Cazadores de cuerpos. La experimentación farmacéutica con los pobres del mundo – Sonia Shah

Cazadores de cuerpos. La experimentación farmacéutica con los pobres del mundo – Sonia Shah

Estado: nuevo.

Editorial: 451.

Precio: $400.

Una cruda denuncia de la inmoralidad de la industria farmacéutica. Nos medicamos sin saber que el crimen puede estar detrás de ese gesto cotidiano. Los enfermos de países en vías de desarrollo sufren experimentos a los que jamás nos someteríamos. La industria farmacéutica encuentra en África, Latinoamérica, Asia o Europa del Este a pacientes desprotegidos, a los que a menudo se informa mal del riesgo que corren al participar en programas experimentales: tratamientos de segunda categoría para el sida, placebos que suponen un tiempo prolongado sin tratamiento cuando la cura es posible, gobiernos que hacen la vista gorda y empresas capaces de matar. Sonia Shah describe con precisión estos atropellos, y se atreve a poner nombre y apellido a los responsables. ¿Quieres seguir con los ojos cerrados?
Sonia Shah (Nueva York, 1969), licenciada en Periodismo, Filosofía y Neurociencia, es una periodista independiente dedicada a la investigación y denuncia del poder corporativo, sobre todo en lo referente a la agricultura, el petróleo y la industria farmacéutica. Ha sido editora de los libros Between fear and hope (1992) y Dragon ladies (1997), y autora de Untying the knot (2001) y Crude: Story of oil (2004). Traducida a varios idiomas, está considerada como una de las autoras de referencia en el desenmascaramiento de las prácticas ilícitas de las grandes multinacionales.
Prefacio
Sonia Shah
La sangre de quienes morirán si no se realizan investigaciones biomédicas recaerá sobre las manos de quienes no las lleven a cabo.
Joshua LEDERBERG
¡Mierda!… Quiero decir que aprendemos trepando sobre los cuerpos de los seres humanos.
Murray GARDNER
Los ensayos de campo son indispensables […]. Ante los dilemas médicos importantes, si la alternativa es pagar el precio de la incertidumbre perpetua, ¿tenemos realmente alguna elección?
Donald FREDERICKSON

 

Mi vida y la de algunos de mis parientes más próximos prosiguen gracias a las intervenciones de la medicina moderna, un arte científico que ha avanzado a trompicones sobre la base de la investigación clínica. Los medicamentos que me permitieron sobrevivir a una cesárea de urgencia, los que permiten que mi hijo respire a pesar de su asma alérgica y los que corrigen un déficit hormonal de mi madre se nos han administrado con éxito y seguridad debido en parte a que han sido probados en centenares, tal vez miles, de sujetos humanos en ensayos experimentales. Y no solo eso: estos medicamentos eficaces emergen de un lodazal compuesto por infinidad de medicamentos fallidos, cada uno de los cuales también fue probado en docenas de cuerpos calientes, de los que algunos tal vez se hayan visto perjudicados por sus deficiencias.
El hecho de que la investigación médica traiga consigo ciertas cargas no tiene nada de terrible. Pero, en términos generales, no nos gusta saberlo. No nos gusta verlo. La mera idea de experimentar en seres humanos suena siniestra, y, a pesar de todo, siempre queremos más medicamentos que nos alivien o nos curen, y más datos para garantizar su seguridad y su eficacia y así vencer nuestros temores. La respuesta a estos deseos contradictorios ha sido la misma desde mediados del siglo XIX, cuando los científicos empeñados en diseccionar animales sorteaban las protestas de los movimientos británicos contrarios a la vivisección ocultando sus prácticas rebanadoras en el secreto. En la actualidad, los prudentes fabricantes de medicamentos dan a conocer nuevos productos médicos después de haber dirigido calladamente las fases de experimentación necesarias para obtenerlos. Y así, mientras nos alegramos, discutimos o nos quejamos de los frutos de la investigación médica (¿cuánto cuestan los medicamentos?, ¿quién los paga?, ¿cuáles son los efectos secundarios?), el inmenso negocio de difundir nuevos medicamentos avanza soterradamente.
La tendencia de la industria del medicamento a dirigir sus ensayos farmacéuticos experimentales a países pobres está en mantillas, pero crece con rapidez. Según USA Today, los principales fabricantes de medicamentos como GlaxoSmithKline, Wyeth o Merck, que ya realizan fuera de Estados Unidos y Europa occidental entre el 30 y el 50% de sus experimentos, tenían previsto aumentar el número de ensayos en el extranjero hasta el 67% en el año 2006. Y aunque, según un estudio realizado en el año 2005 por el Tufts Center for Drug Development, los ejércitos de investigadores clínicos disminuyen en Estados Unidos, donde su proporción ha caído un 11% entre los años 2001 y 2003, engrosan en el extranjero, donde han aumentado un 8% durante el mismo periodo. «La deslocalización de la investigación farmacéutica está empezando a acelerarse», informabaThe Washington Post en mayo de 2005.
Y hay indicadores que apuntan que esta tendencia no hará sino acentuarse en los próximos años: las presiones sobre una industria animada por el lucro, que la empujan a ir más deprisa y de reducir continuamente los costes; el contradictorio afecto que los estadounidenses sienten por los nuevos medicamentos y sus reticencias a la hora de participar en los experimentos que los hagan posibles; la creciente angustia de miles de pacientes de países en vías de desarrollo privados del acceso a medicamentos eficaces, o las necesidades económicas inmediatas de unos hospitales y clínicas públicas escasos de dinero para lo que se pretende que sirvan. Teniendo que gestionar unas instalaciones que se vienen abajo, unos presupuestos minúsculos y la escalada de crisis sanitarias, muchos dirigentes de países en vías de desarrollo firman acuerdos para que la industria lleve a cabo más ensayos en su país, no menos.
Es una tendencia que pide a gritos ser analizada públicamente, ya que las consecuencias de la incursión de la industria farmacéutica multinacional en los países en vías de desarrollo van mucho más allá de los destinos de los pacientes, a quienes primero se capta para los ensayos y después se abandona. Al fin y al cabo, muchos de ellos recibirán ayuda al menos durante los breves periodos que dure su participación en los estudios, lo cual no es una insignificancia.
Más perturbadoras son las implicaciones para la atención sanitaria en los países pobres. Como los depauperados centros de salud encuentran más fácil obtener beneficios con los ensayos clínicos, una parte cada vez mayor de unos recursos ya escasos de por sí se desvían de la atención sanitaria. En muchos países, los Gobiernos han alimentado esta tendencia endureciendo la legislación sobre patentes, relajando la supervisión ética de los experimentos y traduciendo la recogida de datos médicos al inglés, lengua propicia para la industria. Cuando las prioridades institucionales se desplazan de tratar a los enfermos a experimentar con ellos para las empresas farmacéuticas, las enfermeras, los médicos y el resto de personal sanitario especializado, ya sobrecargados de trabajo por unos pacientes muy necesitados, encuentran cada vez menos tiempo para curar. Y tanto si se trata de un experimento acelerado como de un estudio con buenas intenciones, o si la supervisión ética es una chapuza y los sujetos no comprenden su papel en el ensayo, la desconfianza generada crece como la espuma y contamina todas las ofertas de la medicina occidental, incluidas las relativas a vacunas y medicinas para salvar vidas.
El negocio de la experimentación en los países en vías de desarrollo también intensifica la presión para abrir esos mercados a las ventas de nuevos medicamentos de marca: incorpora exigencias de reciprocidad de parte de los profesionales locales de la medicina y las autoridades gubernamentales para que ofrezcan a sus pacientes como pasto para los experimentos. Pfizer, Eli Lilly, GlaxoSmithKline y otros gigantes farmacéuticos se agolpan ante las fronteras de la India, Brasil, Rusia y China adivinando unos mercados inmensos para sus medicamentos superventas, concebidos para bajar el colesterol, aliviar la disfunción eréctil o combatir la depresión. La filosofía de una industria que identifica innovación médica con «nuevos productos» resulta particularmente perniciosa en lugares en donde todavía hay que probar con soluciones más sencillas. Mientras sigamos careciendo, por ejemplo, de respuestas satisfactorias para los problemas sanitarios planteados por la falta de agua salubre y de alimentos sanos, un nuevo medicamento de marca no va a resultar muy útil. Y aun en los casos en los que lo más necesario sean ciertamente productos novedosos, desde fármacos para la malaria hasta remedios para la enfermedad del sueño, por regla general los que alivian a los más pobres suelen suscitar poco interés en las compañías farmacéuticas, que están comprometidas con las necesidades económicas de sus inversores. El resultado más probable será una clase rica ahíta de medicamentos junto a otra pobre famélica de ellos. En este caso, la venta de medicamentos de marca en los países pobres acentuará las desigualdades, no las corregirá. Y, como se ha documentado con profusión, la propia desigualdad empeora aún más la salud de los desposeídos.
En conclusión, debemos inaugurar el debate sobre la idea misma de utilizar cuerpos humanos como materia de investigación. Para algunas personas, realizar la tarea de ser sujeto de ensayos experimentales es lo mismo, pongamos por caso, que aceptar un empleo en una fábrica. Pero para muchas otras los ensayos industriales en países pobres plantean un dilema irresoluble que menoscaba los derechos humanos: ser objeto de experimentación o morir por falta de medicinas. En las calles de Lagos y en las salas de los congresos internacionales sobre sida, las personas procedentes de países en vías de desarrollo condenan que los científicos occidentales las utilicen como conejillos de Indias. Por su parte, los cazadores de cuerpos hacen caso omiso de las crecientes protestas.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

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