniosamente. Y tampoco eso deja de ser ilusión, pues el desgobierno y las crisis de vez en cuando traen la insolvencia. Todo era un poco inconsistente, “espíritu errátil y afán de acumular”, también la forma del país. Se multiplicaron los mestizos, enconados, que incubaron algún tipo de venganza, aunque fuera a ser cobrada póstumamente. Las mujeres indígenas, “bestias de trabajo y placer”, transmitieron a su prole sentimientos de desconfianza y reserva. Mestizaje, bastardía, inadaptación, son palabras homónimas: “Nunca se comprenderá bien la psicología del gaucho ni el alma de las multitudes anárquicas argentinas si no se piensa en la psicología del hijo humillado, en lo que un complejo de inferioridad irritado por la ignorancia puede llegar a producir en un medio propicio a la violencia y el capricho”. Pero lo más importante fue la codicia, del conquistador al actual pool de granos, porque es erógena, en tanto el bien común una abstracción molesta, como esas materias que se estudian por obligación. La pampa de Martínez Estrada es la pampa del individuo solitario, si es que ahí se puede ser otra cosa.
La Independencia fue un problema de consorcio, entre el dueño de las parcelas y sus inquilinos, o patriotas, que pretendían potestades administrativas y comerciales, a las que llamaron libre albedrío. Hubo que pelear y establecer fórmulas constitucionales sobre papel, casi mágicas. Pero los cálculos les salieron mal a los aprendices de brujo, pues rápidamente se involucraron otros sectores, hoy denominados “subalternos” y mañana con otro concepto. Principiaría una guerra civil, más bien una guerra social. Al comienzo, los caudillos al mando pudieron haber luchado por una buena causa pero, tarde o temprano, la prolongación de tan belicosa forma de vida los llevó a combatir por combatir, o sea por una mala causa. Las guerras y batallas se libraban en nombre de ideas o retóricas o “relatos”, pero el objetivo eran la tierra y las vacas. A eso se le llamó la “Era del cuero”. Había dinero en juego, especulación en tierras e idoneidades específicas, porque el mismo hombre que sacrificaba cabezas de ganado era el que degollaba a sus congéneres: “El cuchillo como instrumento de trabajo es feroz y como arma no admite indulgencia”. Aflojar cuerdas vocales, destreza de autodidactas. De modo que la tierra fue fértil, las reses fecundas, las cosechas duraderas, pero el alma siguió siendo árida. En la Argentina, “el alambrado de púa fue la primera lección de derecho”. A los asuntos públicos se los condujo como se lo hacía con las estancias, y los objetivos de gobierno no fueron desemejantes a los de un frigorífico. Un enemigo de los rebaños es inconcebible en este país, también en política.
El centro de esta circunferencia fue, por peso propio, Buenos Aires, una fantasía, la Trapalanda de verdad. Asimismo: vitrina. En exhibición, “joyas falsas”. Pero también “el centro del vacío”, el “polípero monstruoso”, “el foco de la tela de araña”, el fruto de la desarmonía de crecimiento de la nación, carcomido por el salvajismo del nuevo rico: riqueza de temporada y ansia de figuración, amén de ilicitudes consentidas. Es “ostentación de poderío” y por comparación los pueblos de provincia resultan cansinos y silenciosos, “herbívoros”, como vacas. Martínez Estrada juzga que es preciso despoblar Buenos Aires, pues carece de unidad ciudadana: cada uno lucha por sí mismo. Cada persona es, psicológicamente, un fortín, y sus vidas son vividas con disgusto. Luminiscencia bucólica en la calle de barrio, claridad apenas lóbrega en la casa. Falta amor, se teme, mucho. Ser propietario, tener tierras no ser alguien, significa miedo: “Azar-temor-ficción son los tres términos de casi todas las ecuaciones”. Para conjurarlo está la calle Florida, “un estado de ánimo, una apariencia de bienestar, un rito y un dogma”. Por allí se anda con disfraz: “Hay político, profesor o hijo de prócer que ya no podría cambiar u indumentaria sin que aboliese su personalidad, perdiera prosélitos o renegase del apellido”. ¿Podemos despertar? “Una palabra de franqueza que se pronunciara en esa calle destruiría quizá la ilusión, si una palabra puede alguna vez ser más fuerte que cien años”. No se puede entonces, y en cada barrio y periferia se hace mímica del centro. Las ciudades provinciales, “saturadas de lujuria, codicia y temor”, no son mejores, nacieron sin vida propia y alquilan a Buenos Aires “un tinte cutáneo de cultura”. Adiós, pampa mía, adiós galas de la naturaleza: “La agricultura es enemiga del árbol como el agricultor es enemigo del pájaro”.
El estilo y las metas de gobierno se consolidaron en la época del general Roca, un hombre que medía la grandeza del país “por kilómetros”, y a su poderío “por la fuerza que se le concede a sus elites ilustradas”. Progreso, vías de comunicación, escribas y oropel. Nada había para atrás, salvo el cuento rosa, o celeste y blanco, que se les recitaba a los niños escolares y adultos por igual, lo mismo que ahora: escarapela y patria grande. Del pasado se huye y el porvenir es un goce mantenido en estado de promesa. Era cuestión de tender una red de ferrocarriles que enlazara frutos del país y clientes de ultramar, que además eran nuestros acreedores, y de hacer juramentos que el pueblo y la patria, por benevolencia o connivencia, nunca demandarían. Artes de política, y de máquinas y artilugios con botones y luces de colores. De allí en más se establecería un modo de llevar la cosa pública que engarzaría el siglo XIX con el XXI: “Corromper para sojuzgar y enriquecer para estabilizar”.
La justicia, el ejército y la enseñanza cumplieron labores de “guardia pretoriana para la defensa del Estado”. La pobreza fue considerada una falta de respeto, como si hubiera sido producto de la mala suerte y no de un plan organizado, y las víctimas mismas acabaron ponderando la sublevación o la sedición con mucho reparo, porque mucho más admiraban al triunfador en la lucha por la vida que antes había desertado de su bando: “En cada pobre hay un soñador de riquezas malogrado”. La debilidad de las solidaridades orgánicas hizo que las partículas fueran imantadas por el todo estatal, que las organizó por adhesión fascinada y temerosa “al líder que acumulaba mayor posibilidad de hacer daño”. Buena época para el político, “proxeneta de rango cuyo papel es hacer promesas, hablar del porvenir con seguridad de profeta y de tener confianza en algo, en el gobierno o en la caída del gobierno”. Impulsado hacia arriba, como “instrumento infinitesimal de la venganza anónima”, inevitablemente acaba transformado en usurpador.
Los temores, las frustraciones, las desarmonías, las matanzas, el incesante endeudamiento, el desmanejo de los asuntos gubernamentales, los gatuperios y enjuagues de la casta política, la pasión por la ilegalidad encarnada en el Estado, que entonces se vuelve invencible, en fin, “la mentira superpuesta como traje y cultura”, son constantes endémicas que requieren, para adaptarse a ellas, de diversos encubrimientos a los que Martínez Estrada llama “seudoestructuras” o “sustitutos ortopédicos”. Son apariencias que esconden secretos humillantes, “ilusiones escénicas” a las que se festeja con optimismo desesperado. La función no se suspende jamás, y al espectador se le camufla “la incapacidad de aceptar con valentía la realidad como lo que es”. De allí la necesidad de una radiografía, de un “negativo”. Pero la violencia y el desprecio no se amenguan, más bien se transmutan, por ejemplo en las algarabías carnavalescas, en las celebraciones con banderita y choripán – o sushi –, en las compadradas políticas, o bien en la ironía, la afectación, la arrogancia, incluso en el halago sin anuencia, con su carga explosiva de ultraje: “Buenos Aires tiene una sola cara para todas las fiestas populares, la misma que pone en las revoluciones y al regreso de los asuetos campestres”. Rostro descontento, sombrío, “tétrico”. Aborrecimiento cortés, hostilidad apenas “friendly”. Incluso una serpentina puede ser usada a modo de arma arrojadiza.
Las sudoestructuras, “huecas de sentido y sustancia”, también incumben a la vida emocional de la población, a cada sexo por separado, y juntos. Son su envoltorio. El hombre argentino, a la mujer, “no la compadece ni la desprecia: la usa”. La mujer argentina, al hombre, lo descorazona y frustra, “disfrazándose de lo que no es, de lo que no le gusta ser”. Así las cosas, el enlace matrimonial es “horca caudina”. Él no le reconoce nada que pueda enaltecerla o desatarla, “porque teme no ser suficiente marido”. Ella “es corteza y no jugosa pulpa”. Y si uno ha amputado la sinceridad de los vaivenes de pelvis, incapaz de hacerla partícipe de su placer, la otra custodia su honor como una heroína o una loca de atar, aunque sin dejar de fingir insinuaciones inconducentes, alardes de flipper y demi-mondaine, cuando no de satiresa: “Hace todo lo que ciertas mujeres que vivien con desenvoltura, pero no se entrega”. Ofensiva, defensiva, es lo mismo: un tango sórdido. El ingreso masivo de la mujer en espacios laborales y sus eventuales ascensos de ciudadanía no cambiarán la cosas: “Se sienta junto a los hombres, percibe un sueldo miserable por la misma faena, es cortejada por el capataz y el jefe, que se creen con derecho intrínseco a su honra, y no se la considera obrera ni empleada: se la considera mujer. Se le exige belleza, un cuerpo esbelto como si fuese una mercadería de lupanar. Las feas van a la fábrica. Mañana podrá divorciarse y volver a casarse, podrá votar, pero no será libre”.
La cuestión es que la pampa había conquistado al conquistador y de allí en más reinaría una situación inestable y falsa, contrapesada con simulacros, mitos y justificaciones. Sin duda que la apariencia y lo apócrifo no son buenos, pero tal parece que aceptar la verdad es peor. Y desde ya que “toda palabra destructora del encanto es considerada tabú”. Habría solución: trabajo honesto, conducta recta, humildad, “fuerzas morales”, pero no hay caso, se interpone la política, y la política es algo que no tiene forma, las admite todas, porque es la orgía de los intereses, “una contabilidad por partida doble de los valores incotizables de la sociedad”. El político, que “saca partido de lo que ignora”, protagoniza la comedia de la aptitud inexistente. Lo que le importa es el rango y el puesto en el Estado a fin de garantizarse ser eximido de todo castigo. En esas altas posiciones el aparato escénico tiene mucho valor, concediéndole a la posición de fuerza el disimulo del acto de mascarada, a veces incluso de la bufonada. No es la política, como dice la teoría, una inflorescencia de la colectividad, pues demasiado a menudo la idolatría popular por el caudillo de turno dura lo que una lluvia dorada, sino más bien “la ciencia de salir con suerte de los maños trances”. Las personas continúan con sus vidas, conscientes de que no hay tribunal que castigue ese tipo de desfalcos, y acaban conformándose con alguna dosis de bienestar ostensible y con la “hipervaluación del cosmético cultural”. No se puede ser de otra manera, pues exigir responsabilidades a un sistema que en sí mismo es irresponsable resulta una contradicción en los términos que los funcionarios conocen bien y después de todo hay pacto de impunidad. Por lo general se improvisa y hay gente “que estudia las teorías de otras realidades, fórmulas surgidas de otros sistemas de cosas, para adaptarlas a nuestra realidad, buscan soluciones europeas”. Todo culmina en derrota. ¿Hay esperanza? Claro que sí, y en caso de venir, llegará de un afuera, “desde el fondo de los campos, bárbara y ciega, como la vez anterior”, y para barrer con todo. ¿Se podría proponer algo distinto? Si ni siquiera el propio diablo sabría explicar qué cosa es la Argentina. Es un cuento que termina mal.
Horacio Gonzalez – Conferencia sobre Ezequiel Martínez Estrada
– Centro Cultural Rondeau 29 – UNS:

Ezequiel Martínez Estrada, profeta desdichado
Documental

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Christian Ferrer, Ezequiel Martínez Estrada, Horacio González. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s