El credo falsificado – Karlheinz Deschner

El credo falsificado – Karlheinz Deschner

Estado: nuevo.

Editorial: Txalaparta.

Precio: $250.

De una manera didáctica, el profesor Karl Deschner nos ofrece una visión crítica de la doctrina de la Iglesia católica y de sus trasfondos históricos. Desde la misma existencia de Jesús, hasta la polémica transmisión de los Evangelios, la instauración y significación de los sacramentos o la supuesta infalibilidad del Papa.
Todos estos asuntos son estudiados, puestos en duda y expuestas las conclusiones en una obra de rigor que, traducida a numerosos idiomas, ha venido a cuestionar los orígenes, métodos y razones de una de las instituciones más poderosas del mundo: la Iglesia católica.
Entrevista a Karlheinz Deschner
Karlheinz Deschner nació en Alemania en 1924 y se licenció en filosofía y teología por la Universidad de Würzburg. Es autor de numerosas obras críticas con la Iglesia Cristiana, entre ellas la Historia Criminal del Cristianismo, obra inacabada que va por el noveno tomo, y a la que se ha podido dedicar gracias al apoyo económico de varios patrocinadores privados. En 1971 fue juzgado por difamación de la Iglesia, pero ganó el juicio, y en los últimos años ha recibido numerosos honores. La Fundación Giordano Bruno ha instituido un premio que lleva su nombre, y cuyo primer galardonado ha sido el biológo Richard Dawkins.
Sr. Deschner, ¿cuál es la esencia del cristianismo?
Karlheinz Deschner: La buena nueva con pintura de guerra. Incluye muchas leyendas bonitas, por ejemplo la historia de la resurrección, así como muchos mandamientos bonitos, por ejemplo el mandamiento del amor al prójimo, del amor al enemigo, el mandamiento de no robar, no matar y la astucia de no cumplir ninguno de estos mandamientos. El cristianismo es la fusión de un coro con una conflagración.
Pero, ¿qué tiene de malo el cristianismo hoy en día? Historia criminal del cristianismo es el título de su obra principal, que va ya por el octavo tomo. ¿La Iglesia no ha perdido mucha influencia, al menos en Europa occidental?
En primer lugar: yo no estoy describiendo el cristianismo actual, el que existe ahora, sino un pasado, es decir, a veces (y a veces no) algo un poco distinto. Pero lo que sigue siendo criminal del cristianismo actual son las repercusiones de su ideología, las muchas consecuencias de su demencia dogmática, que no se conforma solamente con la fe, sino que quiere hacer proselitismo, expandirse, conquistar. Lo que hoy en día sigue siendo criminal del cristianismo es su desastrosa moral sexual y social, su práctica de proteger dentro del vientre materno lo que luego se sacrifica en la guerra; como si en las tripas de las mujeres se criara la carne de cañón. Los grandes sacrificios de los pobres a favor de los ricos se convierten en pequeños sacrificios de los ricos a favor de los pobres. Lo que las iglesias pierden, o parecen perder, en Europa occidental, lo ganan en otros lugares, por ejemplo en “God’s own country” (la Tierra propia de Dios, N. de la trad.)
Hoy en día, ¿el Islam radical no supone un peligro mucho mayor?
En lo que respecta al Islam, dejando de lado sus propios potenciales agresivos, que se entremezclan con la miseria socioeconómica del Tercer Mundo, en lo que respecta al Islam que ya casi se ve sólo, como en su día se vieron los judíos o los comunistas, en el papel del mal, casi del único gran mal, ¿no podríamos pensar que este papel les viene bien a determinados sectores occidentales, no podrían incluso haber alentado, en secreto, el peligro islámico?
Pero es evidente que muchos terroristas de hoy en día legitiman sus asesinatos a través del Islam.
Sí, de acuerdo con la opinión pública que predomina aquí. Pero un estudio que la Fundación Bertelsmann llevó a cabo en todo el mundo y que se publicó a finales de noviembre llega a otra conclusión. Este estudio no menciona como motivo principal de la violencia política (que en los últimos cinco años se ha triplicado) el fanatismo religioso, sino la pobreza, la mala administración y la represión. Según el estudio, el extremismo religioso, incluido el islámico, está aumentando, pero en conjunto sólo supone una cuarta parte de los grupos terroristas. La mayor proporción, un 36%, sigue correspondiendo a los movimientos nacionalistas.
¿Cómo ve usted la relación entre cristianismo, Islam y judaísmo? La violencia y la exclusión de los que piensan de otro modo, ¿está presente en todos los monoteísmos, o hay gradaciones?
Las tres religiones monoteístas tienen algo de intolerancia. Algo de violencia y violación. Debido a su idea de ser el pueblo elegido, tienen unas aspiraciones absolutistas que excluyen de entrada una auténtica tolerancia.
¿Qué le motiva a usted a lo largo de las décadas para este trabajo increíble? ¿La indignación?
¿Qué me motiva? Muy sencillo: la injusticia. Una injusticia que clama al cielo, que durante milenios se ha empaquetado en palabras pseudo piadosas, en mentiras escandalosas; los detalles se pueden leer en mis muchos libros críticos con el cristianismo.
Usted se define como agnóstico. ¿Qué quiere decir exactamente?
Como agnóstico, soy honrado y dejo abierta la pregunta sobre Dios y sobre la inmortalidad. No la niego, aunque para mí El no tiene una gran probabilidad. Pues si bien comparto con Shakespeare la idea de que hay más cosas en el cielo y en la Tierra de las que puede soñar nuestra filosofía, pienso, como Goethe, que no podemos explorar esa cuestión, que nuestro cerebro está demasiado limitado. “Del mismo modo” dice Darwin “podría especular un perro sobre el entendimiento de Newton”. Y no lo digo con afán de criticar a los perros.
¿Usted fue creyente antes? Y en ese caso, ¿cuándo dejó de serlo?
Fui creyente de niño. A los diez años quería ser cura. A los once ya no. A los quince años leía a Nietzsche, en la universidad a Schopenhauer y Kant. Con eso fue suficiente para despedirme del cristianismo. Y con lo que ya conseguí acabar con un residuo emocional que tampoco se debe subestimar es con la escritura de Abermals krähte der Hahn (El gallo volvió a cantar), en su mayor parte una historia de los dogmas del cristianismo temprano, en parte una historia comparada de las religiones; 25.000 horas de trabajo en cinco años.
¿La reforma supuso un avance, una humanización del cristianismo?
No, para nada. Significó continuar con los crímenes. Bien es cierto que Lutero desenmascaró las leyendas de los santos como cuentos. Pero mantuvo las leyendas bíblicas; la creencia en el diablo; en las brujas; el exterminio de los herejes; el antisemitismo, la guerra, la servidumbre, el príncipe. A eso se le llama reforma.
¿Y en Suiza? ¿Zwingli fue mejor?
Zwingli no quería que lo confundieran con Lutero, le sabía muy mal que los papistas lo llamaran luterano, pero no era tan independiente, al menos en la práctica. Al igual que Lutero se amparaba en los príncipes, él se amparaba en el Consejo de Zurich, la ciudad república autónoma. Al igual que Lutero combatía los levantamientos de los campesinos, al igual que Lutero actuaba en contra de los que bautizaban, al igual que Lutero (y que todos los cristianos auténticos) se mostró a favor de la guerra. Igual que Lutero, dividió las tierras y, a diferencia de éste, atacó con toda violencia a los católicos del interior de Suiza. Finalmente, opinaba que “la Iglesia sólo podía renovarse por la sangre”. La sangre era siempre lo que más les deleitaba, sobre todo la de los demás.
¿Y Calvino?
Ay, ese asceta enfermizo, pálido, vestido de negro, que parecía no sentir nada por la naturaleza ni por el arte ni le gustaban las mujeres ni disfrutaba de la vida, que sólo sentía un ansia insaciable de poder, que sólo quería imponer sus teorías, su dictadura teocrática; fanatismo acérrimo, espionaje sistemático, castigar y meterse en lo más privado de las vidas de los demás. Basta con pensar en su comportamiento vil hacia Miguel Servet, reformista como él, médico y filósofo de la naturaleza, a quien por una diferencia teológica metió en la cárcel y luego lo quemó en la hoguera, dejando que ardiera vivo durante media hora, hasta que la víctima, que no paraba de gritar, se convirtió en una masa de carbón. Doscientos años más tarde, Edward Gibbon, el gran historiador de la Ilustración, afirma que este sacrificio “le conmovió más que los miles que murieron en las hogueras de la inquisición”.
Una sociedad atea, ¿es automáticamente una sociedad mejor?
No, desde luego que no. Pero una sociedad sin “Dios”, sin mitos, sin la base de unas religiones mentirosas militantes, me parece algo a lo que merece la pena aspirar. No sé si las cosas mejorarán si cambian. Pero cito a Lichtenberg: “Pero las cosas tienen que cambiar para poder mejorar”.
Los casos de pedofilia, ¿son un fenómeno nuevo, o forman parte de la Iglesia?
Por supuesto que la pedofilia no es nada nuevo. Eso existe en la Iglesia desde que existe la Iglesia, incluso antes, en los tiempos del cristianismo primitivo. Si leemos las cartas de Pablo, las auténticas y las seis falsificadas, se encuentran, igual que en otras partes del Nuevo Testamento, todo tipo de “pecados” sexuales.
¿Las “perversiones” de los sacerdotes están relacionadas con el celibato?
Es muy posible. Pero la mayor parte de los célibes no le hicieron mucho caso al celibato, en lugar de renunciar a UNA mujer mantenían a montones de ellas, en cierto sentido el matrimonio de los clérigos es sustituido por un harén de clérigos. En el siglo VIII, San Bonifacio pilla a los curas con cuatro, cinco o más concubinas en la cama. Luego hubo en Basilea obispos con veinte, con sesenta y un niños, incluso los monasterios están llenos de mujeres, y las monjas le hacen la competencia a las prostitutas. En el siglo XIII, hasta los papas se lamentan de la indecencia del clero, les dicen que son peor que los laicos, la podredumbre de los pueblos. En el siglo XV, en el Concilio de Constancia, el que quema a Hus, participan además del Espíritu Santo setecientas prostitutas públicas, sin contar las que se trajeron los propios padres del Concilio.
¿Y los propios papas?
En el mismo siglo, el papa Sixto IV, el que construyó la Capilla Sixtina, que lleva su nombre, y también un burdel de mucho éxito, cohabitaba con su hermana y con sus hijos. ¡Y en 1476 introdujo la fiesta de la Inmaculada Concepción! Por descontado que después de las reformas tridentinas continuaron las bacanales del clero. Incluso en el año 1970, una asociación católica de Munich lamenta la hipocresía los sacerdotes católicos, que mantienen relaciones secretas similares al matrimonio.
Entonces, ¿está usted a favor de abolir el celibato’
Para nada. Yo, al igual que los papas, estoy totalmente a favor del celibato: el que quiera ser católico, el que quiera ser cura católico, que se aguante.
¿Se puede decir que el primer cristianismo fue bueno, pero que la Iglesia lo convirtió en algo malo?
Eso es lo que creen muchos. Pero, aparte de que el cristianismo no tiene nada, absolutamente nada de original (desde la Navidad hasta la ascensión, todo son plagios), ya el primer tomo de la Historia Criminal testimonio en casi cien páginas las luchas de los primeros cristianos contra el judaísmo.
Usted mismo es la mejor prueba del espíritu liberal del cristianismo. En el Islam, haría ya tiempo que le habrían colgado una fatua.
Y antes, en el cristianismo, me habrían excomulgado, o colgado, o quemado, durante siglos. Que nadie se confunda: hoy en día es sólo la relativa impotencia del clero lo que impide que quemen a sus enemigos.
¿Vivimos en una sociedad laica, o la religión sigue siendo un factor importante, o incluso que va a más?
No hace falta más que encender la televisión para ver el tratamiento que reciben las iglesias y sus dirigentes, el papa, el espacio que se les dedica, los comentarios . . . Por no pensar lo que ocurrirá entre bastidores.
El papa actual, ¿tiene cabida dentro de su historia?
Sí, en la medida en que parece que continúa en todos los aspectos esenciales la política de sus antecesores, sobre todo la terrible represión sexual que me temo que seguirá cobrándose víctimas mientras vivan y mueran los hombres. El legado de quienes le precedieron se documenta en mi obra Política de los papas en el siglo XX, de casi 1400 páginas.
Benedicto XVI, ¿podría romper, si quisiera, con esta lamentable tradición?
En contra de lo que se suele creer, no tiene tanta importancia quién encabeza la curia. Por más poder que tenga, su margen de actuación es limitado. Depende de todo el aparato burocrático y jerárquico, de tendencias políticas y teológicas, de pugnas dentro de la curia y fuera, en la iglesia de los obispos. En la práctica, el papa, aparentemente un autócrata, está atado por todos los lados, muchas veces las decisiones ya están tomadas antes de que él las pronuncie. Rara vez tiene el papa la capacidad de integrar los extremos, a menudo no es más que el órgano de ejecución de un bando u otro. En resumen, el Vaticano es una camisa de fuera para su soberano.
¿Se pueden dar cifras de la víctimas del cristianismo?
Si a las víctimas directas (paganos, judíos, musulmanes, herejes, brujas, indios) se le suman las indirectas, por ejemplo las de las dos grandes guerras del pasado siglo, que todas las Iglesias cristianas alentaron con insistencia, no cabe duda de que han sido varios cientos de millones de humanos; por no hablar de los animales.
Vamos a ver. Las víctimas de las dos guerras mundiales, ¿se las atribuye usted a la Iglesia? El régimen comunista de la URSS era ateo, y los nazis también estaban en contra de la Iglesia. Los cristianos estaban en su mayoría del lado de las víctimas, o se opusieron a los regímenes totalitarios.
Casi todo eso es cierto. Ahora bien, y ahí está la vergüenza, las Iglesias, la católica, la protestante y la ortodoxa, todo el clero colaboró con los regímenes que hicieron la guerra, fue una íntima colaboración por todos los lados.
Pónganos un ejemplo. ¿Qué papel desempeñó el papa durante la primera guerra mundial?
Pío X, fanático antieslavo, prácticamente metió a Austria en la primera guerra mundial. Y también el secretario de estado del cardenal Merry del Val, nada más estallar el infierno, dijo literalmente que “tenía la esperanza de que la Monarquía fuera hasta el final”. Hay documentos que lo prueban sin lugar a dudas. Y hay miles de sermones vomitivos animando a la guerra, que rebosan de fervor bélico y espíritu asesino. A las matanzas las llaman “primavera de los pueblos”, “tormenta de Pascua”, el silbido de las balas es “el canto de la misa”, los cañones “altavoces de la piedad que llama”, las trincheras son “la gruta de Getsemané”, la campo de combate es “Galgatá”, y el instante de la muerte, el “momento divino”. Ahí estaban los cristianos, pero eran víctimas y también culpables, ambos.
¿Y en la segunda guerra mundial?
Bueno, pues antes el papa había apoyado desde el principio, y había llevado al poder, a todas las bandas fascistas, en Italia, Alemania, España, las más deleznables en Croacia. Y al principio de la segunda guerra mundial Pío XII amenazó a “millones de católicos del ejército alemán”: “Han jurado, tienen que obedecer.” Les metió en la cabeza que el Führer era el jefe supremo de los alemanes y que negarle obediencia era pecado. Este papa no sólo expresó, en mitad de la guerra, gran simpatía por Alemania, sino también, literalmente “admiración por las grandes cualidades del Führer”. Incluso le transmitió a éste, a través de dos de sus nuncios, literalmente, que “no deseaba nada con más anhelo que su victoria.”
¿Por qué? ¿Por miedo, por adaptarse? ¿O perseguía la Iglesia sus propios fines?
Pío XII (propietario de una fortuna personal de ochenta millones en oro y títulos) tenía la esperanza de conseguir, en la segunda guerra mundial (25.000 muertos diarios, gasto diario de dos mil millones de marcos) lo que el papado no había conseguido con Habsburgo y el Káiser alemán: el gran objetivo de Roma, convertir en católicos los Balcanes y someter a la Iglesia rusa ortodoxa.
¿Cuál fue la reacción de la Iglesia rusa ortodoxa?
Se puso inmediatamente del lado de la URSS atea, del lado de Stalin. Pues es que, sean católicos, protestantes o ortodoxos, en realidad siempre se trata de lo mismo, de una sola cosa: el poder, el poder, el poder. Y así pues, se hizo una llamamiento a la población para que apoyaran a Stalin, y se celebraron misas para rogar a Dios por la victoria del Ejército Rojo. Un Concilio de 46 obispos le deseó “a nuestro queridísimo jefe José Stalin una larga vida”.
¿La religión nos atonta automáticamente? ¿O también puede ennoblecer a los hombres?
No sé, tal vez en algunas ocasiones ennoblece, sobre todo a aquellos que por sí mismos también se habrían ennoblecido. Pero los cristianos buenos son los más peligrosos, porque se los confunde con el cristianismo. Y todas las creencias absurdas, siempre, nos hacen un poco estúpidos.
Usted lucha contra la literatura de mal gusto, el modo de vida americano y la crueldad contra los animales. Estos distintos combates, ¿surgen de una fuente común?
Sí, así lo creo: surgen de un aparato sensorial especialmente sensible, de una gran repugnancia tanto de lo falso como de lo injusto.
Hablando de América, ¿piensa usted que la religión es un factor importante de la política de Bush?
Desde luego que sí. De eso no hay ninguna duda, dada la mentalidad de muchos americanos, que son tan propensos a la beatería. En cuanto al presidente mismo, lo considero suficientemente retardado como para creerse las cosas “religiosas” que dice. Por una parte. Por otra parte, lo considero una persona con tan poco personalidad como para no creerlo. Sin querer subestimar su falta de inteligencia, esto último me parece incluso más probable.
¿Qué le respondería usted a un niño que entrara en una iglesia y le preguntara lo que es?
Citaría a Nietzsche: la sepultura de “dios”. Un recuerdo petrificado de algo que muy probablemente no existió jamás.
Usted ha dedicado su vida a una obra inmensamente extensa. ¿Volvería a hacer lo mismo?
Pues me gustaría haberlo hecho de otra manera en algunos casos: mejor, mejor en el sentido formal. Y lo que más me habría gustado es, no luchar contra algo (algo tan necesario como combatir el cristianismo) sino a favor de algo: la liberación de los animales. Pues lo que les llevamos haciendo desde hace miles de años, a unos seres tan sensibles como nosotros, que se alegran y sufren como nosotros: permitirles que nazcan sólo para poder sacrificarlos y comerlos, eso es el mayor crimen de la historia de la humanidad, algo horrendo. Lo pienso todos los días, a menudo, pero no debo pensarlo mucho para no volverme loco.
Una persona como usted, que probablemente no cree en la vida eterna, ¿se enfrenta al hecho de que la vida sea transitoria y la muerte definitiva?
Sí, son cuestiones sobre las que reflexiono. Soy viejo. Está oscureciendo, y la luz es mi color favorito. Pero prefiero morir con miles de dudas que morir eufórico pagando el precio de la mentira.
¿Tiene usted un sueño?
Mi madre solía decir que yo era un soñador obstinado. Me hice mayor y tuve algunos sueños, entre ellos el sueño del progreso, de un mundo mejor. Ahora casi sólo hay un progreso con el que sueño: que los políticos y los curas no nos den miedo, sino risa.
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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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