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Para este collage se utilizó a William T. Vollmann, Jorge Luis Borges, Hitler, The Beatles, Pablo Picasso, Lisa Ann, Oscar del Barco, Sarina Valentina, un Pibe Chorro, mi gato René, un japones con un lomo increible que no se su nombre, un pibe que toca la viola como los dioses en la estación Carlos Pelegrini y que desconozco su nombre como el del otro músico callejero que se le sumo al terminar Sucio y desprolijo de Pappo y zaparon un blues y Johnny Allon. 

 

1-  La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen
2- El Cid – Richard Fletcher
3- La otra historia de los Cátaros – Malcolm Lambert
4- Templarios. La nueva caballería – Malcolm Barber
5- Los Cátaros del Languedoc en el siglo XIII. Vida cotidiana – René Nelli
6- ¡Petróleo! – Upton Sinclair
7- Correrías de un infiel – Osvaldo Baigorria
 
1-
La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen
Estado: impecable.
Editorial: Península.
Precio: $500.
Todos aquellos que visitaban a Sigmund Freud en su domicilio vienés de la Berggasse eran recibidos por Paula Fichtl, que vivía como criada en casa de los Freud desde que tenía veintisiete años. Elemento indispensable en la buena marcha de la casa, Paula Fichtl era una institución: María Bonaparte, Stefan Zweig, Thomas Mann y Marilyn Monroe recibieron sus atenciones y se regalaron con sus pasteles. Observadora, leal y vivaz, Paula sivió a la familia y siguió su suerte. Los acompañó en su exilio a Londres y sólo volvió a su Austria natal tras la muerte de Anna Freud. Basado esencialmente en las conversaciones de Detlef Berthelsen con Paula Fichtl, este libro constituye un testimonio personal de primera mano sobre Sigmund Freud y su entorno sobre los cincuenta y tres años que Paula convivió con la familia, y es además un detallado retrato de la vida doméstica en la primera mitad del siglo XX.
Prefacio
Durante una estancia en Inglaterra en el año 1966 leí en el Times de Londres en un artículo sobre Sigmund Freud que su hija, la analista infantil Anna Freud, vivía aún en la casa en la cual murió el fundador del psicoanálisis en 1939. Según el artículo, a sus setenta y un años Anna Freud seguía dirigiendo el jardín de infantes que había fundado en el barrio londinense de Hampstead durante la Segunda Guerra Mundial.
Pocos días después me encontraba ante el edificio de ladrillo rojo del número20 de Maresfield Gardens, medio cubierto de viñas vírgenes, y descubría en el muro una placa conmemorativa azul con el epígrafe “Sigmund Freud lived here”. Mientras estaba admirando el cuidado jardín, entró una mujer de cierta edad con dos bolsas de las compras bien repletas. Al cabo de unos minutos salio con un delantal puesto y me pregunto si buscaba a alguien o deseaba ver a alguien. Después de escucharme, replicó con acento austríaco: “Puede hablar alemán conmigo tranquilamente.” Parecía amable y servicial, y acepté su invitación a entrar en la cocina; allí me preparó una taza de café de sabor agradablemente “continental”.  Paula Fichtl, así se llamaba mi anfitriona, llevaba treinta y siete años unida a la familia Freud, como pronto supe, y ésta constituía evidentemente el centro de su vida. Tras una agradable conversación me despidió de forma súbita y apresurada: “Porque cuando la señorita Freud vuelve a casa no ve con buenos ojos que hable con personas desconocidas”, explicó Paula Fichtl. “¿De dónde procede su confianza?”, pregunté. “Usted no me conoce de nada.” “Sabe usted, el profesor Freud me dijo una vez: ‘Con su conocimiento de las personas es usted mejor analista que muchos analistas profesionales.’”
Éste fue mi primer encuentro con Paula Fichtl, ama de llaves de la familia Freud, que por entonces contaba sesenta y cuatro años. Me di cuenta de que aquella mujer era un testigo importante de su época y de que había conocido a Sigmund Freud en privado y durante largo tiempo, tanto como sólo su hija Anna. Vi en mi amable anfitriona una magnífica fuente historiográfica. De las palabras de Paula Flichtl surgía la silueta de Sigmund Freud en su vida privada de una forma que hasta entonces no había podido conocerse, sino que se había mantenido cuidadosamente oculta.
Cuando volví a ver a Paula Fichtl al cabo de dos semanas, mantuvimos una larga conversación. Hubo café y tarta de Linz, hecha por ella misma. Pero esta vez también ella “sentía curiosidad” y deseaba saber quiénes eran mis padres y por qué había ido a para a Londres. Escucho compasiva el relato de la huida de mis padres hacia el oeste durante la guerra. Ello la llevó a hablar de su condición de emigrante. Luego me enseñó con orgullo el despacho y la biblioteca del hombre por quien abandonara voluntariamente su patria austríaca. En 1938 había emigrado con los Freud a Londres sin tener necesidad de hacerlo y sólo por lealtad y afecto, como si fuera lo más natural del mundo. Sigmund Freud constituye el principal elemento de su vida, y naturalmente la llenaba de orgullo saber que le había sido simpática y útil. Me explico la disposición de su lugar de trabajo y extrajo fotos del cajón del escritorio de su “admirado profesor”. Incluso me permitió que probara el famoso diván.
En las muchas meriendas que siguieron – así denominaba Paula nuestras charlas – me llamó la atención repetidamente el ver que en las biografías de Freud conocidas faltaban muchos de los aspectos personales que Paula me confiaba de manera tan natural y discreta.
En los años siguientes mantuve el contacto con Paula Fichtl mediante postales. En 1971 dejé Nueva York y pasé a ocupar un puesto en Hamburgo. Ocho años después, al declarar la UNESCO el 1979 como Año del Niño, llegó por fin la ocasión de combinar mi interés por la obra de Sigmund Freud y por la personalidad de su hija Anna en una tarea concreta. Se me encargó que hiciera una entrevista a la analista infantil. Al principio rechazó sin ambages mi solicitud y por lo demás me remitió a sus libros. Pero acabó dando su consentimiento para una entrevista, aunque a regañadientes. “Solo estaré a su disposición durante cincuenta minutos, el tiempo de una de mis sesiones de análisis.”
Cuando al cabo de pocos días llamé al timbre de la casa número 20 de Maresfield Gardens, volvió a abrirme Paula Fichtl al cabo de trece años, ahora de forma oficial. Le había dado mi firme promesa de no decir una sola palabra acerca de nuestra antigua relación. Anna Freud me hizo enseñarle primero el pasaporte, a los pocos minutos se apropió también de mi lista de preguntas y luego declaró con aspereza: “¡No contestaré ninguna pregunta acerca de mi padre!” Al cabo de una hora y media  me despedí de la exhausta analista, que contaba por entonces ochenta y cuatro años. al despedirnos, me quedé gozosamente sorprendido de que me invitara a continuar nuestra conversación a la tarde siguiente. De ahí surgió una relación que se prolongaría hasta su muerte en el año 1982.
Pocos días más tarde, Paula Fichtl y yo celebramos nuestro reencuentro sentados en la mesa de la cocina. Desde entonces la visité más a menudo y la escuché con más atención, planteándole preguntas más concretas. Aceptó también que en nuestras reuniones hubiera siempre un grabador en funcionamiento. Yo deseaba saber más cosas acerca de Anna y Sigmund Freud desde el punto de vista de su ama de llaves. El padre del psicoanálisis y su hija, que habían hecho de la revelación de lo más oculto el fundamento de su ciencia y de su terapia, se habían negado durante toda su vida a dejar entrever cuestiones personales. Sigmund Freud tuvo buen cuidado ya desde muy pronto de que sus futuros biógrafos se encontraran con muchas dificultades. A los veintinueve años escribió a su novia Martha: “…He destruido todas las anotaciones de los últimos catorce años y las cartas, resúmenes científicos y manuscritos de mi trabajo…” Hasta la muerte de Anna Freud, las informaciones y publicaciones de corrrespondencia referidas a su ámbito estuvieron severamente controladas: todo lo que no sirviera a la teoría pura caía víctima de la redacción.
En un total de más de ochenta horas de grabaciones de audio, Paula Flichtl me contó  la historia de su vida. Lo que había pensado, sentido, creído y observado a lo largo de cincuenta y tres años en casa de los Freud. “Quien tiene ojos para ver y oídos para oír, llega a la convicción de que los mortales no son capaces de ocultar ningún secreto. Aquel cuyos labios callan, charla con las puntas de los dedos…” Así le dejó escrito Freud en el historial de un paciente.
También Paula Fichtl sabía leer a su modo el pensamiento de la “gente lista”. No me contó nada acerca de Sigmund Freud como científico, pero sí como patrono, anfitrión, pachá que constituía el centro de una familia de mujeres, filatelista, padre y esposo más bien triston. Ya desde el principio tuve que asegurar a Paula Fichtl una yt otra vez que no publicaría sus recuerdos hasta después de la muerte de Anna Freud. U jasta qie jibp dekadp de existir el domicilio londinense de los Freud no me permitió revisar y evaluar las cartas, documentos y fotos que poseía. Aparecieron muchas cartas. Eran sobre todo cartas de Anna Freud y de su compañera Dorothy Burlingham-Tiffany, que me transmitían una cróncia casi completa de la “vida interior” de la casa de Freud en Londres. He completdo y comprobado las informaciones procedentes de las cartas y los documentos mediante numerosas entrevistas a conocidos y amigos de la familia Freud en el mundo entero.
El resultado constituye  a la vez, en gran medida, la biografía de una criada austríaca nacida en 1902, a quien le estuvo reservado cuidad a uno de los principales científicos del siglo XX en sus años más difíciles.

 

2-
El Cid – Richard Fletcher
Estado: impecable (tapa dura/con sobrecubierta/papel ilustración).
Editorial: Nerea.
Precio: $400.
Tras el Cid de la leyenda, el que celebra el Poema como compendio de virtudes humanas y cívicas, se esconde un personaje histórico escasamente conocido. Descubrirlo es el propósito de este libro, en el que Richard Fletcher, hispanista de la Universidad de York, expone con rigor lo que fue su vida y lo que ésta significó en la España del siglo XI.
La figura que la investigación histórica saca a la luz dista mucho del Cid a que nos tiene acostumbrados la tradición. Extraordinariamente dotado para el arte de la guerra; amante de la aventura y receloso de la autoridad establecida hasta el extremo de ofrecer sus servicios tanto a cristianos como a musulmanes; gobernante independiente de Valencia en sus últimos días, Rodrigo Díaz de Vivar se nos aparece como un hombre de fuerte personalidad, individualista, arrogante e insubordinado, que gozó de enorme fama y prestigio entre sus contemporáneos.
El autor sitúa con precisión al personaje en su contexto histórico, una España que “regresaba a Europa”, como dijera Vicens Vives, y que, tras un período de aislamiento, empezaba a mostrarse más abierta y receptiva a las influencias del exterior.
“Richard Fletcher consigue descubrirnos al Cid histórico en una obra espléndida…” Raymond Carr.
“Richard Fletcher hace un recorrido sugerente y tremendamente evocador por la historia de España… Su dominio de las fuentes documentales es casi tan excepcional como su vital descripción de la España de la época” Economist.
La edición inglesa de esta obra ha sido galardonada con los prestigiosos Premios Wolfson y Los Angeles Times.

 

3-
La otra historia de los Cátaros – Malcolm Lambert
Estado: impecable (tapa dura/con sobrecubierta)
Editorial: Martínez Roca.
Precio: $500.
Calumniados e idealizados por igual, los Cátaros forman parte del imaginario colectivo de los europeos. Pero la leyenda ha oscurecido la historia real. Esta herejía fue la más radical e influyente de la Edad Media. Se organizó una cruzada para exterminarlos en el sur de Francia. La Inquisición se creó para reprimirlos. Los dominicos se fundaron para predicar contra ellos. Su historia y la de la Iglesia medieval están inextricablemente unidas.
La otra historia de los Cátaros sitúa la “religión de los puros” dentro de su amplio y complejo contexto histórico. Ofrece una síntesis de la totalidad de la historia del catarismo en la Europa Occidental, su ascensión y caída, creencias y costumbres, y su larga y devastadora contienda con la Iglesia católica. Inteligente combinación de estudio riguroso y lúcida narrativa, este escrito histórico se convertirá en el libro fundamental sobre una herejía que ha ejercido su extraña fascinación a través de los siglos.
4-
Templarios. La nueva caballería – Malcolm Barber
Estado: impecable (tapa dura/con sobrecubierta)
Editorial: Martínez Roca.
Precio: $500.
La Orden del Temple fue fundada en el año 1119 y bautizada por san Bernardo de Claraval como “la nueva caballería”. Nacida para proteger a los peregrinos en los alrededores de Jerusalén, acabó transformándose en una de las corporaciones más influyentes del mundo medieval.
Los dramáticos acontecimientos que desembocaron en el juicio y la abolición de la orden doscientos años después de su fundación siguen despertando la curiosidad y la fascinación del hombre moderno, que ha visto cómo el nombre de los templarios ha sido invocado en misterios históricos que van desde la conspiración masónica hasta la supervivencia del Sudario de Turín.
En esta extensa y detallada visión de la orden, Malcom Barber separa el mito de la historia. Templarios: la nueva caballería es un lúcido retrato que abarca desde los orígenes, florecimiento y desaparición de la orden hasta las recreaciones míticas que la consideran partícipe fundamental en una teoría conspiratoria y global de la historia. Un clásico imprescindible para los interesados en discernir entre los hechos reales, las hipótesis plausibles y los relatos fantásticos sobre templarios.

 

5-
Los Cátaros del Languedoc en el siglo XIII. Vida cotidiana – René Nelli
Estado: impecable.
Editorial: Medievalia.
Precio: $400.
Este libro nos introduce, de la mano de uno de sus más expertos conocedores, René Nelli en el complejo mundo de los cátaros o albigenses de la Occitania medieval. El amplio saber de su autor nos permite realizar un verdadero descubrimiento de la vida y la mentalidad de aquellos hombres que tanto incidieron en el devenir de la historia y las letras del sur de Europa.

 

6-
¡Petróleo! – Upton Sinclair
Estado: impecable
Editorial: Edhasa.
Precio: $150.
Los inolvidables personajes creados por el genial novelista Upton Sinclair introducen al lector en un turbulento mundo poblado por combativos líderes sindicales y empresarios sin escrúpulos, banqueros ávidos de poder y falsos mesías, políticos corruptos y actrices dispuestas a vender su alma.Petróleo, es una novela que se lee como si fuese una vívida crónica acerca de la vida en la California de la década de 1920, sacudida por la fiebre del petróleo, la corrupción y el culto a la fama y a los coches.
Upton Sinclair: Nació en 1878 en Baltimore, Estados Unidos. Estudió en las universidades de Columbia y New York. Militante socialista, autor de decenas de obras de ficción y ensayo y escritor de referencia dentro de la literatura norteamericana de la primera mitad del silgo XX, su nombre saltó en a la fama 1906, cuando se editó la novela La jungla, que denunciaba las pésimas condiciones laborales de los trabajadores de la industria de la carne en Chicago. Publicó además las novelas Rey Carbón (1917), ¡Petróleo! (1927) y Boston (1928), y en 1942 ganó el Premio Pulitzer en 1943 por Los dientes del dragón (1942), ambientada en la Alemania nazi. Murió en 1968 en New Jersey.

 

7-
Correrías de un infiel – Osvaldo Baigorria
Estado: nuevo.
Editorial: Catálogos.
Precio: $200.
El deseo y el viaje son las vigas maestras de Correrías de un infiel. Su protagonista parte hacia la antigua tierra ranquel en busca de una probable línea genealógica indígena en su familia, y en el trascurrrir del viaje van filtrándose los recuerdos de otros anteriores: migraciones, aventuras, regresos, peripecias en soledad o a dúo. Y además, la aventura sexual. En todos ellos, el protagonista, cruza de pícaro porteño y de hombre meditativo, nunca ha dejado de ser “desertor, infiel y pagano”. El periplo lleva al último Baigorria del barrio de Mataderos hasta una comuna canadiense, y de allí a rastrear la historia del coronel indio Manuel Baigorria, su antecesor. En el camino, la novela va transformándose en un tratado de sexo pampeano hasta concluir en una conversión amorosa. No son demasiado las novelas argentinas que meditan el deseo, aún cuando en muchas abunden sexualidades sórdidas, complicadas, infantiles, frustrantes, y otras propias de sementales. Pero el eros de la novela de Osvaldo Baiforria es polígamo, y nos plantea problemas del deseo distintos  a los que se corresponden con las subjetividades toruturadas por la impotencia o el matrimonio clásico. Correrías de un infiel recrea una gauchesca erótica que tanto flirtea con la suerte placentera de las cautivas de los tiempos en que en este país existía el “problema del indio” como con una voluntad de paganismo sexual coherente con el delta genealógico que culminó en el propio autor. Las incesantes preguntas que éste mismo se hace son ecos disonantes o apagados de la revolución sexual del último medio siglo. Otras tantas nos conducen hacia los momentos en que somos también transformados en cautivos. Las correrías de este infiel han sido intensas o decepcionantes, pedagógicas o salvajes, cortas o largas, cristianas o budistas, pero al final, después de tanto ver mundo, y en medio de las pampas, a Baigorria le salió el indio de adentro.
Crónica en defensa de la novela
Osvaldo Baigorria
Cuando escribí Correrías de un infiel, a principios de siglo, me propuse hacer una novela, a partir de la coincidencia de mi apellido con el del narrador y con el de un personaje inspirado en el coronel Manuel Baigorria. Así lo entendió Ana Longoni, en la presentación: “Hay por lo menos tres Baigorria cruciales en el libro: el autor, elnarrador (se trata de un relato en primera personay el personaje histórico, militar unitario aparentemente mestizo refugiado entre los ranqueles durante más de veinte años, enemigo de Rosas… El punto es que el pacto habitual de lectura que propone una novela aquí se desdibuja: ¿dónde termina la confesión autobiográfica y empieza la ficción? Quizá la gracia del asunto radique en esa imprecisión, que el texto alienta continuamente”. Así lo comprendió Germán García: “Yo creo que acá hay un narrador que busca ese inconmensurable, apropiándose de un elemento azaroso -como ocurre tantas veces en la literatura-, que es el apellido Baigorria. En ese espacio ajeno en el que se ingresa a partir del rastreo del apellido hay una transformación de la relación que se tiene con la propia cultura”. Y así lo percibió María Pía López: “En las palabras se sacude del polvo de Tierra Adentro. En esta novela se decide qué heredar y qué no heredar de (Manuel) Baigorria. Y se decide no heredar el tono de disculpa. Correríaspuede pensarse como unas memorias -de todas las experiencias vitales atravesadas por el narrador: sean las de la multiplicidad de la vida sexual en el mundo de la contracultura, sea la del ritual de la comunión en un convento- que no pretenden disculpas… Eso me parece que es una decisión respecto de la herencia, respecto de qué significa heredar y qué significa elegir un antepasado”.
Elegir un antepasado: vaya esta aclaración como aporte al intercambio de ideas que provoca el articulo “La realidad, sus voces y sus ámbitos” de Julián Gorodischer y Javier Sinay en la Ñ, publicado en la edición digital como “Crónica argentina, modelo siglo XXI”. Allí se denomina “nueva crónica argentina” y también “no ficción argentina” a una amplia constelación de textos que va desde Montserrat de Daniel Link hasta el diario de viaje Misoginia latina de Joaquín Linne, pasando por el inclasificable Banco a la sombra de María Moreno, entre otros. Y entre esos otros también está Correrías de un infiel. Aclaro: “infiel” se le decía al indio de Tierra Adentro en el siglo XIX, por oposición a “cristiano”. Y también: Manuel Baigorria fue un unitario exiliado entre ranqueles de 1831 a 1852 con quien no me une ningún lazo sanguíneo comprobado. O sea, no fue mi antepasado. O si lo fue, no podría probarlo.
En todo caso, lo que hace el narrador de Correrías de un infiel es adoptar a aquel coronel devenido cacique indígena como “ancestro político”. Porque esto sí ocurre en la novela: un narrador -que es periodista, se apellida Baigorria y viaja hacia un monasterio rural para investigar sobre el origen de su apellido- cruza recuerdos de la contracultura setentista con las escenas en la que imagina a un cacique-coronel polígamo y partidario del amor libre entre los pampas del siglo XIX. Y aunque nunca llega a establecer con certeza la línea de ancestros que lo vincula a ese apellido, decide tomar a aquel Baigorria como “antepasado adoptivo”. En esto, el pacto de lectura se ancla firme en la ficción: ese personaje no guarda ninguna relación con la realidad que haya vivido el auténtico Manuel Baigorria, cuyas Memorias, escritas en 1868, fueron publicadas, en varias ediciones, por Hachette y El Elefante Blanco. Quien desee conocer la escritura y los hechos relatados por aquel Baigorria hará bien en remitirse a ese texto crucialmente autobiográfico, más que a mi novela.
Que la ficción sea leída como realidad y la realidad como ficción impugna o pone en sospecha la división binaria entre esas categorías. Es cierto: en Correrías, la impugnación es alentada por la heterogeneidad en la distribución de voces, entre las cuales aparecen el narrador y el personaje histórico que presuponen un pacto ficcional, la voz del ensayista y crítico literario (por ejemplo, en discusión con La lengua del malón de Guillermo Saccomano), y la voz de la memoria del autor -ahora así- evocando correrías en la escena contracultural, de revolución sexual y de costumbres, a lo largo de los años 70. A ese cruce se le puede llamar de muchas maneras. En el artículo mencionado, a Montserrat de Daniel Link se lo califica de “crónica-novela”. También podría ser novela crónica.
Josefina Ludmer, quien prefiere hablar más de “sistemas de distribución de voces” que de las viejas categorías de “género”, ubica al libro de Link en esa serie de “literaturas posautónomas” en las que también incluye Banco a la sombra de Moreno, La villa de César Aira y Ocio de Fabián Casas, entre otras. En Aquí América Latina, Ludmer señala que “estos textos son y no son literatura, son ficción y realidad… Se instalan localmente y en una realidad cotidiana para fabricar presente y ese es precisamente su sentido”.
Fabricar presente, incidir sobre la realidad, más que buscar “representarla” o “documentarla”. Néstor Perlongher hablaba de “realismo lancinante” al referirse a Reynaldo Arenas y su novela El mundo alucinante, sobre la vida deseada, alucinada de fray Servando Teresa de Mier. Arenas habría tomado a las memorias de fray Servando para ponerse a alucinar, decía Perlongher en la entrevista con Pablo Dreizik publicada en Papeles insumisos, desplazando la palabra “alucinante” hacia otra portuguesa que le parecia más linda: “lancinante”. Cruza de lanza y alucinación, lo lancinante pincha, perfora, interviene lo real. “Lancinar es como hacer una estocada, como desgarrar. Tiene que ver con la experiencia de la alucinación, pero no deja de instaurar un plano que también es de lo real, de lo molecular… El problema es si vos respetás lo real constituído como tal o lo invadís” (Perlongher).
Me parece muy bien que Gorodischer y Sinay hayan rescatado a todos estos textos de estatuto ambiguo, híbrido, mestizo; aplaudo que hayan reivindicado el diálogo con un imaginario actual que “ya no concibe a lo real sino como mirada que lo constituye”; agradezco la mención de mi libro, las amables palabras de elogio que le destinan, la asociación con Una excursión a los indios ranqueles de Mansilla. Alucinante.
Pero justamente por eso advierto: hay en Correrías de un infiel una crónica de viaje a un monasterio en Los Toldos, disfrazado bajo el nombre ficcional de La Tapera, como parte de la investigación en la que me embarqué para escribir este libro. Hay una Beatriz, hay monjes con nombres de ficción para proteger la privacidad de los auténticos en esa crónica incrustada o envuelta dentro de la novela. Porque la novela aquí rodea, envuelve, comprende e interviene a la crónica así como abarca al ensayo, a las memorias, al diario de viaje. Porque la novela -no esta, sino La Novela, las mejores novelas- es en pleno siglo XXI el espacio donde todavía pueden cruzarse, cohabitar, copular, hacer máquina todos los “géneros” de la tradición, toda la poesía, toda la teatralidad, todo el pensamiento filosófico que pueda soportar el duro deseo de narrar.
Creo esto, creo en esto. Ya ven, esta entrada se titula “Crónica en defensa de la novela” pero termina sin ser realmente una crónica. Como decían los viejos periodistas, nunca dejes que la realidad te arruine un buen título.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Cátaros, Charly García, Gustavo Cerati, Malcolm Barber, Malcolm Lambert, Osvaldo Baigorria, Paula Fichtl, René Nelli, Richard Fletcher, Rodrigo Díaz de Vivar, Sigmund Freud, Templarios, Upton Sinclair. Guarda el enlace permanente.

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