Mapa narcoprostibulario de Carrefour – Capítulo III

Mapa narcoprostibulario de Carrefour. El precio más bajo garantizado de Once
Mapa narcoprostibulario de Carrefour
El precio más bajo garantizado de Once
III

 

PERFIDIA
James Ellroy
Fragmento del 1er capítulo
LOS JAPOS
(6 – 11 de diciembre de 1941)
6de diciembre de 1941
1
HIDEO ASHIDA los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
Ahí: la farmacia Whalen, en la esquina de la calle Seis con Spring. Objeto de cuatro delitos recientes. CP 211: robo a mano armada.
Esa tienda tenía la negra. Cuatro atracos en un mes auguraban un quinto. Seguramente era el mismo malhechor. Trabajaba solo. Se cubría la cara con un pañuelo y llevaba una fusca de cañón largo. Siempre robaba estupefacientes y el dinero de la caja.
La Brigada de Robos y Atracos andaba escasa de efectivos. Un cretino con una máscara de Hitler había asaltado tres tabernas en Silver Lake. Era un 211 con agravante por lesiones. El cretino en cuestión cruzaba la cara a los camareros con la pistola y magreaba a las clientas. Le pirraba usar el arma. La emprendía a tiros con las gramolas y las botellas de los estantes.
Robos y Atracos estaba desbordada. Ashida montó el chisme de activación por tensión y eligió esa farmacia como lugar de prueba. Había creado el prototipo cuando era estudiante de secundaria. Su primer lugar de prueba fueron las duchas del instituto Belmont. Lo utilizó para fotografiar a Bucky después de un entrenamiento de balonces…
Un coche torció hacia el norte por Spring. El conductor vio a Ashida. Como cabía esperar, prorrumpió:
–¡Japo de mierda!
Ray Pinker reaccionó. Como cabía esperar, prorrumpió: –¡Vete al carajo!
Ashida permanecía atento al suelo. El hilo disparador cruzaba la calle hasta el bordillo opuesto, frente a la farmacia. El malhechor, el muy cretino, había aparcado en el mismo sitio las cuatro veces. El hilo iba conectado a una cámara revestida de goma dura, provista de un sistema de activación por tensión. Accionaban el engranaje, por contacto, las ruedas del coche en el momento de aparcar. Un obturador y un flash se disparaban y fotografiaban la matrícula posterior. Los carretes de película iban guardados en tubos recubiertos de goma. Bastaba una sola carga para todos los coches de un día.
Pinker encendió un pitillo.
–Esto es un tiro al aire. Somos criminólogos civiles, no policías. Ya sabemos que el puñetero artilugio funciona. ¿Por qué seguimos aquí, pues? Tampoco es que nos bonifiquen por hacer otro trabajo.
Ashida sonrió.
–Ya conoce la respuesta a eso.
–Si la respuesta es «No tenemos nada mejor que hacer» o «Somos científicos con una vida personal de pena», tienes toda la razón.
Pasó un autobús en sentido sur. Un mexicano formaba anillos de humo con la boca desde su ventana. Vio a Ashida. Prorrumpió:
–¡Puto japo!
Pinker tiró la colilla. Cayó cerca del autobús.
–A ver, ¿cuál de vosotros nació aquí? ¿Cuál de vosotros no cruzó a nado ilegalmente el Río Grande?
Ashida se enderezó el nudo de la corbata.
–Repítalo. Estaba exasperado la primera vez que lo ha dicho, y por tanto sé que era una respuesta sincera.
Pinker esbozó una sonrisa.
–Eres mi protegido, y por tanto eres mi japo, con lo cual tengo un interés personal en ti. Eres el único japo al servicio del Departamento de Policía de Los Ángeles, lo cual te hace aún mucho más único y aumenta mucho más mi caché.
Ashida se echó a reír. Un DeSoto del 38 se detuvo frente a la farmacia. Las ruedas tocaron el hilo, la lente se abrió, el flash se disparó. Se apeó un hombre alto. Tenía los ojos pequeños y castaños, el pelo oscuro, peinado a lo Bucky Bleichert. Ashida lo observó entrar en la farmacia.
Pinker cruzó la calle y, agachado, toqueteó la ranura del flash. Ashida escudriñó a través del escaparate y siguió los movimientos de aquel hombre. El cristal distorsionaba sus facciones. Ashida lo convirtió en
Bucky. Cerró los ojos, parpadeó, abrió los ojos y lo transformó. Ahora el hombre exhibía la desenvoltura de Bucky. Más que andar, flotaba. Sonrió y enseñó unos dientes enormes de conejo.
El hombre salió. Pinker corrió de nuevo a la otra acera y obstruyó la visibilidad de Ashida. El coche se marchó. Ashida parpadeó. El mundo perdió su minuto de esplendor encarnado en Bucky Bleichert.
Se reacomodaron. Pinker se apoyó en una farola y fumó sin parar. Ashida, inmóvil, percibió el zumbido del centro urbano de Los Ángeles.
La guerra se avecinaba. El zumbido giraba exclusivamente en torno a eso. Ashida, nacido en Estados Unidos, era el segundo hijo de una familia japonesa. Su padre era peón ferroviario. Tomaba hidrato de terpina como si fuera agua y se dejó la vida poniendo raíles de ferrocarril. Su madre vivía en un piso de Little Tokyo; era pro-emperador y hablaba japonés solo para mortificarlo. La familia tenía en propiedad unas tierras de labranza en el valle de San Fernando. Al frente de la granja estaba su hermano Akira. En esa zona las explotaciones agrícolas eran en su mayor parte de japoneses de segunda generación, conocidos como nisei. Para la cosecha, recurrían a ilegales mexicanos. Era una práctica habitual entre los nisei. Era vergonzoso, era prudente, era mano de obra barata. Dicha práctica rayaba en servidumbre voluntaria. Dicha práctica garantizaba la solvencia a la clase agraria nisei.
Dicha práctica implicaba connivencia. La familia sobornaba a un capitán de la Policía del Estado mexicana. Los pagos libraban de la deportación a los espaldas mojadas. Akira aceptaba la práctica y la aplicaba sin sondeo moral. Eso permitía a Hideo, el hijo segundo, vivir ajeno al negocio familiar y cultivar su pasión por la criminología.
Este tenía títulos superiores en química y biología. Se había doctorado por Stanford a los veintidós años. Poseía conocimientos de serología, dactilografía, balística. Entró luego en el Departamento de Policía de Los Ángeles, donde llevaba un año. Quería colaborar con su legendario químico jefe. Era un protegido en busca de mentor. Ray Pinker era un pedagogo en busca de discípulo. Así se forjó el vínculo. Las funciones asignadas pronto se desdibujaron.
Pasaron a ser colegas. Pinker era admirablemente ciego en cuestiones de raza. Comparaba a Ashida con el hijo número uno de Charlie Chan. Ashida decía a Pinker que Charlie Chan era chino. Pinker contestaba: «Para mí eso es griego».
Árboles navideños con nieve artificial bordeaban Spring Street. Estaban cubiertos de excrementos de pájaro y hollín. Un muchacho voceaba el Herald frente a la farmacia. Anunció el titular a voz en cuello: «¡FDR en un desesperado intento final de negociación con los japoneses!».
–El puñetero chisme funciona –dijo Pinker.
–Lo sé.
–Eres un genio del carajo.
–Lo sé.
–El violador aquel sigue actuando. Los de la Brigada Central Antivicio sospechan que es policía militar. Se cepilló a otra mujer hace dos noches.
Ashida asintió con la cabeza.
–La primera víctima opuso resistencia y le arrancó parte del brazalete. Llevaba la camisa del uniforme debajo de la chaqueta de paisano. Tengo una muestra de fibras en mi laboratorio en el piso de mi madre.
Pinker dio un buen repaso a una rubia enorme colgada de un marinero. El marinero miró de reojo a Ashida.
–Bucky Bleichert tiene un combate mañana por la noche en el Olympic. La primicia es que peleará unas cuantas veces más y luego se incorporará al departamento.
Ashida se sonrojó.
–Conocí a Bucky en el instituto.
–Ya lo sé. Por eso te lo digo.
–¿Contra quién pelea?
–Un tal Junior Wilkins, un zopenco. Elmer Jackson lo trincó por estafa. Compinchado con un predicador negro, timaba a la gente con la promesa de volver a África.
Un cupé Ford del 37 aparcó delante de la farmacia. Ahí: las ruedas tocaron el hilo, la lente se abrió, el flash se disparó a su debido tiempo.
Pinker tosió y volvió la espalda a Ashida. Un hombre se apeó del coche. Llevaba un sombrero de fieltro y un abrigo con el cuello levantado. Ashida sintió un hormigueo. Nohacía frío para abrigo.
Pinker carraspeó y tosió. Estaba casi doblado por la cintura. El hombre se cubrió la cara con un pañuelo.
Ashida se estremeció.
Era perfecto. Era ideal. Pinker no vio al hombre. Tenían la matrícula. Ashida podía dejar que el delito se perpetrara. Podía llevar a cabo su estudio forense desde el inicio.
El hombre entró en la farmacia.
Ashida consultó su reloj. Eran las 9.24.
Pinker se volvió y encendió un pitillo. Ashida escrutó a través del escaparate de la farmacia. El hombre recorrió el pasillo de los dentífricos. Ashida consultó su reloj con disimulo.
El hombre se agachó y se perdió de vista. 9.25, 9.26, 9.27.
–Mi mujer opina que es por el polvo que flota en el aire –comentó Pinker–, pero yo le digo que es solo exceso de flema.
El hombre salió corriendo de la farmacia. Llevaba en la mano una bolsa de papel y una pistola semivisible. Derribó al voceador de periódicos. Cogió el coche y se largó a toda pastilla.
–Joder –dijo Pinker.
Se le cayó el pitillo de los labios.
El voceador corrió hacia la farmacia. Pinker corrió hacia una cabina de teléfono. Ashida corrió hacia el chisme.
Sacó la llave, lo abrió y se arrodilló muy cerca. Examinó el negativo en el alimentador. Ahí estaba, tenue y borrosa: «Cal KFE-621».
Un coche se detuvo al ralentí. Al volante iba un shriner, con fez y todo. Vio a Ashida y contrajo el rostro. Ashida se irguió y cerró los puños. El coche se alejó.
–«¡FDR en un desesperado intento final de negociación con los japoneses!» –El voceador fijó la mirada en Ashida y gritó con tono más penetrante.
Ahí: una sirena de policía a las 9.31.
Ashida permaneció inmóvil. Un modelo K dobló la esquina y se detuvo con un frenazo a corta distancia del chisme. Ashida los vio en primer plano. Reconoció a los dos hombres: Buzz Meeks y Lee Blanchard.
Se apearon. Meeks trabajaba en la Sección de Robos y Atracos de la Jefatura. Blanchard trabajaba en la Patrulla Central. Meeks vestía un traje recién planchado. Blanchard vestía uniforme, y había dormido con él puesto.
–¿Qué tal, chico? –dijo Meeks–. ¿Cómo es que has llegado antes que nosotros?
–¿Qué tal, Hirohito? –dijo Blanchard.
Meeks agarró a Blanchard por la corbata y, de un tirón, lo obligó a doblar la cabeza. Blanchard se sonrojó.
Ashida señaló el chisme.
–El señor Pinker y yo estábamos probando este dispositivo. La farmacia es una víctima propiciatoria, y por eso la hemos elegido como lugar de prueba. Las ruedas de los coches activan una cámara que hay oculta en ese tubo. Nos hemos tropezado con el atraco por pura suerte. La matrícula del sospechoso es KFE-621.
Meeks guiñó el ojo y se agachó junto al chisme. Blanchard subió al coche y dio el aviso. Meeks era un veterano de los tiempos de la gran sequía y un ex actor de películas del Oeste. Llegó al cuerpo de policía cuando estaba al mando James Edgar Davis, alias «Dos Pistolas». Actuó como recaudador en las extorsiones del alcalde Frank Shaw. El jurado de acusación defenestró a Shaw y al jefe de policía Davis. Meeks eludió los catorce cargos que se le imputaron.
Blanchard era ex púgil, peso pesado. Con los ahorros del boxeo se compró una casa por encima de Sunset Strip. En el año 39 resolvió un caso, un gran atraco a un banco, y se forjó así cierta reputación como policía. Andaba ajuntado con una mujer, Kay algo. Esos apaños estaban prohibidos con el actual jefe de policía, C. B. Horrall. El jefe sentía debilidad por Lee y hacía la vista gorda. Meeks y Blanchard atraían los rumores como imanes. El más extendido: Lee hacía buenas migas con Ben Siegel y el sindicato judío.
La farmacia era ahora una olla de grillos. Las voces reverberaban en el escaparate. Ashida miró hacia el interior. Pinker tenía agrupados a los testigos.
Meeks se hurgó los dientes y admiró el chisme. Blanchard salió del modelo K.
–El coche lo han robado en East Slauson, delante de un salón de billar. En la comisaría de la calle Setenta y siete han tomado nota de la denuncia a las 8.16. Tiene que ser un negro. No hay blanco que sobreviva al sur de Jefferson.
Meeks consultó su reloj.
–Avisa a Tráfico. Diles que difundan un comunicado, y diles que carguen un poco las tintas. Oleada de crímenes a manos de un solo hombre, armado y peligroso. Píntalo como si fueran palabras mayores.
Blanchard formó el signo de la victoria de Churchill. Meeks se miró en el escaparate y se atusó el pelo. Ashida entró en la farmacia.
Se grabó en la cabeza el plano de planta. Memorizó las fisonomías de los testigos. Calculó geométricamente las distancias. Lo recorrió todo con la mirada, los detalles se acumularon, percibió olores corporales impregnados de adrenalina.
Dos farmacéuticos en bata blanca. El encargado, con traje y corbata. Dos clientas ya ancianas. El farmacéutico gordo tenía un forúnculo en el cuello. El farmacéutico flaco tenía tembleque. Una anciana era obesa. El dibujo de sus venas denotaba arteriosclerosis.
Los testigos estaban apiñados. Meeks se situó detrás del mostrador de la entrada, de cara a ellos.
–Soy el sargento Turner Meeks, y soy todo oídos.
El encargado dijo:
–Ha entrado y ha ido derecho a la sección de fármacos. Llevaba antifaz e iba armado, pero dudo que fuera el mismo que nos atracó las otras veces. Este era más alto y delgado.
Los farmacéuticos movieron la cabeza en gestos de asentimiento: sí, jefe, lo suscribimos.
–¿Y qué ha pasado después? –preguntó Meeks.
–Nos ha puesto en fila y nos ha robado las carteras. Luego nos ha obligado a acompañarlo por el primer pasillo, donde las pastillas, ha robado un frasco de fenobarbital y ha disparado al techo.
Ashida sintió un hormigueo. Ahí: el detalle insólito.
–El señor Pinker y yo estábamos en la acera de enfrente. Habríamos oído el disparo.
El farmacéutico gordo negó en redondo.
–La pistola llevaba silenciador. Sobresalía de la punta del cañón. Ashida se acercó a la sección de fármacos. Observemos la caja registradora, las tabletas de chocolate Hershey y las postales de Navidad. Marcó una venta por valor de un dólar. El cajón del dinero se abrió. Las casillas estaban repletas de billetes de uno a veinte.
Intuición.
El malhechor tenía más interés en la droga que en el dinero. El robo de las carteras era secundario. Se las apropió para encubrir el móvil principal.
Anomalía. ¿Por qué robar solo un frasco de fenobarbital? Ese acto se contradecía con el arquetipo de ladrón drogadicto.
Ashida saltó por encima del mostrador y recorrió el primer pasillo. Ahí: ningún casquillo de bala expulsado. Ahí: dos opciones.
El ladrón lo recogió o el arma era un revólver.
Ahí: el balazo en el techo. Limaduras de metal en el suelo, justo debajo: fileteado de silenciador desprendido.
Se arrodilló y lo examinó. Los contornos estaban chamuscados por el calor generado en la boca del cañón. El fileteado formaba pequeñas volutas.
Ashida regresó al mostrador de la entrada. Pinker tenía su equipo de pruebas. Meeks descorchó una botella de licor de la tienda y la hizo circular. Blanchard saqueó el estante de los chicles. Meeks se llenó los bolsillos de condones.
La botella corrió de mano en mano. Ashida la rehusó. Los farmacéuticos echaron generosos tragos. Las ancianas, entre risitas, tomaron unos sorbos.
–Ya hay novedades de Tráfico. Han abandonado el coche a tres calles de aquí. De momento tenemos las huellas de unas manos enguantadas en el salpicadero.
Meeks encendió un pitillo.
–¿Ese hombre ha tocado algo dentro de la tienda? ¿Pueden ayudarme con eso?
El farmacéutico gordo carraspeó.
–Ha rozado el expositor de los tebeos al salir. Es posible que se le haya enganchado el abrigo, diría yo.
Pinker puso cara de «Ya mismo.» Ashida captó y, agachándose, pasó por delante de los testigos. El expositor estaba lleno a rebosar de tebeos del Ratón Mickey Tarzán. Ashida lo hizo girar dos veces. Nada y nada. Sí… ahí.
Hebras de color rojo vivo, prendidas de uno de los brazos.
Fieltro de lana, muy tupido. Le resultaba familiar.
Ashida sacó una pluma y un sobre de pruebas. Desprendió las hebras, las metió en el sobre y lo cerró. Escribió en la solapa: «CP 211 / Farmacia Whalen / 10.09 horas, 6-12-41».
Más risas cerca de la entrada: Blanchard y Meeks hacían el papel de Hermanos Ritz. Ashida olfateó el sobre. Olió la tela a través del papel. Estableció el enlace sináptico.
El policía militar presunto violador. Las fibras de su brazalete. Acaba de violar a otra mujer, dice Pinker. El muy idiota merodeaba por ahí, dispuesto a violar, con el brazalete puesto.
En el abrigo del ladrón no había nada rojo. Los brazos del expositor quedaban a la altura de la cintura. Era un abrigo sin solapas en los bolsillos. Las hebras de tela quizá procedían de algo que asomaba de un bolsillo. En casa de su madre tenía fibras con las que comparar. Podía confirmar si se correspondían o descartarlo.
Oyó el silbido: el te necesito ahora mismo de Pinker.
Ashida localizó la procedencia del sonido. Pinker estaba de nuevo en la sección de fármacos. Había sacado la cámara de registrar pruebas.
Tomó tres instantáneas del orificio de bala, tres más de las limaduras del silenciador.
–Este asunto me intriga. No ha aterrorizado a los testigos con el arma, no ha robado el dinero de la caja, ha descerrajado un tiro porque sí.
Ashida asintió.
–Es como si estuviera probando el silenciador. ¿Y por qué ha robado un único frasco de fenobarbital?
Pinker asintió.
–Me gusta esa teoría de la prueba de disparo. Salta a la vista que era un silenciador de fabricación casera, porque, con un único tiro, hay ya restos quemados del fileteado. Después de ocho o diez quedará inservible.
–Bien observado, y según el encargado, no era el mismo atracador que en las ocasiones anteriores. Fueran cuales fuesen sus móviles primario y secundario, ha elegido una víctima propiciatoria.
Pinker recogió las limaduras y las metió en un sobre. –Probablemente hay un altillo entre el cielo raso y el tejado.
El techo era de placas de cartón yeso sueltas. Ashida saltó y, de un golpe, desalojó la placa contigua a la que presentaba el balazo. Pinker formó un estribo con las manos. Ashida tomó impulso y se asomó al hueco.
El altillo se componía de tablones mohosos y telarañas. Ashida se encaramó. Olía a pólvora residual. Se irguió y se enredó en una telaraña. Se la sacudió y sacó la linterna de bolsillo. El haz iluminó enjambres de insectos y una rata que se escabullía. Ahí: seis fragmentos de bala disgregados.
Ándate con cuidado. Has estado presente desde el inicio. Está tu deber oficial… y estás Tú.
Stanford, año 1936. Introducción a las Ciencias Forenses: «Todo auténtico investigador clínico sucumbe y se guarda pruebas. La práctica crea una simbiosis entre eso y ».
Consultó su reloj. Sujetando la linterna con los dientes, extrajo otro sobre. En el anverso anotó: «CP 211 / Farmacia Whalen / 10.16 horas, 6-12-41». Metió dentro cuatro fragmentos de bala. Se guardó los otros dos en el bolsillo.
La rata se revolvió cerca de él. Ashida se sacudió el polvo y se descolgó por el hueco. Cayó ágilmente. Vio a Buzz Meeks observar con interés los estantes de estupefacientes.
–Fíjate en esto, chico.
Ashida miró. Premio: cuatro hileras de frascos colocados en perfecto orden. La quinta hilera: desordenada. Botellines de paregórico, a todas luces revueltos.
–Según uno de los farmacéuticos, el ladrón solo ha robado fenobarbital.
–Sí, y le creo –dijo Meeks–. Pero el farmacéutico flaco está como un flan y lleva el cuello de la camisa empapado. Sospecho que es adicto.
–Sí. Ha aprovechado el atraco para robar un botellín de paregórico. Solo ha cogido lo que podría haberse llevado encima el ladrón, y lo que podía esconder él mismo.
Meeks le guiñó el ojo.
–Vaya si tienes razón, Charlie Chan.
–Soy japonés, sargento. Ya sé que no distingue usted la diferencia, pero no soy un puñetero chino.
Meeks sonrió.
–A mí me pareces americano.
Ashida se sintió abrumado. Ante los halagos siempre temblaba como una…
Lanzó un vistazo a la entrada. Pinker espolvoreaba la puerta. Blanchard gorroneaba cuchillas de afeitar al encargado. El farmacéutico yonqui estaba blanco como el papel. Contraía las manos; le bailaba la nuez.
Meeks se acercó a él y lo agarró por la corbata. La corbata hizo de traílla. Tirando de él, Meeks lo llevó a la sección de fármacos y lo empujó contra Ashida. El yonqui se meó en el pantalón. Ashida lo empujó contra el mostrador y se inspeccionó por si lo había manchado.
El yonqui entró en convulsiones. La mancha de orina se propagó. Meeks echó mano de la porra que llevaba al cinto.
–¿Has guindado un frasco de paregórico? ¿Es una costumbre tuya? –Uno por semana, jefe. Estoy reduciéndolo. Si miento, que me lleve el viento.
–Tienes treinta segundos para convencerme de que no estabas compinchado con el ladrón. Te quedan veintinueve segundos desde ahora.
El yonqui juntó las manos en un gesto de súplica.
–Yo no, jefe. Estudié farmacia en el San Juan Bosco. De pequeño fui a los dominicos.
Meeks cogió un frasco de paregórico del estante. El yonqui se lamió los labios.
–Si llegas a conocer a algún trafica, ¿a quién vas a darle el cante a cambio de material incautado? ¿Quién es tu papaíto, de Oklahoma de pura cepa?
–El s-s-s-sargento T-T-Turner M-M-Meeks. Ese es mi papá… si miento, que me lleve el viento.
Meeks le lanzó el frasco. El yonqui lo atrapó al vuelo y se fue zumbando por el pasillo.
–Eres muy escrupuloso, Ashida. No me explico por qué te fascina tanto un trabajo como este.
El grupo próximo a la entrada suspendía la sesión. Blanchard abrazó a las ancianas. El encargado sacó de pronto una cámara y tomó unas instantáneas. Fotografió a Pinker, con su pincel dactilográfico, y al Gran Lee, en pose de boxeador. Meeks se acercó e intercambiaron unos puñetazos en una parodia de pelea. Las ancianas chillaron.
Todos se despidieron en la acera. Ashida se arregló la chaqueta del traje y esperó a que los demás se dispersaran. Pinker, Blanchard y Meeks se hallaban junto al chisme. Blanchard y Meeks tenían cara de estar pensando «Joder».
Ashida salió y se aproximó. Un coche patrulla dobló hacia el norte rozando el bordillo. Pinker, Blanchard y Meeks se cuadraron.
–¡Ahora ojo! –dijo Pinker.
–Whisky Bill –dijo Meeks.
–Ese chupacirios, el muy cabrón… –dijo Blanchard.
Un capitán uniformado se apeó e inspeccionó el chisme. Llevaba gafas. Era de estatura media, moreno y esbelto. Con toda probabilidad se trataba del capitán William H. Parker.
Ashida también se cuadró. Parker examinó el hilo disparador. Pinker,
Blanchard y Meeks permanecieron en posición de descanso.
Parker tocó el hilo con la puntera del zapato.
–Es innovador, pero las aplicaciones prácticas más amplias escapan a mi comprensión. Pongan remedio a eso describiendo con todo lujo de detalle la génesis creativa y el funcionamiento mecánico. Quiero tener el informe en mi mesa mañana a las nueve.
Ashida y Pinker asintieron.
Parker miró a Meeks.
–Tiene usted un sobrepeso ofensivo. Pierda quince kilos en los próximos treinta días, o le pediré al jefe Horrall que lo someta al «Régimen del Marido Gordo», recientemente alabado en Ladies’ Home Journal.
Meeks asintió.
Parker miró a Blanchard.
–Bájese las mangas. Ese tatuaje de la sirena es repugnante. Blanchard se bajó las mangas.
Parker se tocó el reloj.
–Ahora son las 10.31. Quiero en mi mesa un informe sobre el coche robado, con una sinopsis del atraco, dentro de cincuenta y nueve minutos.
Pinker asintió. Ashida asintió. Blanchard y Meeks ídem de ídem. Parker subió a su coche y se marchó.
–Whisky Bill –dijo Meeks.
–Perdió dinero en mi combate contra Jimmy Bivens. No me lo perdona –dijo Blanchard.
–El combate estaba amañado. Deberías haberle avisado –dijo Pinker.
Semiorugas del ejército avanzaban por Spring. Los seguían obuses tirados por camiones. El convoy se prolongaba manzanas y manzanas. En la radio no hablaban de otra cosa. Elementos de fortificación para las fábricas de pertrechos militares y para Fort MacArthur.
Los conductores de los vehículos saludaban a los vecinos. Los peatones se detenían para aplaudir. Los hombres se quitaban el sombrero, los niños vitoreaban, las mujeres lanzaban besos.
El fragor del tráfico era tremendo. Ashida atajó por la calle Cuatro en dirección este y por Broadway hacia el norte. Los transeúntes le echaban miradas.
Se sintió incorpóreo. Había infringido la ley a fin de observar la ilegalidad de un acto delictivo desde su inicio. Sucumbió a la patología criminal. Emprendió un experimento. ¿Acaso el acceso precoz y la empatía a distancia le permitirían comprender mejor a los delincuentes?
Introducción a las Ciencias Forenses. Sabía que llegado el momento sucumbiría. Reconocería el caso en cuanto este se adueñara de él. Esa simbiosis: eso y .
Aprovechó una oportunidad de manual. Primero tenía que determinar la patología de un atraco prosaico e informar de sus conclusiones. Sus conclusiones podían ser útiles a la causa mayor de la criminología forense. Sus conclusiones podían no ser útiles para nada. Se sentía impulsado a actuar. Era un japonés prototípico. Los hombres japoneses habían nacido para encarnar el concepto de Acción.
Ashida torció hacia el este y llegó a Little Tokyo. Se le desa celeró el pulso, se le relajó la respiración. Pasó por su lado un coche de policía. El conductor lo reconoció y lo saludó.
Su madre vivía en un piso de una casa sin ascensor en una esquina de San Pedro con la calle Dos. Los rellanos apestaban siempre a anguilas asadas. Él disponía de su propio apartamento frente al instituto Belmont.
Lo tenía a rebosar de equipo de laboratorio. Lo que no cabía allí abarrotaba su antigua habitación en casa de su madre. Mariko veía con buenos ojos sus intrusiones. Le permitían mortificarlo a su antojo.
Ashida entró en el edificio, sacó la llave y abrió la puerta. La casa estaba en silencio. Mariko había salido, probablemente a empinar el codo y sembrar discordia. Fue a su antigua habitación y se encerró.
Estantes repletos de manuales. Frascos con productos químicos y cubetas. Matraces, mecheros de Bunsen, una placa calefactora. Un espectrómetro y tres microscopios fijados a una mesa.
Ashida colocó los fragmentos de bala en la mesa y cogió su manual de identificación balística. Acercó una lupa a los fragmentos y examinó las marcas y hendiduras.
El arma de fuego alemana por excelencia. La Luger de 9 milímetros.
La Luger tenía un extractor de cerrojo corredizo. El cartucho vacío siempre trazaba un lento arco. Un tirador hábil podía atrapar el casquillo al vuelo.
Identificó la bala a título personal. Se había reservado dos fragmentos. Entregó a Ray Pinker los cuatro restantes. Pinker los identificaría o no.
Pinker no era tan apto como él en la identificación de balas. Estaba investigando este indicio probatorio por su cuenta.
A continuación las fibras.
Pinker sabía que se había quedado con las fibras del expositor. Pinker sabía que tenía ahí las fibras del brazalete. Compartían ese indicio. De momento era hipotético.
Ashida sacó los dos juegos de fibras. A simple vista eran similares. Las colocó en el portaobjetos bajo su microscopio comparador.
Subió la platina. Examinó las muestras para comprobar afinidades de textura y color. Casi, casi, acércalo aún más. Sí: las fibras del expositor y las del brazalete procedían de la misma clase de tela.
Podía hervir el tejido y absorber el tinte con papel secante. Podía someterlo a pruebas químicas. Las pruebas conllevaban sus propios errores sistemáticos. Los resultados no serían concluyentes.
Se crispó al oír el ruido de una llave en la cerradura. Entró en la sala de estar. Mariko tenía el aliento a alcohol de las once de la mañana.
–Hola, madre –dijo.
Ella le contestó en un japonés inarticulado. Ashida inclinó la cabeza y trató de cogerle la mano. Su madre la retiró y esgrimió una revista.
Una de esas publicaciones de tres al cuarto en las que se ofrecían «novias por catálogo». Elija una fotografía y encargue una mujer joven. Se la mandaremos desde Japón. Adjunte quinientos dólares para el coste del pasaje en barco. Se garantiza que todas las novias son fértiles y sumisas.
–Ya te lo he dicho, madre. No pienso casarme con una quinceañera salida de un burdel.
–Tú ya muy mayor para estar soltero. Vecinos empezar a sospechar. –Los vecinos me traen sin cuidado. Akira está soltero. ¿Por qué a él no lo agobias?
Mariko pasó al pidgin sin transición alguna. Lo aprendió en los campamentos ferroviarios, allá por 1905. Lo hablaba para desdoro de la educación de su hijo.
–Habla en inglés normal, madre. Llevas aquí treinta y seis años. Mariko se dejó caer en el sofá.
–Franklin «Doblez» Rosenfeld claudicar ante ministro Togo. «Inminente rendición de Estados Unidos ante China», decir Chiang Kai-shek.
Ashida se echó a reír.
–Andas un poco confusa con la geopolítica, madre. Te preguntaría dónde has oído eso, pero mucho me temo que me lo dirías.
Mariko dejó escapar una risita.
–Padre Coughlin. Frente Cristiano. «No a guerra por banqueros judíos», decir Gerald L. K. Smith. Lindy Afortunado ichiban. Cruzar Atlántico en vuelo en solitario, aterrizar a pies de Hirohito.
Ya bastaba.
Ashida fue a la cocina. El Ten High de Hiram Walker estaba junto al escurridor. Ashida sirvió un bourbon doble y se lo llevó a Mariko. Ella se lo echó entre pecho y espalda y le entró la risa. Dio unas palmadas en el sofá.
Ashida se sentó.
–Dime algo que no sea un disparate. Haz como si yo fuera Akira y tuviéramos asuntos del negocio que tratar.
–Ganancias de granja aumentar dieciséis por ciento trimestre pasado. Contable judío encontrar forma de deducir sobornos a capitán Madrano. Decir: «Cuidados y alimentación de espaldas mojadas buena deducción».
Ashida le tocó el brazo.
–Las partes de la oración, madre. No te comas los artículos. Siempre lo haces cuando has bebido.
Mariko le hincó un dedo en el brazo.
–¿Así mejor? Leer sobre Bucky Bleichert en el Herald. Decir que Bucky Bleichert tener pronto un combate, pero no de cir que amigo de mi hijo ser un blandengue que solo lucha contra zánganos a los que poder ganar. No decir que mi hijo considerar a su madre quintacolumnista, pero padre de Bucky sí quintacolumnista, porque ser de Federación Germano-Americana.
Un golpe bajo. Se emborrachaba, se hacía la tonta, atacaba a traición. –No hables así de Bucky, mamá. Sabes que no es verdad.
–Bucky ser un gallina. Dar miedo pelear con chico mexicano. Padre de Federación. Bucky blandengue.
Ashida se levantó y volcó una lámpara de pie. Mariko se llevó dos dedos a los labios y saludó a lo «Heil Hitler». Ashida se desvió bruscamente hacia su habitación y cerró de un portazo.
Ahora en la habitación el calor era excesivo. La temperatura aumentaba la presión de sus sustancias químicas, y emanaban vapores. Encendió el ventilador y telefoneó a la línea directa de la sala de Robos y Atracos.
El timbre sonó tres veces. Oyó:
–Aquí Meeks, y soy todo oídos.
–Soy Hideo Ashida, sargento.
–Ah, y eres la eficiencia en persona, viendo la hora que es. ¿Llamas para decirme algo que no sepa?
–Pues sí.
Meeks carraspeó.
–Entonces dilo, porque soy todo oídos.
–La fibra encontrada en el expositor concuerda con la fibra del brazalete. Es la misma tela, y por tanto existen muchas probabilidades de que la fibra proceda de un brazalete del ejército. Puede ser o no ser exactamente el mismo brazalete usado por el mismo hombre, pero sin duda es la misma tela, y por el orden cronológico de los delitos, el violador es sospechoso del atraco.
Meeks dejó escapar un silbido.
–Bueno, creo que debo informar de esto a Dudley Smith. Ya verá él cómo prefiere actuar Jack Horrall.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Ashida.
–Bueno, tú planteas una posible acumulación de delitos, violación y robo a mano armada, y la probabilidad de que algún maníaco de las fuerzas armadas ande suelto. Según parece, ese fulano se la está buscando, y a lo mejor nosotros nos apuntamos un tanto con los militares si impedimos que el asunto llegue a consejo de guerra.
Ashida tragó saliva.
–¿O a juicio civil?
–Ya veo que lo has pillado, chaval. La señora Ashida no crió hijos tontos.
Ashida dejó caer el auricular. El ruido de la sala de la brigada le llegó desde el suelo.
Él eligió este mundo de hombres. Está aprendiendo sus códigos y costumbres. Es insoportablemente emocionante.
2
DIARIO DE KAY LAKE
[recopilado e insertado cronológicamente por el museo de la policía de los ángeles]
los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
He empezado este diario movida por un impulso. Una escena extraordinaria se desarrolló cuando yo estaba sentada en la terraza de mi habitación independiente. Dibujaba la vista del lado sur y oí abajo, en el Strip, un retumbo de motores. Inmediatamente me levanté y anoté la fecha y la hora exacta. Presentí lo que ese retumbo presagiaba, y no me equivoqué.
Una fila de vehículos blindados avanzaba estruendosamente hacia el oeste por Sunset, objeto de una enfervorizada atención y acompa
ñada de aplausos. Esa legión tardó diez minutos largos en pasar. El ruido era atronador, los vítores más aún. La gente paraba el coche para salir y saludar a los jóvenes soldados. Eso desbarajustaba la circulación, pero a nadie parecía importarle. Los soldados estaban encantados con semejante demostración de respeto y afecto. Agitaban las manos y lanzaban besos; cinco o seis camareras del Dave’s Blue Room salieron corriendo y les entregaron cajas de bebidas alcohólicas. Alguien exclamó: «¡Estados Unidos!». Fue entonces cuando lo supe.
Se avecina la guerra. Voy a alistarme.
Siempre hago lo que digo que voy a hacer. Expreso formalmente mi intención y actúo a partir de ese punto. Voy a escribir en el diario todos los días hasta que el actual conflicto mundial concluya o el mundo vuele en pedazos. Abandonaré mi cómoda existencia y solicitaré destinos oficiales cerca del frente. Ahora llevo una vida de diletante. Mi compulsiva dedicación artística al dibujo es el intento de capturar realidades confusas de una colegiala. Mis estudios de piano y mi creciente destreza con los nocturnos más sencillos de Chopin son para mí un impedimento en la búsqueda de una verdadera causa. Esta encantadora casa no mitiga en modo alguno mi desazón psíquica; la indulgencia de Lee Blanchard más que nada me desconcierta. Este diario es una invectiva contra la pasividad y el desasosiego.
Siempre me he sentido superior a mi entorno. Esta casa es una clara prueba de ello. Yo elegí todas las reproducciones de expresionistas alemanes y todos los muebles de madera clara. Soy una pueblerina de Sioux Falls, Dakota del Sur… y una arribista de gran talento.
Ahora entro en mi habitación independiente. En las paredes tengo mi obra arrogantemente expuesta, intercalada entre los Klee y los Kandinsky. Hay una docena de dibujos de un peso semipesado que se llama Bucky Bleichert. Tiene el cuerpo ávido de un joven y unos enormes dientes de conejo. Lo he dibujado muchas veces, desde los asientos más cercanos al cuadrilátero en el Olympic. Bucky Bleichert es una celebridad local que entiende el carácter efímero de la celebridad y no concibe el boxeo como una verdadera causa. Su circunspección en el cuadrilátero es una delicia. Nunca he hablado con Bucky Bleichert, pero estoy segura de que lo comprendo.
Porque yo fui en otro tiempo una celebridad local. Corría el mes de febrero del 39. Yo tenía diecinueve años. Todo guardó relación con el atraco a un banco y su supuesta solución.
Esta casa. Refugio hace unos años, trampa ahora.
Esta casa me la proporcionó el atraco, no el dinero que Lee ganó con el boxeo e invirtió prudentemente. Contra la opinión generalizada, Lee Blanchard no es un inversor sagaz. Ni es mi amante, en el sentido habitual de la palabra. Entró en mi vida para facilitarme el destino… sea cual sea. Ahora lo sé.
Sioux Falls era un destino insuficiente. Los frentes fríos del invierno y las olas de calor del verano dejaban muertos a su paso. Los indios abandonaban las reservas cercanas y se mataban a puñaladas en las tabernas clandestinas. Elementos del Ku Klux Klan sacaron a un negro de la cárcel del condado por la fuerza. Estaba acusado de violar a una chica blanca corta de alcances. Los del Klan improvisaron un tribunal tendencioso. La chica no tenía luces para condenar o exonerar al acusado. Lo inmovilizaron sobre un nido de hormigas rojas en pleno agosto. Lo mataron las hormigas o el sol del verano. A ese respecto la rumorología local estaba dividida.
Los protestantes despreciaban a los escasos católicos del pueblo. Durante la Depresión surgieron grupos nativistas. Los metodistas disentían de los luteranos y los baptistas, y viceversa. En 1934 se desencadenó una guerra de pastos a causa de reses de concurso. Resultaron muertos catorce hombres cerca de la línea divisoria del estado de Iowa.
Mis padres y mi hermano mayor eran personas conformadas y de buen carácter. Su único pecado era la falta de imaginación. Yo fingía ser una más entre ellos a fin de vivir dentro de mí sin estorbos. Vivía para leer, dibujar y vagar. La gente hablaba de mí. Me daba por soltar ocurrencias subidas de tono en la iglesia.
No sentía el menor afecto por mi familia. Eso me horrorizaba un poco. Quería fugarme a Los Ángeles y llegar a ser alguien allí. Conseguí un empleo en una librería y robé los ingresos de caja de un mes. Dejé a mis padres una formularia nota de despedida.
Corría el mes de noviembre del año 36. Yo tenía dieciséis años. El viaje en autocar al oeste me deparó tormentas de polvo y una riada cerca de Albuquerque. En la línea divisoria de California había apostados matones armados. Les pagaban por impedir la entrada de indigentes llegados de Oklahoma. Eran policías de Los Ángeles.
Alquilé un catre en una residencia femenina de Holly wood y trabajé de camarera en el Simon’s, un autorrestaurante en Miracle Mile. Llevaba patines y ejecutaba espectaculares piruetas por diversión y por las propinas. Las otras chicas me detestaban y propalaron el rumor de que era prostituta. Me despidieron. Me entregué a una vida bohemia sin norte.
La Depresión ya amainaba; las privaciones y la iniquidad seguían claramente presentes. Vagué por Los Ángeles con mi bloc de dibujo. Plasmé imágenes polémicas de los conflictos de la clase obrera de la ciudad. Leí a Karl Marx, me creí solo un tercio de lo que decía y asistí a numerosas soirées izquierdistas. Adopté la izquierda como un accesorio de moda. Carecían de la grandeza que con el tiempo yo había empezado a considerar un derecho de nacimiento.
Adoraba a los hombres y enloquecía de deseo reprimido. Eso me empujó a sucesivas aventuras con jazzistas poco dignos de confianza. El sexo no era lo que imaginé. Era tensión, olor y alianzas prosaicas poco convenientes. Fue una revelación dulce y triste, y se truncaron todas mis esperanzas.
Presté dinero a sucesivos amantes y apuré los ahorros obtenidos con mi trabajo en el autorrestaurante. Me expulsaron de la residencia femenina y me lo tomé con estridente buen humor. Comí en los comedores de beneficencia y dormí en un saco en Griffith Park. Me aseaba diariamente en la YWCA y nunca fui por ahí desarreglada. Era inocencia y delirante audacia a partes iguales. Era inmune al peligro, y los hombres me desconcertaban de tal modo que era incapaz de evaluarlos más allá de mi propio deseo.
Bobby De Witt era batería de un grupo de jazz. Era la viva imagen de lo que se conoce como «galanteador». Lucía pantalones de franela de cintura alta y americanas informales de dos tonalidades; se mantenía en contacto con sus compañeros de dormitorio pachucos del reformatorio Preston. Me sorprendió dibujándolo. Quise creer que reconoció mi talento y mi aplomo a lo Norma Shearer. En eso me equivoqué. Lo único que reconoció fue mi propensión a la extravagancia.
Bobby tenía una casita en Venice Beach. Yo tenía mi propia habitación. A fuerza de dormir me sacudí los efectos de meses de arduos días al aire libre y noches en exceso calurosas y en exceso frías al aire libre. Comí hasta abandonar los límites de la desnutrición y me planteé qué hacer a partir de ese punto.
Entonces Bobby me sedujo. Creí que lo seducía yo a él. Me equivocaba. Vio que yo echaba alas y decidió cortármelas.
Al principio Bobby me colmó de atenciones. Eso empezó a cambiar poco después de Año Nuevo. Su negocio prosperó. Me enganchó al láudano y me obligó a quedarme en casa para atender el teléfono y concertar las citas entre las chicas y sus «clientes». La cosa fue a peor. Me empujó al hábito de la droga y, mediante coacción, me incluyó en su cuadra. La cosa fue a peor.
«Batería de un grupo de jazz» siempre es sinónimo de «traficante de droga» y «chulo». En la parte posterior de los muslos tengo las cicatrices que lo demuestran.
Corría el invierno del 39. Mi momento de celebridad local estaba a la vuelta de la esquina. La prensa y la radio tienen su versión. El Departamento de Policía de Los Ángeles tiene la suya. Ambas versiones afirman lo siguiente: Kay Lake conoce a Lee Blanchard en el juicio contra Bobby De Witt.
No fue así. Conocí a Lee antes del golpe del Boulevard-Citizens. Nos conocimos en el Olympic Auditorium. Bobby me autorizó a salir de la casa-burdel de «permiso». Por entonces hacía ya más de un año que estaba poseída del furor por Bucky Bleichert e iba a todas sus peleas.
Bucky noqueó a su adversario en el sexto asalto. Al final abandoné el pabellón sin prisas junto con el resto del público. Lee se presentó. Lo reconocí: era ex boxeador. No sabía que era policía.
Hablamos. Lee me cayó bien. Me esforcé en disimular mi profunda disipación. Regresé apresuradamente a casa, a mi láudano y mi esclavitud blanca. Lee me siguió hasta Venice Beach. Esa noche no me di cuenta.
Vinieron después otras dos veladas pugilísticas. Coincidí con Lee en las dos. Me había seguido desde la casa hasta el Olympic. En aquel momento no me di cuenta.
Lee me lo sonsacó todo con mucha delicadeza. Descubrió lo que escondían mis mentiras y eufemismos y montó en cólera. Me dijo que tenía en perspectiva la posibilidad de un buen negocio. Insinuó que podría «tomar cartas en mi situación».
Llegó el 11 de febrero de 1939. Los periódicos presentaron con exactitud los hechos tangibles. El banco estaba en Holly wood, en una esquina de Yucca con Ivar. Cuatro hombres se apoderaron de un furgón blindado que iba con destino allí. Como táctica de distracción se recurrió a un motorista caído. Los asaltantes redujeron y durmieron con cloroformo a tres guardias de seguridad. Sustituyeron seis sacas de dinero por seis sacas llenas de jirones de hojas de listín telefónico.
Se apretujaron en la parte de atrás del furgón blindado. Se pusieron uniformes de guardias de seguridad y fueron al banco. El director vio las sacas llenas de jirones de papel y abrió la cámara acorazada. Lo dejaron grogui de un golpe de porra y añadieron el dinero de la cámara a su recaudación. Encerraron a los cajeros en la cámara y salieron por la puerta principal.
Un cajero había activado la alarma. Acudieron cuatro coches patrulla que estaban en las inmediaciones. Se produjo un tiroteo. Dos atracadores resultaron muertos, dos atracadores escaparon. Ningún policía salió herido ni sufrió daño alguno.
Los dos atracadores muertos fueron identificados como «matones de fuera de la ciudad». La identidad de los dos atracadores fugitivos no llegó a conocerse.
Todo eso los periódicos lo presentaron con exactitud. Todo eso los periódicos lo presentaron con exactitud durante las dos semanas siguientes. En el Herald apareció un titular el 28 de febrero: dato aportado por policía ex boxeador permite resolver el cruento atraco al banco.
La versión oficial:
El agente Lee Blanchard hiló varios datos. Informantes y «conocidos del mundillo del boxeo» proporcionaron «el escabroso trasfondo». Señalaron a Bobby De Witt como el «cerebro oculto tras el golpe del Boulevard-Citizens».
Era mentira, por supuesto. El «cuarto hombre» quedó sin identificar, por supuesto. Yo sé quién es. El público y el Departamento de Policía de Los Ángeles lo ignoran.
La versión real:
Lee Blanchard organizó el golpe del Boulevard-Citizens. Yo lo sabía ya entonces; lo sé ahora. Lee y yo nunca hemos hablado del tema. Sencillamente compartimos el conocimiento del mismo modo que no compartimos la cama.
Bobby fue juzgado en junio. Lo declararon culpable a partir de pruebas amañadas. Lee Blanchard es mucho más sagaz e inteligente de lo que aparenta. A Bobby lo condenaron a cadena perpetua, sin derecho a libertad condicional antes de diez años. El Herald publicó un artículo de interés humano. La conclusión era un tanto retorcida: la chica de la banda se enamora… ¡de un policía! ¿irá ahora por el buen camino… hacia el altar?
Asistí al juicio y atestigüé contra Bobby. Reduje el consumo de láudano para asegurarme una interpretación desgarradora en el estrado. El fiscal presentó una alegación trillada. El relato de mi degradación fue la formulación de cargos, la exposición final, el escrito de sentencia a modo de decreto de condenación eterna. Me presté a la mentira de que conocí a Lee en el juzgado.
No fuimos camino del altar. Lee compró esta casa para los dos. A Bobby De Witt lo mandaron a San Quintín. Lee intentó torpemente hacer el amor conmigo unas cuantas veces descorazonadoras y dio por concluida esa parte de nuestra unión. Vivo del salario de Lee en la policía y de sus supuestos ahorros del boxeo. Estudio para obtener titulaciones en la Universidad de California en Los Ángeles; mi profesor de piano califica de virtuosismo mi Chopin de principiante. Me acuesto con hombres por capricho: porque quiero y porque necesito extinguir el poder de Bobby De Witt. Traigo hombres aquí, a la casa que Lee Blanchard compró para mí. Lee no muestra resentimiento. Duerme en el cuarto de camastros de la Unidad Central de Investigación casi todas las noches. Desea con toda su alma el traslado a la Unidad Central. Está subyugado por un policía arteramente brutal llamado Dudley Smith, y quiere unirse a su cuadrilla de gorilas.
Tengo mi mundo de diletante y ese otro mundo más cautivador de delincuentes y policías. Habito esos dos mundos como si fuera uno solo y ciertamente hago gala de un aplomo a lo Norma Shearer. Me recreo en mi privilegiada posición de pertenencia. La génesis fue Bob by De Witt. Él me introdujo en este mundo. Eso se lo debo.
Bobby me presentó a una madama de un servicio de acompañantes, una tal Brenda Allen. Brenda me ayudó a dejar el hábito de la droga. Hemos seguido en contacto. Tomamos café, charlamos y fumamos hasta la ronquera. Brenda organiza la actividad de sus chicas por medio de una centralita telefónica y atiende a una selecta clientela. Su amante es un sargento de la Brigada Antivicio llamado Elmer Jackson. Elmer es divertido y chistoso; facilita con total desenfado esa clase de prostitución exclusiva consentida por la policía. El jefe Jack Horrall saca tajada, un siete por ciento.
Adoro mis dos mundos. Me atrae mucho más el mundo de polis y delincuentes. Pagué un altísimo precio por acceder.
Otro convoy pasa por el cruce de Sunset con Doheny. Siento el retumbo por todo el cuerpo.
Paul Robeson actúa en el Philharmonic Hall el lunes por la noche. Quizá vaya. Puede que estén allí algunos de mis viejos amigos izquierdistas. A lo mejor alardeo de mi celebridad local con ellos y afirmo que Stalin es tan malo como Hitler. Puede que incluso monte una escena.
Me aburro. Me paso la vida ocupada en naderías. Lee me comunicó un rumor que corre en el edificio municipal: Bucky Bleichert ha solicitado el ingreso en el Departamento de Policía.
Espero que le vaya bien. Iré a su graduación en la Academia y lo dibujaré de azul policía. Este domingo por la noche es su combate de despedida. Estaré allí para capturar el último puñetazo que lance. En los periódicos vienen saliendo caricaturas del emperador Hirohito. Los dibujantes siempre lo presentan con los dientes enormes de Bucky.
No estoy ya en el radio de acción del convoy. El retumbo ha abandonado mi cuerpo.
No existe nada anterior a este momento. Se avecina la guerra. Voy a alistarme.
3
WILLIAM H. PARKER los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
Otro puto convoy. Embotellamiento en Pico con Crenshaw.
Un cruce importante. Los seis carriles cortados. Bocinazos de los civiles al volante de sus automóviles: en parte fervor, en parte frustración.
Parker consultó su reloj. Ya llegaba con dos minutos de retraso. Iba a reunirse con Carl Hull en la comisaría de Wilshire. Carl mantenía al día los archivos del Departamento relacionados con la quinta columna. Carl era mitad agente de inteligencia, mitad poli.
Un tipejo en moto saltó por encima del enganche de un semioruga y se alejó como una exhalación en sentido oeste. Con esa acción infringió cuatro leyes del código de circulación. El aviso sobre el coche recién usado en el atraco le había representado una hora. El chisme de ese chico, Ashida, compensaba.
Los soldados aplaudieron el salto. El tipejo les hizo un corte de mangas.
Parker se bajó del coche. El convoy llegaba hasta Olympic por el norte y hasta Washington por el sur. Tráfico cruzado, vehículos pesados, cretinos del ejército saltándose semáforos en rojo.
La sirena no le serviría de nada. El bullicio de la calle habría ahogado el sonido. Los elementos de fortificación iban destinados a las fábricas de pertrechos militares. Dos obuses iban destinados a la Douglas Aircraft. Su antiguo jefe estaba al frente de la policía apostada en la fábrica. James Edgar Davis, alias «Dos Pistolas», tendría dos armas más.
Estaba inmovilizado en medio del tráfico. Estaba inmovilizado en la División de Tráfico. Era el Hombre que Aspiraba a Ser Jefe. Estaba inmovilizado en todos los frentes.
Era de Deadwood, Dakota del Sur. Era hijo de la Santa Madre Iglesia y del sentido de la justicia de un pueblo minero. Será jefe. Truncará la línea sucesoria protestante. Implantará rigurosas reformas. Ese afán reformista suyo tan desabrido era de inspiración divina. Serájefe. Ha estado preparando el terreno durante años.
Es William H. Parker Tercero. Bill Parker Primero fue coronel del Ejército de la Unión y fiscal. Bill Parker Primero ordenó el cierre de burdeles y fumaderos de opio. Bill Parker Primero obtuvo un escaño en el Congreso en 1906. Murió de cirrosis a los sesenta y un años.
Bill Parker Primero padecía La Sed. Línea sucesoria: Bill Parker Segundo y Tercero la heredaron.
Su mote en el Departamento de Policía es «Whisky Bill». Tiene su gracia, pero es incompleto. No refleja su conducta en el contexto de ese padecimiento.
No probó la bebida durante los años de la Ley Seca. Por entonces el alcohol era ilegal. En 1933 llegó la derogación. Ha bebido esporádicamente desde entonces.
Deadwood. Contrajo La Sed allí.
Deadwood lo formó en igual medida que Los Ángeles lo forjó. Acabó el instituto en el año 20. Fue el más inteligente de su promoción. Su madre se divorció de Bill Parker Segundo en el 22 y se trasladó a Los Ángeles. Él la ayudó en la mudanza y ya se quedó allí.
Los Ángeles era cien veces más grande que Deadwood y cien veces más corrupta. Trabajó de acomodador en un cine y de taxista. El ambiente pecaminoso de Los Ángeles lo sublevaba. La magnitud del lugar lo atraía.
Pasó por un matrimonio adolescente catastrófico. Su esposa era una fulana. Él le hizo verdaderas atrocidades. No puede dar el nombre de la mujer. Confesó sus atroces actos a un sacerdote y recibió la absolución.
Obtuvo la anulación matrimonial y volvió a casarse. Helen Schultz fue una esposa elegida con prudencia: era ex policía. Su primera mujer fue el sueño sórdido de un borracho. Helen era la integridad en estado puro.
Él llevó un taxi y estudió derecho. Se incorporó al Departamento de Policía de Los Ángeles en el año 27. En este la corrupción era nauseabunda. Matones protestantes controlaban el Departamento. Se mordió la lengua y fue subiendo en el escalafón. Se convirtió en el esbirro de Davis Dos Pistolas. El tipo no era trigo limpio. Él se prestó a sus maquinaciones. Oyó cosas que no debería haber oído e hizo cosas que no debería haber hecho. Su brutal ambición se fraguó a partir de este siniestro descenso.
Inició su ascenso. Empezó por el título de derecho y un pasmoso resultado en las pruebas de acceso al colegio de abogados. Jim Davis le enseñó la ley desde una perspectiva desprovista de moral. Alteró la ley para ponerla al servicio de su trayectoria profesional.
Jim Davis y el alcalde Frank Shaw fueron destituidos. Fletcher Bow ron salió elegido alcalde. Bowron era un reformista de cortos alcances y nula competencia. Bowron llegó y puso en la calle al jefe de policía Art Hohmann. El jefe Art protestó cuando Fletch nombró a Horrall, alias «Llámame Jack». Llámame Jack, como jefe de policía, se distinguía por «no ver, no oír». Mantenía limpia la fachada. Utilizaba a recaudadores y esbirros como mediadores. El capitán William H. Parker permanecía congelado en el puesto. La lista de ascensos era un témpano de hielo. Recurrió a sus conocimientos jurídicos para conseguir el deshielo.
Elaboró documentos legales. Reforzó los estatutos de la administración pública, restringió la influencia política y apuntaló la autonomía de la policía. Encargó la introducción de medidas a juristas de orientación reformista. Eran hombres de paja y mantuvieron su nombre al margen de todo aquello. Las primeras medidas modificaron la Carta Municipal y, por votación, se convirtieron en leyes. Una última medida otorgó inmunidad de funcionario público al jefe de policía. Ahora la ley protegía a Horrall Llámame Jack. Protegería a Parker algún día.
El Departamento de Policía de Los Ángeles era un nido de víboras. Faccionalismo endémico, policías en el papel de caudillos feudales. En el edificio municipal había micrófonos por todas partes. La Unidad Central de Investigación estaba llena de puestos de escucha instalados en cuartos del servicio de limpieza y dispositivos de grabación sujetos con masilla a repisas y lámparas. Los policías hablaban a la ligera, los policías vigilaban. Los policías listos hacían sus llamadas ilícitas desde cabinas.
Como Dudley Smith.
Los dos se controlaban mutuamente. Jugaban a la urbanidad. En ese sentido, su común catolicismo era muy útil. Tenían una cena mensual con el arzobispo Cantwell. Llámame Jack permitía a Dudley trapichear con droga entre los negros del lado sur. Llámame Jack suscribía las nauseabundas teorías de Dudley respecto a la sedación racial. Dudley era seguidor de Coughlin y del Comité América Primero. Había nacido en Irlanda. Aborrecía a los ingleses. Se refocilaba con los bombardeos de Londres a manos de los nazis.
Parker se apoyó en su coche patrulla. Ahora el tráfico en sentido norte permanecía detenido hasta Adams. Los soldados jaleaban a las chicas del instituto Dorsey. Una de estas se levantó la falda y enseñó las bragas. Fue un disloque.
Tráfico inmovilizado. Inmovilidad en la División de Tráfico.
Él estaba al frente de la Unidad de Investigación de Accidentes. Era un trabajo aburrido, un trabajo crucial, no un trampolín para la promoción profesional. La eclosión de Los Ángeles continuaba. La eclosión del automóvil eclosionaba de manera exponencial. A más coches, más accidentes de coche, más heridos y víctimas mortales.
El año anterior Llámame Jack lo mandó a la Universidad de Northwestern. Se matriculó en una academia para altos cargos de la policía de tráfico. Sus profesores auguraban un «apocalipsis de la siniestralidad automovilística». En el campus veía con frecuencia a una joven. Era alta, pelirroja, de unos veinticinco años. Preguntó por ella a unos cuantos estudiantes. Le dijeron que era enfermera diplomada y estudiaba biología. Se llamaba Joan algo más. Era de un rincón perdido de Wisconsin. Le gustaba beber.
Eran las 13.14 horas. El convoy era infranqueable. Alto ahí: se caló un semioruga en sentido norte.
Enhebra la aguja. Golpea el punto reflejo.
Parker subió al coche y encendió las luces de colores y la sirena. En la acera unos niños pequeños chillaron. Pisó el acelerador y, con un chirrido, se coló por el resquicio. Llegó a la comisaría de Wilshire a las 13.16.
Aparcó y corrió escalera arriba. Los policías jóvenes miraron boquiabiertos al capitán cuando este pasó desaladamente.
Carl Hull tenía un despacho enfrente de la sala de revista. Estuvo al frente de la Brigada Anti-Rojos y la reformó. El Departamento contrataba matones rompehuelgas. Hull puso fin a esa práctica y asumió su empleo de archivero.
Parker entró en el despacho. Hull estaba sentado a su mesa con los pies en alto. Un mapa bélico cubría dos de las paredes. Los alfileres azules y rojos indicaban la posición de las tropas en Europa. Los alfileres amarillos indicaban el avance de los japoneses en el Pacífico.
–Llegas con diecisiete minutos de retraso.
Parker se sentó a horcajadas en una silla.
–El robo de un coche y un atraco a una farmacia me han entretenido. –Sobre eso me ha llegado un runrún.
–Cuenta.
Hull cebó la pipa.
–El cauce es la Unidad de Investigación. Ese chico del laboratorio, el japo, ha llamado a Buzz Meeks. Tiene una fibra que coincide con la del brazalete de aquel policía militar violador.
–¿Concluyente?
–No, y así se lo ha dicho el chico a Meeks.
Parker tamborileó en las tablillas del respaldo de la silla.
–¿A quién se lo ha dicho Meeks?
–A Dudley Smith.
–Y Dudley ha acudido a Llámame Jack, que le ha dicho: «Ocúpate tú, Dud».
Hull encendió la pipa.
–Sí, y en un mundo ideal yo preferiría que se siguiera el procedimiento debido.
Parker encendió un pitillo.
–Pese a lo mucho que desprecio a los violadores y los atracadores, también yo lo preferiría.
Un soplo de brisa alabeó el mapa bélico. Parker examinó los alfileres del frente ruso. Los rojos, que oponían resistencia, se aglomeraban ante los azules, que avanzaban. Era casi una derrota aplastante.
–Después de la guerra estaremos enfrentados a los rusos, Carl.
–A menos que intercedamos cuando Hitler les chupe la sangre. Parker movió la cabeza en un gesto de negación.
–Ahora son nuestros aliados. Los necesitamos para ganar esta guerra, que para nosotros ni siquiera ha empezado.
Hull sonrió.
–Stalin pretenderá un reparto de bienes en Europa oriental. Tendremos que renunciar a ciertos territorios y quedarnos con unas cuantas posesiones estratégicas.
Parker señaló el mapa.
–El conflicto será en gran medida ideológico, pues. Ha sido así desde la puñetera revolución. Ellos nos odian; nosotros los odiamos. Una alianza momentánea no va a acallar el hecho de que en el mundo no hay espacio suficiente para nosotros dos.
Hull hizo girar un cenicero.
–Estás llevándome a tu terreno, William.
Parker sonrió.
–He aquí mi pregunta, pues: ¿predices una guerra de ajedrez territorial entre Estados Unidos y Rusia en cuanto se declare la paz?
–Sí, así es –dijo Hull.
–En ese caso te consideraré testigo favorable y sacaré provecho de esa concesión. ¿Opinas que nuestra quinta columna local posee la inteligencia y la visión de futuro necesarias para iniciar sus actividades subversivas antes de nuestra inevitable entrada en el actual conflicto mundial?
Hull señaló el mapa.
–Sí. Saben que Hitler no puede librar una guerra en dos frentes y ganar, igual que lo sabemos nosotros. Cargarán las tintas en el hecho de que la sangre rusa ha allanado el camino de nuestra victoria, nos retratarán como panfascistas e ingratos, y a partir de ahí recurrirán a todos los tópicos habidos y por haber.
Parker sacó un folleto de tamaño bolsillo.
–Escucha unas citas textuales sacadas de aquí: «Una draconiana política estadounidense de agresión contra Rusia, nuestro valeroso aliado actual, en cuanto se gane la guerra»; «Escalada de la histeria bélica y encarcelamiento masivo de súbditos japoneses inocentes con motivación racial, obra del Departamento de Policía de Los Ángeles y el FBI actuando en connivencia».
Hull apretó el tabaco de la pipa.
–Abogado del diablo, William. Los federales tienen en efecto una lista de japoneses subversivos, y nos utilizarán a nosotros si se requiere algún tipo de detención. Ahí la lógica de esos cabrones es impecable.
–Su lógica es engañosa, sediciosa, falsa y vergonzosamente difamatoria. Estos mangantes se las dan de antifascistas, y sin embargo ofrecen ayuda y consuelo a nuestro común enemigo fascista por medio de la elaboración y la publicación misma de este panfleto. Y por si necesitas más confirmación de la lógica corruptamente tortuosa de todo ello, el panfleto lo imprimió el mismo taller que imprime los panfletos de incitación al odio de Gerald L. K. Smith.
Hull fijó la mirada en los mapas de las paredes. Parker le echó el panfleto al regazo. Hull lo hojeó.
–Yo sé quién escribió esto. Tengo memorizados su estilo prosístico y su vocabulario.
–Cuenta.
–Es una mujer. Una mujer mundana, a falta de descripciones menos benévolas, y está al frente de una célula roja. Va de gran señora entre ciertos guionistas y actores. Acuden a las concentraciones, pronuncian discursos y arman barullo. Los federales tienen a un informante en la célula. Es un psiquiatra de Beverly Hills al que todos los rojos le cuentan sus penas. Tengo un amigo en los federales que me pone al corriente de los cotilleos del buen doctor. Te enseñaré el expediente si dejas de llevarme a tu terreno y te sinceras.
Parker cabeceó.
–Antes dame algún nombre. Vamos, Carl. Soy tu superior.
Hull se rió.
–El médico se llama Saul Lesnick. Su hija cumplía condena en Tehachapi por homicidio imprudente con vehículo a motor. Los federales la soltaron a condición de que él actuara como soplón.
–¿Y los otros?
–La mujer se llama Claire De Haven. Sus principales acólitos son un actor marica, Reynolds Loftis se llama, y su enamorado, Chaz Minear.
A Parker no le sonaron de nada. El Impulso lo asaltó de pronto como surgido de la nada. Vamos, revoca La Promesa. Una copa no va a matarte.
–Esos rojos están difamando a nuestro Departamento de Policía, Carl. Eso no podemos tolerarlo.
–Algún día serás tú el jefe de policía, William. Espero ese día con impaciencia, y serviré orgullosamente bajo tu mando. Pero de momento me contentaría con una explicación.
Parker se puso en pie.
–Infiltraremos a alguien en la célula. Nuestro propio informante. Alguien a quien podamos presionar con algún medio de coacción.
Hull abrió un cajón y sacó cuatro fotografías. Parker se inclinó sobre la mesa.
Hull extendió las fotos.
–Hace unas semanas examiné los expedientes de los servicios de vigilancia. Estas fotos me llamaron la atención. Pensé que quizá fueran útiles en algún momento, así que podríamos considerarlo un azar afortunado.
Cuatro instantáneas tomadas furtivamente. Fotos de grupo. Dos reuniones a puerta cerrada; dos concentraciones al aire libre. Fechas: entre mediados del 37 y otoño del 38. El rostro de una mujer joven marcado con un círculo, cuatro veces.
Tenía el pelo oscuro. Miraba algo con atención. Ofrecía un aspecto provocativo.
–¿Quién es?
–Katherine Ann Lake, veintiún años. He aquí un indicio: su novio era el policía uniformado presente en tu aviso de atraco de hace unas horas.
Eso sí le sonó. Provocativa… sin duda.
El golpe del Boulevard-Citizens. El persistente rumor: Lee Blanchard organizó el atraco y le cargó el muerto a un incauto. Blanchard presuntamente mantenía una estrecha relación con Ben Siegel. «Bugsy» estaba ahora en la cárcel del Palacio de Justicia. Presuntamente despachó a un hampón llamado Greenie Greenberg. Fue un ajuste de cuentas entre bandas judías: noviembre del 39.
Siegel no tardaría en salir. El principal testigo de la fiscalía saltó por una ventana. El mes pasado: Coney Island, Nueva York. El matón de una banda, Abe Reles, muere a causa de una caída. Está bajo la custodia de agentes del Departamento de Policía de Nueva York. Improvisa una cuerda con unas sábanas e intenta escapar. Se precipita desde una altura de ocho plantas.
Katherine Ann Lake. La chica que Blanchard conoció en el juicio por el robo. La imponente testigo estrella de la fiscalía.
Parker observó las fotos.
–Blanchard es un mangante. Ya habrás oído los rumores.
Hull tosió.
–Sí, y les doy crédito. Si estás pensando en el atraco al BoulevardCitizens como medio de coacción con la chica, no vas muy desencaminado.
–Él quiere unirse a Dudley y sus chicos. Ya habrás oído los rumores –dijo Parker.
–He aquí una cosa que no habrás oído –dijo Hull–. La Brigada de Información del Departamento de Policía de Nueva York situó a Blanchard en Coney Island justo antes de que el testigo del juicio de Siegel saltara. Los polis lo reconocieron de su época de boxeador.
Parker observó las fotografías. La resolución era alta. La tal Lake tenía unos ojos oscuros de mirada intensa.
4
DUDLEY SMITH los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
Rueda de reconocimiento.
Cinco sospechosos de violación, cuatro víctimas de violación, un espejo polarizado en medio. Una tarima y las escalas de estatura marcadas en la pared.
Sillas para los testigos presenciales. Ceniceros de pie. Un desconcertante cartel en la pared.
Mostraba banderas y águilas dispépticas. Era un anuncio de bonos de guerra. Promovía la intervención en esta guerra de inspiración judía.
Dudley era pro-Comité América Primero. Le encantaban los programas semanales del padre Coughlin. Disfrutaba con las diatribas de Gerald L. K. Smith. Compartía el apellido con el pastor Smith pero no tenían lazos consanguíneos. El pastor era abominablemente antipapista.
–Las mujeres violadas están en la habitación de al lado –dijo Mike Breuning–. Todas sostienen que pueden identificar al individuo, así que por ese lado estamos de suerte. Los participantes en la rueda de reconocimiento están entre bastidores. Son todos policías militares de la compañía de Fort MacArthur, y todos coinciden con la descripción del sospechoso.
Dick Carlisle hizo crujir los nudillos. Elmer Jackson hojeó su bloc de notas. Había colaborado en el caso del violador en serie desde el principio.
Dudley lo observó mientras leía. Sí, tenía el pálpito de que las violaciones guardaban relación con el atraco a la farmacia de esa mañana. Ese lumbreras japonés del laboratorio tenía razón: las fibras encontradas en el expositor no situaban al violador con total certezaen la farmacia. La posible acumulación de dos delitos era intrascendente. La violación tenía efectos devastadores en las mujeres. Era un delito equiparable al asesinato. Así se lo dijo a Llámame Jack. Llámame Jack contestó: «Ocúpate tú, Dud».
Elmer mordió el extremo de un puro. Elmer controlaba una red de putas con Brenda Allen. Los teléfonos de la Brigada Antivicio estaban intervenidos. Todo el mundo conocía los trapos sucios de todo el mundo. El edificio municipal era un gran puesto de escucha.
Carlisle encendió un pitillo. Breuning permaneció inmóvil. Elmer blandió el puro.
–Hemos tenido cuatro incidentes. Todas las víctimas describieron al hijo de puta como un individuo de alrededor de veinticinco años, rubio, de estatura media. Estos hombres que tenemos aquí concuerdan con ese retrato, y todos tenían permiso las noches en que se produjeron los incidentes. Además, todos habían tenido conflictos a montones con mujeres antes de alistarse. Como modus operandi, tenemos lo siguiente. Las cuatro víctimas iban de paseo, solas, por el lado oeste de Los Ángeles. El violador las abordó, las amordazó y las llevó en coche a cuatro solares distintos de la zona. Y he aquí lo delirante: el violador les pega dos veces, se pone una goma y, mientras está en plena faena, se echa a gritar como si le doliera algo.
Dudley sonrió. Breuning se inclinó hacia ellos. Dudley lo rodeó con el brazo.
–Muchacho, llama a la enfermería de Fort MacArthur. Consigue los nombres de todos los soldados tratados por sífilis y purgaciones en los últimos seis meses, tanto en la compañía de la policía militar como en el resto del cuartel. Haz listas por separado y ven a informar dentro de media hora.
Breuning se fue zumbando.
–¿De qué va eso, jefe? –preguntó Elmer.
–Una intuición y una hipótesis, muchacho. Pongamos que el brazalete de policía militar fuese una treta para eludir la identificación, porque llevar un elemento identificatorio como ese en sucesivas violaciones equivale al suicidio. Pongamos que tiene un pique con alguna mujer en particular desde hace tiempo porque le contagió algo. Pongamos que es un chico listo con conocimientos científicos. Sabe que podemos determinar su grupo sanguíneo a partir del pus o la emisión seminal. Pongamos que, por alguna razón endiabladamente insondable, quiere que las violaciones le causen dolor.
Elmer puso cara de «¿Eh?» Carlisle puso cara de «Ah, sí, ya veo». Dot Rothstein hizo entrar a las mujeres. Dot era celadora en la oficina del sheriff, una marimacho de cuidado. Metro ochenta y dos, ciento diez kilos. Los polis se erguían en su presencia.
Las cuatro mujeres presentaban esa apariencia de maestra de escuela que atraía al violador. Acudían a una rueda de reconocimiento vestidas como para ir a misa. Carlisle repartió pitillos y fuego.
La sala se llenó de humo. Las mujeres miraron en dirección a la tarima e hicieron muecas. La Dot se largó.
–Todas ustedes son mujeres magníficas y valientes por someterse a este suplicio –dijo Dudley–, así que haremos lo posible para que sea breve. Van a entrar cinco hombres y se quedarán de pie en la tarima, debajo de los números pintados en la pared del uno al cinco. Ustedes pueden verlos, pero ellos a ustedes no. Si ven al hombre que las agredió tan vilmente, tengan la amabilidad de decírmelo.
Las mujeres tragaron saliva en bloque. Elmer accionó un interruptor en la pared. Cinco soldados subieron a la tarima y se colocaron de cara a la sala. Vestían uniformes caqui y brazaletes rojos. A grandes rasgos coincidían con las características del violador.
Dos mujeres los miraron con los ojos entornados. Una mujer derramó unas lágrimas. Una mujer se puso las gafas. Observaron a los hombres de la tarima. La tensión del momento creció y chisporroteó. Todas negaron con la cabeza.
Elmer pulsó el interruptor. Los soldados abandonaron la tarima. Las mujeres se arracimaron en torno a un cenicero y apagaron los pitillos.
–No era ninguno de esos, sencillamente –dijo una.
Otra se frotó los ojos y añadió:
–Tenía un aspecto más malévolo.
Otra asintió.
–Tenía una expresión malévola en los ojos –coincidió la última. Dudley sonrió. Dudley les tocó los brazos. Con eso quería decir: «Tranquila, tranquila».
Breuning volvió. Tenía la respiración entrecortada. Y la camisa mojada. Agitaba una foto de archivo.
Dudley se acercó. Breuning se asomó a la puerta.
–Un solo caso. Es un cabo de la policía militar, y concuerda con la descripción. Tenía pase de pernocta en las fechas de los cuatro incidentes, y recibió tratamiento médico después de la última violación. El capitán al mando de la policía militar me ha dicho que fue sospechoso de una serie de violaciones en Seattle, pero el ejército lo aceptó de todos modos. Ahora está de permiso. Es un obseso de las carreras de caballos, y hoy se celebra la Oak Tree Meet en Santa Anita. Tengo su matrícula.
Dudley cogió la foto. Aaaaaah: Jerome Joseph Pavlik. Joven, rubio, malévolo.
Tenía cerca a dos mujeres. Les enseñó la foto. Las mujeres la examinaron.
Una se echó a llorar. La otra chilló.
Dudley sacó dos dijes en forma de trébol. Era oro de catorce quilates. Los compraba a granel a un joyero judío.
Atrajo a las mujeres hacia sí. Colocó los dijes en sus manos. –Ya me ocuparé yo –dijo.
La última carrera era a las 15.30. Se accedía a Santa Anita por una de las salidas de la autovía de Arroyo Seco. Iban con el tiempo muy justo.
Atravesaron a todo correr el garaje del edificio municipal. Breuning tenía un Ford trucado. Subieron y salieron a toda pastilla.
Breuning iba al volante. Dudley ocupaba el asiento delantero. Carlisle ocupaba el trasero, con tres escopetas de cañones recortados.
Eran de calibre diez y doble cañón. Estaban adaptadas para cartuchos de cazar osos, con posta triple cero.
Tomaron por Main Street y atajaron a través de Chinatown. Enseguida llegaron a la autovía.
Breuning pisó a fondo. La aguja del velocímetro llegó a ciento treinta. Dudley fumaba y miraba por su ventanilla. Vio un accidente en los carriles en sentido sur.
Marcas de neumáticos en el suelo, luces de emergencia, colisión. Impacto: un camión de plataforma de la Armada y un flamante Cadillac. Los conflictos del tráfico. Lo llevó a pensar en Bill Parker, alias «Whisky Bill». Dudley conocía bien sus trapos sucios.
No deberías haberte permitido ese matrimonio de juventud. ¿Creías que me pasaría inadvertida tu mala conducta?
Whisky Bill había vuelto a casarse. Su segunda unión era rutina pura y simple. El propio Dudley tenía mujer irlandesa y cuatro hijas. Tenía una quinta hija ilegítima en Boston. Esta ahora contaba diecisiete años. Mantenían correspondencia frecuente y cruzaban llamadas telefónicas.
Elizabeth Short. Su hija con una mujer casada llamada Phoebe. Una arpía de mal carácter que tenía a su vez sus propias hijas.
Todas las hermanas Short se parecían a Phoebe. Eso enmascaraba la sangre paterna de Beth. Phoebe era mayor que Dudley. Él tenía solo diecinueve años cuando se emparejaron. Era un recluta irlandés sin experiencia de la vida.
Joe Kennedy vivía en Boston. Joe era asquerosamente rico y hacía donaciones a causas irlandesas. Joe le financió la tramitación de la nacionalidad. A cambio Dudley le pagó con trabajos de matón.
Beth sabía que él era su padre. Lo quería y se aferraba a su imagen de policía duro. Él acababa de mandarle un billete de avión. Ella quería ver Los Ángeles en Navidad. Su última carta lo inquietó. Beth hacía alusión a «algo espantoso» ocurrido el año anterior. Tenía un amigo ciego que se llamaba Tommy Gilfoyle. Debía telefonear a Tommy e indagar acerca de ese «algo espantoso».
La familia.
Los hombres audaces la necesitaban. Los condicionantes eran mínimos. El compromiso era risible. Las alegrías eran muchas. La familia era una atadura necesaria. Sin ella, el demonio que Dudley llevaba dentro enloquecería. Whisky Bill no tenía hijos. Iba por ahí desbocado en su pudibunda demencia.
La circulación era escasa en la autovía. Breuning tomaba deprisa las curvas cerradas. La aguja del velocímetro se disparaba en los tramos rectos.
Dudley consultó su reloj. Eran las 14.54. La penúltima carrera empezaba a las 15.00. En general los forofos de la hípica se marchaban antes de la última carrera.
Lincoln Heights quedó rápidamente atrás. En lo alto de las colinas rodaban una película de vaqueros. Vieron pasar, desdibujado, un tiroteo. Dudley reconoció a un hombre en taparrabos. Un apache: un corredor de apuestas de poca monta que había cumplido condena tres veces en Big Q.
Dudley fumaba. Dejó vagar el pensamiento.
Estaba pluriempleado: trabajaba también para Columbia Pictures. Era el guardián de la moralidad de Harry Cohn. Las estrellas de cine se desmadraban. Los führers de los estudios las controlaban con rígidos códigos de conducta. Las infracciones constituían incumplimiento de contrato. Ha puesto en evidencia a actores de la acera de enfrente. Ha puesto en evidencia a no pocos borrachos y yonquis. Tiene en nómina a una legión de botones y putas para informarlo de indiscreciones. Está elaborando el gran libro de recortes de prensa de Hollywood en acción.
A Bette Davis le encantarán las fotos que le ha sacado furtivamente. El viernes por la noche ella estará en el Shrine. El Examiner organiza allí el sarao navideño para sus reporteros. Él irá para provocar un encuentro casual.
Unos espaldas mojadas labraban en unos campos situados por encima del lugar del rodaje. Probablemente los había suministrado Carlos Madrano. Carlos. El Capitán, de la Policía del Estado de México. Buen amigo de Llámame Jack y Davis Dos Pistolas. Carlos compartía la antipatía de Dudley por los rojos y los judíos. Para Carlos, los japos eran unos parientes molestos de der Führer.
Dudley examinó la foto de archivo. El violador se parecía a Lee Blanchard en pequeño.
Aaaaah, Leland. ¿Todavía te preocupa lo de Coney Island, aquel 12 de noviembre? Te encantaría unirte a mi cuadrilla, pero ¿tienes los redaños para un trabajo así?
Ben Siegel quería ver a Abe Reles muerto. Lee Blanchard estaba en deuda con Ben, por el golpe del Boulevard-Citizens. Los chicos del sindicato judío sobornaron a dos agentes del Departamento de Policía de Nueva York. Se dejaron abiertas las puertas de una habitación de hotel.
Le echaron un somnífero en la comida. Fue un trabajo rápido de dos hombres. Blanchard improvisó la cuerda para la fuga: un eufemismo para referirse a la soga. Él mismo se encargó de izarla.
El Daily News de Nueva York capturó el momento: ¡el canario muere en la caída! ¡sabe cantar pero no sabe volar!
El viaje en tren de regreso a casa fue incómodo. Blanchard lloriqueó y se pasó todo el trayecto borracho. El muchacho había vuelto con Ben S. Benny compró el contrato de Lee y le aconsejó que tuviera la prudencia de tirarse a la lona alguna vez. Lee se negó, Lee estaba en deuda con Benny, Lee se comportó irreflexivamente en el golpe del Boulevard-Citizens. Benny tenía cuenta en el BoulevardCitizens y jugaba al golf con el director. Benny estaba mal de la cabeza y lo obsesionaba la respetabilidad. Ese asunto fue toda una pifia.
Breuning salió de la autovía. Eran las 15.01. Carlisle cargó las escopetas. Atajaron por South Pasadena. Llegaron a Arcadia y Santa Anita en dos minutos exactos.
La sierra de San Gabriel se alzaba por detrás del hipódromo. El contorno de las crestas encuadraba las gradas y la tribuna. Dos terceras partes del aparcamiento estaban vacías. El sistema de megafonía atronaba. Los caballos de una carrera enfilaron la recta final.
Breuning recorrió los pasillos del aparcamiento. Dudley y Carlisle permanecieron atentos a las matrículas. Los vítores sofocaron el sonido del sistema de megafonía. Los forofos de la hípica abandonaban la tribuna y se dirigían hacia sus coches.
–Ahí –dijo Carlisle.
Sí: ADL-642.
Breuning entró en una plaza vacía de un golpe de volante y dejó el coche al ralentí. Dudley fumaba un pitillo tras otro. El gentío se dispersaba entre las hileras de coches. Un hombre y dos mujeres se separaron del resto en dirección a ellos. Sí: Jerome Joseph Pavlik y un dúo de putas de Chinatown.
–Fulanas tong –dijo Carlisle.
–De las Cuatro Familias, y protegidas –añadió Breuning–. El jefe chino juega al mahjong con Llámame Jack.
Daba la impresión de que estaban como cubas. El violador vestía un uniforme caqui desvaído. Las fulanas vestían abrigos de pieles apolillados.
Se subieron al Oldsmobile.
–Síguelos –ordenó Dudley.
El Oldsmobile salió del aparcamiento derrapando. Breuning se situó detrás. Llevaban una buena cogorza. No se darían cuenta. Breuning iba pegado a su parachoques, muy pegado.
Dos coches en caravana. Calles residenciales, Fair Oaks Boulevard. La autovía, dirección sur.
El Oldsmobile coleaba y zigzagueaba. Breuning aflojó la marcha. Un Packard se interpuso entre ellos. La antena de látigo continuaba a la vista.
Carlisle envolvió las escopetas con una manta. –Bon voyage, encanto –dijo Breuning.
El Oldsmobile se desvió por la salida de Alameda, en sentido sur. Chinatown se hallaba justo enfrente. La Pagoda China de Kwan estaba muy cerca.
El Oldsmobile topó con la acera y se detuvo. Las putas salieron a trompicones. Les costaba mantenerse en equilibrio. Se guardaron fajos de billetes en las ligas y lanzaron besos al violador. Haciendo eses, se alejaron por un callejón situado detrás de un fonducho chino.
Carlisle repartió las escopetas. Jerome Joseph Pavlik se apeó de su coche y, hecho un cuero, contempló el mundo. Miró embobado hacia un solar, en el chaflán. Crecían allí palmeras y hierba alta.
Tambaleante, entró en el solar. Se acercó a una palmera y se sacó la polla. Acometió una meada de plusmarca mundial.
–Ahora, muchachos –dijo Dudley.
La calle estaba tranquila, sin un alma. Fueron derechos al solar. Tierra blanda encubría el ruido de sus pasos. El violador se balanceaba y rociaba la hierba.
Llegaron hasta él desde atrás. No oyó un carajo.
–Esas excelentes chicas ya nunca serán las mismas de antes –dijo Dudley–. Con esto evitaremos más sufrimiento.
El violador empezó a volverse. Comenzó a decir:
–¿Cómo dice?
Se accionaron seis gatillos. El violador voló por los aires. Esquirlas de hueso se llevaron por delante frondas de palmera. Un salpicón residual manchó las gafas de Carlisle.
Sonoras detonaciones se superpusieron. Observemos esas reverberaciones por el impacto de las postas en la madera. Las campanas de una iglesia dieron las 15.30 durante toda la escena.
Dragones de ojos saltones flanqueaban la Pagoda. Por la noche sus lenguas se iluminaban y se movían. El tío Ace Kwan era el jefe del tong de los Hop Sing. Su restaurante atendía a blancos y a chinos con papilas gustativas de blanco. Los polis de Los Ángeles comían allí de balde.
Dudley cruzó el restaurante. El alcalde Bowron y el fiscal McPherson tenían las narices hundidas en chow mein. Fletch B. era un dinámico impulsor cívico y un zoquete por los cuatro costados. McPherson era un beodo narcoléptico y aficionado a la carne negra. Frecuentaba el Casbah de Minnie Roberts y siempre se lo montaba con dos monadas negras a la vez.
Una puerta escondida en un entrante de la pared conducía al sótano. Dudley bajó por la escalera. Empujó un panel. Este se deslizó y se abrió. Los efluvios lo asaltaron de inmediato.
Un fumadero de opio. Luces tenues y veintitantos jergones. Boles de agua, tazas y cucharones. Chinos descarnados en paños menores, chupando pipas.
Dudley contó las cabezas. Aaaaah, dieciséis adictos a la deriva. Dudley cerró el panel. El sótano evocaba los laberintos subterráneos de la Guarida del Lobo. Paredes de cemento, moho, puertas de hierro forjado. El despacho de Ace Kwan: un búnker de las SS.
Llamó y entró. El tío Ace estaba acuclillado ante la caja fuerte empotrada en el suelo. Era un hombre de sesenta y seis años, con la delgadez de un tísico. Llevaba un gorro de Papá Noel. Evocaba la atrocidad y la alegría navideña.
–¿Cómo andamos, Dudster?
–Renqueamos, mi hermano amarillo.
–¿Y eso?
–Al otro lado de la calle, en el solar, hay un blanco muerto. Tus muchachos deberían echarle un poco de cal viva y montar guardia hasta que la tierra lo absorba.
Ace se sentó con las piernas cruzadas. Poseía una elasticidad extraordinaria. Ese era un rasgo propio de infieles.
–Al muchacho se lo ha visto por última vez con dos putas tong. –¿Hop Sing?
–Cuatro Familias. Quizá también te convenga retirar el sedán verde. No quiero que una nimiedad entre blancos como esta cause molestias a tu clientela.
Ace inclinó la cabeza.
–Los de las Cuatro Familias han faltado al respeto a mi sobrina predilecta. Son unos indeseables.
–¿Llamo a capítulo a los responsables? No me gustaría que hubiera otra refriega.
Ace se puso en pie.
–No, pero mi hermano irlandés me honra con el ofrecimiento. Dudley inclinó la cabeza. Ace señaló una puerta lateral y puso cara de «Estás en tu casa». Dudley abrió la puerta. Ace se esfumó. Los chinos eran sigilosos y tenían un gran sentido del decoro.
Era su habitación secreta. El jergón, el bol, el cucharón. Goma comprimida en un platillo para pan. Como siempre, La Pipa.
Colgó la chaqueta del traje y la pistolera en una percha de la pared. El jergón tenía las dimensiones aptas para acomodar a un hombre alto. Dudley cebó la pipa y la encendió.
La goma empezó a arder, la llama prendió, el humo pasó por la boquilla. Se le hundieron los hombros. Desaparecieron sus extremidades.
Ahora las volutas. Nunca se sabe qué vas a ver.
Sí, ahí está.
Dublín. Grafton Street, 1921. Los miembros del Negro y Caqui provistos de escopetas cargadas con balas de goma. Apuntan a los riñones. Aún le duele cuando se encorva.
Una concentración. Patrick Pearse a pleno pulmón.
«Irlandeses e irlandesas, en nombre de Dios y de las generaciones de muertos de las que Irlanda recibe su condición de nación, este país, por mediación de nosotros, llama a sus hijos a servir a su bandera y luchar por la libertad.»
Una parroquia. Un alijo de armas en el dormitorio de un sacerdote. La culata de un fusil llega a sus manos. Ahora está en la calle. Tiene el ojo en la mira del cañón. El rostro de un soldado británico estalla.
Está en Sackville Street. El impacto del retroceso remite. Saquea la tienda de un protestante. Patrick Pearse le alborota el pelo.
«Ahora, con el apoyo de sus hijos exiliados en América, aprovecha la ocasión.»
Joe Kennedy sonríe. Tiene maletines repletos de dinero. Los hombres del Ejército Ciudadano Irlandés lo saludan. Miembros del Negro y Caqui asesinan a Patrick Pearse. Hay un pelotón de fusilamiento. Tiene una diana prendida en el pecho.
Joe Kennedy dice: «Eres un chico listo. Deberías venir a América. La Ley Seca es una licencia para robar. Podrías hacer estraperlo para mí».
Está en Canadá, eso es el lago Erie, está en una gabarra atracada. Empuña un subfusil Thompson. La cubierta está llena de cajas de whisky.
Boston. Una casa regia. Una criada yanqui lo mira con desdén. Él lleva de la mano a Jack, de seis años.
Joe Kennedy dice: «Dud, cierto banquero judío me la ha jugado en un negocio. Ocúpate tú, ¿quieres?».
No tiene extremidades. La goma todavía arde. Sabe cuándo avivar la llama. El tiempo es un cinematógrafo. Se proyecta a través de los ojos en el fondo de la cabeza.
Se le fue la mano en la paliza al judío. No debería haberlo matado. Joe Kennedy está que trina.
«Tu futuro está en Los Ángeles, hijo. Puedo colocarte en el cuerpo de policía. Podrás tirarte a estrellas de cine y hacer diabluras.»
Está muy ufano con su impecable uniforme azul. Golpea a un carterista con un listín telefónico. Jack Horrall brinda por él a la mesa del arzobispo Cantwell. Está en el despacho de Harry Cohn. Harry da unas palmadas a un busto de Benito Mussolini. Está frente a una mansión de Bel-Air con una cámara. Dispone de una vista interior a través de una ventana. Cary Grant participa en un soixante-neuf hombres.
Photoplay, Screen World: un remolino de páginas de revista. Bette Davis: radiante por algo que dijo él.
Cambio de escena. Un documental de viajes contenido en un solo instante. Está en Coney Island, en el hotel Half Moon. Iza al canario. No llores, Lee Blanchard; eso no es de hombres.
Documental de viajes. Otra vez en Boston. Ahora el joven Jack Kennedy es alférez en la Armada. Tiene que venir en Navidad. Quiere tirarse a estrellas de cine.
Jack empieza a cantar, en español. Su voz desentona con la melodía. Fundido a Trocadero. Cuelga una pancarta: ¡damos la bienvenida a 1938!
Está sentado a una mesa con Ben Siegel y el sheriff Biscailuz. La orquesta de Glenn Miller toca «Perfidia». Bette Davis baila con un joven afectado.
La luz entró a raudales. La imagen del cinematógrafo dio una sacudida. Se cerró un obturador y eso puso fin al documental.
Se sentía ya las extremidades. Vio su chaqueta y su arma en una percha.
Apareció una china. Le sirvió un aperitivo. Tres benzedrinas y té verde.
Dudley se levantó. La habitación conservaba un resplandor.
–¿Qué hora es, por favor?
–Las 18.42.
«Perfidia» terminó con un acorde desafinado. Bette Davis le lanzó un beso.
5
los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
Bucky llegaba tarde. Los fines de semana siempre se dejaba caer por el laboratorio. Se entrenaba en el gimnasio de Main Street. La Comisaría Central estaba a un paso de allí.
En el laboratorio no había un alma. La mayoría de los químicos trabajaba de lunes a viernes. Ashida trabajaba toda la semana, noche y día.
El capitán tenía su despacho justo al lado. La voz de Elmer Jackson llegaba por un respiradero. Empinaba el codo en compañía del capitán Bergdahl. Comentaban con Dudley Smith la rueda de reconocimiento por el caso de las violaciones.
Las víctimas habían identificado al violador a partir de una foto de archivo. Elmer dijo:
–Puede que sea el mismo individuo que ha atracado la farmacia esta mañana, pero probablemente el fiscal tendrá que encausarlo en una mesa de autopsias.
Bergdahl se echó a reír. Ashida preparó un microscopio y los fragmentos de bala de la farmacia. Ray Pinker había llevado a cabo sus propias pruebas. Dejó su informe en la mesa de Ashida. Su conclusión: Browning 9 milímetros, equipada con recogecasquillos.
Incorrecto. El texto comparativo de Pinker estaba desfasado. Ahora asegúrate. Repite tú mismo la prueba.
Acercó la platina. Observó las mismas características que esa mañana. Dejémoslo en que es concluyente. Una bala de Luger había atravesado una placa de cartón yeso.
Bergdahl hizo un chiste. El respiradero amplificó su voz. Ja, ja: «Come San Chin, el soplapollas chino».
–Es bueno, pero ya lo había oído –dijo Elmer.
–¿Usted los distingue? A los japoneses y los chinos, quiero decir. Tengo un amigo en los federales. Según él, tienen una lista de japos sospechosos, por si entramos en esta guerra y hay que organizar redadas. Desde mi perspectiva de hombre blanco, no veo la diferencia entre unos y otros.
Ashida sacó la llave y abrió su cajón de instrumental. Allí guardaba sus fotografías.
Ahí aparece Bucky. En cuclillas con su calzón de boxeo. Es alto. Es esbelto. Sus músculos, más que sobresalir de manera definida, se funden entre sí. Es luterano alemán, y lleva una estrella judía en el calzón. Esta expresaba un sentimiento antinazi.
Se desplazaba de puntillas lateralmente sin trastabillar jamás. Poseía un poderoso izquierdazo cuando fintaba. Mariko decía que tenía «los dientes de Tojo». Su padre pertenecía a la Federación Germano-Americana.
Tenía los ojos pequeños y muy hundidos. Su sonrisa iluminaba salas enteras.
Ahí está. Esas sonoras pisadas: sube los peldaños de dos en dos. Ashida cerró el cajón de las fotos y echó la llave. Bucky entró y acercó una silla. Vestía pantalón de franela y su cazadora con la letra del Belmont. La B de color verde se ponía en baloncesto y atletismo.
Se dieron la mano.
–¿Es verdad? –preguntó Ashida.
Bucky sonrió.
–¿Quién te lo ha dicho?
–Según Ray Pinker, es vox pópuli, lo cual probablemente significa que lo sabe todo el mundo menos yo.
–Me han dado el visto bueno para incorporarme a la academia en mayo. He aprobado todos los exámenes, y me han dicho que la inspección de antecedentes es puro formulismo.
Ashida sonrió.
–Preferías esperar antes de decírmelo. No querías gafarlo, y por eso pensaste que era mejor esperar hasta saberlo con seguridad.
Bucky se meció en la silla.
–O hasta después del combate de mañana. Yo estaré muerto de hambre e invitaré a cenar. Nos pesan a las doce del mediodía, y tendré los nervios de punta hasta que haya acabado todo. Ya no bajo de peso tan fácilmente como antes. Sigo por encima de los ochenta y un kilos.
–Date un baño de vapor en Shotokan –dijo Ashida.
–Ni hablar. Tengo un pase para el Jonathan Club. El fiscal me ha dejado una nota en el gimnasio: «Hijo, apuesto por ti».
Ashida se dio una palmada en las rodillas.
–Yo podría contarte más de una cosa sobre él.
–Ya lo he oído todo. Se presentó borracho a un combate de Lee Blanchard, con dos chicas de color.
–Conque Junior Wilkins, ¿eh? –dijo Ashida–. No es un combate de despedida muy prometedor.
–No, pero puedo ganarlo.
Ashida entrelazó los dedos.
–¿Has leído la columna de Braven Dyer? Decía que eludes a Ronnie Cordero.
Bucky dio un respingo.
–No pienso colgar los guantes tras una derrota, Hideo.
–No perderías.
–Me haría picadillo. Soy tan capaz de tumbarlo a él como de tumbar a Joe Louis.
–Lamento que lo hayas interpretado mal. Yo no quería…
Bucky le quitó importancia con un ademán.
–Me he encontrado con Jack Webb. Vende trajes en Silver wood. Dijo que los hombres de la Unidad Central de Investigación compran allí a precio de mayorista.
–Jack es muy aficionado a dar jabón a los polis. Siempre está trayendo café y tabaco a los hombres de la Unidad Central.
Bucky se acarició la B de Belmont.
–Los Sentinels para siempre. Jack debería hacernos precio de mayorista. Lo elegimos presidente de la clase.
De buenas a primeras Ashida dijo:
–Tienes una admiradora.
–¿Quién es? ¿Y qué le pasa?
–La he visto en tus combates. Siempre te está dibujando.
Bucky enseñó los dientes.
–Me reservo para Carole Lombard. ¿Crees que se prendará de unos dientes así?
He ahí el rubor. Como siempre. Bucky tiene la gentileza de no verlo nunca.
6
DIARIO DE KAY LAKE los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
El Strip es un enjambre de soldados. El Dave’s Blue Room, el Bit O’Sweden y el Trocadero reparten bebidas alcohólicas gratis en la acera. Acabo de escuchar un boletín informativo. Están apostando las tropas en la base naval de Chavez Ravine, Fort MacArthur en San Pedro y Camp Roberts, cerca de San Luis Obispo. Los Ángeles es el centro de asignación de destino; la artillería que ya ha atravesado la ciudad ha sido enviada a las instalaciones de defensa costera y a las fábricas aeronáuticas Lockheed, Boeing, Douglas y Hughes. El ex jefe Jim Davis está al mando del destacamento de policía destinado en la Douglas; se explayó durante diez minutos largos sobre la necesidad de proteger los centros de producción civiles del sabotaje de la quinta columna y los ataques desde globos aerostáticos. Davis es un absoluto chiflado local; el año pasado en la fiesta de Navidad de la Unidad Central lo vi hacer diana en un cigarrillo que Lee sostenía entre los labios.
He empezado mi diario esta mañana. Lo veo ya como un remedio contra la pasividad. Recorro con la mirada mi habitación independiente; lo primero que veo son mis dibujos de Bucky Bleichert. Identifican mi necesidad de entablar relación con hombres de manera anónima y abstracta. Escribir sobre Bucky me obliga a verlo bajo una luz más crítica.
Lee Blanchard desprecia a Bucky, por su «estilo de maestro de danza» y sus «adversarios blandengues y previamente seleccionados». Quiero a Bucky por todo aquello en que no se parece a Lee, porque estoy en deuda con Lee de maneras confusas y mi necesidad de Lee es directamente proporcional a nuestra historia común.
Hace unas horas hemos tenido una pelea espantosa. Guardaba relación con el comportamiento reciente de Lee. Desde hace ya un mes actúa como si estuviera dolido. Se queda a dormir cada vez más a menudo en el cuarto de camastros de la Unidad Central de Investigación, y pasa cada vez más tiempo con la «mascota» de la Unidad
Central, un tal Jack Webb, un vendedor de ropa para caballero muy deseoso de complacer. A mediados de noviembre Lee desapareció durante una semana, y para explicar su ausencia adujo que había «trabajado como señuelo» en la investigación de un robo. Me lo creí, pero solo brevemente. Esta tarde, por puro capricho, he registrado los cajones de la habitación independiente de Lee. He encontrado un billete de tren de ida y vuelta a Nueva York, del 8 al 15 de noviembre.
He estado dándole vueltas al asunto. Lee ha venido a casa y se ha quitado la ropa de paisano para ponerse el uniforme. Ha anunciado su intención de pasar la noche en el edificio municipal. En ese momento me he encarado con él.
Le he exigido una explicación por el billete y su conducta reciente. Ha sido en ese momento cuando él se ha encarado conmigo. Ha dicho: «Te crees que eres una mujer independiente, pero vives a mi costa y follas con otros en mi casa mientras yo me encargo de las facturas. Eres una diletante y un parásito, y si desapruebas mi comportamiento, lárgate de mi casa de una puta vez».
Dicho esto, Lee ha salido hecho una furia de su casa, ha subido a su coche y se ha marchado para vivir en su mundo, un mundo en el que yo me subsumo. Un mundo en el que caí, y del que quiero más.
Brenda Allen, Elmer Jackson y el vicio consentido por la policía. Lee y su lealtad aduladora a Dudley Smith. Bobby De Witt en San Quintín y las cicatrices en mis piernas. La deuda que Lee tenía o no tenía con Ben Siegel, que en estos momentos está a la espera de salir en libertad de la cárcel del Palacio de Justicia. El atraco al banco que Lee planeó en gran medida como misión para salvarme. El deus ex machina: una niña se esfuma en 1929.
La hermana pequeña de Lee, Laurie, de doce años. Lee, por entonces, tiene quince. Laurie desaparece. Estaba jugando en un parque y de pronto se había ido para siempre. En principio Lee era el responsable de vigilarla. En lugar de eso estaba tirándose a una chica ligera de cascos del barrio.
Lee carga con la culpa. No ha tocado plenamente a una mujer desde entonces. Por eso me proporciona un hogar cómodo y no hace el amor conmigo. Es un castigo padecido y un castigo infligido. Me enfurece y me hace llorar. Por eso quiero tanto a Lee y me niego a abandonarlo. Por eso me acuesto con otros hombres en su propia casa.
Se oyen los noticiarios de la noche a todo volumen en las radios de las dos casas contiguas a esta; oigo con toda claridad los dos boletines informativos. FDR despotrica contra Japón por sus viles agresiones. El padre Coughlin despotrica contra FDR y la hegemonía judía.
Los dos merecen la posteridad. La guerra da a los hombres algo claro y sencillo que hacer. Hay una reyerta en el Strip. Las radios son un leve zumbido bajo el griterío.
Lee Blanchard participó en cuarenta y nueve combates como profesional y urdió un audaz atraco. Él merece la posteridad como yo nunca la mereceré. Eso me da rabia.
Yo solo tengo una percepción devastadora. Las mujeres escriben diarios con la esperanza de que sus palabras atraigan el destino.
7
los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
El locutor del noticiario se despidió. Lo sustituyó un castor parlante que anunciaba dentífrico. Parker cerró su puerta de un puntapié.
En la División de Tráfico no había un alma. El desbarajuste en el tránsito tenía patas arriba toda la ciudad. Él era el único hombre de servicio. A nadie más le importaba.
La división disponía de su propio edificio. En la esquina de la calle Uno con Figueroa, a seis manzanas del edificio municipal. Era creación suya. Comprar un almacén viejo y reformarlo. Crear autonomía. Limitar el acceso a Jack Horrall.
Parker rezó. Rogó a Dios valor para no beber esa noche. Rogó a Dios que lo guiara en su incursión.
Estaba crispado. La Sed lo atormentaba. La Patrulla de Los Ángeles oeste había detenido a dos soldados por conducir bajo los efectos del alcohol. En el cruce de Pico con Bundy había tres semiorugas averiados. Mandaron a diez hombres de la División Central. La Central mantenía una dotación mínima para el turno de noche.
Parker ordenó su escritorio. Parker miró los expedientes colocados en su cartapacio.
El expediente interno de Lee Blanchard. Los expedientes facilitados por Carl Hull: Claire De Haven, Reynolds Loftis, Chaz Minear,
Saul Lesnick. El resumen de los sospechosos de sedición elaborado por Carl con relación a Katherine Ann Lake.
Mujer blanca, estadounidense. 9-3-20 Sioux Falls, Dakota del Sur. Procedente de las praderas, como él.
Carl llamaba a Claire De Haven la «Reina Roja». No había expedientes sobre los demás miembros de la célula. Los «miembros secundarios» iban y venían. La Reina movía de aquí para allá sus peones. No sabía que el doctor Lesnick era un topo al servicio de los federales desde hacía tiempo.
Primero Blanchard: un expediente breve, tres hojas.
Informe de aptitud: clase B. Ninguna alusión a los posibles informantes en el golpe del Boulevard-Citizens. Nada sobre la presunta amistad entre Blanchard y Benjamin Siegel, alias «Bugsy». Cuatro demandas por lo civil. Los demandantes acusaban a Blanchard de palizas brutales en celdas de la cárcel. Las demandas fueron desestimadas: los demandantes eran pervertidos y yonquis.
Ninguna sorpresa. Ninguna idea nueva. Su antigua intuición confirmada. Estaba claro que Blanchard no era trigo limpio.
La Reina y sus peones principales: un asunto más siniestro.
Parker leyó por encima los expedientes. Enseguida captó la esencia. Daba la impresión de que las percepciones del doctor Lesnick en su papel de topo eran válidas. Claire De Haven se dedicaba a la extorsión. Reynolds Loftis y Chaz Minear eran homosexuales. La Reina Roja poseía fotos incriminatorias.
Iban vestidos de mujer en un baile de homosexuales. Los informes del desalojo por parte de los hombres del sheriff corroboraban la imagen. Loftis y Minear habían sido detenidos repetidamente en redadas de sarasas. Las detenciones se remontaban a 1940. Loftis y Minear frecuentaban lugares de reunión de maricas y se congregaban con otros degenerados.
La Reina Roja los tenía dominados. Decía a Loftis en qué películas debía actuar y a Minear cómo elaborar sus guiones. Carl incluía una muestra de los diálogos. Era quintacolumnismo en estado puro.
En las películas de guerra: soldados rusos condenan la penosa situación de los negros en Estados Unidos. En las películas de gángsters: los hampones se mofan de la autoridad y ensalzan el abominable encanto de una vida en estado de abandono. En las comedias: personajes refinados dejan caer agudezas izquierdistas y denigran a Adolf Hitler. Al criminal Stalin ni se lo menciona.
Parker encendió un pitillo. El expediente de la tal Lake era de dieciséis páginas, repletas de fotografías.
Aquí aparece la señorita Lake en mítines de rojos. Abundan las pancartas. Causas dudosas, multitudes de desharrapados.
¡justicia para los chicos de scottsboro! ¡recordad a sacco & vanzetti! ¡roosevelt, peón de wall street! ¡pan en todos los platos ya!
La muchedumbre presentaba un aspecto desaliñado. La señorita Lake iba bien vestida y muy peripuesta. Ella se acicalaba.
Eran nítidas fotos en blanco y negro. Parker tuvo la sensación de que ella siempre vestía de rojo. En una concentración contra el Ku Klux Klan lucía un casquete. Los hombres se apiñaban en torno a ella. No era una mujer de una belleza clásica. Sabía aprovechar lo que tenía.
El casquete debía de ser rojo. Ella parodiaba sus propias inclinaciones. Se distanciaba de las causas que defendía.
Sacaba sobresalientes en la Universidad de California en Los Ángeles. Estudiaba música, literatura y ciencias políticas. Sus profesores introducían comentarios en sus informes académicos. Mencionaban la «lucidez» de sus exámenes de fin de trimestre. Dos profesores destacaban el nivel de su trabajo titulado «Beethoven y Lutero: el arte y Dios en ellos». Lo difundió una publicación de prestigio.
Carl Hull consiguió una lista de los libros que sacaba de la biblioteca. Parecía representativa. Biografías de sesgo izquierdista. Poesía romántica. Monsergas propagandísticas sobre la situación de la clase obrera.
Cuñas, fulcros, coerción.
Un azar afortunado.
¿Qué hacía esa joven con un poli como Lee Blanchard, un matón? El asunto del Boulevard-Citizens no era explicación suficiente. Carl Hull vio atestiguar a la señorita Lake en el juicio contra Bobby De Witt. El fiscal fue a la deriva hasta que ella subió al estrado. La señorita Lake prestó juramento entre sollozos. A partir de ahí el desenlace estuvo cantado.
Había hecho dos llamadas desde el despacho de Carl. Primero se puso en contacto con el FBI. Quería hablar con el supervisor del doctor Lesnick en los federales. El hombre en cuestión se había ido de pesca a Oregón. Tuvo que hablar, pues, con el agente especial Ward Littell.
Un azar afortunado.
Conocía a Ward de la iglesia. Ward era ex seminarista y tenía algo de defensor de causas perdidas. Ward no sabía nada de Lesnick. Ward le filtró un dato.
Los federales se disponían a investigar las escuchas telefónicas del edificio municipal. La maniobra tendría lugar a principios del 42. El ex jefe Hohmann había delatado al Departamento. Fletch Bowron nombró jefe de policía a Jack Horrall. El zoquete de Hohmann quería recuperar el cargo. Los teléfonos pinchados y los puestos de escucha eran un secreto a voces. Fletch y Llámame Jack eran falsos reformistas. Jack estaba metido en la mierda hasta el cuello. Jack tenía más mano que Jim Davis el Loco.
A continuación llamó a Sid Hudgens. Sid escribía para el MirrorNews. Sid confirmó las palabras de Ward Littell.
Art Hohmann era informante de los federales. El muy cabrón era un pleiteador desbocado. ¿Acaso  no lo serías, Bill? Jack el Gordo está en su poltrona.
Cuñas, fulcros, coerción.
Eran las 21.05. Parker cogió el teléfono y llamó a la Unidad Central.
–Homicidios, sargento Ludlow.
–Aquí Bill Parker, de Tráfico.
–Ah, sí. ¿Capitán?
–¿Está por ahí Lee Blanchard?
–Sí, capitán –respondió Ludlow–. Está echándose una siesta en el sofá de Dudley Smith.
–No lo despierte –ordenó Parker–. Y no le diga que he llamado. Ludlow dijo algo entre dientes. Parker colgó. La foto del equipo de vigilancia lo miraba radiante.
El casquete de la señorita Lake era rojo. Tenía que serlo.
Parker cogió el coche y se encaminó hacia el oeste por la calle Uno. Recorrió el dial de la radio, de noticiario en noticiario. No se hablaba más que de japos.
Los japos enfilan rumbo a Siam; los japos enfilan rumbo a Filipinas. FDR sigue manteniendo tensas conversaciones con enviados japoneses. Hirohito, el jefe japo, hace pedorretas.
Parker apagó la radio. La calle Uno desembocaba en Beverly Boulevard. Las luces navideñas titilaban en los jardines y perfilaban los marcos de las puertas. Una valla publicitaria de Schenley reavivó La Sed. Una valla publicitaria de Maytag lo puso a cien.
Una familia se maravillaba ante una cocina de gas encendida. La madre se parecía a la pelirroja de Northwestern. Joan no sé qué. Una rompehogares. Se escondía de Helen y se encendía por la pelirroja.
Parker dobló al norte por La Cienega. El Strip era una fiesta. Esquivó un camión de plataforma parado que repartía máscaras antigás. Unos marineros borrachos se ponían las máscaras y brincaban. Dos infantes de Marina se enzarzaban a puñetazos delante del Mocambo. Tropezaron y volcaron un árbol de Navidad artificial.
Hacia el norte por Wetherly Drive. El nido de amor de Lake y Blanchard, calle arriba a media manzana.
Funcional y elegante. Estéticamente ajardinado. No era la casa propia de un policía. Demasiado cara, demasiado buena.
En el camino de acceso Parker vio aparcado un Packard descapotable. Se detuvo detrás. En la casa había luz. Bocanadas de humo de tabaco se elevaban por encima de una terraza alta.
Parker se apeó y se desperezó. Se arregló el nudo de la corbata y se reacomodó la pistolera. Cruzó el porche y llamó al timbre.
Respondieron unas pisadas. Ella abrió de par en par.
Lo miró fijamente. Vestía un pantalón de tela de gabardina y una camisa blanca de hombre. Iba muy puesta para estar en casa.
–Bill Parker, señorita Lake. Esperaba poder robarle unos minutos. Ella consultó su reloj. Era de oro macizo. Calzaba zapatos oxford bicolores. Llevaba el pelo recogido con un broche de concha.
–Son las 21.41, capitán.
–Sí, ya sé que es tarde. Si molesto, puedo volver mañana.
Ella avanzó hacia él. Adoptó la pose de quien pretende obstruir el paso.
–¿Tiene que ver con Lee, pues? Eso que lleva en la manga es una insignia de la División de Tráfico. ¿Ha habido un accidente?
Tenía el dejo de las praderas. Parker notó que ella notaba el dejo de él. Ella podía perderlo o modificarlo. Era la viva imagen de la Afectación.
–El agente Blanchard está bien, señorita Lake. Se trata de otro asunto muy distinto. Espero despertar su curiosidad lo suficiente para que me escuche.
Ella se hizo a un lado. Él entró. El salón era un plató de cine. Paredes de color malva, sillones de orejas, chaise longues tubulares. Piezas de arte con mensaje izquierdista y un mueble bar cromado.
–Tiene una casa preciosa, señorita Lake.
Ella cerró la puerta.
–Lee fue un boxeador de éxito. También contó con buenos asesores financieros.
–Ben Siegel es un lince en cuestiones de dinero. No me cabe duda que asesoró personalmente al agente Blanchard.
Ella se apoyó en la puerta. La pose disimuló un mohín. Por un instante: falsa apariencia de niña temeraria y sofisticada.
–Todos hemos oído los rumores, capitán. Algunos de nosotros sabemos que no son ciertos.
Parker señaló una silla.
–¿Me permite?
Ella asintió y se acercó al mueble bar. Parker se sentó. Ella sirvió sifón en dos vasos y le llevó uno. Acercó una silla idéntica.
Entrechocaron los vasos.
–Por lo que venga a continuación –brindó ella.
Parker tomó un sorbo.
–¿Cómo lo sabía? Dígamelo.
–Asistí a la comida de Pascua que el alcalde Bowron ofreció al arzobispo Cantwell. Había barra libre. Usted vaciló entre una selección de bebidas alcohólicas y la bandeja de refrescos. Al final tomó agua con gas. Le vi en la cara una expresión de desi lusión y alivio a la vez.
–¿Siempre observa usted con tanta atención los momentos intrascendentes? –preguntó Parker.
–Sí. Y usted intuye que soy así, y por eso ha venido.
Parker empezó a sudar.
–¿Es usted de Sioux Falls?
–Sí. Y usted es de Deadwood.
–¿Y eso cómo lo sabe?
–Me lo dijo Elmer Jackson.
–¿Es usted amiga del sargento Jackson?
–Sí.
–¿Conoce los rumores que corren sobre él?
–Sí, y sé que son ciertos, en igual medida que los rumores sobre Lee no lo son.
El sudor se le acumuló en el nacimiento del pelo. La muchacha, la muy puñetera, se dio cuenta. Cruzó el salón y abrió la ventana.
Entró la brisa. Llegaban los bocinazos de Doheny. La muchacha, la muy puñetera, adoptó una pose relajada.
Estallaron fuegos artificiales. Él disfrutaba de una vista panorámica. Algarabía ilegal del ejército. Explosiones de color rojas, blancas y azules.
–Se avecina la guerra –dijo ella.
–Sí. ¿Qué opina al respecto?
–Yo veo los grandes acontecimientos como oportunidades. Quizá no sea esa mi mayor virtud.
Parker sonrió.
–¿Por ejemplo?
Ella se sentó y cruzó las piernas. Los calcetines cortos desentonaban con los oxford bicolores. Era una manera intencionada de decir «Jódete».
–Por ejemplo, la Gran Depresión. Me permitió salir de Sioux Falls. –¿Qué opina de la campaña en el frente oriental?
–Detesto a los alemanes y tengo sentimientos encontrados con respecto a los rusos, si es ahí adonde quiere llegar.
Parker se palpó los bolsillos en busca de tabaco. La muchacha se llevó una mano al bolsillo y le lanzó su propio paquete. Él cogió un cigarrillo y devolvió el paquete, también lanzándoselo.
Encendieron sus respectivos pitillos. Siguió un silencio de dos segundos. Se oyeron los zumbidos de los fuegos artificiales ilegales.
–No me ha preguntado a qué he venido.
–Estaba usted despejando embotellamientos. Estaba usted en el barrio y se le ha ocurrido pasarse por la casa de una mujer a quien no conocía.
–¿Ha terminado?
–No. Antes ha telefoneado a la Unidad Central. Quería asegurarse de que el agente Blanchard dormía en el sofá del sargento Dudley Smith.
Parker se agarró a la silla y miró alrededor en busca de un cenicero. La muchacha aplastó su colilla y le entregó el suyo. Las manos de ambos temblaron y se rozaron.
¿Ha terminado? –No, pero he aquí una respuesta alternativa. Hoy es sábado por la noche, y ha pensado que quizá yo no tenía ningún plan.
–¿Y por qué iba yo a pensar eso?
–¿Porque usted no tiene ningún plan? ¿Porque los rumores circulan en los dos sentidos? ¿Porque ha leído algún expediente sobre mí y ha hecho extrapolaciones?
Se sucedieron las detonaciones de los fuegos artificiales. Sunset Boulevard se iluminó. Varias parejas bailaban en un camión de plataforma.
Se miraron fijamente. La muchacha fue la primera en parpadear. Se inclinó al frente y arrancó el cenicero del regazo de Parker.
Él dio un respingo. Las gafas le resbalaron por la nariz. La muchacha señaló en dirección a la ventana.
–¿Qué celebran?
–La oportunidad.
–Ya. Eso sí me lo creo.
–¿Me enseña la casa?
Ella se puso en pie y simuló una reverencia. Parker la siguió. Vaya afectación: «Fíjate».
Arte quintacolumnista expresado con elegancia. El cubismo confluye con la opresión. Asombroso: ahí vivía un poli.
Subieron por la escalera. El pasillo del piso de arriba presentaba unas paredes de un rojo intenso e iluminación empotrada en el suelo. Había dibujos a lápiz pegados con cinta adhesiva al rojo. Hileras de mendigos en comedores de beneficencia, cuerdas de presos, obreros en huelga y cargas policiales.
Ella entró en una habitación y pulsó un interruptor. La luz encuadró una naturaleza muerta: el rincón de un poli.
Una cama sin hacer. Un uniforme tirado y artículos de papelería en desorden. Un 38 Especial, esposas, una porra de muelle. Recortes enmarcados de los tiempos del Gran Lee en el boxeo.
La muchacha volvió a pulsar el interruptor. La habitación quedó a oscuras. Se detuvo en el pasillo excesivamente iluminado y lo miró. Adoptó una poseÉl cayó en la cuenta.
Ella estudiaba a las estrellas de cine y fotos al azar. Tomaba imágenes prestadas para mostrarse coherente. Se le daban extraordinariamente bien las apariencias. Sin ellas era maleable.
El cabello castaño rojizo, las paredes de un rojo intenso, la iluminación con focos. Ahora va a girar sobre los talones, eso sin…
Ella giró sobre los talones. Se dirigió a una puerta al otro lado del pasillo. Él la siguió.
La puerta estaba cerrada. Tenía un ojo de cerradura acoplado al pomo. Esa anomalía lo desconcertó.
Se detuvo junto a la muchacha. Ella sacó una llave y abrió la puerta. Era su habitación privada. Le había dado las pistas y se lo había reservado para el final.
Paredes de color rosa, mesa de dibujo con caballetes. Un piano vertical adosado a una pared. Bustos de Beethoven y Lutero.
Retratos a lápiz dispuestos en un estante. El tal Bucky Bleichert, ese peso semipesado tan escurridizo.
Parker lo señaló.
–Ha solicitado plaza en el departamento.
–Lo sé –dijo Kay Lake.
–¿Por qué él? Tiene usted a su propio boxeador.
–No está siendo sincero, capitán. Si va a decirme que echar un polvo está prohibido por el reglamento de la Policía de Los Ángeles, se lo explicaré de manera más provocadora.
Parker salió a la terraza. Sunset Strip era una fiesta. Soldados borrachos confraternizaban delante del Trocadero. Armaban jolgorio y agitaban bengalas. El tráfico era un caos y no lo arreglaría nadie hasta el final de los tiempos.
Se apoyó en la barandilla. Kay Lake salió y se acercó a él. Parker tenía una sensación de mareo.
Ella le dio un pitillo y lo encendió. Se encendió otro para ella.
–A veces me quedo aquí bajo la lluvia. Hay unos cambios de color magníficos.
Parker la miró. Olía a sándalo. Se había perfumado en el dormitorio. Afectación, apariencias: había percibido su propio sudor.
–¿Cuáles son sus planes inmediatos, señorita Lake?
–Voy a alistarme.
–¿En qué sección?
–La que tenga los uniformes más estilosos.
Parker sonrió.
–¿Está decidida?
Ella agitó el pelo.
–A menos que usted me ofrezca algo más tentador.
Parker tiró la colilla por encima de la barandilla. Cayó en el capó de su coche de policía y destelló.
–Hay teléfonos pinchados y puestos de escucha por todo el edificio municipal. Necesito que transcriba usted las grabaciones de las escuchas en la Unidad Central de Investigación. Tendrá que hacerlo allí mismo.
Kay Lake desplegó una sonrisa radiante.
No está siendo sincero, capitán. Yo diría que hay algo en esas grabaciones que quiere usted que yo oiga, y que tiene que ver con la amenaza que se reserva para más adelante.
Parker se sonrojó.
–Puede empezar el lunes por la mañana.
Ella negó con la cabeza.
–Si se asegura de que Lee no me verá, empezaré esta misma noche. Estallaron fuegos artificiales justo por encima de sus cabezas. El Strip se iluminó y el resplandor pasó de blanco a rosa.
–He visto una fotografía suya. Llevaba usted un casquete, y me preguntaba si era rojo.
Kay Lake entró en su habitación y volvió a salir de inmediato. Llevaba el casquete puesto.
Posó en la puerta. El casquete era de un inconfundible azul policía.
8
los ángeles / sábado, 6 de diciembre de 1941
Lee Blanchard roncaba. Ese muchacho vivía con una nena preciosa. Asombrosamente dormía en el edificio municipal.
Los ronquidos retumbaban en Homicidios. Por lo demás, la sala de la brigada estaba en silencio. Sin teletipos, sin barullo de teléfonos.
Dos chicos acababan de enloquecer. Un negro llamado Jefferson había despachado a un negro llamado Washington. Una negra llamada Lincoln había precipitado el suceso. Dudley desestimó el caso.
–Ahí os quedáis, muchachos. El Dudster estará a vuestro lado en el espíritu de la justicia imparcial.
Blanchard roncaba. El cubículo de Dudley era pequeño. Se oía el eco. Jack Webb, apoyado junto al teletipo, se hurgaba la nariz.
Dudley escribió una carta a Beth Short. «Aplícate con más disciplina en tus estudios, mi extraordinaria hija. Trae a ese amigo ciego tuyo, Tommy Gilfoyle, cuando vengas a finales de este mes. Te mandaré otro billete de avión. Quiero ver cómo le describes una película, ese magnífico truco tuyo.»
Seguía aún bajo los efectos de las benzedrinas. Un chico de los Hop Sing montaba guardia junto al vertido de cal y el violador borboteante. Envió rosas rojas a las cuatro mujeres violadas. Adjuntó un tierno saludo.
Blanchard roncaba. El muchacho era un cornudo permanente. Los rumores reverberaban.
Dudley cogió el Screen World. Las hojas estaban manoseadas. Había leído el artículo sobre Bette Davis un billón de veces. El papel estaba hecho jirones. La cara de Bette tenía un manchurrón de tinta.
Harry Cohn encontraba a Bette distante. Ella se negaba a dejar la Warner para pasarse a Columbia. Harry dijo:
–No lo entiendo, Dud. Esa mujer debe de ser antisemita.
–Todas las buenas mujeres lo son –afirmó Dudley–. Pero ¿no sois judíos todos los magnates del cine?
Harry soltó una carcajada. Harry era un hombre blanco honorario. Llevaba Columbia con el puño prieto. La doctora especialista en raspados de los estudios era una lesbi llamada Ruth Mildred Cressmeyer. Ruthie era propietaria de un antro de esclavas tortilleras, que regentaba a medias con Dot Rothstein, celadora de la Oficina del Sheriff. Ruthie la pifió en un raspado a la nena negra de Bill McPherson y perdió su licencia para ejercer la medicina. El hijo de Ruthie, Huey, organizaba atracos y asistía a reuniones de la Federación Germano-Americana. Huey era informante de Dudley. Huey esnifaba pegamento. Huey era un psicópata extraordinario.
Sonó su teléfono. Brilló el botón rojo: el teniente Thad Brown. Descolgó.
–¿Sí, Thad?
–Necesito un favor. No tiene mayor importancia, pero Blanchard y usted son los únicos hombres de que dispongo.
–Cuente con ello.
–Hemos recibido una queja por exceso de ruido en una fiesta en Highland Park: avenida Cuarenta y cinco, 2108. La comisaría del barrio está desbordada, y la Central anda escasa de efectivos. Ese caos en el tráfico provocado por el ejército tiene ocupado a medio turno de noche.
Dudley anotó la dirección. La comunicación de Brown se cortó con una ráfaga de interferencia estática. La Bella Durmiente se removió.
–Arriba con alegría, muchacho. Tenemos trabajo.
Blanchard se frotó los ojos. Dudley le dio un café. Blanchard bostezó como un perro.
Dormía con la chaqueta del traje puesta. Necesitaba un afeitado. Era un insatisfecho crónico. En el 39 dio un osado golpe y rescató a una doncella de moral dudosa. Desde entonces no había hecho una mierda.
Dudley cogió su pistolera. Guió a Blanchard a través de la sala y lo observó mientras se quitaba las telarañas. Bajaron en ascensor al garaje y cogieron un modelo K. Tomaron por Main, en sentido norte.
El reloj del salpicadero marcaba las 23.41. Blanchard bosteeeezó y abrió la entrada de aire de su lado.
–Benny no tardará en salir.
–Sí, muchacho, lo sé.
–Seguramente montará una fiesta.
–Se ha librado de la cámara de gas. Esa es una hazaña digna de celebrarse.
Blanchard encendió un pitillo.
–Se ha librado, sí, gracias a nosotros.
–No me obligues a tirarte de la lengua, muchacho. Completa el pensamiento que deseas expresar.
Blanchard se estremeció.
–Todavía veo su cara. La del canario, quiero decir. A veces tengo pesadillas.
Dudley bajó el cristal de la ventanilla. El aire fresco avivaba el efecto de la benzedrina.
–Tranquilo, muchacho. Mejor será que reserves tus remordimientos para quienes los merecen.
Blanchard tragó saliva y tiró la colilla. Dudley tomó por Broad way a través de Chinatown. Evitaron la autovía y tomaron por Figueroa en sentido norte. Reminiscencias del pasado: el instituto Nightingale.
Primavera del 38. Un maníaco sexual retiene como rehén a la profesora de gimnasia de las chicas. El maníaco la obliga a desnudarse en las duchas. Él entra sigilosamente y le vuela los sesos al maníaco. Envía flores a la rehén todas las navidades.
Atravesaron Mextown. Los noctámbulos jugaban a los dados delante de las cantinas. Atajaron por la avenida Cuarenta y cinco. Los cholos se esfumaron. Allí la calle era blanca y limpia.
Casas con armazón de madera, vistas de la autovía, un refugio de blancos. Esa fiesta ruidosa: más adelante, a la derecha.
En la casa todas las luces estaban encendidas. La música sonaba a todo volumen. Infantes de Marina e integrantes de la sección femenina de la Armada pegaban la hebra en el porche. Un suboficial servía ponche de una sopera. Las soldados agitaban banderines estadounidenses ensartados en palos.
Dudley aparcó. Blanchard se bajó y se desperezó.
–La poli –avisó alguien.
Alguien apagó la música.
Blanchard se acercó al porche. La jarana se interrumpió. Blanchard puso cara de «Chsss». Se oyeron risas nerviosas alrededor.
Un infante dijo:
–Yo a usted lo vi pelear contra un charol en Tijuana.
Blanchard saludó con una inclinación de cabeza. Una soldado le ofreció ponche. Blanchard lo despachó en un par de tragos y puso cara de «¡Uau!». En algún sitio las campanas de una iglesia dieron las doce de la noche.
Dudley se apeó del coche. Se desvaneció el eco de las campanadas. Le pareció oír algo.
Era un sonido débil y agudo. No era un ruido callejero procedente de Figueroa.
Blanchard cautivó a los palurdos. La soldado le rellenó la taza. Ese ruido penetrante. Como una superposición de violines.
Situémoslo: una casa a la derecha. Una construcción con armazón de madera. Cuidada. Dos plantas, porche cubierto. Sacó la linterna y se acercó. Unas siluetas cruzaron el porche.
Coyotes. Bestias de voz aguda.
Blanchard volvió haciendo eses hacia el coche. Dudley atravesó el jardín e iluminó el porche con la linterna. Los coyotes lamían el resquicio de la puerta.
La luz los espantó. Se dispersaron. Tenían el hocico teñido de un color rojo brillante.
Consultó su reloj. Eran las 00.02. Blanchard lo vio y se aproximó.
Dudley subió al porche.
Alumbró el resquicio. En efecto: sangre.
Salía por el resquicio. Sangre semicoagulada.
Blanchard accedió al porche de un salto. Despedía un tufo a ron barato. Dudley puso cara de «Chsss». Blanchard siguió con la mirada el haz de la linterna y le entró desazón.
Dudley sacó la pipa.
–Echa abajo la puerta. Ojo dónde pisas.
Blanchard eligió el punto menos sólido, a la altura de media jamba. Bastó una embestida para hacer saltar el cerrojo. La puerta se abrió de par en par. Salió una bocanada de hedor.
Un despliegue de sangre y carne.
–Entra, muchacho. Arrímate a la pared y busca un interruptor. Usa el pañuelo. Ojo dónde pisas, y no toques nada.
Blanchard se tapó la nariz y entró. Hábil como era, se pegó a la pared y avanzó de lado. La habitación de la entrada presentaba la oscuridad de plena noche. Blanchard pisó madera noble.
Luz.
Un plafón, bombillas potentes, una luz blanca que iluminó lo siguiente:
Un salón. Una alfombra persa de pared a pared. Empapada de sangre, inmersa en sangre. Sangre de cuatro infieles muertos. Una familia amarilla: papá, mamá, hija, hijo.
–Japos –dijo Blanchard.
Estaban en posición supina. Estaban eviscerados. Estaban totalmente destripados. Sus vísceras desparramadas por el suelo. Yacían los cuatro al través. Parecían haber sido colocados en esa posición. Cuatro espadas impregnadas de sangre yacían junto a ellos.
Hojas largas y curvas. Gruesas empuñaduras de cuero. Espadas tradicionales japonesas.
Blanchard salió tambaleante. Dudley lo oyó vomitar, se arrimó a la pared y circundó el salón. Observó a los japos.
El papá rondaba los cincuenta y se mantenía en forma. Bronceado, manos recias: japo de extracción campesina. La mamá, regordeta, era de la misma edad que el papá. El hijo tenía unos veintidós o veintitrés años. Era musculoso. Llevaba un insolente corte de pelo a lo hispano. La chica era esbelta, de unos dieciséis años.
Tradición japonesa. Seppuku, harakiri, suicidio ritual. El deshonor impone la autoaniquilación.
Blanchard asomó a la puerta. Le temblaban las rodillas. Una música movida empezó a sonar en la casa contigua.
–Avisa a la Unidad Central y al laboratorio –ordenó Dudley–. Informa al teniente Brown de lo que hemos encontrado y deja un mensaje al jefe Horrall para que actúe a su discreción. Haz venir a Ray Pinker, y pídele que traiga al joven y brillante doctor Ashida.
Blanchard habló a través del pañuelo.
–¿Y si peinamos el vecindario? O sea, si preguntamos de puerta en puerta.
–No viene al caso, muchacho. Diría que se trata de un suicidio. Pídele a Pinker que llame al depósito de cadáveres y avise a Nort Layman. Tiene mucho ojo para determinar la causa de la muerte.
–¿Y la comprobación de antecedentes? ¿Se ocupará usted? Dudley se sentó en cuclillas en la estrecha franja de suelo desnudo. –No son criminales en el sentido clásico de la palabra. Con los infieles trastornados que aparentemente se adhieren a las leyes del hombre blanco no se hace «comprobación de antecedentes». Coge al dueño de la casa de al lado y averigua qué sabe. Llama al empleado de guardia del Registro de la Propiedad. Averigua quién es el dueño de esta casa y cuánto hace que la tienen los japos en alquiler o propiedad.
Blanchard se marchó. Dudley sacó el bloc y la pluma.
Dibujó el salón. Midió a ojo la alfombra y las franjas de suelo desnudo. Dibujó un sofá y dos sillones. Las patas estaban impregnadas de sangre hasta la mitad de su altura. Calculó unos cinco centímetros.
Decoración de las paredes:
Fotos en sepia de japos muertos hacía mucho tiempo y un mapa de Japón enmarcado. Una apariencia de cordura en la vida familiar.
Un comedor lindaba con el salón. Dudley dibujó la mesa, las ventanas y las sillas. La sangre derramada no llegaba por poco al comedor. La alfombra del salón la había absorbido toda.
Tenían las bocas abiertas. Murieron intentando tomar aire. Se colocaron ellos mismos en esa posición, uno al lado del otro.
Tendió la mano e hincó el dedo en el brazo del papá. Estaba rígido. El rígor mortis ya se había iniciado.
Entró en la cocina. Estaba toda alicatada de blanco.
Los platos se hallaban amontonados en un escurridor. Comida japonesa en la nevera. Verdura, arroz, anguilas y calamares.
Dudley dibujó la cocina y el lavadero. Suelo de linóleo, lavadora, tendedero interior. Ropa húmeda colgada de las cuerdas. ¿Por qué hacer la colada el día que uno se suicida?
Subió por la escalera y se detuvo en el pasillo del piso de arriba. Dos habitaciones, a la izquierda. Una habitación, a la derecha. En las paredes, retratos de japoneses muertos hacía mucho tiempo.
Entró en la habitación de la izquierda más cercana. Era la de la chica. Era puramente femenina al estilo japonés.
La chica dormía en una esterilla de bambú. La chica tenía una maceta con un bonsái en su mesa. Tenía peluches de ojos oblicuos. Sus armarios contenían kimonos y la indumentaria normal de una estudiante.
La puerta que comunicaba con la habitación contigua estaba asegurada con un candado. Eso le chocó. Salió al pasillo para ir a la habitación contigua. Era puramente masculina al estilojaponés.
El chico muerto ofrecía cierto aspecto de rebeldía. Lucía ese corte de pelo a lo hispano. Pongamos: la chica cerraba con candado la puerta entre las dos habitaciones para que él noentrara.
Las puertas del pasillo tenían cerradura. Dos cerrojos significaban que ella podía encerrarsedentro.
La habitación del chico: rebeldía, y algo más.
Dos palos de golf apoyados en un rincón. Un banderín del instituto Franklin por encima de la cama. Cómics desperdigados. Observemos los espías nazis en las portadas.
Una jarra junto a la cama. Emanaba un tufillo a meados.
Las habitaciones de la señorita y el señorito no tenían váter. No estaba garantizada la intimidad de quienes allí cohabitaban.
Dudley registró el armario y la cómoda. Se reveló lo siguiente: Ropa masculina inocua. Un jersey con la inicial del Fran klin. Cuatro trajes a la última moda. Más cómics. Dos navajas plegables. Revistas de chicas desnudas y suspensorios forrados.
Examinó los suspensorios. Constituían el forro banderines japoneses y ropa interior femenina. Se correspondía con la ropa interior de la hermanita.
Quedaba una habitación: el dormitorio de los papás.
Entró. Echó un vistazo al baño. Vio cuatro cepillos de dientes en un soporte. Por encima del lavabo, en una repisa, vio brillantina de la que usaban los pachucos.
Echó un vistazo al dormitorio. Vio un papel pegado con cinta adhesiva a la pared.
Dos líneas. Caracteres japoneses. La evidente nota de suicidio.
El armario estaba hasta los topes. La mamá llevaba kimonos. El papá prefería los petos y la indumentaria propia de un caudillo japo. Había una cómoda encajada en el armario. Dudley abrió el cajón superior.
Observemos: fajos de yenes japoneses y marcos alemanes. Observemos: un panfleto titulado «El opresor de Los Ángeles».
Dudley lo hojeó: ocho páginas. Era una sarta de idioteces polémicas.
El «señor Autor Anónimo» arremetía contra el furor antijaponés.
Achacaba la culpa a «fakkkciones kkkorruptas de la maquinaria política de Los Ángeles». Al servicio de la causa: «polis kkkorruptos del Departamento de Policía y la Oficina del Sheriff». Vapuleaban al alcalde Fletch Bowron. El sheriff Gene Biscailuz recibía un buen varapalo. El ex jefe Jim Davis y el jefe C. B. «Jack» Horrall se llevaban la peor parte. El autor despotricaba contra los judíos, los ingleses y los chinos.
Entró Blanchard, con el bloc y una Lucky Lager en mano. Abajo ya había metido la pata. Tenía los zapatos manchados de sangre.
–La familia se apellida Watanabe. El papá se llama Ryoshi. La mamá se llama Aya, y los hijos se llaman Nancy y John. La casa está a nombre del papá. Tiene una explotación agrícola en el Valle, igual que todos los japos que no se dedican a la venta ambulante de baratijas o tienen un pesquero en San Pedro. El vecino de al lado dice que son japos decentes que se mantienen a distancia de los blancos y llevan una vida reservada, y supuestamente son los únicos japos de Highland Park.
Fuera se oyeron portazos. Dudley fue a la habitación de Johnny y miró por la ventana. Los pasajeros de dos coches: Ray Pinker, Nort Layman. El joven Ashida y el teniente Thad Brown.
Corrieron hacia la casa. De abajo llegó un atronador «Joder». Entró Blanchard, el muy aprensivo. Toqueteó los cómics de Johnny. Eructó la Lucky Lager.
Dudley le quitó la botella.
–Vete abajo y haz subir al japo. Mueve el culo, Leland.
Blanchard salió pitando. Dudley entró en la habitación de los papás. Dudley observó la nota:
Entró el japo. Era la 1.30. Iba acicalado y tenía los ojos muy despiertos.
–¿Sabe leer en japonés, doctor Ashida?
–Sí, sargento.
Dudley le señaló la nota. Ashida la observó.
–«El inminente apocalipsis no es obra nuestra. Hemos sido buenos ciudadanos y no sabíamos que se avecinaba esto.»
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7 de diciembre de 1941
9
los ángeles / domingo, 7 de diciembre de 1941
–Una nota de suicidio, seguramente –dijo Dudley Smith.
–Sí, es muy probable.
–¿Es usted nisei, doctor Ashida?
–Sí, sargento.
–¿Tiene usted algún conocimiento derivado de su extracción cultural que pueda servir para ilustrarme a este respecto?
Había algo en la posición de los cuerpos que resultaba anómalo. La casa se veía demasiado ordenada. A menudo el caos doméstico precipitaba el seppuku. Debería haber más desorden.
–La nota, más que reconocer la deshonra o la vergüenza, la justifica –dijo Ashida–. El «inminente apocalipsis» es ambiguo. En los suicidios en grupo japoneses, las notas suelen ser más concretas y poner de relieve el concepto de recuperación de la honra.
Dudley Smith sonrió. Era alto y estaba en forma. Tenía los ojos castaños y pequeños. Su sedoso acento irlandés seducía a los sospechosos. A eso seguía la cámara de gas.
–Agradezco sus comentarios. Tengo la intención de quedarme en esta habitación y reflexionar sobre ello mientras usted presta sus servicios abajo.
Ashida inclinó la cabeza y se dirigió a la escalera. Percibió el hedor: efluvios de fluidos viscerales en el aire estancado. Bajó al salón. Blanchard y Brown se mantenían a cierta distancia de la alfombra. Pusieron cara de «Aagh» y encendieron sendos pitillos.
Ray Pinker fotografió los cadáveres. Nort Layman examinó los cadáveres. Calzaba unas botas de goma que le llegaban a las rodillas. Iba bien preparado para la podredumbre líquida.
–La chica me gusta –comentó Blanchard–. Si estuviese vivita y coleando, le echaría un clavo.
–Puede que esto vaya para largo –dijo Brown–. ¿Crees que Ace Kwan podría mandarnos algo de manduca?
–Los Hop Sing y las Cuatro Familias andan otra vez a la greña –contestó Blanchard–. Ace bastante ocupado está ya.
–Dudley tiene tratos con Ace –dijo Brown–. Él nos conseguirá algo para jalar.
–No le diga a Ace que tenemos aquí a unos japos muertos. Los japos y los chinos mantienen una enemistad histórica.
Dos empleados del depósito de cadáveres entraron cargados de cubiletes para muestras de sangre. Layman anotó la hora y la fecha en etiquetas adhesivas. Los hombres del depósito llevaban guantes de goma y portaban paletas metálicas. Layman señaló a los fiambres.
–Despejen el camino alrededor. Sellen los cubiletes con cinta. Conserven la sangre en frío, para que yo pueda echar un vistazo a las células.
Los hombres del depósito se pusieron manos a la obra. Recogieron cuajarones de sangre y los envasaron de cualquier manera. Layman les lanzó otros cuatro cubiletes. La sangre estaba ya totalmente cuajada. Se desprendía semiseca.
Un hombre abrió un camino hacia Ryoshi Watanabe. Un hombre abrió un camino hacia Johnny. Llenaron seis cubiletes de sangre. Se ensartaron los cubiletes en los brazos por las asas y, cargando con ellos, abandonaron la alfombra.
–Joder –exclamó Blanchard.
Layman se acercó a los cadáveres. Cogió las espadas. Las dejó en la alfombra. Dio la vuelta a los cadáveres y les bajó los pantalones, las faldas y la ropa interior. Pinker le lanzó cuatro termómetros unidos por una goma elástica. Layman los insertó en los rectos y cronometró los segundos con su reloj de pulsera.
Ashida los cronometró con su propio reloj. Layman retiró los termómetros y miró las temperaturas. Hizo una seña a los hombres del depósito: «Ya podéis iros». Se largaron a su coche fúnebre a toda prisa.
Layman tosió.
–Calculo que llevan muertos unas diez horas. Como están destripados, la comida de los intestinos podría haberse dispersado parcialmente entre la sangre, sobre la alfombra. Si consigo determinar la fase de la digestión, podré precisar más la hora de la muerte.
Los hombres del depósito entraron cuatro camillas metálicas con ruedas. Tenían los bordes manchados de sangre. Pinker, de pie junto a los cadáveres, sacó fotos de los cuerpos en posición prona.
–Es un suicidio –dictaminó Brown–. He hablado con el jefe. Ha dicho que despachemos el asunto y lo aparquemos.
Entró Dudley Smith.
–Me inclino a pensar que es un suicidio, pero ya lo determinaremos a su debido tiempo.
Los hombres del depósito se apoyaron en las camillas. Con una seña, Layman les indicó: «Adelante». Trabajaron en cadena. El hombre más cercano a los fiambres los levantaba. El otro hombre los agarraba y los balanceaba. Layman los extendía en las camillas, boca arriba.
Ashida observó. Ashida tragó saliva y habló.
–La práctica del seppuku conlleva una comida ritual poco antes del destripamiento. El doctor Layman debería poder determinar la cantidad de comida presente en el aparato digestivo.
Layman se echó a reír.
–Este chico me cae bien. Podría llamarme «Nort», pero me llama «doctor».
Pinker se echó a reír.
–Él también es doctor. Nada menos que por Stanford.
Blanchard hizo un gesto masturbatorio. Dudley Smith guiñó un ojo a Ashida.
Este sintió agitación. Le flojearon las piernas. Ocho hombres blancos lo miraban.
Se acercó a las camillas. Se calzó unos guantes de goma. Los hombres del depósito lo miraron como preguntando: «¿Quién es este tipejo?».
Ashida dio la vuelta a Ryoshi. Sí: intuición confirmada. Ashida dio la vuelta a Johnny. Sí: otra vez. Ashida dio la vuelta a Aya y a Nancy. Sí: otra vez, otra vez.
Tenía la palabra. Lo miraban atentamente ocho hombres blancos. –Vemos marcas de vacilación justo por debajo de las incisiones de entrada. No es de extrañar, dada la enormidad del acto. Lo anómalo es la similitud de las marcas, dado que presuntamente las cuatro personas se evisceraron ellas mismas. En los casos de seppuku, las marcas de vacilación suelen ser incisiones rectas y descendentes. En estos cuatro casos, los desgarrones se desplazan lateralmente, como si estas personas forcejearan o se resistieran al impulso de matarse, de un modo que no refleja mediante pruebas ninguna publicación criminológica.
Pinker y Layman se acercaron. Ashida señaló las marcas en Nancy y Johnny. Layman apartó escamas de sangre. Pinker dejó escapar un silbido.
–El chico tiene razón –dijo Layman.
–Detecto algo anómalo en la posición de los cuerpos. He visto fotos de seppuku en grupo en manuales japoneses. Invariablemente, los miembros de una misma familia intentan abrazarse entre sí mientras mueren, a pesar de que su intención original era quedarse uno al lado del otro. Los cadáveres siempre aparecen amontonados.
Dudley Smith encendió un pitillo.
–Digamos que atribuimos las marcas de vacilación al papá. Temía que su mujer y sus hijos flaquearan en el último momento y fueran incapaces de hundir la hoja. Él les guió la mano, los mató, dispuso los cadáveres y se mató él. Vaciló él mismo porque el acto de matar a su familia lo había alterado.
–Sí, es verosímil –contestó Ashida.
Brown se encogió de hombros.
–Estamos ahondando más de la cuenta. Ha sido un suicidio, por Dios.
Blanchard soltó una carcajada.
–Esto vale un artículo de última página en el Mirror: «Japos muertos en Highland Park. El Emperador llora».
Dudley Smith terció:
–Pídele disculpas al doctor Ashida, Leland. Basta con que digas: «Lo siento, señor».
Blanchard se miró los zapatos.
–Lo siento, señor –dijo Blanchard.
Ashida se miró los zapatos. Layman sacó una petaca. Pinker la aceptó, echó un trago y la hizo circular. A Ashida le llegaron los posos.
Uno de los hombres del depósito se rió. Brown se rió. Ashida se rió. Dudley señaló las espadas y los fiambres.
–Les tomaremos las huellas y llevaremos a cabo comparaciones. Necesitamos establecer qué mano tocó qué arma.
Pinker movió la cabeza en un gesto de negación.
–Las empuñaduras son de cuero rugoso. Ese material no retiene las huellas.
–Espolvoreen las hojas –dijo Layman–. Quizá encontremos algo. Ashida abrió su estuche de pruebas. Encima: polvo dactilográfico, tinta dactilográfica, pincel dactilográfico, tarjetas dactilográficas.
Dejó el estuche en la camilla de Ryoshi. Examinó los cuatro pares de manos. Los cadáveres presentaban ya rígor mortis. Tenían los dedos contraídos. Así posiblemente sería difícil hacer rotar el dedo para estampar las huellas.
Pinker abrió su propio estuche. Layman cogió las espadas. Dudley se acercó y se situó junto a Ashida. Cruzaron una mirada. Pareció telepática.
Ashida agarró la muñeca izquierda de Ryoshi. Dudley dobló los dedos y los partió. Los huesos se troncharon con un chasquido audible. Ashida consiguió una superficie de impresión estable.
–Joder –dijo Blanchard.
–Ahora no te me andes con remilgos, hijo –intervino Brown. Ashida entintó los cinco dedos. Ashida hizo rotar las yemas en una tarjeta dactilográfica y consiguió una estampación perfecta.
–Madre mía –dijo Blanchard.
Pinker y Layman se ocuparon de las espadas. Dudley rompió los dedos de la mano derecha a Ryoshi. Ashida los entintó, los hizo rotar y consiguió una estampación perfecta.
En el salón subió la temperatura. Ashida empezó a sudar. Dudley partió los dedos a Aya. Dudley partió los dedos a Johnny y a Nancy. Los huesos se troncharon con un chasquido. Las astillas traspasaron la piel.
Ashida entintó los dedos. Ashida hizo rotar los dedos. Ashida consiguió una estampación perfecta. Dudley le guiñó un ojo. Ashida sintió su propio rubor.
Pinker y Layman sostenían en alto las espadas. Estaban espolvoreadas, desde la empuñadura hasta la punta. Pinker dijo:
–No hay huellas latentes. Solo manchas borrosas y huellas de guante de piel suave.
Blanchard dejó escapar un silbido.
–Joder, es un homicidio.
–No necesariamente –dijo Brown.
–Alguien podría haber tocado las hojas con unos guantes puestos –apuntó Pinker.
–Revuelve la casa, Leland –ordenó Dudley–. Buscamos unos guantes de piel suave. No guantes de trabajo de piel tosca ni guantes de mujer. Ahora partimos de supuestos.
Blanchard salió pitando. Brown sacó una petaca. Layman la aceptó, echó un trago y la hizo circular. Dudley se la entregó a Ashida. Este echó un trago. El alcohol desencadenó la inspiración.
–Existe una tradición samurái conocida como «suicidio cómplice». Los patriarcas deshonrados emplazaban a amigos íntimos o sacerdotes sintoístas para ayudarlos a matarse ellos y a matar a sus familias. Eran quienes en realidad hundían la hoja.
–Está pensando que eso explicaría las marcas de vacilación y la posición de los cadáveres –dijo Brown.
–Sí, pero falta un detalle. El cómplice siempre deja retratos de la familia junto a los cuerpos.
Brown cabeceó.
–¿Qué hago yo aquí? Soy un policía de alto rango.
Layman cabeceó.
–Con lo revuelto que está el mundo ahora, nada necesitamos menos que un homicidio de japos.
Dudley sonrió a Ashida.
–Como aislacionista a ultranza, debo coincidir.
Arriba resonaron unas fuertes pisadas. A continuación se oyeron rozamientos.
–¡No hay guantes de piel! –informó Blanchard a voz en cuello–. ¡He encontrado guantes de tela, eso es todo!
Ashida notó los efectos del alcohol. El salón estaba atestado. Hombres blancos con el aliento cargado. Humo de tabaco. Cuatro japoneses muertos.
–Una cosa más. Los cuatro miembros de la familia vestían prendas de lana suave de cintura para arriba. Si el señor Watanabe prestó ayuda en los suicidios de los otros tres, tuvo que situarse detrás de ellos para empuñar las espadas, y por tanto tal vez dejara fibras de tela distinta en la parte posterior de los otros. Una quinta persona, un cómplice en el suicidio o un homicida, podría haber dejado fibras de tela distinta en las cuatro personas, incluido el señor Watanabe.
Se sucedieron gestos de asentimiento. Sí, lo captamos… pero. Pinker lanzó una linterna a Ashida. Alineó las camillas y colocó a los fiambres de costado. Los hombres del depósito retrocedieron. Ashida se puso a ello con las dos manos ocupadas: linterna y lupa.
Empezó por Nancy. Esta vestía una blusa fina de lana con copos de nieve bordados. Ahora de cerca. Sí, ahí: fibras de una tela distinta, más claras. Ásperas, teñidas de un color vivo. Sí: lana de Shetland malva.
A continuación pasó a Aya. Su blusa era de una mezcla de algodón y lana. Ahora de cerca. Sí: fibras idénticas, en la parte superior de la espalda.
Ashida sudaba copiosamente. Se secó las manos en la chaqueta del traje y volvió a empuñar sus herramientas. Johnny vestía una camisa de franela. Ahora de cerca. Sí: fibras de lana de Shetland malva, con florituras.
Ryoshi vestía una chaqueta de punto fina. Ahora de cerca: confirma o refuta la tesis…
Sí. Fibras de lana de Shetland de color malva, por toda la espalda. Ashida se enjugó la cara.
–Hay fibras idénticas en los cuatro. Son fibras de un jersey muy corriente, así que la conclusión está clara: es lana de Shetland teñida de malva.
Entró Blanchard. Se lo veía más contento que unas pascuas. Se había llenado los bolsillos de cómics.
Dudley lo cogió por banda.
–Revuelve otra vez la casa, muchacho. Busca prendas de lana de Shetland de color malva. El malva es un tono morado claro, por si las dudas.
Blanchard se dio media vuelta.
–Quiero fotografías –dijo Dudley–. Creen una perspectiva de toda la casa. Veamos si hemos pasado algo por alto.
Pinker revolvió en su estuche. Sacó flashes y película. Ashida revolvió en su estuche. Sacó unas pinzas y un sobre. Escribió en la solapa: «Watanabe/Avenida 45, 2.17 horas, 7/12/41».
Pinker tomó fotografías posteriores. Sacó primeros planos de las fibras, en los cuatro cadáveres. Brown y Layman salieron al porche y encendieron sendos pitillos.
Ashida desprendió las fibras con las pinzas y las metió en el sobre.
Blanchard trajinaba ruidosamente en el piso de arriba.
–¡He buscado en todos los cajones y armarios! –informó a voz en cuello–. ¡No hay nada que se le parezca!
Dudley observó trabajar a Ashida. Ashida extraía fibras con las pinzas. Las repartió en cuatro sobres. Pinker blandió su cámara. Significaba: «Marchando». Ashida cogió su estuche de pruebas.
Tanda de fotos.
Pinker tomó las instantáneas. Ashida cargaba con la película y los flashes. Actuaban deprisa. Dudley los seguía. Disparaban, recargaban, disparaban. Los flashes usados le quemaban las manos a Ashida. Los echaba al interior de su estuche.
Tanda de fotos.
Salón, comedor, cocina. Una galería de servicio y ropa húmeda en un tendedero.
El detalle mosqueó a Ashida. ¿Por qué hacer la colada en un día como este? ¿Descarta ese detalle el seppuku en buena lógica?
Tanda de fotos.
De allí fueron al pasillo. Foto del suelo, foto de la pared, foto del techo…
Ashida bajó la mirada. Pinker alzó la mirada. Advirtieron limaduras de metal en el suelo. Advirtieron un pequeño orificio, justo encima de ellos.
El suelo –dijo Ashida.
El techo –dijo Pinker.
Dudley lo vio. Miró arriba y abajo.
–Eso me resulta interesante –comentó.
Ashida se acuclilló junto a las limaduras. Tenían que ser el fileteado residual de un silenciador. Se parecían a las limaduras del atraco a la farmacia.
–Sargento, ¿ha leído mi informe sobre el 211 en la farmacia?
–Sí, doctor. La exposición era brillante y abundaba en hipótesis. Según usted, es posible que el malhechor que rozó el expositor de libros no fuera el policía militar violador.
Ashida asintió. Recogió las limaduras y las metió en un sobre. Escribió en la solapa: «Watanabe / Avenida 45, 2.42 horas, 7-12-41». Pinker señaló el techo. El orificio tenía el diámetro de una bala.
Dudley puso cara de «Ustedes primero». Subieron a toda prisa por la escalera. Cubría el pasillo una alfombra alargada. Dudley la cogió por el ángulo más cercano y tiró. La alfombra voló.
Dudley la echó a un lado. Ahí, en una tabla del suelo: dos fragmentos de bala.
Ashida fue el primero en llegar. Se arrodilló muy cerca. Apro ximó su lupa.
Los fragmentos concordaban con los fragmentos de la farmacia. Se correspondían con total o casi total seguridad. No era una coincidencia.
Pinker se arrodilló muy cerca.
–Es una Luger equipada con recogecasquillos. He leído tu último informe, Hideo. Sé que has vuelto a verificarlo en el laboratorio. Solo hay una discrepancia. Esta bala tenía que proceder de un lote de munición distinto. Podría aplastar estos fragmentos con la mano.
Dudley se arrodilló muy cerca. Cogió los fragmentos y los aplastó. Metal en polvo se escurrió entre sus dedos.
Bajó. Pinker se quedó boquiabierto. Ashida creyó entenderlo. Le trajo a la memoria su conversación con Buzz Meeks. Le trajo a la memoria la luz verde en el caso del violador del ejército.
Pinker permaneció boquiabierto. Ashida bajó. Oyó voces en la cocina. Se arrimó a la pared del pasillo.
–Quizá sea nuestro asesino, quizá no –dijo Brown–. Probablemente lo único que tenemos es el mismo hombre con un arma de fuego que probablemente es la misma en dos ubicaciones distintas en el mismo día. Quizá es un violador, quizá no. No nos consta que fuera él quien dejó esas fibras en la farmacia. Sí, eran fibras del brazalete de un policía militar, pero ¿y qué? Si piensan que nos hallamos ante una acumulación de delitos, violación / robo / homicidio, es muy posible que tengan ustedes razón… pero, desde luego, también pueden estar metiendo la pata hasta el cuello.
–No puede ser una acumulación de delitos –dijo Dudley–. Nort Layman nunca la caga con la hora aproximada de la muerte.
–Póngame al corriente de la situación a grandes rasgos, Dud –dijo Brown.
–Identifiqué al violador a partir de una foto de archivo –respondió Dudley–. Jack Horrall me dio luz verde. Mis chicos y yo matamos a ese hombre ayer a las tres y media de la tarde. Él no podría haber matado a los japos.
Ashida se estremeció. Se desencadenó otra inspiración. Introducción a las Ciencias Forenses: «Las intuiciones  formarán un todo coherente».
Deutsches Haus, calle Quince Oeste. Ese informe de la Brigada Antisubversión. Es un lugar de reunión de pronazis. Presuntamente trafican con Lugers y silenciadores.
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