Mapa narcoprostibulario de Carrefour – Capítulo XVI

Mapa narcoprostibulario de Carrefour. El precio más bajo garantizado de Once
Para este collage se utilizó a William T. Vollmann, Jorge Luis Borges, Hitler, The Beatles, Pablo Picasso, Lisa Ann, Oscar del Barco, Sarina Valentina, un Pibe Chorro, mi gato René, un japones con un lomo increible que no se su nombre y una Muñequita Liefeld Puteadora. 
Mapa narcoprostibulario de Carrefour
El precio más bajo garantizado de Once
XVI
Así habló Zaratustra en Ayacucho 341 séptimo cincuenta y seis

 

Para el ensayista y docente Hernán Sassi que me dio la clave del título de este relato.

 

“Vivimos para nada. Después, morimos y todo se termina. ¡Qué reconocimiento! ¿Qué nos puede salvar? Sólo saber que hemos vivido sin expectativas ilusorias, incluyendo la de que algo nos pueda salvar. Pues el templo de nuestras simulaciones se derrumbará al final, y caerán sus piedras provocando muerte (como ocurre al final de esta novela), pero esto no se deberá a la fuerza bruta y ciega de un Sansón que se pone a sacudir sus columnas, sino a un arte, a una música surgida de un órgano que alguien toca con determinación tras activar sus registros; que alguien toca, al fin, de un modo insensato y despreocupado por los riesgos que supone su reverberación hasta que todas las piedras del vecindario comienzan a temblar.”
De la introducción de William H. Gass a la novela Los reconocimientos de William Gaddis

 

-I-
WALK ON THE WILD SIDE
Necesito tomar un poco de aire le digo a mi pinito parana.
Agarro la campera y salgo.
En la puerta me lo cruzo a Cacho y le digo qué haces campeón.
Es un dogo de Burdeos de mirada melancólica.
Camino.
Siento las piernas pesadas.
El tiempo me esta comiendo los pies.
Pero todavía puedo caminar.
Y arrastrarme.
Lo importante es seguir.
No quedarte quieto.
Miro. Observo. Pienso.
Kamy. 24hs. 15-3-129-1763
Camino. Veo.
Conejitas insaciables. 24 hs. Hoteles y domicilios. 15-845-2386.
Estoy cansado, las piernas ya no las siento.
Me chupa un huevo JP segui caminando no te detengas si te paras perdes.
Y miro.
Dinero ya!!! Por débito sin informes ni gastos. 4962-1846. Hasta $15000 a empleados estatales y privados que cobre sus haberes por bancos.
Camino. Veo. Observo.
Nuves negras:
Odontología integral Ramón Falcon. Centro de implantes y estética dental. Consultas sin cargo. Odontología de avanzada, al alcance de todos. Aranceles especiales. Niños y adultos.
Y pienso.
Odontología Ramón Falcon!!!
No es solo el nombre de una calle Ramón Falcon.
Es un simbolo de la disctaruda argentina del 76: el Ford Falcon.Y es antes que nada el nombre de un asesino de obreros y represor de luchas sociales y responsable de la Semana Roja del 1º de Mayo de 1909 donde asesino a cientos de obreros en las calles de buenos aires, las mismas que estoy caminando yo ahora y que el anarquista ucraniano Simón Radowitzky ajustició.
Ramón Falcon. Aranceles especiales para niños y adultos en odontología avanzada.
Se esta poniendo complicada la cosa.
En la puerta de Librería Hernandez me cruzo con un periodista de Página 12.
Es cliente y buen lector.
Me cuenta que ahora es un hereje porque se paso al ibook.
Le pregunto qué tal eso.
Me dice que esta bueno porque por poca plata podes leer lo que se te ocurra pero que hay una relacion con el objeto que no es lo mismo.
Y pienso.
Y le digo.
La diferencia entre un I-Book y un libro es la misma que puede haber entre una mina y una muñeca inflable. Con las dos se puede garchar. Pero no es lo mismo coger con una mujer que con una muñeca inflable. No se trata de una cuestion de tecnologia sino de que en el libro pueden quedar marcas imborrables de nuestro paso por él y en el i-book no.
Y hablamos por enesima bez de las malas politicas culturales que llevaron a esta país a se hoy un país tristisimo en relacion a la industria del libro.
Si yo fuera gobierno llamo a los dueños de las librerias El incunable de la calle Montevideo, Brujas de la calle Rodríguez Peña, El tunel de av. De Mayo y Arcadia de la calle Marcelo T. de Alvear, Los Cachorros de av. Díaz Veléz y les diria: ustedes saben de libros y yo se de su amor a la profesion, acá tienen recursos y en cuatro años cuando me saquen esto adelante volvemos a hablar, chau.
Sigo.
Camino.
Veo en lo que era el local de librería Libertador un tipo durmiendo.
Busco la caara en el bolsillo de la campera.
Me la olvide.
Qué cagada, JP, no te voy a poder sacar una foto.
Era muy buena esa foto.
Sigo.
No te pares. No cedas. Aguanta. Si ya volvés a casa no va a se bueno. bancátela, seguir caminando y si te quedastes sin piernas camina aprende a caminar con los dientes que te quedan. Pero por nada del mundo te pares. Si te paras perdiste como en la guerra.
Sigo.
Camino.
Lou Reed canta Walk on the Wild Side mientras ojeo el libro La relación médico-enfermo: Historia y teoría de Pedro Laín Entralgo editado por Revista de Occidente.
Suena mi celular.
Llegó el mensajito que esperaba.
Necesita la data de un libro.
Le mando un mensajito a este amigo agradeciendo la informacion y de paso le expreso mi alegría porque ahora sea él el director de una pelicula de la cual yo soy uno de sus autores intelectuales. El me dice que no, que no es el director. Yo que soy uno de los dos autores intelectuales de esa película te digo que sí.
Bien.
Sigo.
En Dickens charlo con uno de sus emplados que es del Conurbano como yo, creo que de Ramos Mejía.
Antes estaba en el local de av. De Mayo y Florida.
Siempre que salía de mi seción de análisis con Vanesa Otero entraba a charlar con él y él siempre me hacia el mismo chiste:
Ya fuiste a hacerte ver o estas por ir.
Y yo siempre le retrucaba lo mismo:
Mi analista te manda un beso y siempre me pregunta lo mismo cuando tu amigo se vas a acordar de ella y te das una vuelta.
Le cuento que me separe, que extraño a mis gatos con la misma angustia que él podria extrañar a sus dos hijas si mañana se separara de su mujer y que mi situación financiera es horrible.
Ok.
Seguimos camino.
Todavía no vuelvas a casa.
Aguanta.
Aguanta.
Vamos, aguanta.
Y entro en Brujas.
Lo saludo a Vigote.
Charlamos y me convida un mate.
Esta contento porque se va a Japón a ver a River.
Y me alegra que este contento porque es un buen tipo.
Y en la vidriera tiene los 4 tomos de Las mascaras de Dios de Joseph Campbell.
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-II-
FABULA DEL COCODRILO QUE SE DURMIO Y AHORA TRABAJA EN UN LOCAL DE PRÜNE 
¡Que bueno! Abro los ojos y descubro que sigo vivo y que la tierra da vueltas y que el chacho alvarez esta vivo – ¿sigue vivo ese traidor cobarde poco hombre que llevo al gobierno a flamarique y luego se fue a tomar un cafe al varela varelita y si te vi argentina no me acuerdo y como digo una cosa tambien te digo la otra el chacho es un leon en la cama y lo se porque mama conocia a la amante de el cuando este procer era vice ?- y que al cabezon duhalde nadie le reconcoe que cuando todo se incendiaba el agarro las papas y se quemo las manos con randazzo que le dio al nestor la balita para pnerle en la cabeza – pero yo cabezon no me burlo de vos se que cuando dijiste la famosa frase de los dolares hiciste bien en decirla porque era lo unico que se podia decir para garantizar la boveranbilidad y por otra parte vos no les mentiste a nadie los ahorristas con sus dolares que habian perdido se habian mentido a si mismo asi que dualde yo te respeto porque ahi demostraste ser un estadista y tener oido para escuchar – y me perdi por donde iba… ah que seguía vivo la puta madre que los pario, bien bien bien, como te decia, ya estoy con el mate y el pucho y laburando y escribiendo estas meditaciones desde mi trinchera de la Primera Guerrra Mundial para calmar la angustia, y abro los ojos y se me ocurrre la siguiente prengunta ¿si viera todo mi trabajo grafico y escrito de estas ultimas semanas duran barba que pensaria? y por que duran barba deveria leeerme a mi porque yo sabia hace dos años gracias a que se leer que Daniel scioli es el nuevo presidente y cristina tambien lo sabia, obvio, los que no lo sabian son los chcios del boliche de la puerta de la puerta de casa, abajo, siente piso mas abajo , en ayacucho a media cuadra de corrientes hay un local de la campora y les digo chicos de ayacucho, yo, que ago horas extras de scort independiente traviesa disfrazado de cristina para ver si logro llegar a redondear un sueldo que hay que laburar chicos no puede ser que siempre que paso esta cerrado, no no no, asi no va, laburen loco, como el local de la campora de parque centenario de campichuelo que yo lo veia abitualmente porque la libreria funcionaba en paasaje centenario en una cuadra donde tenia el honor de ser el chabo del ocho y tambien siempre cerrado ese local de caballito, no hay que trabajar como andres el que viene una vez al mes, no no no, hay que trabajar todos los dias, porque hoy es para ustedes tiempo de vacas gordas pero yo que ya soy viejo y vi por lo menos cuatro veces a la argentina undirse en el infierno, te digo, les digo, chicos campora, mis venicnos de ayacucho laburen si lo unico que tienen que hacer hoy es sentarse a tomar mate en el local y comentar con los cumpas – ¡como me rompe las pelotas la palabra CUMPA, cada vez que la escucho mi mano instintivamente siempre va a buscar la Luger del abuelo que calzo dia y noche – si lo viste anoche o no a tinelli – y yo trabaje en un sindicato perotnista , trabaje para ATUNA, sindicato de no docentes de IUNA, asi que algo conosco, tomas mate, chateas, vas al baño a cagar y tenes que hablar con energumenos que lo unico que le interesa es saber que va a comprar el sindicato de no docentes del IUNA para el dia del padre o de la madre – no se duerman miren que esto es argentina y en el teercer mundo cualquier cocodrilo sabe que si se duerme lo hacen una carterita de PRÜNE.
-III-
ES INCREIBLE LA CARA DE PELOTUDO DE ESTE TIPO QUERIA PONER SOBRE LA CARA DE MACRI LOS OJOS DE SEVERINO DI GIOVANNI Y ME DI CUENTA QUE LA FUERDA EXPRESIVA DEL PELOTUDO LE DAVA AL COLLAGE UNA POTENCIA QUE LA MIRADA DE DI GIOVANNI NO LE PODIA IMPRIMIR LO CUAL ME HA LLEVADO A MEDITACIONES OSCURAS Y PRESAGIOS PEORES
Ya se habla en todos los diarios
De: mauricio@mail128-10.atl41.mandrillapp.com en nombre de Mauricio Macri (mauricio@voluntariosdelcambio.com)
Enviado: miércoles, 05 de agosto de 2015 04:39:13 a.m.
Para: juanpablolief@hotmail.com
Hoy publiqué en Facebook el pedido para que que los que me votan publiquen la foto de “Yo lo voto” en Facebook, Twitter o Instagram.
Acá tenés el link.
Y parece que a la prensa le interesó mucho:
Cronista: Cierre de campaña virtual: Macri pide que sus seguidores invadan las redes con su foto
Ámbito Financiero: Macri cree en impacto virtual como última chance por votos
La nueva gazeta de Buenos Aires: CON MACRI CERRAMOS TODOS
El Diario Noticias: Macri cierra su campaña por Facebook y Whatsapp
Política Argentina: Macri cerrará su campaña vía redes sociales
La Tecla: Macri cerrará su campaña en las redes
La Noticia 1: Scioli, Macri y Massa cierran campañas (Provincia de Buenos Aires)
Letrap: Macri cierra su campaña en tres municipios del norte del conurbano (Provincia de Buenos Aires)
Terra: Candidatos a primarias argentinas refuerzan su juego en las redes sociales (Provincia de Buenos Aires)
Corrientes Online: Macri cierra la campaña con vecinos con fiscales y en Facebook (Corrientes)
La Arena: Macri, Sanz y Carrió cierran campañas (La Pampa)
Diario Jornada: Referentes de Cambiemos cierran sus campañas (Chubut)
El Liberal: Tecnópolis, Facebook y un microestadio, las opciones elegidas para el cierre de campaña (Santiago del Estero)
Quedan dos días para el cierre de campaña.
No te olvides que el jueves a las 17:00 vamos a tratar de publicar
esta imagen en Facebook y Twitter todos a la vez.
Es muy importante
Abrazo!
Mauricio
‪#‎YolovotoaMM
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-IV-
hay algo en el rostro de severino di giovanni que me recuerda al guitarrista aleman de la banda de nick cave los vad seeds

severino2

-V-
He visto morir…
Por Roberto Arlt
Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.
La letanía.
Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”
Habla el Reo.
-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.
Muerto.
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.
-VI-
miren atentamente esta foto. ¿no ven nada? ¿Nada? ¿quién es la de flequillo con ojos de loca que asoman por detras de la sonrisa inolvidable de Mauricio?
sí, papurro, con el flequillo de Lisa Ann y la sonrisa de Mauricio soy igualito a cristina. yo sabia que le hiba a encontrar la vuelta a la cosa. papito, ya no vendo mas libros, al carajo los putos libros, a partir de esta noche me trasvisto de cristina y atiendo full time en ayacucho, arancel promocional $500-, chupada sin globito, cola $100 mas y diez pesos cada forro y la bebida hasta que haga un poco de liquidez y te la pueda vender yo te la podes traer vos.
te espero. soy caliente, fogosa y me entrego al placer sin restricciones. soy inteligente y me gusta conversar y pasar lindos momentos. y me gusta que el otro sea feliz.
veni, proba a esta madurita que esta a punto caramelo.
veni, conoceme y vas a aprender a gritar peron con ganas
veni, te estoy esperando, no puedo más
y si soso muy muy perverso y muy muiy rebentado
me puedo poner un vigote
y la camiseta de boca
y hablarte de osho
y de como las chinas le tiran la goma a papá
quien es papá
el que ahora es amigote de los k
y hace unos años atras fue
el que hizo mierda
el correo argentino
deuda que nunca pago
y que tuvieron que pagar los argentinos
que laburamos
mientras este viejo hijo de puta
cuenta en las revistas
lo vien que las masajistas chinas
te chupan la pija
un beso ahi justo ahi
cristina liefeld
____________________________________
Francisco Giarcovich me tienta, pero eso si, lavate un soncillonca, si no, no
Juan Pablo Liefeld tengo uno especial para vos, francis, uno todo lleno de agujeritos que lo tengo desde los 11 años, mira si me conocera el sinverguenza ese y como sos un amigo a vos te hago precio hacemos 700 redondo hora y media con o sin forrito y si queres de yapa me podes acabar en la boca toda toda toda esa lechita de tigre de cereales kellogs que hay en vosFrancisco
Francisco Giarcovich mmm delicia
Juan Pablo Liefeld ay, que poco expresivo que me salio el tigresito kellorgs, me gustan los hombres timidos porque una vez que estan colgados de la mamadera son los peores
Francisco Giarcovich Oh Juan Pablo Liefeld, solo escuchás a tus pasiones! Los tigres en el fondo de los más inhóspitos desiertos, sentirían horror ante tus fechorías
Juan Pablo Liefeld no, me la bajaste papito, sos un pelotudo, ya estaba por acabar y vos con tu poca honda me la bajaste si queres garchar ahora la hora a vos te sale 1500
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-VII-
Falta solo un día y te necesito
De: mauricio@mail135-3.atl141.mandrillapp.com en nombre de Mauricio Macri (mauricio@voluntariosdelcambio.com)
Enviado: miércoles, 05 de agosto de 2015 05:35:25 p.m.
Para: juanpablolief@hotmail.com
En promedio cada persona tiene en Facebook 205 amigos (depende mucho de la edad)
Si este jueves a las 17:00 conseguimos que los miles de voluntarios como vos publiquen la imagen que te envié diciendo que me votan, cubrimos la Argentina varias veces.
Por eso, es muy importante que reenvíes la siguiente foto a todos tus amigos que estén con el cambio, uno por uno, para que ellos también la compartan el día jueves en sus cuentas de Facebook, Twitter y/o Instagram.
No te olvides: Jueves 6 de agosto a las 17.00
TODOS en Facebook, Twitter o Instagram.
(Falta 1 solo día para el cierre de campaña)
Gracias por tu ayuda!
Mauricio
‪#‎YolovotoaMM

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-VIII- 
VILLA CELINA
acaba de pasar una clienta
hablamos
y llegamos a la revista el interpretador
y a Juan Diego Incardona
y me cuenta que su ejemplar
de villa celina
esta destrozado porque los chicos
se lo fueron pasando de mano en mano para leerlo
bien
es publico que a mi no me gusta lo que escribe
juan
pero tiene una vos propia y personal
y
eso es tener exito con un libro
juancito
que unos pibitos en una escuela
destrocen el ejemplar de la docente
porque se lo fueron pasando de mano en mano
para leerlo y que les alla gustado
-IX-
¡Ahora!
De: mauricio@mail100.us4.mandrillapp.com en nombre de Mauricio Macri (mauricio@voluntariosdelcambio.com)
Enviado: jueves, 06 de agosto de 2015 09:29:27 p.m.
Para: juanpablolief@hotmail.com
Llegó el momento, Juan Pablo
A partir de las 17.00 publicá la foto en tus cuentas de Facebook, Twitter y/o Instagram
con el hashtag ‪#‎YolovotoaMM‬.
Miles y miles y miles de personas hoy mostrarán la confianza que tienen en cambiar.
Gracias!
Un abrazo,
Mauricio
#YolovotoaMM
Este collage es un homenaje al Ruso Norberto Verea que lo acabo de ver y escuchar en el programa de Matías Martin Linea de tiempo y una vez más luego de escucharlo lo único que puedo decir es: gracias, Ruso, por existir.

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-X-
PIER PAOLO PASOLINI
Ayer me encontré en un bar diciendo: Ricagno lleva a Pasolini hundido en la carne.
Alejandro Ricagno no es Daniel Link que lo lee a Pasolini porque es un saco que le queda brutal.
Ale tiene una relación visceral con Pasolini.
La relación de Daniel Link con Pasolini es la de un pajero con los videos porno que guarda en su computadora.
La relación de Alejandro Ricagno con Pasolini la de un amante insaciable con el gran amor de su vida.
Y es una pena que Ricagno no escriba un libro sobre la vida y obra de Pasolini, porque si el se sentara a escribir ese libro este se traduciria a todos los idiomas de la tierra y después de él no abría otro libro mas que ese como bibliografía fundamental sobre la vida y obra de Pasolini.
La última vez que lo vi a Alejandro fue en el bar Le Troquet y le dije que qera una pena que salvo un libro que se publico en Nueva York con sus poesías no existan en las librerias libros de él de poesía, ensayo, critica de cine. Y el se largo a llorar y me dijo que era un hijo de puta que le estaba cagando la vida y se largo a llorar y a gritar. Y se fue. Y volvió y me dijo: ahora me vas a tener que escuchar toda la noche por hijo de puta. Y estuvo toda la noche en Le Troquet parado al lado de mi mesa sacando cuadernos de su mochila llorando y leyendome sus poemas a los gritos.
Ese es Ricagno.
Lo conozco hace mil años.
Desde que era pibito.
Ricagno es el Macedonio Fernandez de mi generación.
Por eso te digo, a vos, si sos un pibito que esta dando sus primeros pasos en el mundo y tenes inquietudes reales con la literatura y el cine buscalo a Ricagno. Y vas a conocer lo que es tener un vinculo verdadero y pasional con el cine y la literatura.
¿Y dónde lo podes encontrar?
Simple.
Busca una noche cualquiera un bar de Buenos Aires que aun este vivo y ahí lo vas a encontrar a Ricagno.

-XI-
Introduccion a “Los Reconocimientos” de William Gaadis
William H. Gass
Había sido jefe de sección en Bloomingdale’s. Ése era uno de los rumores. En la actualidad, escribía bajo el pseudónimo de Thomas Pynchon. Ése era otro. Había tenido que pagarle a la editorial Harcourt Brace para que publicara Los reconocimientos y después, decepcionado y molesto por la recepción del libro, había hecho que destruyeran los ejemplares que no se habían vendido. Había muerto de disentería o alguna otra enfermedad humillante y turística a los cuarenta y tres años y lo habían enterrado bajo un árbol retorcido, en España, sin ninguna lápida. Uno de los más absurdos era el que sostenía que había trabajado como asistente de maquinista en el canal de Panamá y que había participado como mercenario en una pequeña guerra en Costa Rica. No parecía tener ninguna fuente de ingresos. Lo que hacía era vagar de un sitio a otro. Se convirtió en un personaje de libros firmados por un vagabundo. No. Trabajó para el ejército y se dedicaba a escribir los textos de los manuales de campo. No. Hizo guiones para películas que contaban/mostraban cómo desmontar y limpiar una escopeta. Algunos, con muy poca amabilidad, sugerían que había estado empleado en The New Yorker, donde su labor era comprobar que lo que contaban los artículos era cierto. Para nada, decían otros, es un autónomo innato. Y se convirtió en un fantasma que se infiltró en varias corporaciones mientras reunía el material para una novela sobre América y el dinero que tenía la intención de escribir algún día. Cuando John Kuehl y Steven Moore editaron una recopilación de ensayos sobre él, el autor homenajeado se volvió artista y, para la portada, se dibujó con un elegante traje y un vaso alto en la mano, pero sin cabeza.
En 1976, cuando su segunda novela, Jota Erre, ganó el National Book Award, sus admiradores, confundidos por el anonimato anterior de William Gaddis (que encaja tan bien con los diversos rumores ya mencionados), por lo juicioso de la fumata blanca y por los balbuceos habituales en los cócteles celebratorios, con frecuencia felicitaban a otro hombre, más gordo. Incluso The New Yorker, tocando fondo, atribuyó su tercera novela, Gótico carpintero, a esa misma persona, cuyo nombre es tan parecido al suyo. Sí. Tal vez William Gaddis no sea B. Traven, después de todo, ni J. D. Salinger, ni Ambrose Bierce, ni Thomas Pynchon. Tal vez sea yo.
Cuando me felicitaban, siempre me mostraba muy amable. Cuando me atribuyeron su libro por error, me sentí honrado.
Todas estas identificaciones equivocadas parecen formar parte de la escritura de William Gaddis, en la que la realidad ya ha sido secuestrada, pues ¿qué puede ser cierto en un mundo hecho de farsantes, apropiaciones indebidas, fraudes y patrañas? Sólo esto: que si tuviéramos dos puertas, en una habría un santón hipócrita y en la otra un charlatán disfrazado de estadista; que entre las reliquias más valoradas de nuestra tierra, si las hubiera, descubriríamos que el pulgar conservado en formol del santo de la localidad perteneció, en origen, a un borracho que vivía en el barrio y no tenía ni un céntimo, que el cuadro más estimado del museo es una falsificación, que las monedas antiguas que hace tiempo que coleccionamos son falsas y que el magnífico coche que acabamos de comprar es robado. Lo que escribió Rainer Maria Rilke sobre Auguste Rodin puede aplicarse sin ninguna duda al hombre que aparece en ese boceto sin cabeza: “Rodin era un solitario antes de que lo alcanzara la fama, y después quizá se volviera más solitario todavía. Y es que la fama, al fin y al cabo, no es más que la suma de todas esas equivocaciones que se reúnen en torno a un nombre nuevo”. En nuestro tiempo, extrañamente clamoroso a la vez que silente, ser un escritor famoso consiste en ser desconocido en todo el mundo. Del mismo modo, Los reconocimientos, la obra que envolvió a William Gaddis en una nube de confusiones cuidadosamente alumbradas, es un libro del que se oye hablar a menudo y con reverencia, pero que apenas se lee. Parece tener, como un faraón en su tumba, una vida subterránea, presumiblemente rodeado por otras cosas preciosas y protegido por una maldición.
Como Bajo el volcán, la excelente y oscura obra de Malcolm Lowry, Los reconocimientos necesitaba devotos que lograran que su existencia siguiera siendo conocida hasta que llegara el momento en que pudiese aceptarse como un clásico; pero convertirse en un libro de culto no es lo mejor que le puede pasar a una obra, pues en algunas ocasiones eso hace que se crea que sólo pueden admirarla quienes tienen un gusto especial. En este caso, se temía que se lo considerara una locura de libro con unos fans chiflados. De hecho, fue surgiendo un cierto culto, un culto en el mejor y más antiguo sentido del término, ya que lo formaban lectores a los que el encuentro con el libro les había alterado la conciencia, que habían percibido algo más que su evidente excelencia artística y que no reaccionaban ante la escasa atención que había suscitado meramente con la rabia resignada que suelen sentir quienes leen bien y mucho y desean que se trate a los buenos libros con justicia; se trataba de lectores que notaban desde lo más profundo de su ser que esta novela era un auténtico reconocimiento y podía producir esa célebre conmoción: que revelaba los mecanismos internos del mundo social como si éste fuera un reloj de níquel; que combinaba el pesimismo de sus percepciones con las afirmaciones del arte que, al mismo tiempo, él mismo modificaba y hacía progresar; y además, que su autor, aunque aquél fuera su primer libro, se preocupaba lo suficiente por sí mismo, sus objetivos y sus capacidades como para crear una obra maestra contracorriente y, por supuesto, contra todo pronóstico.
Comenzado en 1945 sin saber realmente para qué ni por qué, y escrito a rachas a partir de 1947, Los reconocimientos se publicó a mediados de los cincuenta, una década tan arrebatada por el éxito que no pudo percibir las señales de morbidez que el libro mostraba. Se dice que un compositor tipográfico se negó a continuar trabajando con ese texto y buscó el consejo de su sacerdote, quien le dijo que tenía razón en desistir. Como es natural, la novela ganó un premio por su diseño cuando fue publicada.
Su salida fue debidamente anunciada por cincuenta y cinco periódicos y revistas. Sólo cincuenta y tres de estas reseñas fueron estúpidas. En cualquier caso, las reacciones de los críticos ante el libro confirmaron su carácter y su calidad, ya que no sólo lo declararon ilegible y fluctuante y agotador y confuso, sino que participaron en las mismas artimañas que el texto documentaba y escenificaba. Habría sido pedir demasiado que leyeran, comprendieran y elogiaran una obra de ficción de la que formaban parte. También usted puede dejar su ejemplar, sin haberlo leído, sobre alguna mesa bien visible. Unos cuantos críticos confesaron que sólo pudieron llegar a la conclusión de la novela saltándose páginas. Bueno, ¿cuántos han llegado realmente a la última página de Proust, o han terminado Finnegans Wake? Y de todos modos, ¿qué significa terminar de leer Moby Dick? No empiece este libro con esa clase de esperanzas. Éste es un libro del que debería hacerse amigo. Lo acompañará durante toda su vida. Cuando lo termine, sólo será para empezarlo de nuevo.
Era un error, para alguien joven, ser tan ambicioso, pensaron los críticos; el resultado, sin duda, tendría que ser pretencioso, y se notaría la tensión por el gran esfuerzo. Si el autor se esfuerza para escribir su obra, el lector quizá también tenga que hacerlo para leerla, mientras que si el primero se dedica a pasar el rato con las palabras, el segundo puede relajarse y leer tranquilamente. Bueno, Los reconocimientos pesa demasiado como para que alguien pueda echarse la siesta con él en el regazo. (¿Cuánto pesa el que tiene usted entre las manos? Puede compararlo con la primera edición que, con sus 956 páginas, sale al ring con un kilo y cien gramos de peso, para descubrir cuánta sustancia le han extraído. Súmele unos treinta gramos por esta introducción).
Bueno, desde luego, era ambicioso, denso, largo, complejo. Su autor es un romántico, en ese sentido, y es evidente que está preocupado por crear una obra maestra; ¿cómo lograr la excelencia, sino intentando lograrla? No es habitual que uno comience a hacer un castillo de arena, una apacible mañana de verano —relajado, junto a una laguna azul— para —¡por Dios!— concluir —gracias a una serie de arenosos azares— una Alhambra llena de estanques al atardecer. El libro hablaba de embaucadores, de eso se daban cuenta hasta los más lerdos, y por lo tanto se veían a sí mismos, y por ello lo dejaban. No se trataba de un pasatiempo soporífero de una tarde larga y perezosa, sino de una denuncia de su falta de decencia.
Copiaron lo que decía la contraportada. Plagiaron las reseñas que habían salido antes. Cometieron miles de errores. Condenaron el tema, aunque no entendieron cuál era; detestaron la erudición, que consideraron pedantería; rechazaron el tono, aunque no lograron captarlo; criticaron con furia su punto de vista, cuyos propósitos criminales sospechaban. Uno tras otro alabaron a Joyce, un escritor que, según decían, era el verdadero McCoy, mientras que… Y sin embargo, si se hubieran visto transportados al pasado, habrían sido los primeros en lapidar al autor dublinés.
Hay quien cree que hay que mejorar la crítica, pero yo opino que la culpa es de la especie, que se rodea de mentiras y llama a esas mentiras cultura, del mismo modo que las ardillas construyen sus nidos con ramitas cortadas y hojas secas y después se esconden dentro. En cualquier caso, como observó el filósofo alemán Lichtenberg, cuando un lector se duerme sobre un libro y al chocar su cabeza con él suena a hueco, no siempre es el libro el que carece de cerebro.
Tras la confusión de su recepción inicial, Los reconocimientos fue dejado de lado salvo por unos pocos felices pero furiosos que habían descubierto que esa ficción sobre la naturaleza, el significado y el valor de “lo verdadero” era, en sí mismo, lo verdadero. Se rumoreaba que el propio William Gaddis había publicado un panfleto vituperando a los reseñistas de su libro y citando sus ilicitudes una por una. La verdad, cuando se encuentra rodeada de mentiras, como las falsedades, calumnias y tergiversaciones con las que he sazonado el comienzo de esta introducción (pues el “sí” se puede convertir en “no” pintándolo al óleo), va tomando su hedor y al cabo de poco tiempo no se puede distinguir de ellas. Gaddis se ganó la vida, en una época, comprobando la veracidad de lo que decían los artículos de una publicación. Trabajó en un barco bananero en América del Sur. No tendría ninguna importancia si no fuera porque los contextos corrompen. Los compañeros de cama muerden. Los chaqueteros son capaces de robar de sus propios bolsillos. El fraude es contagioso. Lo cierto es que un neoyorquino publicó, con el pseudónimo de Jack Green, tres artículos sobre los chapuceros reseñistas que dedicaron su talento a Los reconocimientos. Los llamó, sin andarse por las ramas, Fire the Bastards!,1 y Dalkey Archive Press ha sacado una cuidada reedición hace poco. Ahí, además de obtener muchos de los datos que ya he mencionado, me enteré de que uno de aquellos caballeros atribuyó el libro a William Gibson.
Un reducido grupo de admiradores mantuvo la obra a flote durante los siguientes veinte años, pero su rechazo, en mi opinión, fue debido a una serie de factores que tienen poco que ver con su supuesta dificultad o con la dudosa distinción de ser un libro de culto. Si uno quiere ser conocido dedicándose a la escritura, como los libros en sí mismos suelen tener una vida efímera, debe o bien cortejar a los medios y dejar que la publicidad actúe como su chulo, como hacía Truman Capote, o bien aferrarse como la hiedra a los muros de la academia, yendo de campus en campus como un canapé en una fiesta. Así, de un modo o de otro, uno puede aparecer en público con frecuencia y cosechar el aplauso de aquellos a quienes aplaudir no les cuesta nada porque no tienen otra cosa que hacer. Uno debe también leer su libro histriónicamente, o dar muestras de su trabajado ingenio y de su creciente comodidad, en programas de entrevistas televisivas. Y hacer reseñas. Sí, exacto, descender hasta las profundidades de los rivales, donde uno será considerado un tiburón más. Y participar en simposios, y dar entrevistas. Todo eso se va sumando a los textos escritos por uno y sobre uno que cualquier estudiante, crítico o estudioso debe consultar. Porque uno vale en función del número de entradas en que aparece su nombre en el catálogo de la biblioteca. Mientras tanto, también hay que enseñarles a los principiantes cómo ser un genio, apoyar profesionalmente a los alumnos más destacados e ir creando en torno a uno mismo, a lo largo de los años, un círculo de personas agradecidas cada vez mayor. De este modo, el prestigio de uno va creciendo con tanta firmeza como el tronco de un frondoso árbol.
William Gaddis, también conocido como Gibson, también conocido como Green, también conocido como Gass, no hizo ninguna de estas cosas que suelen hacerse para potenciar la propia carrera literaria, quedando, como dicen convenientemente los políticos cuando no quieren que algo los salpique, “al margen”. Fuera de foco. A un lado. Tampoco se dedicó a escribir un nuevo libro cada quince días sólo para demostrar lo fácil que es, ya que todos sabemos lo fácil que es, y lo deseable, puesto que de ese modo uno puede darle a sus nuevos amigos lo que están acostumbrados a recibir e ir a las fiestas, e incluso a las juergas, que organizan los editores, pues ¿acaso no somos todos viejos amigos?, y sus libros reciben cada vez más y mejores críticas. No hay que olvidar que los mismos chapuceros que condenan también están dispuestos a elogiar, por un precio.
El silencio se convirtió en su forma de estar y el exilio (como consecuencia) en su estatus. Consiguió salir adelante gracias a su astucia mientras iba recopilando material y construyendo otras tramas irritantes sobre la vileza de la gente, escribiendo otro largo libro sobre el mundo de los negocios y su obsesión por el dinero y su modo de funcionar basado en la manipulación y el engaño, componiendo un himno para Horatio Alger, una música hecha a partir de un discurso inane, confabulador, taimado, falso. Jota Erre funcionó más o menos bien en las librerías durante un tiempo y recibió el National Book Award, pero creo que fue menos leído que Los reconocimientos, menos disfrutado, y no causó, como es lógico, la misma sorpresa. Además, aunque resultaba evidente que era un producto de la misma sensibilidad y que expresaba un punto de vista similar, Jota Erre era tan distinta de la novela anterior como Joyce de James. Pero no deje lo que tiene entre las manos para ponerse a leer Jota Erre, aunque sea tan musical como Finnegans Wake, un torrente de palabras y una Torre de Papel, un potaje hecho de frases rotas y pensamientos —llamémoslos así— incompletos, porque aquí hay mucho que escuchar, porque siempre debemos escuchar al lenguaje, que es la primera señal que percibimos de encontrarnos con la escritura de un maestro; y cuando hacemos eso, cuando escuchamos, es porque primero hemos pronunciado las palabras y actualizado el texto, de modo que cuando escuchamos, oímos, nos oímos a nosotros mismos cantando lo que ahí se dice, y entonces somos verdaderos lectores, estamos participando en la creación, estamos modificando nuestra escucha en función de lo que va ocurriendo, porque nadie que ame la literatura puede seguir esos movimientos, esas frases, esas frases entrecortadas de William Gaddis durante mucho tiempo sin detenerse y levantar los brazos y gritar aleluya hay algo bueno en este mundo horrible y falto de dios.
Es casi sólo por eso que hacemos lo que hacemos.
Y eso da cuenta de la pureza de las intenciones artísticas de Gaddis, y de la realidad de su obra, ya que logra elevarse partiendo de lo que es tan falso que produce asombro. Además, el paso de las preocupaciones de Los reconocimientos a las de Jota Erre es totalmente razonable. Los reconocimientos, desde luego, aborda las preguntas fundamentales: ¿Qué es lo real, y cómo podemos encontrarlo en nosotros mismos y en las cosas que hacemos? Pero una generación más tarde, no hay preguntas fundamentales que puedan plantearse. Jota Erre muestra un mundo absolutamente decadente. Se trata de un mundo de palabrería, maquinaciones y dinero. Unos pocos reseñistas de Jota Erre, más perceptivos que la mayoría, echaron de menos la lucha espiritual del libro anterior, pero mire a su alrededor, lector: esa lucha se ha perdido. Lo grande ha sido sofocado por lo pequeño. Si usted es lo bastante ruin, el mundo puede convertirlo en un príncipe. No son los mansos quienes heredarán la tierra, sino los falsos.
Sí, debemos seguir las instrucciones que nos dan al final de Jota Erre:
¿… se acuerda del libro ese de esa vez que querían que escriba sobre el éxito y o sea la libre empresa y todo eso eh? Y o sea ¿se acuerda de eso que le leí en el tren la vez esa que había una corriente de piñón para que lidere un desfile y me meta en una carrera política y todo eso? Pues o sea escuche tengo una idea buenísima eh, ¿me está escuchando? ¿Eh? ¿Me está escuchando…?
Entonces, si somos obedientes, apenas habremos llegado a la segunda página de Los reconocimientos antes de encontrarnos con un párrafo como éste, en el que se nos presenta a Frank Sinisterra, que en ese momento se está haciendo pasar por el médico de un barco pero que es falsificador de profesión:
El médico del barco era un hombrecillo granujilla y sin afeitar cuya ropa, adornada con manchas, churretes y quemaduras de cigarrillo, se mantenía sujeta a su persona mediante una amplia redecilla de cuerda anudada. Los botones delanteros de aquellos pantalones de dril habían sido hechos originalmente, con todo el triste e ingenioso engaño de la falsa economía, de cartón estucado. Tras numerosos lavados persistían como una hilera de tocones grises alineados junto a los portones abiertos de su bragueta. Aunque a veces aparecía una boutonnière por algún agujero de la pechera de su camisa, sus pétalos resultaban ser también de papel, y parecía el tipo de hombre que acostumbra a quitar la espuma de la superficie de un vaso de cerveza con el forzal de un sucio peine de bolsillo, y a limpiarse las uñas en la mesa con los dientes de su tenedor de ensalada, cosas que efectivamente hacía. Diagnosticó el trastorno de Camilla como indigestión, y se encerró en su camarote. Eso fue por la mañana.
Me gustan particularmente las dobles l con que comienzan nuestros placeres, pero tal vez usted prefiera el ingenioso empleo de la vocal i en la frase con la que concluye (which things, indeed, he did. He diagnosed Camilla’s difficulty as indigestion, and locked himself in his cabin), o el juego con la d y la c en esa misma sección. En cualquier caso, estamos transitando avenidas hermosas y deberíamos demorarnos en ellas no sólo para admirar estas aliteraciones iniciales, sino también para disfrutar del hecho de que este hombre que trabaja con papel moneda está hecho de papel, o para visualizar el gesto, tan apropiado como el de un dedo, y sin duda tan poco higiénico, con el que quita la excesiva espuma de su pinta o, por encima de todo, para apreciar el juego de palabras oculto que conecta la “espuma” con el “peine”, mediante el cual se consigue despeinar la cabeza de la cerveza de Frank.
Los grandes libros no pueden explicarse, y yo no voy a tratar de explicar éste. Una explicación —en realidad, cualquier explicación— lo profanaría, ya que a lo que una obra de arte se opone es precisamente a la reducción. Las respuestas fáciles, los resúmenes prácticos, las preguntas de los exámenes, las anotaciones, las flechas, las frases subrayadas, las listas de referencias, los números de sus fuentes, los ecos y las influencias, los esquemas de la trama —por mucho que en ocasiones nos sirvan de ayuda— falsean gravemente las obras. Las guías son útiles, pero sólo para enfrentarse al pasado. La interpretación reemplaza al original de un modo pobre y soso. Lo domestica, lo desarma. “Muy bien, ya lo entiendo”, decimos, lavándonos las manos, “y esto tiene que ver con eso”. “Por fin comprendo a Kafka” es una afirmación estúpida y presuntuosa.
Con demasiada frecuencia, aplicamos a la literatura la preferencia por el “realismo” con la que, en general, nos hemos criado, y como consecuencia de eso consideramos que una obra como Los reconocimientos es demasiado imaginativa, oscura y enigmática; pero ¿acaso la realidad es siempre clara e inequívoca? ¿Es acaso simple y no compleja? ¿Se despliega como las páginas de un periódico, o su despliegue se parece más al de un mapa de carreteras, que es difícil de abrir, difícil de interpretar y difícil de volver a plegar? Y ¿acaso se recuerda todo con precisión y nada se repite, y la gente que conocemos desaparece inexplicablemente durante largos períodos de tiempo para surgir de repente cuando menos la esperamos? Por supuesto, el mundo bien presentado de los autores realistas tradicionales, en el que las motivaciones son conocidas y las acciones son inequívocas, en el que uno puede creer lo que le cuentan y en el que los caminos del bien y del mal están tan claramente señalizados como si fueran autopistas, es un mundo tan artificioso como un abrelatas. A pesar de que con frecuencia resultan brillantes y de lo mucho que nos gustan esos personajes artificiales, sus conversaciones inteligentes y sus elegantes fiestas y los argumentos sobre los que giran como los caballitos de un tiovivo, considerarlos, a ellos y al mundo que decoran, “reales” es como aferrarse a una ilusión muy querida. Las páginas de Los reconocimientos están más cerca de la realidad que nada de lo que escribieron Zola o Balzac.
No hay por qué darse prisa; las páginas que tiene usted por delante pueden estar ahí todo el tiempo que usted quiera. Es perfectamente aceptable que algunas cosas no se entiendan desde el principio, y que haya referencias a cosas que usted no reconoce. Siga leyendo alegremente. No nos quedamos todo el día en la cama sólo por haber extraviado la agenda, ¿verdad? No, necesitamos entender este libro —disfrutar de su encanto, de su ingenio, de su ironía, de su erudición, de su sensual materialización— como entendemos a una pareja con la que hemos vivido y a la que hemos escuchado y amado durante muchos años, noche tras noche. Las personas que merecen tal devoción, tal aprecio instintivo, son escasas; más escasos todavía son los libros con los que vale la pena establecer esa clase de relación.
Puede ser de utilidad, en cualquier caso, situar Los reconocimientos en el centro de todas las historias de las que forma parte, para poder captar la estrategia esencial de la novela. Primero, veamos una trama arquetípica.
Nace un bebé varón. En tiempos pasados, antes de que se lograra la igualdad, los padres del protagonista de nuestra historia habrían sido importantes —eran dioses y diosas, héroes y sus cónyuges, reyes y reinas—, porque lo que les sucedía a ellos tenía que ser significativo no sólo para ellos, sino para todo el conjunto de la sociedad. Este niño será un heredero y, como ha señalado Joseph Campbell, tendrá mil rostros. Todo tipo de señales —presagios, augurios, profecías de los adivinos— advierten al padre (el rey) de que el nacimiento de su hijo supone un peligro para él, de modo que el rey hace que se lleven al niño y lo abandonen en medio de la naturaleza donde sin duda habrá de perecer, pero a manos de la naturaleza y no a las de su padre (una sofistería que quienes firman sentencias de muerte hoy en día siguen practicando). Sin embargo, si el padre en cuestión es un tipo directo, como Cronos (o Saturno, si usted prefiere), se limita a engullir a su rival. El primer reconocimiento es de los padres, y consiste en que la nueva generación, algún día, detentará la posición y tendrá el poder que ahora disfrutan sus mayores. Aunque la muerte es tan importante como el nacimiento para la salud de la especie, pocas veces es bienvenida y por lo general se la trata de postergar todo lo posible.
Si el bebé no tiene ninguna marca que lo identifique, sin querer se le hace alguna cuando se lo llevan. A Edipo, como usted recordará, le ataron los pies como si fuera un ave preparada para ir al asador. A veces lo dejan delante de una puerta, o lo lanzan a la deriva en una cesta, o lo abandonan en la ladera de una colina; después, el niño es hallado por un animal totémico y criado como si él también lo fuera (Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba), o lo rescata un pastor o un pescador que pasa a ser su padre adoptivo. Durante este período de exilio, cuando el niño crece en una tierra extranjera, es cuando tiene lugar el segundo reconocimiento, bien debido a una creciente convicción interior de que es “otro” y es importante y tiene un destino, bien porque, en determinado momento, sus padres adoptivos le cuentan algo sobre su historia. Éste es el primer reconocimiento del “héroe”, y es básicamente negativo. Más o menos, dice: yo no soy un lobo; yo no soy un oso; yo no soy de estirpe campesino. “¿Qué estoy haciendo en Akron, Ohio?”, se pregunta Hart Crane; “Utah”, insiste Ezra Pound, “no es mi segundo nombre”.
Poco después, parte en busca de su verdadera patria y de su identidad real. Esta parte del relato tiene la forma de una odisea: un viaje largo durante el cual el joven supera una serie de obstáculos que ponen a prueba su carácter, certifican sus capacidades y establecen su fama, como los trabajos de Hércules o cualquier Wanderjahr. Su prueba final suele consistir en tener que hallar la solución a alguna clase de adivinanza, y es una prueba espiritual o intelectual más que física (Edipo resuelve el acertijo de la Esfinge).
Mucho más tarde, después de que su padre adoptivo lo haya salvado de su destino y él haya vagado por el mundo en busca de su verdadero hogar (su odisea), Edipo llega a un lugar del que no recuerda nada y, por casualidad (es decir, por obra del Destino), se encuentra con el rey, su padre. Sus pies desfigurados señalan su identidad, le advierten al rey, y en una especie de disputa (el agón), el hijo lo derrota y obtiene una recompensa: la mano de la reina. Este reconocimiento podría ser mutuo y la disputa, por lo tanto, comprendida, pero el reconocimiento suele posponerse, como en la versión de Sófocles de la historia de Edipo, hasta que hayan pasado muchos años. La primera parte de la narración ya está completa. Comienza con el nacimiento de un niño y termina con su boda o comus; de ahí viene el nombre de “comedia”.
La segunda parte de la historia repite la primera, pero desde el punto de vista del padre, ya que el matrimonio supone que un nuevo rival aparecerá en escena muy pronto. Si nos quedamos con nuestro protagonista original, para él sigue un período de paz durante el cual establece su gobierno y hace prosperar a su pueblo. Mientras tanto, su hijo desterrado está cada vez más inquieto y continúa su búsqueda. Es importante darse cuenta de que desde un punto de vista, el personaje del padre es un héroe, pero desde otro, es un villano incorregible, y que los delitos de destierro y usurpación se repiten, sin remedio, generación tras generación. La segunda parte de la historia concluye, por lo tanto, con la muerte del héroe a manos del hijo al que ha maltratado, y se llama, por supuesto, tragedia.
Sin embargo, un héroe que es derrocado y muere apenas puede considerarse un héroe, sobre todo cuando, como sucede con mucha frecuencia, es hecho pedazos o sacrificado o devorado. Es evidente que no habría perdido la disputa, la batalla, la elección, la guerra o a la mujer si no hubiera sido traicionado, como lo fue Alemania por el Tratado de Versalles, como lo fue el Sur en la Guerra de Secesión, como lo es siempre todo perdedor: por un mal arbitraje, una desgracia, una confabulación, camarillas políticas, conspiraciones raciales. Se nos ha escapado la pelota, pero ha sido porque nos apuñalaron por la espalda. De modo que siempre hay un Judas o dos por ahí, esperando la ocasión para hacer alguna maldad, o un Yago con un pañuelo metido en la manga. En un acto de deslealtad, podemos pasarnos al bando del nuevo gobernante: el rey ha muerto, al fin y al cabo, así que viva el rey; si permanecemos fieles a nuestro personaje original, ¿qué nos queda, además de trozos dispersos de un cuerpo deshonrado o una tumba sellada para velarla durante toda la vida? Bueno, los trozos, de un modo u otro, vuelven a juntarse; el héroe levanta la lápida que hay sobre su tumba; los seguidores del rey traicionado y crucificado lo reconocen como recuperado y vivo; con lo cual, como Dioniso (habiendo concluido ya su historia), sale de la trama de inmediato, se le pone su nombre a una constelación y se va a morar con los dioses.
Y nosotros —usted y yo—, en la medida en que seamos capaces de identificarnos con la personalidad y la vida de esta figura heroica, superaremos la muerte y lograremos la redención, como él, ya que él, y los altibajos de su peripecia, simplemente encarnan el incierto ciclo de las estaciones. “En la juventud del año llegó Cristo, el tigre”.
Hay otra sección de este relato que podría mencionarse, aunque tiende a ser herético por su contenido y es popular, es decir, no está protegido por ningún canon. Mientras el héroe de uno de los ciclos está disfrutando de la reina y gobernando su reino, como usted recordará, el hijo (el héroe de la otra versión) está en el exilio y llevando a cabo su odisea. Del mismo modo, cuando el rey es asesinado y el nuevo rey asume el mando, podemos imaginarnos que el muerto está viviendo en el exilio, en el país de los muertos —en el inframundo— y que emprenderá otro viaje, y se enfrentará a otras pruebas, mientras espera que llegue el momento de su resurrección. La tradición cristiana describe un “descenso a los infiernos”: una lucha entre Cristo crucificado y el señor del infierno (ahí, como dos gallos, en el foso). Y esta fase también supondrá una serie de reconocimientos.
Los poetas, los novelistas, los creadores de mitos, casi nunca tratan de contar el relato completo; por lo general, deciden centrarse en algún elemento de la historia y desarrollarlo (las odiseas proporcionan muchas oportunidades de ese tipo), o modifican la ontología de la empresa, como hace Sófocles, haciendo que el tema principal del ciclo no sea la acción, sino la comprensión. Como Edipo ha actuado de un modo tan poco atento, se quita la vista, cuando ya ha abierto los ojos y tomado conciencia de lo que ha hecho, con un broche que saca de las vestimentas de su madre-amante. La ceguera física es, por supuesto, necesaria para lograr una visión interior tan potente como la suya.
Supongamos, ahora, que yo recreo este relato, adornándolo con detalles que encajen bien con mi época y mi lugar y mis intereses particulares, como si ninguno de sus elementos se hubiera visto antes, como si ninguno de sus actos se hubiera realizado, como si ninguno de sus objetivos, en ningún momento y en ningún sitio, se hubiera cumplido. Mis rituales serían fantasías, serían falsificaciones, y sus efectos dependerían de la supresión del “había una vez” original y su sustitución por mi taimada recreación posterior. Mi relato sería un usurpador si no reconociera su parentesco con todas las versiones anteriores, y correría el riesgo de ser destronado en el momento en que lo obligaran a admitir dicho parentesco. La larga y única cita de La rama dorada, el libro seminal de sir James Frazer que Gaddis incluye en Los reconocimientos, nos permite reconocer (aunque ya lo sabíamos desde hacía algún tiempo) que la práctica de buscar víctimas propiciatorias es antigua y ocurre a menudo y tiene motivos estacionales. Si la crucifixión de un mono o una rata tiene un aire de supersticiosa desesperación, ¿qué podemos decir de la crucifixión cristiana?
Hay supresiones y reconocimientos, por lo tanto, que son inherentes a los mitos y relatos tradicionales que recogen los antropólogos y que aparecen constantemente como parte del mecanismo de despliegue de las historias (entre los pretendientes que rodean a Penélope, el perro de Ulises es el único que lo reconoce vestido con harapos); y hay reconocimientos que también los personajes de esta novela experimentan, además de los que tendremos nosotros, los lectores, a lo largo de su complejo curso, un curso a cuyos orígenes alude constantemente, como sucede en La tierra baldía: las referencias que aparecen contribuyen en buena medida a su riqueza. Entre estas “epifanías” se encuentra una especial, de la que ya he hablado: la de qué es una auténtica obra de arte, y qué es lo que, siendo auténtico, “toca con reconocimiento los orígenes del designio”.
Vivimos para nada. Después, morimos y todo se termina. ¡Qué reconocimiento! ¿Qué nos puede salvar? Sólo saber que hemos vivido sin expectativas ilusorias, incluyendo la de que algo nos pueda salvar. Pues el templo de nuestras simulaciones se derrumbará al final, y caerán sus piedras provocando muerte (como ocurre al final de esta novela), pero esto no se deberá a la fuerza bruta y ciega de un Sansón que se pone a sacudir sus columnas, sino a un arte, a una música surgida de un órgano que alguien toca con determinación tras activar sus registros; que alguien toca, al fin, de un modo insensato y despreocupado por los riesgos que supone su reverberación hasta que todas las piedras del vecindario comienzan a temblar.
Las reseñas que cayeron sobre William Gaddis y su libro eran, sin duda, piedras de un orden antiguo, pero, al terminar Los reconocimientos, de la obra auténtica “todavía se habla, cuando se menciona, con alta estima, aunque casi nunca se interpreta”.
Así que pase la página… y altere esa frecuencia lamentable.
Traducción: Mariano Peyrou.

-XII-
Mostrito
Lo llamaban Monstruito.
También Mostrito.
Me gusta más Mostrito así que lo llamaremos esta noche así.
La historia que te voy a contar de Mostrito trascurre durando los años dorados del menemato.
Durante los buenos y viejos tiempos de los 90.
Cuando mamá era una mujer dueña de sus actos, brava, dura, inteligente, laburadora incansable y con un humor filoso y preciso como un chuchillo de carnicero.
Cuando un peso valía un dólar y podías comprarte por lo que hoy te compras un Vat 69 en ese momento un Brandy americano exquisito y un wisky escoces de escocia y una tableta de chocolate suizo o alemán y te quedaba plata para los puchos. O te podías con 300 pesos de hoy rastrillar la calle Corrientes y volverte con la Historia de la vida Privada de Ariès y Duby y Cristianismo, tolerancia sexual y homosexualidad de John Boswell y la autobiografía de Miles Davis y el Nietzsche de Heidegger y José Sbarra y te quedaba lo suficiente para entrar en los saldos de Dickens y Libertador y Fin de siglo (que ya no existe y esta a la vuelta de casa en la misma cuadra donde estaba Ave Porco que ahora es un Día) y hacer desastres y  tener que dejar libros porque no podías cargarlos hasta casa y entonces tenías que decidir si dejar a Sylvia Plath o a Cormac McCarthy.
Estoy hablando de los viejos buenos tiempos de los pobretones del Conurbano no de los que se iban a Europa y Brasil y Estados Unidos como uno a Mar del Plata. Para ellos los noventa fueron más dorados, luminosos, llenos de brillo.
Pero lo cierto, es que el Carlos, que gente mala como la de Página 12 lo acusaba de Mono Musulman, no por haber leído a Primo Levi, sino por desprecio a surgir de unos de los textos capital y clasico como el Facundo de Sarmiento – civilización y barbarie –, le negaba ese desparpajo de alegria y generosidad en el que sacrificaba a la Nación en un potlash alucinante donde todos fuimos felices y podíamos comprar encontrar el don en la góndola de cualquier supermercado Carrefour.
Nadie se quedo afuera de la fiesta con Carlos y él se ocupo de que todos en la medida de los posible tuviera su corneta y su antifaz para cuando llegara el momento del baile carioca.
Y nadie se lo reconoce.
Con Menem lo que duro la fiesta nunca falto el champagne frances, la pizza italiana y la cocaína que nadie quiere reconcocer hoy pero que a la hora de evaluar puntos turísticos los europeos suelen optar por Buenos Aires porque por lo que allá tienen que pagar algo carisimo y malo acá consiguen una bolsa así de grande y de una calidad excepcional. Por qué te crees que el Joaquín Sabina de 500 noches y 19 días se fue a vivir a González Catan: por la belleza de nuestras mujeres y la calidad y precio de nuestra cocaína.
Pero Argentina es un país ingrato.
Nada dura para siempre y a Menem siempre le reprocharon que la noche se hizo día.
Pero eso no era culpa de él sino de Dios que se le ocurrió poner esas reglas.
El sólo fue responsable de la fiesta donde algunos compraban empresas estatales y otros paquetes turísticos que un alemán de clase media alta hubiera tenido que hipotecar su casa para concretarlo y otros canchas de padle y otros remises y otros whiskys escoceses y chocolates suizos y nadie se quedo sin comer una porción de pizza ni tomar un vasito de champagne frances ni de darse un birulazo y contar una anegdota de Pichuco o el Polaco y obviamente maldecir la puta bolsa de Olmedo que una madrugada nos dejo sin su humor.
La piñata duro poco pero mientras duro fue una fiesta.
Cuántos en la historia de la humanidad se pueden colgar esa medalla y llevar con orgullo en el pecho haber hecho feliz a todo un pueblo.
Y esta historia surge del delirio del Conurbano Bonaerense.
De un Conurbano Bonaerense donde los niños jugaban en la vereda y los adolescentes volvían caminando borrachos  la madrugada y los adultos no tenían miedo de que los mataran cuando les robaban.
Fue el final de una época y el comienzo de otra.
Una bisagra entre dos mundos.
Y Carlos no fue el responsable de eso.
Eso no lo decidió él ni le era posible oponer resistencia alguna a ese cambio.
Y frente a la tragedia inevitable como toda tragedia el opuso lo único que esta a su alcance que todos fueramos felices por una noche en una fiesta loca y única.
Y vinieron los Rolling Stone.
Loco, vinieron los Rolling a tocar a la fiesta, a nuestra fiesta.
¿Entendes?
Una vida pensando que moriríamos sin ver llegar el avión negro de Perón con los Stones dentro y el Carlos lo hizo posible.
Y en ese Conurbano Bonaerense donde solo los maricones tomaban remis a la madrugada creció Mostrito.
En el secundario lo apodaron así porque estaba siempre de la cabeza y dado vuelta.
Pero no era porque fuera falopero, chupaba como un condenado, pero las drogas eran algo que pasaba en División Miami y que no veía él sino yo que crecí con ese Don Johnson de saco blanco y alpargatas como modelo de hombre junto con el Arnaldo André de El Infiel.
Mostrito era diabético desde los cuatro años y para el Hospital Aleman un misterio de la ciencia que Mostrito estuviera vivo.
Tenía picos de diabetes – estoy hablando aquí sin precisión técnica pero fiel a la realidad peronista – que lo llevaban siempre al borde del coma pero en lugar de matarlo a él esos picos lo colocaban.
Una vez su madre fue a consultar a un japonés, creo que de San Isidro, no recuerdo su nombre ni su especialidad especifica pero todos los que vivieron en los 80 y 90 en el Conurbano y Capital y tuvieron a un familiar complicado y sin salida tarde o temprano terminaba en su consultorio donde había que hacer cola para escuchara qué te había traido hasta él como se acude a cualquier santo hoy o en la antigüedad a consultar al oráculo de Delfos.
El japonés – y su hija heredera y continuadora de la obra de su padre – escuchaba y dictaminaba qué se podía hacer o qué era lo mas digno para el condenado a muerte.
No chamullaba.
Te cantaba la posta el japones y en perfecto español.
Yo no lo conocí personalmente.
Pero la tía Odila hermana de la abuela Plinia, mamá, la tía marta, la abuela Elsa todas acudieron al japones por ellas o por sus seres queridos en busca de una palabra franca frente a la desesperación del dolor de sus seres queridos.
Y la madre de Mostrito viendo que el Hospital Alemán por muy alemán que fuera no daba pie con bola con Mostrito – una vez el hospital llego a hacer un congreso interno para evaluar y analizar en una jornada el misterio de Mostrito que hiba por la vida al borde del coma diabético sin nunca morirse el hijo de puta – emprendió la senda del samurai.
Y el japonés le explico que la adolescencia seria el momento más critico y criminal de su enfermedad y luego y si había después vendría una meseta donde poder caminar tranquilo por un tiempo.
Porque el chiste era que cuando a el los niveles de insulina  – y temo estar diciendo barrabasadas – se le disparaban el efecto en sangre era el mismo que te produce a vos fumar un porro. Y mostrito no neseitaba un dealer para dogarse sino simplemente comer un poco de azucar de mas.
Y Mostrito estaba en esa encrucijada del destino al momento de trascurrir la historia que se demora pero llegara a ser contada.
Y se demora porque la empecé a escribir el vienes a las diez de la noche y a media noche cuando estaba endemoniado escribiendo cayo Diego Cousido. Y se fue a las cinco de la mañana y en el medio perdí tres amigos y me chupa un huevo sus argumentos y me chupa un huevo mis argumentosos ahora sábado a las siete de la tarde que nunca pude dormir ni tener paz preguntandome que nos pasó, no se, lo que sé es que Fernanda Simonetti, Gustavo Casartelli, Pablo Klapenbach y Juan pablo liefeld están todos un poco mas solos en el mundo.
En fin no los distraigo con estos lamentos de borracho pasado que va a estar aca en ayacucho 341 septimo sicuenta y seis y puede venir el que se les cante las pelotas esta noche triste – incluso mis dos amigos que amo y que me han dejado muy claro que sus ganas de romperme la cara, aca estóy Ayachucho 341 piso 7 departamento 56 y como ustedes saben que no se boxear ni me interesa sear un tramitete para ustedes simpelente tocan bajo y me cagan a palos y siguen sus vidas en pas y armonia , terriblemente triste y obvio el que venga que traiga para tomar y para tomar – no se si entendes mi sutileza – porque esta noche se murió la abuela, a mamá se la cagaron violando los soldados rusos cuando los aliados le doblaron el brazo a los malos malos en Berlin, Nick Cave ahora se da la viava en en los tres pelos que le quedan para esconder las canas como el tío Juan Minoli que cuando se lo dije no pudo escuchar qué le estaba diciendo que era un tipo grande y hacia natacion y tenia buen lomo y dueño de una fabrica familiar de repuestos de autos que debe tener dos años menos que José León SUarez y bueno nos tapo el auga.
Así de simple.
Como dice siempre Dady Brieva en su programa de radio: disimular un pedo desupes de los cuarenta es patético.
Me chupa un huevo quien tiene y quien no tiene razon y los amo y me aman y ya nunca mas bamos a poder compartir un mate, una noche o estar cuando el otro necesita que este.
Y eso es una mierda.
Un amigo como un amor se pueden terminar pero hay una marca imborrable que queda en el cuerpo y en eso que nadie sabe muy bien qué es y lo define al hombre salvo los putos publicistas y los periodistas y que se yo.
Retomemos.
Loco, no me pongas cara de qué me importa tu vida privada conta tú histora y ya flaco.
Bueno, la libreria es mi vida privada y sin estos tres amigo y María Petu Stegmayer fundamentalmente cuidandome y bancandome y soteniendome hasta que un día se rompio las pelotas con justa razon de la persona muy dificil que soy yo por ser suave  la librería jamas hubiera hubiera existido y llegado hasta acá y los sebastian que cuando tiene que intervenir intervienen en el momento justo y con la palabra justa.
En fin, soy esto todo esto que te estoy mostrando y lo que no te muestro y esta noche que perdi a cuatro amigos que al perdelos solo me volvi mas viejo y solo y estupido y terriblemente triste, triste, triste porque no se consiguen repuestos de Klappenbach en Warnes ni un Casartelli en la gondola de ofertas del permercado ni una Fernanda y no se me ocurre ahora y pero no, no se consigue, carajo y la puta que los pario, como duele esto.
Hoy perdí la segunda guerra mundial y los rusos se están cogiendo a todas las mujeres que pueden en Berlin.
Bien pero te dije que te hiba a contar la historia de Mostrito y te la voy a contar igual, como sea, como pueda, pero se cuenta porque yo di mi palabra.
Bien.
Resulta que unas vacaciones de invierno Mostrito y dos compañeros del secundario van al centro a revolver libros por corrientes y toman el tren en Villa Ballester – en una época maravillosa donde todavía existia el bagon de fumadores lleno de humo y gente fumando – se bajan en Retiro y empiezan a caminar buscando “el centro” que para los del Conurbano el Centro es toda Capital Federal y en este caso era la calle corrientes y su librerias.
Suben por la peatonal Florida, llegan a Corrientes y empiezan a caminar buscando las librerias del otro lado de la 9 de Julio.
Y en el medio se topan con el teatro gran rex y cincomil madres y todos esos mostruitos horribles que salieron de sus vaginas.
Entendes el contexto, no.
Bacaciones de invierno, madres boludas saliendo de debajo de las baldozas y pibitos incha pelotas cayendo del cielo como si Dios tuviera Diarrea.
Y el gran rex con doble funcion de chiqutitas.
Imaginate, ser Chuck Norris en Vietnam es una fiesta.
Ser al tipo que se lo cogen en el cuento de echeberria y lo matan los mazorqueros es una boludez.
Perder tu cuchara sin la cual no  podes comer tu potaje en Aushcwitz no es joda pero al lado de 3000 nenitas hijas de puta con sus madres conchuda esperando para entra a ver un espectaculo de Cris Morena es mucho mas pesado y heavy.
Y Mostrito y sus dos amigos, uno era  el hijo de la blbiotecaria de la Plasita Roca y el otro era muy paresido a un Sympson de los dibujitos, que eran quilomberos como ellos solos de repente se encontraron en un quilombo que jamas imaginaron que podía ser posible.
Y sí, ese es el gran encanto del infierno que siempre te puede ofrecer un poco mas de dolor y desesperación, en cambio el cielo que te ofrece unos angelitos culones  que tocan trompetas y no te dejan dormir la sienta.
Y Cris morena una mujer con presencia internacional con sus porquerias televisivas y musicales que han matado a generacios y generaciones de jóvenes con sus estupideces y a matado a mas gente que el cigarrillo, el cancer y el paco junto cuando Mostrito y sus amigos se encontraban en el corazon del infierno con 3000 gritando por sus idolas televisivas que estaban bajando de una combi se sintio perturbado.
Las nenitas de la tele saludaban a las nenitas de la vida real y todo era mentira y lo sigue siendo.
Imaginate.
Unas cuatro mil minas todas juntas, chiquitas y grandes y cogibles e imposibles.
Una película de Alfred Hitchcock.
Y las chiquitas empiezan a pasar entre la gente para ir a laburar – lo cual no deja de ser llamativo que una nenita que trabaja con Cris Morena sea un trabajadora y un chico que trabaja en la calle sea un pobre pibe, como lo que yo siempre digo tanto una cajera de Carrefour como una escort independiente son laburantes que ofecen su cuerpo para laburar y me retrucan pero no le rompen el culo a la cajera en Carrefour ni se la garchan todos el tiempo como a una puta, los que dicen eso es porque no saben nada, pero de la vida simplemente compraron un poster con una imagen estupida con una frase que prodria ser de una cancio de Cris Morean que es una de las personas que mas derechos de autor a facturado en los 90 y dos  mil con lo cual es esa cosa horrible halgo que no puedo ver hace bien. porque vos no podes meter cien canciones que las conoszca todo el mundo y ser un peloteo y no entender nada.
Bien.
Y cris morena y sus chuiquititas estaban pasado por un corredor humano de conchuditas y conchudas
Y en primara fila del corredor de conchudas estaban parados Mostrito el falopero que con un kilo de azucar podía estar una semana re loco y hasta darse vuelta y sus dos amigos.
Y cuando pasan las chiquititas por delante de mostrito este agarro a una de los pelos y la empezo a zamarrear.
Imaginate.
Cuatro mis conchas y conchitas gritando por la CHitquita que estaba siendo introducida a una edad que no correspondia al sadomasoquismo.
Y Mostrito que se le habia disparado la diabetes esta mas loco que la locura y no la largaba.
Nadie los agredio a ellos tres a pesar de ser adolescentes boludones y por qué.
Porque eran las unicos pitos del lugar.
Cuatro mil o mas según las encuestas de chochas y tres pitos solamente y qué mina se iba a atrever a dañar un bien tan escaso y nesecario.
Hasta que las conchudas lograron atraer la atención de la pocilia y ahí los amigos de Mostrito lo rescataron de su mambo tan justiciero como delirante y salieron rajando.
Esta serie fotográfica que saque en la esquina de Callao y Corrientes se llama: Civilización y barbarie. 
Y Domingo Faustino Sarmiento al equivocarse y poner en el título de Facundo la Y en lugar de la O llega a la misma lectura de la historia que Walter Benjamin. Pero Sarmiento llega a misma idea que Benjamin cien años antes. Y por sacar estas fotos casi me pisa un auto que no lo hizo porque un tipo me agarro y me tiro a un costado un segundo antes de que me llevaran puesto. Y te digo gracias a vos que no se quién sos pero me salvaste la vida. Y yo hoy no voy a ir a votar al Conurbano Bonaerense porque no creo en esto ni esto cree en mi.

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Esta entrada fue publicada en Alejandro Ricagno, Daniel Link, Domingo Faustino Sarmiento, Friedrich Wilhelm Nietzsche, Juan Diego Incardona, Lou Reed, Luis Ortega, Mapa narcoprostibulario de Carrefour. El precio más bajo garantizado de Once, Pier Paolo Pasolini, Primo Levi, Ricardo Darín, Roberto Arlt, Ruso Norberto Verea, Severino di Giovanni, William Gaddis, William Gass. Guarda el enlace permanente.

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