Sábados de súper acción – Quinta temporada

Copia (2) de Copia de Sebald Borges Vollmann Charly Garcia Lisa Ann
Para este collage se utilizo a Nick Cave y los Bad Seeds, Jorge Luis Borges, William T. Vollmann, fotos del fotógrafo Rodrigo Ruiz Ciancia, Kate Moss, Kurt Gustav Wilckens, Simón Radowitzky, una mala novela de Ellroy, folletos de supermercado, W. G. Sebald, Charly García, Ricardo Darín, Fátima Florez, un fletero, Mauricio Macri, Ava Addams, un collage que hice para Norberto Ruso Verea, Lisa Ann, la abuela Elsa Kalish, Severino di Giovanni, musulmanes del gran campo de concentración que es hoy este mundo, toda la perversión mortifera de los creativos publicitarios, un Muñequito Liefeld Puteador, una instalación de supermercado Coto, Miles Davis, Roberto Fontanarrosa con el gaucho Inodoro Pereyra y el perrito Mendieta, Hitler,  un Pibe Chorro de un blog donde suben sus fotos posando con armas pibes chorros y las bolsas que le daban a Nick Cave al subir a un avión para vomitar.

 

Pasen y vean
ahí acabo de terminar
la cuarta columna que escribo en mi vida
esta llena de oscuridad y de dolor
y también de belleza
dolida
porque en un mundo
de hombres de corazones criminales
la unica belleza posible y verdadera
es una belleza dañada
en algun momento
nacera una quinta* nueva columna
en mi vida
pero ahora
que pude hacer esto
puedo sí
ahora sí
hacer lo que devo hacer
y luego escribir un libro
porque ahora tengo un libro
en mi cabeza
lo vi
y voy a ir hasta el fin
en busca de esa historia que hay que contar
porque si yo no rescato y preservo
eso
para que algun dia
el piberio bionico
y los guachines que esperan
bondis que nunca llegan
puedan recibir esa memoria
nadie lo hara
sobrevivi una vez mas
me mataron pero sigo vivo
soy un gato con mil vidas
una rata del conurbano
bonaerense
y ahi vamos
porque lo mejor viene
ahora
gracias
solo a vos
y a vos
y a vos
que me han cuidado
y dado el amor y la palabra
que necesitaba
para templar el filo de mi alma
y por eso
esta mañana
soy un arcoiris
de colores dementes
geniales
llenos de musica
y palabras
* “Quinta columna. f. Expresión coloquial muy común en Estados Unidos en 1941. El termino surgió en la reciente Guerra Civil Española. Partían para el frente cuatro columnas de soldados. La quinta columna se quedaba en casa y practicabel sabotaje industrial, la difusión de propaganda y otras formas de subversión menos detectables. Los quintacolumnistas procuraban mantenerse en el anonimato; por ese carácter ambiguo y/o no identificado se los consideraba igual de peligrosos, o más, que las cuatro columnas que participaban en la guerra día a día.” Perfidia, James Ellroy

 

Sábados de súper acción – Quinta temporada
 SHAMELESS. Restos pampeanos/ SHAMELESS. El clan de Cacho/ SHAMELESS. La torre de Babel de Elsa/ SHAMELESS. Pedofília/ Emmy Rossum, TAN BIÓNICA DE SHAMELESS A BEAUTIFUL CREATURES/ SHAMELESS. Las bellas banderas/ SHAMELESS. Chano Chanpertier/ SHAMELESS. Los Simpson/ Shameless. LA NENA DE MIL AÑOS DE LA PHARMACIE/ Shameless. EL DESIERTO Y LAS PALABRAS/ Shameles. HOY VI LLORAR A UNA CHICA EN LA PUERTA DE LA CASA DE CHARLY GARCÍA ENTRE FRUTILLITAS DE AGOSTO Y TORMENTAS DE SANTA ROSA II/ SHAMELES. Buen provecho/ Shameless. CAROLINA

 

Bonus Track: The Beatles/ Tan Biónica/ María Martha Serra Lima/ Fito Páez/ Palito para Maradona en su cumpleaños

 

“Siempre hay que pensar mas allá de la estructura. Pensar en lo que ocurrre abajo y a los lados porque es ahí donde se establecen las ratas. Cuanto más mire uno ahí, tanto más probable es que las encuentres.”
John Murphy, exterminador en la revista Pest Control Technology
“¡Y el piberio biónico sigue golpeando puertas que no se abren y sigue esperando bondis que no llegan y el piberio biónico sigue caminando igual porque lo mejor esta por venir y ahora Buenos Aires todos a bailar al ritmo de su corazón!”
Chano

 

SHAMELESS. Restos pampeanos
ayer me faltaba el aire
me sentía terriblemente angustiado
entonces salí a la calle
y ahi
lo vi a Guillermo Francella
mirandome
y en el fondo de esos ojos
de eso
IT
el ministro de economía Kicillof
y me arroje a buscar esa mirada
esos ojos
que no eran ni Francella ni Kicillof
ni el actor ni el ministro
sino IT
y luego seguí caminando
y entonces
veo una manada de adolescentes
vestidos de negro y con basos de Mc Donals
y unas bayas
esperando a su idolo
en la puerta de Musimundo
y lo veo emerger de ese remolino
a Horacio Gonzalez
la vi la foto
era esa
y no la pude sacar
Gonzalez
emergiendo de ese remolino
y no la pude sacar
y me lance sobre Horacio
buscando atrapar la foto
que sabía que ya no iba a poder
capturar
que la vi
y era el emergiendo de esa maraña
de adolescentes
como un idolo pagano
y lo persegui
una cuadra
sacandole fotos
puteando a la gente
que se interponia en mi camino
y me molestaba para sacar fotos
y horacio no me vio
nunca me vio
quiero decir
no a mi
que no soy nadie
sino a un boludo que le estaba sacando fotos
a lo largo de toda una cuadra
no me vio
todo mi cuerpo y mi cabeza
respondian a un objetivo
captar una foto
que sabía que había pasado
hacia un segundo
pero que habia que insistir
porque otra imagen
que valiera la pena
iba a parecer
imaginate
era un espectaculo dantesco
como cuando escribo
gesticulo
fumo
hablo
puteo
me contorciono
y horacio no vio a un tipo sacandole fotos
a lo largo de toda una cuadra
y horacio es una persona que ve
todos sus libros lo acreditan
todos los que pasamos por un aula
en la que el estaba lo saben
que ha visto como nadie
que ve
y ayer no me vio a un tipo sacandole
fotos
y me puso triste
porque si horacio no ve
la argentina se queda ciega
quiza me vio
y se hizo el boludo
y le chupaba un huevo que nadie le sacara fotos
ojala sea asi
porque si horacio no ve
todos vamos a tener
que usar
culos de botella
para poder ver
algo
Este dibujito que no tiene más valor que el que puede tener los garabatos de un niño en una hoja lo hice al calor del desierto y las palabras.
Restos pampeanos Horacio Gonzalez
Lo que sigue sucedió en Facebook:
XXX- eh, no leo bien, que decia..? Horacio Pagani?
Juan Pablo Liefeld Jamas me reiria yo de horacio, él como Tomás abraham son persadores de los que aprendi mucho mucho mucho pero eso sí su pensamiento templado de humor creo que hoy lo han perdido, perdieron el filo al volverse serios y sin humor y diferente era el caso de Nicolas Casullo que era amargo como un limón y el filo de su cuchillo estaba hecho de otros materiales tan necesarios en mi formación, que me arme yo solito, como los de Horacio y Tomás Abraham, pero a esos tres tipos los vi pensar alguna vez, sí, claro que sí y lo voy a agradecer toda la vida, en cambio a mi generación, los que hoy tenemos entre 35 y 45 años, solo los veo mariconear, solo los escucho cantar lindas canciones en caraoques berretas
XXX-Y cual será la causa?
Juan Pablo Liefeld que somos una generacion de groupis de Chano Chanpertier
Juan Pablo Liefeld somos nenitas, eso somos, nenitas que corren como locas detras de un chico lindo y que nunca les va a dar bola
XXX-  jejeje…
Juan Pablo Liefeld Cual sera la causa, cual sera la causa justa preguntaria Osvaldo Lamborghini, ¿Chano? no, la causa justa de mi generación si podria mirarse a un espejo lo que le devolveria el espejo es el rostro del gigolo Bazterrica con su ya clasica remera polo comprada en la salada
XXX- Somos nenitas que forman club de fans. Pero el problema son las discograficas. Nos tiran fortunas, bah, algunos mangos, para llorar y tener eyaculaciones. Y despues, cuando la guita ya no sobra y cierran, nos dejan en penumbras. Con el vacio significante al palo. Llorando sin respuestas. Y lamentamos y brindamos por ese viejo amigo: el capitalismo salvaje.
Juan Pablo Liefeld No, la culpa y la responsabilidad es nuestra, somos una generación de maricones porque nos gusta, nos encanta ser mariquitas
Juan Pablo Liefeld Como puede ser que lo veo al Beto Casella en lo de Marcelo Tinelli y no puedo puedo ver algo así en ninguna intervención publica de mi generación? Por qué el Beto Casella es mas filoso he inteligente que los chicos vivos que manejan Bataille y Nietzche? Y sí, porque el Beto es un hombre y nosotros mariquitas
Juan Pablo Liefeld Como puede ser que Carlos Tévez maneje al dedillo y sea un gran traductor de Pier Paolo Pasolini y mi generación no sabe ni como se agarra un libro de Pasolini. Eso sí, conocen toda su filmografía y pueden hablar de durante horas. Pero es Tevez el que lo sabe traducir no mi generación que es puro cartón pintado.
Juan Pablo Liefeld Y cuál es el problema de ser mariquitas. Ninguno. Absolutamente ninguno. El problema que no se lo reconcoce. Nos montamos de superhombres y en el mingitorio vemos a un tipo haciendo carambolas con las bolitas del baño con su meo y nos cagamos de miedo.
Juan Pablo Liefeld Y es tan pelotuda mi generación que digo Tevez es un gran traductor de Pasolini y el Beto casella es un pensador interesante y les sale del corazon una sonrisa ironica llena de desprecio.
Juan Pablo Liefeld Las mariquitas necesitan negar estas cosas porque ponen en evidencia su pobreza tanto intelectual como espiritual. Lo mismo paso hace muchos años con Horacio Gonzalez, Tomás Abraham y Nicolas Casullo, que hoy son muñequitos de torta de cuanto cumpleaños de 15 alla pero alguna vez fueron un chiste malo que nadie entendia ni festejaba.
Juan Pablo Liefeld Existe un mundo Beto Casella y un mundo Nacha Guevara. Uno respeta y defiende a un patetico imitador de Sandro y el otro lo humilla y desprecia gratuitamente con saña y sevicia. Yo intento estar del lado del mundo del Beto. A mi generación le encanta el mundo de Nacha. Lo que el mundo Guevarista tanto odia de ese patetico laburante que es un imitador de Sandro es que ese hombre tiene una pasión verdadera, un amor verdadero y lo sostiene con el cuerpo y con su voz. Lamenteblemente compañero imatador de Sandro -al que yo también amo- no te puedo ayudar más que con estas palabras que no valen una mierda. Pero a los Guevaristas Nachianos les digo hijos de puta las banderas, las bellas banderas nos las entrego, las defendi toda mi vida esa que para ustedes es una caricatura como el emitador de Sandro, voy a caer en batalla y ustedes van a escupir sobre mi cadaver pero las banderas, las bellas vanderas, no  se las entrego a ustedes ni a nadie, jamas, porque a mis banderas las sostienen un pasion y un amor inutil cosas de las cuales para ustedes  solo son comprensibles solo si estan mediadas por variables de utlilidad y lucro. El imitador de Sandro y yo vamos a perder, claro que sí y somos pateticos, calro que sí pero ustedes nunca van a conocer el dolor de la perdida porque nunca ganaron nada.
SHAMELESS. El clan de Cacho
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SHAMELESS. La Torre de Babel de Elsa
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SHAMELESS. Pedofília

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La traduccion de You Never Give Me Your es mala pero sobrevive a su mala traducción como todo buen libro a sus malos traductores:
Nunca me das tu dinero
Sólo me das tus historietas
en medio de las negociaciones te quiebras
Yo nunca te doy mi número
Sólo te doy mi situación
Y en medio de la investigación me quiebro.
Salir del colegio y gastar el dinero
No veo futuro ni pago el alquiler
Todo el dinero se fue, no hay donde ir
Los chanchulleros despedidos
De vuelta el lunes por la mañana
Camión amarillo y lento, sin lugar adonde ir
Pero ¡oh, esta mágica sensación
De no tener adonde ir!
Oh, esta mágica sensación
De no tener adonde ir! ¡no tener adonde ir!
Un dulce sueño
Toma las maletas y sube a la limusina
Pronto estaremos lejos de aquí
Aprieta el acelerador y sécate esa lágrima
Un dulce sueño hoy se hizo realidad
Hoy se hizo realidad
Hoy se hizo realidad
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete
Todos los niños buenos van al cielo
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete
Todos los niños buenos van al cielo
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…
Los niños buenos van al cielo.
Emmy Rossum, TAN BIÓNICA DE SHAMELESS A BEAUTIFUL CREATURES
Para David Viñas y una de esas oraciones que podía tirar como se puede tirar con una pistolita comprada en una villa de San Martin con varios cadaveres sobrebolando el ánima del arma:
Los intelectuales en argentina se suben al caballo por la izquierda y se bajan por la derecha.

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SHAMELESS. Las bellas banderas
JUAN PABLO LIEFELD 
-I-
Mariano Cúparo Ortiz:
Estaba enamorado de ella en Shameless. Sinceramente enamorado.
———–
Juan Pablo Liefeld:
te creo compañero, pero la suerte nunca va a estar de nuestro lado, nunca y menos esta noche, que dificil que es la vida, un beso cuparo siempre crei en tu sinceridad cuando todos te tomaban por chanta y vago en Libreria Santa Fe, yo no, se que sos un buen pibe, pero te va a ir siempre para el orto por ese caminito, abrazo
————–
Mariano Cúparo Ortiz:
Este es el mejor elogio que recibí en mucho tiempo.
Porque viene de un romántico anarquista de los de antes. El tipo de club al que me gustaría pertenecer, y al que lamentablemente no pertenezco. Pero igual me honra la confusión que te lleva a decirme “compañero”. Porque de todos los clubes a los que no pertenezco (que son a la vez todos los clubes que alguna vez haya conocido), con ese es con el que más me quiero identificar.
En la librería intenté hacer inconscientemente algo que después descubrí que fue la esencia de la resistencia peronista del 55 y que cuando lo supe se me puso la piel de gallina porque sin dudas fue (humildemente) uno de los mejores desempeños de mi vida: el boicot, el trabajo a desgano y el sabotaje al hijo de puta que quería nuestra alma a cambio de un sueldo. En ese lugar nos quisieron hacer creer que nuestra dignidad valía $1600.
Vos me estás reconociendo por eso y entonces el orgullo es doble.
—————————————————
juan pablo liefeld:
no es un elogio es algo que te digo desde el corazon yo no respeto a cualquiera ni le digo te quiero a cualquiera lo digo cuando lo siento cuando es verdad, cuando le hice juicio a libreria santa fe y cerramos juan pablo aisenberg me quizo dar la mano, el tipo que me humillo y me robo plata como le roban los empresarios argentinos a todos los laburantes y yo no le quise dar la mano ni a el ni a su abogado porque si se la hubiera dado si yo esta noche te digo que vos sos un buen pibe seria mentira porque mi corazon podra estar herido pero no esta podrido puedo reconocer la belleza en medio de la mierda y vos sos noble lo vi porque trabajamos juntos y otros compañeros nuestros de esa libreria son unos soretes alcahuetes y que no valen nada ni para los aisenberg ni para nosotros dos, compañero, un beso grande te quiero
—————————————————
 Mariano Cúparo Ortiz:
Voy a sumar un tercer honor para el pibe que entró el mundito literario porteño, a los tipo 20 años, y sin entender nada, leyendo las columnas de Elsa Kalish, gracias a quien leí también Urbana.
Juajua, me resulta inolvidable el día que me pasaste tu mail, en el subte línea d, y me dijiste algo así como elsakalish@hotmail.com
-II-
Si sos una persona noble hace lo que se te canta las pelotas siempre.
Porque seas refractario e ingobernable o alcahuete y come mierda de la patronal igual te van a aplastar como una cucaracha.
Y te van a dejar todos solo: tu amor, tus amigos, tu familia, tus compañeros y la puta que te pario.
Pero si sos una persona noble no entregas jamas las banderas al enemigo porque no podes, porque eso no esta ni estuvo ni estara en vos.
Y te vas a quedar solo como un perro.
Y vas a escuchar boludeces crueles de gente “bien intencionada” y “que te quiere” pero el tiro te lo van a pegar igual, sin asco, de forma prolija y sin fallar.
Te van a aplastar como una cucaracha hagas lo que hagas.
Y si te van a dejar solo y te van a hacer mierda con una alpargata como a una cucaracha por qué mierda no haces lo que se te canta el quinto forro del culo y que se vaya todo a la mierda.
si de ahi venimos.
si ahi vamos.
las banderas no se entragan compañero.
las entregan los que nunca las tuvieron.
Y nos van a aplastar como cucarachas.
claro que sí.
no hay duda.
solo hay que leer dos o tres libros de historia.
y caminar y ver lo que pasa en la calle.
y te van a aplastar como una cucaracha.
pero si sos un rey.
las banderas mueren con uno.
hijos de puta.

SHAMELESS. Chano Chanpertier 
“y esta violencia regalo de mi papá me esta doliendo mucho cada día más”
Lunita de Tucumán, Tan Biónica
“una cosa que se pierde en la penosa madrugada silenciosa, del cielo de San Martín”
Momentos de mi vida, Tan Biónica
-I-
¿se fue por el aire o era
una invención de cuello verde?
Isidoro Ducasse de Lautréamont
se fue por el aire o era:
una invención de cuello verde
un Isidoro del otro amor
que comía rostros podridos
melancolías desesperos
penas blanquitas tristes furias
y erguía entonces su valor
y reemplazaba la desdicha
por unos cuantos resplandores
el sudamericano magnífico
de algas en la boca
¿dónde encontraba resplandores?
los encontró en rostros podridos
melancolías desesperos
penas blanquitas tristes furias
que le tocaron corazón
como se dice lo pudrieron
desesperaron atristaron
se lo vio como un pajarito
en Canelones y Boul’ Mich’
pasear a la Melanco Lía
como una noviecita pura
disimulando violaciones
cometidas en el quartier
“oh dulce novia” le decía
clavándola contra sus brazos
abiertos y una especie de
mar le salía a Lautréamont
por la mirada por la boca
por las muñecas por la nuca
“a ver cómo te mueres” le
decía “bella” le decía
mientras la amaba especialmente
y la desarmaba en París
como una fiesta como un fuego
ayer crepita todavía
en un cuarto de Poissonières
que huele a suda mexicano
ea Ducasse Lautréamont
montevideano ea ea
eu vide o monte de ta mort
parecía una bola de oro
una calor desenvainada
la tristeza decapitó
la furia desenfureció
se fue por el aire o era
un Isidoro Ducasse muerto
solamente por esta vez
o como lluvia de otro amor
mojó a Nuestra Dama de
la Comuna armada y amada
con la belleza que subía
de su cuello verde podrido
en mil nueve sesenta y siete
por la barranca de los loros
se lo oyó como que volaba
o parecía crepitar
contra la selva agujereada
los desesperos del país
las melancolías más gordas
pero fue el otro que cayó
solamente por esta vez
mientras Ducasse descansaba
en un campamento de sombras
-II-
En medio del naufragio salgo a la calle.
Goebbels y el III Reich con Cabezas de tormenta bajo el brazo.
En la tele Cristiana habla en la Bolsa.
Inteligente, brillante como siempre.
Y digo:
Que buena oradora que es.
Y Mauro a mis espaldas dice:
No es una oradora es una gran narradora.
¿Quién es Mauro?
Viale, Mauro Viale.
Que es como mi tío.
Me vio crecer, me conoce desde chiquito.
Y ahora me esta viendo envejecer.
El tío y yo envejecimos.
Pero también crecimos.
Los dos.
Y Cristina habla desde la Bolsa de Buenos Aires.
Y yo sigo intentando sobrevivir al naufragio.
Y sigo pensando en Chano Chanpertier.
Por qué me interesa ese chico.
Qué veo en el que no llego a ver pero intuyo.
Que es lindo.
No.
Que lo conocí hace dos veranos atrás en un recital que paso Cronica TV por la tele un domingo a la noche.
Sí, eso me interesa.
Si Cronica TV pasa un domingo a la noche a un recital de un artista es porque ese musico es un artista popular argentino.
Y eso me interesa.
Pero no es eso solo.
Hay algo mas.
Hay cierta oscuridad en sus canciones que la escucho.
De dónde viene esa oscuridad, Chano, porque tu belleza proviene de esa oscuridad no de tu cara bonita, que lo es.
Y entonces encuentro la pregunta que me abre la puerta.
Una pregunta obvia que nadie hace.
Quién es la familia de ese chico.
Es poderosa.
Eso se puede ver a la legua pero nadie sabe y todos saben.
Pero la pregunta no se hace.
Por qué no se hace.
Porque es una familia poderosa.
Supongo, porque no sé quién es la familia.
No lo se.
Lo que se es lo que decia Robaira Lynch todos los jueves a la mañana en La Metro en el programa Gente como uno:
Toda familia de bien para serlo tiene que tener un puto, un militar y un drogadicto.
Gracias Fernando Peña, aunque ya no estes tu presencia en mi vida me sigue iluminando.
Esa familia que no conozco es este mundo perverso que es tan perverso que no le alcanza con destrozar la vida de los demas sino tambien la de sus propios hijos.
Y este chico lindo que es un rebentado y que tiene guita y esta tan en la lona como yo que tengo menos de cien pesos en el bolsillo tiene algo que me gusta, que respeto, que me interesa escuchar y no dejo de escuchar desde hace una semana de forma obseciva.
Eso me viene de mi sangre alemana.
Cuando vez algo te arrojas ahí y lo perseguis hasta el fin.
Ok.
Que es eso.
¿IT?
Ese chico roto y lindo y que escribe buenas letras, escuchalas atentamente, pero escuchalas de verdad y vas a descubrir una oscuridad y dolor verdadero.
Ese dolor, esa oscuridad y esa belleza rebentada es el capitalismo.
Chano, digo yo sin saber nada de él, salvo por las boludeces que dicen los medios y fundamentalmente por escuchar su trabajo, la musica que hace, creo, quiza me equivoque, pero ese chico lindo es un hijo de este capitalismo canibal.
Y por medio de un dolor horrible y reventado logro  una dignidad y humanidad dolida pero humana, terriblemente humana. Como toda persona que a conocido eso:
IT.
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SHAMELESS. Los Simpson
Para Mariana Liefeld
Marilu, como te llama El Alemán, hace días tendría que haberte llegado una carta mía a Londres que juro que busque y no encontre las palabras, precisas, necesarias de lo que quería y debía decirte. Pero las palabras no aparecieron. OK. Quizá en estas fotos que saqué esta mañana con un libro genial en la cabeza que sólo yo puedo contar pueda hacerte llegar lo que las palabras hoy no quieren o no pueden decir. En las fotos están los restos de mis anteojos Union Pacific que me destrozaron una noche cuando me robaron Europa Central de William T. Vollmann, un collage que hice para un libro de Nick Cave escrito sobre bolsas para vomitar en un avión, la computadora que compre con mi trabaja y sacrificio en Libreria Santa Fe y un dibujito de Bart Simpson hecho por un chico que encontre tirado en la calle. Lo mejor es lo que esta por venir. Siempre. Lacan le dice a Derrida en una discución que una carta siempre llega a destino. Derrida sostenía lo contrario y se equivocaba, una vez más, como cuando se peleó con Foucault y éste le hizo morder la banquina. Las cartas siempre llegan a destino. Y esta es mi carta para vos. un beso grande

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Shameless. LA NENA DE MIL AÑOS DE LA PHARMACIE
Estoy en la esquina de Charcas y Vidt.
En pleno corazón de Palermo Culo Roto.
Sentado a una mesa de La Pharmacie en la vereda.
Entonces una nena de no mas de cinco años irriumpe en mi conversación.
Apoya medio cuerpo sobre la mesa de la confiteria.
En la mano tiene paquetes de carilinas.
Y dice:
Comprame una.
Es una orden. Y me la esta dando una nena de cinco años con la misma dureza y templanza que tienen algunas mujeres.
Es una nena y esta vendiendo carilinas en la calle.
Y me mira.
Tiene mil años esa nena.
Y le digo:
No tengo un mango.
Y el café con leche me lo va a pagar él.
Y señalo con la mano que sostiene mi cigarrillo a la persona que me acompaña.
La nena de mil años ni se mosquea.
Me mira fijo a los ojos.
Tiene cinco años y la determinación de una mujer de cuarenta dueña de sus destino.
Pero no tiene cuarenta sino cinco y esta vendiendo pañuelos por la calle.
Y la miro.
Y entiendo esa dureza de sus ojos, que le chupe un huevo mis palabras.
Es una nena y esta vendiendo pañuelos en la calle que mierda le importan mis palabras.
Nada.
Y esta muy bien que así sea.
Y entones digo lo único que tengo que decir.
Ok, le digo.
Te voy a dar todo lo que tengo.
Y saco todo lo que tengo de mi bolsillo.
Que no alcanza ni para un café con leche y que a ella ese dinero ni ninguno va a reparar el daño que este sociedad de mierda le ha ocasionado.
Pero esta bien, ese dinero le pertenece, esas monedas que me quedan.
Y saco de mi campera lo que tengo y extiendo la mano para que tome el dinero.
Y me vuelve a sorprender la nena de mil años.
Ni se mosque y me mira a los ojos.
Tiene una mirada dura pero franca.
Y vuelvo a entender que no entendi nada.
Entonces soy yo el que hace el esfuerzo, que soy el adulto, no ella que es una nena y no le corrresponde.
Y entonces le doy todo mi dinero, me muevo en la silla y me acerco a ella y le pongo el dinero en la mano.
Y la nena de mil años ni se inmuta y me sigue sosteniendo la mirada.
Y entonces dice:
Mira que yo no soy policía.
Y le respondo:
Si yo creyera que vos sos policía no te daria todo mi dinero, porque a mi tampoco me gusta la policía.
Y me mira y no dice nada.
No me cree.
Y esta bien que no me crea porque es una nena y tiene mil años y yo no puedo hacer nada por ella salvo mentirle.

Nick Cave William T Vollmann Borges Chano Tan Bionica Libros Kalish Bart Simpson Primo Levi Kate Moss

LA NENA DE MIL AÑOS DE LA PHARMACIE
4
Yo piratie a Fogwill para la republica argentina
para los guachines que lo quisieran a quique
yo piratie a Copi
para el piberio bionico
cuando copi no se conseguia en francia
y no daniel link
yo pense arme un equipo y publique
en las revistas digitales
el interpretador
y
te voy a atornillar
textos perdidos de copi
a pura perdida
y mis compañeros a Daniel Link lo respetan
y a mi que recupere copi y se lo pedi a LInk
y se nego
me acusan de miserable
yo queme dolares para proteger a mi famialia
de ella misma
y salvo la tia marta todos me putearon
¿y cuanto cotiza el dolar blue
hoy compañeros de mi generacion?
yo queme dolares
yo queme mi bibloteca personal
para sostener esta libreria
que es mi cuerpo
y soy un vago
yo me pelie con medio mundo
pero lo logre
consegui que circulara
la carta de oscar del barco
se la robe a esos hijos de puta
que la estaban leyendo en privado
para hacerce una paja
y yo siendo un pibito laburando
en una panaderia toda la noche
super escuchar esa carta
y el tembrlor de la voz de Nicolas casullo
porque fue casulllo en la puerta de su casa
el que me hizo saber
que esa carta existia
de oscar
y me arroje sobre ella
para que algun dia
la puedan leeer
los guachines que esperan bondis que no llegan
yo vi los ojos de esa nena de mil años
los vi ya millones de veces
y los voy a seguir viendo
pero mi generacion
los que hoy tienen
entre 35 y 45
estan esperando en una mesa
de algun var
que esa nena que yo vi ayer
les ofresca una carilinas
y dios santo
eso ya lo vi
y voy a dar mi vida porque eso no suceda
y va a suceder igual
cuando esa nena de mil años
les ofresca a MI GENERACION
unas calininas
dios santo
eso
it
son horribles
son pura pedofilia
son bestiales
son
so
s
que dios te ampare
si existe
nena de mil aaños
de la banalidad del mal
de mi generacion
lamentablemente dios no existe
pero te voy a mentir
por amor
nena de mil años
dios existe y te va a cuidar
de la banalidad del mal
de mi generacion

Shameless. EL DESIERTO Y LAS PALABRAS
camino en medio del desierto
en una mano llevo cuatro cervezas caseras
y en la otra un pan con aceitunas y queso
vengo de buscar el dinero de la venta de un libro
y voy para mi casa
que es un desastre
como mi vida
pero un poco mas
y veo a un ex caminando
en medio del desierto
y le grito
¡puto puto puto!
y no me escucha
y le grito mas fuerte
puto puto puto
y la gente me empieza a mirar
pero mi ex no me escucha
y entonces me pongo detras de el
y le grito al odio
¡puto puto puto!
y se da vuelta para enbocarme
y me ve
y me reconoce
y nos abrazamos
y charlamos
ese pibe es madera noble
la mejor madera de Misiones
ordenando palabras en un deposito
una rata de papel de pura raza como yo
trabajamos juntos dos años
me cuenta que el sueño
de su familia esta en marcha
que pronto la madera volvera al origen
y abro mi bolsa
donde llevo las cuatro cervezas caseras
la mejor cerveza casera
de Jose Leon suares
que hace doctor neurus
a pocas cuadras
de donde rodolfo walsh
fue a buscar
el facundo de sarmiento
y le digo agarra una
elegi la que quieras
no me dice
te estoy regalando
la mejor cerveza del conurbano bonaerense
porque para que brindes sta noche por vos
porque la madera por fin vuelve al origen
porque estamos donde queremos estar
nosotros elegimos esto
lo bueno y lo malo
y elige una
y el muy puto
me elije una de las mas ricas
y nos abrazamos
y ese abrazo
es una bandera hermosa
mi cruz del sur
mi flor mas amada
y nos decesamos suerte
en medio
del desierto
y las palabras
y nos perdemos en la noche
en busca de nuestro destino

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Shameles. HOY VI LLORAR A UNA CHICA EN LA PUERTA DE LA CASA DE CHARLY GARCÍA ENTRE FRUTILLITAS DE AGOSTO Y TORMENTAS DE SANTA ROSA II
Fito: Siempre pensé que era necesario que te volvieran a matar a alguien que quisieras para que vuelvas a componer algo vivo. Como en la película “Las Horas” donde Virginia Woolf interpretada por Nicole Kidman, en medio de un momento de bloqueo descubre cual epifanía que para poder seguir, alguien en su novela debía morir. Es así como decide matar al protagonista para continuar escribiendo. Allí encontré una buena metáfora de que para no hundirse hay que poder perder, cosa que creo hace muchos años olvidaste porque la vida se arreglo los dientes para poder sonreírte de nuevo, olvidando las bocas podridas de donde salían las palabras de otros días. Después escuche la canción “Sacrificio” y me emocione, pensando que había una chispa… pero no paso mucho para enterarme que era una canción vieja que nunca habías sacado y pensé… los lentes oscuros que forman parte de tu nuevo semblante no son el modo de ocultar la vergüenza por cual antítesis de Schöenberg pudiste dejar la vida por la bolsa. Es el espejado de los lentes que oculta la vergüenza de saber que alguna vez optaste por estar en un café solo por casualidad viendo sin estar detrás de nada que esconda tus decisiones.
Hoy escuche “Hermanos”… obviamente la version en portugues es mucho mas bella que en castellano, pero igual asi creo en mi la esperanza de que nadie tenga que matar a tu hija, solo debias enconcontrar alguien que vuelva a tener la boca sucia, las manos ensangrentadas y la mirada limpia. No se como sera el resto del disco. quiza es una mierda…. pero hoy, por este tema, vuelvo a brindar por vos. Salud!!!

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SHAMELES. Buen provecho
Anticipándome unas horas a mi cumpleaños, y como regalo en mi 37 aniversario, les dejo lo que estuve escribiendo. Llego finalmente. Para ustedes, lo que algunosconocen como “La historia de Doña Elisa”. Espero les guste y sino, esta bien igual. Yo me divertí haciéndolo. Salud!
Buen provecho
Como sé lo que sé, no puedo decirlo, ya que no recuerdo cómo llegue a saberlo. Lo que sí puedo decir es lo que sé. Tampoco recuerdo cuando apareció por primera vez, pero estoy seguro que no estuvo ahí desde siempre. De eso no tengo dudas porque la primera vez que lo vi estaba en una oscura y húmeda habitación, sobre una gran cama cubierta con un roído acolchado rojo. Esos eran los dos elementos que resaltaban en ese cuarto gris y mohoso, el acolchado rojo y el espejo con forma de escudo heráldico que colgaba sobre la cabecera de la cama. Lo que me llamo la atención de aquel espejo no fue su forma, sino que al refractar la escasa luz que allí habitaba, se convertía en el elemento que más sobresaltaba entre tanta opacidad. Ese espejo aún existe, en este mismo momento, mientras les cuento esto, está colgado sobre una puerta tapiada que da a aquel cuarto. En algún momento, ese cuarto formo parte de la casa, pero ya no. Lo único que queda es el espejo como recuerdo que ahí, tras él, se esconde una habitación que fue exiliada del resto. A simple vista se pueden ver las huellas del marco y su capitel asomando sus bordes de la pared, y en su centro aquel ojo como ventana a un mundo ocluido que los actuales dueños de la casa se han esforzado por intentar olvidar. Ni la cama ni el acolchado existen más, el fuego y luego un antiguo pozo ciego se encargaron de fagocitarlos, como tampoco existe más la mujer que vivió allí. Elisa se llamaba, o eso siempre creímos hasta poco después de su muerte. Doña Elisa le llenábamos nosotros, “la doña de los gatos” le decían los demás vecinos del barrio.
I
Cuando mis abuelos llegaron a aquella parte de Punta Mogotes por primera vez, promediando el final de la década del sesenta, el barrio del Faro era un mero puñado de casas de veraneo desparramadas en el mapa. Mar del Plata ya se había convertido en la ciudad balnearia por excelencia de la clase media trabajadora, y aquel verano no era la excepción en cuanto a la cantidad de turistas que habían llegado de diferentes partes del país. El iodo y salitre de mar cotizaban por metro cuadrado, acompañándose con facturas arenosas y mates fríos bajo el tinglado de miles de sombrillas multicolores. Un cachito de paraíso a fuerza de pelotas de futbol de goma, paletas de madera, pirulines y barquillos, en el medio de un infierno bosconeano de abdómenes prominentes, epitelios sudorosos y choclos embadurnados en mayonesa. Mis abuelos: Elsa, una polaca orgullosamente nacionalizada argentina, y Herbert, un berlinés orgullosamente alemán que jamás renuncio a su origen, llegaron ese verano como muchos otros sin tener previsto donde alojarse. Iban con sus hijos: Marta y Jorge. También los acompañaba Juan Carlos, el novio de Marta, quienes años después se casarían y se transformarían en mis padres. Ese mismo año, mi tío Jorge también conocería a una chica marplatense, María Emilia, su futura mujer y madre de mis tres primos.
Según tengo entendido, el incauto grupo de veraneantes fue recibiendo rechazo tras rechazo en distintos hoteles y casas de alquiler por estar todo ya ocupado. Con cada nueva negativa se alejaban más del centro de la ciudad, siendo expulsados hacia sus márgenes, atraídos cual fuerza centrífuga invisible que a última hora los deposito en una playa solitaria al sur de la ciudad. Contaban con una carpa que intentaron armar, pero una lluvia de esas breves pero violentas y la nula experiencia en tareas campistas, frustro rápidamente el intento. La leyenda familiar dice que apenas comenzó la lluvia, la playa se llenó de ranas. La imagen de una playa cubierta por estos anfibios tiñe la escena con una especie de presagio bíblico tan colorido a los términos de una narración que me veo obligado al menos a dudarlo. El bosque Peralta Ramos se encuentra no muy lejos de la costa, si las ranas salieron de algún lugar es muy probable que haya sido de allí, y desorientadas intentaran colonizar los médanos y las aguas de un mar embravecido por el clima. De uno u otro modo, los protagonistas cuentan que la lluvia y la plaga terminaron de echar por tierra el intento de pasar la noche en una carpa. Puedo imaginarme perfectamente el ataque de histeria de mi madre al verse entre arena, agua y ranas, quizá fue más esto lo que terminara convenciendo a los demás de probar suerte entre el caserío del barrio. Golpearon varias puertas y en las pocas que alguien los atendió recibieron la misma negativa, hasta que alguien se apiado se esas almas mojadas y les dio el dato de una mujer que posiblemente estuviera dispuesta a alojarlos por algo de dinero. Allí fueron y así es como llegaron al umbral de la casa de Doña Elisa. Era un pequeño chalet, bastante humilde pero confortable, enquistado en el centro de una manzana a unos doscientos metros de la playa y a unos trescientos del majestuoso Faro de Punta Mogotes. Faro que hoy le da su nombre al barrio, pero antes de su existencia se conocía como “Lobería Grande”, por la cantidad de lobos marinos de la región. Había sido construido en Francia, totalmente en hierro, y traslado hasta su morada final, en un pequeño promontorio en forma de punta que se adentra en el mar, donde fue ensamblado en el año 1891. No sé en qué momento lo pintaron a franjas rojas y blancas, pero así fue como aquel anochecer, desesperados por cobijo, lo vieron por primera vez mis abuelos y mis padres. Así fue como lo conocí yo, así es como sigue estando. Quizá, aquella noche, tras el cansancio del día, hayan quedado obnubilados, como luego me pasaría a mi tantas veces, por aquel haz de luz que iluminaba por unos segundos la oscuridad de esos parajes. Ese haz blanco giraba en medio de la negrura, cortándola, y cuando llegaba a uno, por unos segundos, eras bendecido por el día en mitad de la noche. Seguramente en mi infancia esos segundos me daban el alivio necesario para afrontar los fantasmas nocturnos de mis pensamientos hasta el próximo baño de luminosidad. No lo sé, lo que si recuerdo es que poder ver girar aquella luz era un modo de ratificar que el mundo seguía en su lugar.
Doña Elisa estaría promediando los 50 años, y si bien era una mujer muy descuidada en su aspecto, se notaba que había sido bella. No era fácil vivir solo y menos en el barrio del Faro. Los inviernos eran duros y solitarios, sobretodo solitarios, y podían pasar semanas sin ver una cara diferente a la propia. Había un almacén, una carnicería, un kiosco, una verdulería y un puesto de diario, únicos comercios que permanecían abiertos todo el año, todos manejados por la misma familia de tanos brutos y careros. Pero cuando hay tan pocos seres humanos cerca, hasta los más desagradables se adoptan como familia. También estaba la pequeña base naval donde estaba emplazado el Faro. Los marineros y militares que trabajaban ahí eran la mayor fuente de ingreso de los residentes de la zona, incluyendo a Elisa, quien habitualmente les alquilaba cuartos a los muchachos de la base. El Faro era un lugar inhóspito para vivir fuera de la temporada de verano, y el hecho que muchas de las casas que habían fueran solo usadas en temporada, le daba aún más aspecto de paisaje pos apocalíptico de película zombi. Claro que esto lo tornaba un lugar estratégico para algunas necesidades, sobre todo para aquellos que quisieran pasar inadvertidos, lejos de miradas ajenas, pero lo suficientemente cerca de las comodidades que podía ofrecer una ciudad relativamente grande. En mi adolescencia conocería a varios hijos de desaparecidos que vivían en Punta Mogotes y que habían sido criados allí por sus padres expropiadores, o personas con diferentes problemas con la justicia, etc. Como será que a pesar del paso del tiempo y los muchos cambios, algo de esto se sigue manteniendo. Hoy abundan geriátricos y neuropsiquiátricos en los alrededores, donde las familias pueden depositar a sus desechos lo suficientemente lejos de casa como para que no llegue el mal olor a sus ventanas. Pero este no era el caso de Doña Elisa, quien hacía ya muchos años se había auto exiliado en esa casita sin aparente causa.
No sé porque Doña Elisa accedió a alquilarles un cuarto a mis abuelos, aunque sospecho que fue porque se enamoró de Herbert apenas lo vio. Era un hombre alto, corpulento, de manos grandes y trabajadoras, se había desarrollado como carpintero toda su vida y era muy bueno como techista. De pocas palabras, no muy expresivo, hasta algo tosco, pero de un corazón tan grande que sería la causa de su muerte. Unos 15 años después de este verano, Herbert moría de un paro cardiaco producto de una miocardiopatía dilatada, es decir lo que se conoce como un corazón agrandado. Lo primero que haría Elisa apenas se enterase sería ir a atacar a Elsa y acusarla de haberlo asesinado y dejarla a ella sin la posibilidad de aquel excepcional hombre. Elisa también era de pocas palabras, pero de una templanza y carácter tan duro como los inviernos que la habían forjado.
II
Al verano siguiente volvieron a la casita del Faro, y al otro, y al otro. No pasaron muchos más veranos antes de que mis abuelos le ofrecieran comprarle la propiedad a Elisa, y que ella aceptara. ¿Necesitaba el dinero más que la casa? ¿O fue un modo de asegurarse que mi abuelo siguiera yendo todos los veranos? Quién sabe. Como terminaron dándose los hechos alrededor de la transacción tuvo hasta un tiente cómico. Elisa respondió la propuesta a último minuto del último día de veraneo y no lo hizo de forma directa. Fiel a su actitud siempre colmada de misterios, al despedir a Herbert le introdujo un papelito doblado en el bolsillo delantero de su camisa escocesa y le dijo al oído: “ábralo solamente cuando llegue a Buenos Aires”. Mi abuelo se olvidó de aquel papelito después de 9 horas de un incansable viaje de retorno, y fue recién semanas después que Elsa lo encontró al momento de querer lavarle la camisa. “Estimado Herb: acepto. Elisa”, eso era todo lo que figuraba escrito. Poco y mucho a la vez, depende quien lo leyera. Nunca nadie me conto que suscito en mi abuela leer aquello, así que lo dejare a la imaginación de cada quien. Una llamada telefónica de larga distancia pondría fin a las posibles variadas lecturas: aceptaba venderles la casa. Se ultimaron los detalles para el viaje de Elisa a Buenos Aires, y en algún día de un mes de mayo mis abuelos la fueron a recoger a la estación de trenes de Constitución. Apenas subió al auto les anuncio: “Tengo que decirles algo”, pero a pesar de la insistencia de mis abuelos no lo hizo. Solo repitió durante todo el viaje desde Constitución a José León Suarez: “Tengo que decirles algo”. Lo haría solamente una vez establecida en la casa de Herbert y Elsa, “yo les vendo la casa, pero la casa no es mía”. En ese momento se debe haber formado un revuelo importante, pero Elisa apaciguo todo con un seco: “yo me ocupo”. Resulto que la casa estaba a nombre de una de sus hermanas, lo cual no solo devolvió un poco más de confianza a los compradores sobre aquel negocio sino también la humanizo un poco a esa mujer. Tenía familia. Realizo una corta llamada telefónica y esa misma noche aparco un auto en la puerta de la casa familiar. Dos hombres bajaron de él, uno alto, canoso, serio, que traía una carpeta con los papeles de la propiedad, y el otro retacón, con unos bigotes muy finitos que fumaba sin parar. Ambos saludaron extendiendo sus manos sin decir nada. Mis abuelos ya tenían muchos resquemores de lo que estaban haciendo, pero el monto que les había pedido Elisa era tan irrisorio que siguieron adelante. Elisa comando todo el trámite, solo luego de que estuviera todo firmado el hombre más bajito entre pitada y pitada la miro y le dijo: “¿Mi Señora, donde va a ir a vivir usted?”. Elisa solo le clavo su mirada y el hombre balbuceo un casi inaudible “disculpe”. La cuestión es que antes de que terminara el día, habían llegado a un nuevo acuerdo: Elisa seguiría viviendo allí como casera. Durante el año, se aseguraban que la propiedad no quedara sola, que alguien la mantuviera y cuidara, que los posibles malhechores vieran que no era una casa más que poder desvalijar en la época invernal. Fue así como terminó tapiada la puerta de uno de los cuartos y se construyó un pasillo al costado, abriendo un nuevo e independiente acceso a esa habitación. Se le agrego un pequeño baño, es decir un inodoro y una ducha en uno de los recodos del pasillo, y listo… una nueva casa para Elisa. Y así una familia de clase media del conurbano bonaerense obtenía parte del sueño peronista con su propia casa en la costa atlántica.
III
Millones de pinchazos. Todos a la vez. Más y más arriba, subiendo por mi pierna derecha. Dolor, mucho dolor. Una metástasis de hormigas enfurecidas se propagaba desde mi pie, el cual estúpidamente había pisado un hormiguero. No entendí enseguida que pasaba, al principio solo sentí un cosquilleo que luego fue mutando en dolor, pinzas diminutas que se clavaban en mi carne y avanzaban conquistando terreno. Esa mañana, como tantas otras, luego de desayunar había ido a jugar al patio, y me cruce a Doña Elisa. No era extraño, ya que ella todas las mañanas salía de su casa y volvía al mediodía. En el cruce, me muestra un caparazón de caracol terrestre con un color blancuzco y una consistencia diferente a lo habitual, y me dice que lo encontró en el terreno baldío del fondo, donde hay muchos más. Luego sigue su camino. Salí corriendo tras esas conchas globulosas helicoidales como si fueran pepitas de oro, adentrándome entre los pastizales de esas tierras arrasadas por el descuido. Cada tanto, alguien arremetía contra el avance desmedido de la naturaleza generando distintos focos de incendios. El fuego se deshacía de toda maleza y de los diferentes bichos que ahí moraban, dejando un paisaje desolador y ennegrecido. Las llamas eran las causantes de ese fenómeno de caparazones blancos y endurecidos, cociendo su carbonato de calcio y proteínas, deshaciéndose del molusco, en un proceso alquímico que arrojaba como saldo esas cadavéricas preciosidades que de golpe me eran tan indispensables. Ni idea tenía en aquel tiempo que la forma de espiral que presentan responden a la secuencia de Fibonacci, secuencia de números matemática infinita que está presente en todas la arquitectura del Universo. Esta milagrosa maldición es conocida entre los físicos y matemáticos como el espiral dorado, y el cociente que arrojan los números consecutivos de la secuencia de Fibonacci difiere en una mil milésima del número de oro, número que en el medioevo se desarrolló como la proporción justa que determinaba la belleza ideal de las cosas. El David de Miguel Ángel está construido con la proporción de este número, por ejemplo. Quizá algo de esa belleza oculta y maldita propiciara la ambición desenfrenada por obtener mis propias reliquias macabras, y en ese afán es que mi pie se topó con el hormiguero. Mientras era mordido vivo por millones de insectos enfurecidos, mi abuela me encontró y arranco de la terrible trampa. Sus manos, su piel, quedarían en mi memoria táctil por el resto de mi vida, como así también el dolor producido por estos formícidos. Una marca por siempre, donde el placer fuera precedido por cierto doloroso sutil hormigueo recorriendo alguna porción del cuerpo. Mientras aun me encontraba en el más encarnizado ataque y mi abuela me levantaba en andas, con el rabillo del ojo, me pareció ver tras la pequeña ventana desvencijada de su casa, el rostro de Doña Elisa sumido en el más extasiante goce de satisfacción.
Entre que mi familia compro la casa del Faro, y la escena que acabo de relatarles, pasaron muchas cosas. Entre ellas, los nacimientos de mis primos y mío, mi hermano vendría unos años después. También, en el entre estas dos circunstancias, Elisa fue convirtiéndose en la Doña Elisa que quedaría en nuestro imaginario. Regordeta, baja, de no más de 1,65, ermitaña, sucia… y sobretodo, dueña de un ejército de gatos. No se la veía mucho, como dije antes solo dos veces al día, a la mañana cuando salía, y al mediodía cuando regresaba. Y siempre, tras ella, una manada de gatos la acompañaba. Vivian juntos en su pequeña casa, encimados, apiñados, brindándose calor en los largos inviernos, y mucho olor en los veranos. El pestilente pis de gato pasaría a ser su perfume característico, avisándole a los incautos que se acercaba, cubriéndole la espalda al retirarse. La recuerdo con turbante, anteojos de sol con patillas de carey y lentes grandes, varias polleras largas por debajo de las rodillas, una encima de la otra. Unos cuantos sacos de lana, y medias, también de lana, con zapatos de hombre de esos que usan los obreros en las construcciones. Se apoyaba en un bastón de madera, y se pintaba exageradamente con rubor los cachetes y los labios de un estridente rojo carmín. Un gato en particular era objeto de su atención y cuidado. Azrael era más grande que el resto, y obviamente en aquel complejo andamiaje de jerarquías felinas era el que mandaba. La mayoría iba tras él, o esperaba una seña de este para poder ir o venir. También era el que más lejos llegaba junto a Doña Elisa en sus incursiones matutinas, y luego, cuando ya no podía ir mas allá con ella, volvía y se sentaba a esperarla en el umbral de su casa. Por las noches, Azrael, era el que siempre te salía al paso produciéndote un susto de muerte. A veces, se encorvaba todo, echaba las orejas para atrás, te clavaba la mirada erizando todo su pelaje blanco y sacando las garras producía un aullido macabro que podía acelerar cualquier latido. Otras, solo permanecía inmóvil, mirándote fijo… solo mirando. Azrael sería el último de los gatos de Elisa que moriría luego que ella no estuviera más. A partir del deceso de su jefa, todos los veranos nos recibía el tufo fétido del olor a mierda y pis de sus gatos, y siempre, como sobrándonos, Azrael sentado en el techo con su actitud victoriosa, recordándonos quien mandaba allí. La última vez que lo vi, fue al arribar después de todo un año de ausencia. Lo encontramos como todos los años, esperándonos. Pero esta vez no estaba en el techo. Parecía estar durmiendo, hecho un bollo, al pie de la puerta de entrada. Hasta parecía un gato manso que descansaba apaciblemente al sol. Pero al acercarnos nos dimos cuenta que algo no estaba bien… Jamás Azrael había permitido que ninguno de nosotros lo tuviéramos tan a mano. No estaba vivo, pero aun nos estaba esperando. En su último acto nos mostraba que aun esperaba. Que eternamente, como solo lo permite la muerte, podía esperar. Cuando lo levantamos con una pala, descubrimos que había muerto hacia un tiempo, y el sol, la salitre y la arena que volaba desde la playa se habían confabulado para hacer un perfecto trabajo de momificación. Lo que había quedado era la carcasa de lo que había sido, y debajo…, nada. Pero su espíritu de lucha lo había mantenido fiel a su ama más allá de los límites de la vida.
IV
Las discrepancias y malestares fueron en aumento. A partir de algún momento Elisa dejo de hablarles a las mujeres de la familia y solo se dirigía a mi abuelo, mi padre o mi tío, a excepción de su saludo en los mediodías, cuando al llegar de su paseo diario encontraba a todos dispuestos a almorzar. Una larga mesa se armaba en el patio, con caballetes y un tablón de madera, los banquetes podían variar entre asado, pastas, sandwichitos de miga, o picada con las sobras del día anterior. Todo siempre dispuesto sobre un mantel de linóleo blanco y florcitas rojas, con vasos de plástico y platos de distintos juegos, bajo un toldo excepcionalmente confeccionado con cientos de sachets de leche abiertos y cocidos uno al otro. La artífice de semejante ingeniería había sido mi abuela. Siempre me maravillo lo ingenioso de haber convertido aquellos recipientes descartables en algo tan distinto. Uno de los recuerdos más vivos que guardo de mi infancia, es el sonido plasticoso que producían aquellos sachets al golpear contra los cordeles que oficiaban de tensores, cuando después de intentar liberarse con la ayuda de los vientos de la costa, se daban por vencidos y caían resignados a su suerte: continuar allí, sin su identidad originaria, esclavos de un trabajo que no les pertenecía. Entre las costuras, sol y agua se filtraban. Tras el plástico, las marcas de su pasado atestiguaban sus nombres: Sancor, La Serenísima, Gándara, Ciudad del Lago, La Vascongada. Nombres que el sol fue destiñendo, que las lluvias fueron borrando, nombres que no importaban porque allí ya no significaban nada. Nombres aunados bajo un mismo destino, bajo la misma condena. El encantamiento de ese sonido solo era roto por la voz grave de Doña Elisa diciendo a su paso “Buen provecho”, para luego desaparecer tras la puerta de madera verde de su guarida. Y el “buen provecho” quedaba flotando en el aire junto con el olor a pis de gato, durante un buen rato, resistiéndose a abandonarnos, haciéndonos compañía.
Más de grande me contarían que Doña Elisa había comenzado a incurrir en abusos sobre la confianza que mi familia había depositado en ella. Se comentaba que durante el año había seguido alquilando las habitaciones de la casa, sobre todo a los muchachos de la base naval, quienes en sus salidas necesitaban un lugar donde satisfacer ciertas necesidades con señoritas que los ayudaran en esos menesteres. Al principio solo eran rumores, pero luego fueron apareciendo pequeños detalles que daban cuenta de esos otros usos a los que la casa era sometida. También el descuido y la suciedad que progresivamente fue en aumento en la propia Elisa, se fue trasladando a los habitáculos a los que tenía acceso. Creo que finalmente tomaron la decisión de quitarle las llaves de la casa después de que una vuelta encontraran un reguero de botellas de alcohol, colillas de cigarrillos y las paredes de los dormitorios meadas cual baño público de estación ferroviaria. Tengo la impresión de haber escuchado a mi madre contar alguna vez que también habían comenzado a aparecer diferentes elementos extraños que correspondían a “brujerías” (estoy casi seguro que esa fue la palabra que utilizo) en perjuicio de ella y su madre. Quizá de ahí provenga parte de la idea de que Doña Elisa era una bruja que en su casita del fondo preparaba brebajes y hechizos contra todo aquel que no le cayera en gracia. Pero a pesar de des-investirla de sus funciones, la dejaron que siga viviendo en su pequeña casa, ya sin acceso al resto de la propiedad. A partir de ese día, fuimos vecinos que compartimos el patio y la entrada del terreno hacia la calle. Calle, que como simple detalle de color, si la buscan en el mapa, la encontraran como Calle 0. Sin otra indicación que un número, el cero, representado por un trazo que se cierra sobre sí mismo, que deja un hueco en el centro… como la angustia en el pecho.
Muy gradualmente, Elisa fue entrando en un mundo delirante de historias enmarañadas y poco comprensibles. En su mente se convertía en la protagonista de escenas en importantes locaciones, grandes hoteles y restaurantes de Buenos Aires, entre artistas y empresarios, gremialistas y políticos, generales y delincuentes… todo un abanico de lumpenes y vampiros porteños. Al que más le confesaba sus fabulas, por supuesto, era a mi abuelo. Así, nos enteramos que se había dedicado a la actuación sin grandes éxitos, pero que igualmente había conocido la fama. Paris, Berlín, Nueva York… en todos lados había estado, en todas las metrópolis a sus pies se habían doblegado las más grandes tenacidades. Mi abuelo la escuchaba como escuchaba a las mujeres… a la distancia… fumando su pipa… sin creerle demasiado. Loca o no, bruja o no, no era más que solamente una mujer. Una vieja al abrigo de sus gatos, en la compañía de sus recuerdos, con una pistola como única amante que la defienda en las noches llena de culpas y fantasmas. Perdida en aquel punto del mapa, tenía todo el año para tejer historias, adornarlas, desarmarlas, ensayarlas… no por mentirosa, sino más que nada, por la imperiosa necesidad humana de hablar y ser escuchada. Sus conexiones con personas importantes de la política nacional e internacional iban en aumento… desde admirar, hasta haberse codeado alguna vez, y después llegar a ser íntimos con el mismísimo Perón, la llevo su delirio. La última versión diría que realmente su única representación exitosa fue hacer de la mismísima Eva Perón. Según confeso alguna vez, el parecido entre ellas era tan grande que había terminado haciendo de doble de la primera dama en un sinfín de ocasiones. Cuando Elsa y Marta estaban de humor y escuchaban estas cosas, reían socarronamente, pero cuando no, meneaban la cabeza de un lado a otro y arremolinaban un bucle imaginario en sus sienes con el índice. Igualmente nada detenía el parloteo de Doña Elisa cuando contaba con la presencia de Herbert. Confabulaciones internacionales, asesinatos, nazis yendo y viniendo con oro o solo con hambre y frio, científicos delincuentes que vendían conocimientos siniestros a por kilo. Sobre todos estos acontecimientos, Elisa tenía alguna verdad que solo ella portaba y que otorgaba como ofrenda al amor ausente de mi abuelo.
A pesar del miedo debía saber. Su voz me invitaba pero su mirada me advertía lo inconveniente de lo que estaba por hacer. Esa misma curiosidad imperiosa, de descubrir algo, de conseguir un saber sobre lo que solo suponía, es la misma curiosidad que a lo largo de distintas ocasiones me llevaría a adentrarme en hondas situaciones, y en este caso la que me indujo a aceptar la invitación de Doña Elisa a entrar en su casa. A pesar del miedo, de las dudas, de la resistencia que ponía mi cuerpo inmovilizándose un paso antes de traspasar la puerta, debía saber. ¿Qué? No sé. Nunca lo supe, ni en ese momento, ni en todos los otros en los que me sometí a avanzar intentando descubrir ese algo que no sabía que era. Fue como saltar al vacío, soltarse y saltar, saltar y soltar a pesar que todo tu cuerpo te dice que no lo hagas. Es como mover un peso muerto de miles de kilos, y luego la liviandad de la caída donde ya pareciera que no cuesta nada. Caer no cuesta esfuerzo, es el alivio de la gravedad haciendo lo que siempre se quiere evitar, no cuesta pero siempre tiene un precio. Mi cuerpo automatizado que avanza… irrumpiendo en ese mundo que solo había fantaseado. Un pasillo largo, oscuro, húmedo. Daba lo mismo que sus paredes fueran de material o el hueco terroso por el que Alicia cayó persiguiendo un conejo. Todo era mentira, y a la vez, era el lugar más verosímil por el que podía estar caminando. La adrenalina hacia que mis sentidos estuvieran más vivos que nunca. Podría decir que recuerdo estanterías llenas de frascos, que dentro de ellos había seres extraños, animales malformados… recuerdo o invento, un ser inidentificable que parecía tener el cuerpo de una rata sin pelos con cara de sapo, y sé que eso no es posible, pero cierro los ojos y aun hoy es eso lo que veo. Podría decir que Elisa iba delante de mí abriendo paso entre tantos gatos, pateando latas, trapos, a la luz de una lamparita agonizante que volvía más tétricos los recodos donde se mecían las sombras. Podría decir que recuerdo su bastón golpeando los tablones de madera del piso, mientras puteaba y maldecía a la vida que hacia tan difícil avanzar en su propia casa. Podría describir tantas cosas y sensaciones que no se si viví o me las invente luego. Y al final del pasillo, su habitación, la que antes había pertenecido a la otra casa… lugar donde estaba su cama, una cama matrimonial casi tan grande como el cuarto, cubierta por el acolchado rojo y más gatos. Y sobre la cama, el espejo. En ese punto fue donde algo del encantamiento que me condujo se rompió, donde volvió sobre mi cuerpo todo el principio de gravedad. Donde apareció la imperiosa necesidad de salir corriendo y hacer de cuenta que nunca había entrado. No fue haber visto el espejo, ni mi reflejo en él, o el de Doña Elisa, o el de nada de todo lo que estaba en la habitación. Es más, lo que vi fue ningún reflejo. Pero lo que clavo en mí la necesidad acuciante de irme no fue lo que vi o no vi, sino sentir que en realidad el espejo me miraba a mí. En el no reflejo, al mirar me veía mirado, sancionado por estar viendo lo que no se podía. No sé cuánto tiempo paso, ni de qué modo salí. Pero una vez afuera, tenía el alivio de haber escapado y la intranquilidad de saberme robado. Algo se me había quitado, algo me faltaba. Algo quedo allí, no en la habitación, no en el espejo, sino en la mirada que me observaba desde donde no se reflejaba nada.
No le conté a nadie lo que había vivido, y a partir de ese momento evite lo más posible cruzarme con Doña Elisa.
V
El judeocristianismo de la herencia olvidada, pero aun así enquistada en la moral de mi familia, no permitiría demostraciones festivas ante la desgracia ajena aunque esa desgracia nos librara de una gran molestia. Sin embargo, una sensación de algarabía contenida inundo la tarde de domingo en que sonó el teléfono para avisar que habían encontrado a Doña Elisa tirada en el patio de la casa del Faro. No sabían hacia cuanto estaba allí, pero era increíble que no hubiera muerto. Los días más fríos del año estaban transcurriendo, y la sola idea de permanecer aunque sea por una sola noche a la intemperie, tirada, sin poder moverse, helaba la sangre de cualquiera. La había encontrado una vecina que desde hacía un tiempo la visitaba ocasionalmente y le dejaba alguna vianda de comida. Siempre hay almas caritativas que se regodean en los desvalidos. Después se fueron agregando esos sutiles detalles tan importantes que van armando las escenas de los crímenes fallidos: había aparecido boca abajo, con la mitad inferior del cuerpo de la puerta de su casa para dentro, y la mitad superior fuera, los brazos extendidos, y a corta distancia su pistola sin haber sido gatillada. Si su intención fue defenderse de algo, seguramente fue un algo a lo que uno no hiere con un arma de fuego. La trasladaron a un hospital municipal en ambulancia, la vecina fue con ella. Un accidente cerebro vascular es lo que dejo su cuerpo tendido y moribundo reptando por un hilo de vida sobre la fría piedra de nuestro patio, allí, en el mismo lugar, donde años después estaría Azrael momificado. En menos de una semana estaba todo arreglado, una expedición compuesta por mi padre, mi tío y mi abuela saldría para Mar del Plata. Los que nos quedamos, recibiríamos la versión de ellos sobre lo que encontraron, y como único elemento material al cual remitirnos, una bolsa de supermercado Toledo llena de papeles viejos y de fotos. Si bien habían pasado unos cuantos años desde mi incursión por la casa de Doña Elisa, podía seguir perfectamente el recorrido que hicieron en mi mente. Lo primero fue comprar mascarillas para respirar y guantes. No solo el tufo era mortal, sino la cantidad de peligros que ofrecían el ataque de objetos inanimados con sus óxidos y filos, y los animados con sus garras y dientes, hacía que salir vivos o al menos enteros de allí se convertía en toda una proeza. Los que se adentraron en la madriguera fueron los hombres. Mi abuela los esperaba afuera haciéndoles mate, alcanzándoles baldes con lavandina, tachos donde vomitar, preparándoles la cena, quemando las ropas infestas de mierda. En el terreno baldío del fondo se fue acumulando en una montaña de podredumbre y miseria, cosas de una vida, para luego convertirse en una gran fogata. Aquello duro tres días de arduo trabajo. Puedo imaginarme las lenguas llameantes enrojeciendo los alrededores en mitad de la noche, mientras se consumían las ropas, chinches, frascos, mantas, muebles, brebajes y maldiciones, todo bajo la mirada de mi abuela. Mi padre me contaría que se encontró con algo que ya había visto en la estación de tren Retiro, donde él trabajaba desde los 16 años. Poco a poco, se había instaurado una convivencia entre ratas y gatos, a tal punto que o por identificación o por apareamiento, las ratas comenzaron a ser cada vez más grandes, hasta tener el mismo tamaño que los gatos. Esas mismas ratas gigantes estaban en esa casa royendo huesos de otros animales muertos, quizá hasta porque no, royendo los huesos de algún gato desafortunado. El calor abrasante de la fogata ayudo a quebrar el piso donde se apoyaba, abriendo un gran hoyo que trago los restos aún vivos del fuego. El antiguo pozo ciego parecía de pronto una puerta humeante a los infiernos y, cuando finalmente el fuego ceso, se convirtió en la cripta mortuoria con los tesoros chamuscados de Doña Elisa.
Cuando mi abuela y mi madre querían hablar entre ellas sin que nadie supiera lo que decían, lo hacían en alemán. Esto les daba la impunidad de poder hacerlo delante de cualquiera. Era un idioma propio de las dos, donde abundaba un sinfín de neologismos inventados por mi bisabuela. Ese alemán es el idioma más materno del que puedo dar cuenta, donde las palabras más dulces se podían decir en el tono más severo y los secretos estaban al resguardo de oídos ajenos. Ese alemán nunca lo hable, pero si a lo largo de los años aprendí a escucharlo. Mientras cocinaban, hablaban, y yo mientras dibujaba, escuchaba. Me gustaba oírlas, me gustaba estar al amparo de los aromas de esa cocina, y creer que casi se olvidaban de mi presencia colmadas por el devenir de sus confesiones cifradas. En una de estas ocasiones mi abuela conto con asombro que habían encontrado en esa cueva objetos que parecían de valor. Tapados de visón, un bastón con empuñadura de marfil, algunas alhajas, vestidos y zapatos de otras épocas con finas costuras en telas de primera. Esas cosas habían corrido la misma suerte que las demás, el olor a mierda que tenían y la terquedad de Jorge las hundieron en el pozo del baldío. Pero una vez visitando a mi tío, me topé con algo de lo cual reconocí su procedencia. Era un cenicero de porcelana que tenía dibujado en su centro un escudo del Partido Justicialista en oro y cobalto. Tuve la misma tentación que seguramente tuvo mi tío, pero no me lo guarde y lo deje donde estaba.
Algunos creen que el diablo adopta distintas formas. Algunos creen en la maldad de una manera muy consistente. Mis padres siempre creyeron que el mal estaba en el peronismo y el diablo repartido entre Perón y Eva. Lo interesante es que creo que saben que es un diablo que no tiene dios que se le oponga, solo distintas encarnaciones del mismo demonio insistiendo. Por eso es normal la consternación que tuvieron al abrir la bolsa de Toledo, el único bien rescatado de la destrucción del fuego. Los niños tuvimos poco tiempo para poder revisar aquellos documentos cuando los adultos se quedaron en el comedor haciendo sobremesa. Nos recluimos en el garaje y feroces nos empachamos con las verdades de un universo perdido. Mi primo Juan Pablo era el único con conocimiento sobre próceres, y aun su procesión lo extravía de vez en cuando por esos caminos. Reconoció a Perón y sus dos Evas con la Torre Eiffel de fondo. A Doña Eva y a Elisa Duarte bajando de un helicóptero en Roma. A puchi y canela jugando a los pies de nuestra bruja mientras su mirada se perdía en la imagen de un hombre. A la intimidad que trasfiguraba las damas en una sola y única imagen para su rey. Cartas de viaje, saludos de navidades, despedidas de un retorno jamás producido, de un autoexilio solo visto por el ojo nocturno y constante de un Faro en silencio. El timbre abofeteo nuestra ensoñación, dos hombres volvían para llevarse nuestro tesoro y nunca más los vimos. Se fue la bolsa de supermercado y nuestra familia nunca mas hablo sobre ello.
VI
En algún momento Doña Elisa murió, sola, callada, en algún cuarto de algún asilo de mala muerte. En algún momento se construyeron casas alrededor de la nuestra, apresándola para siempre. Se cerró con una pared la salida del fondo, esa que conducía al baldío, al pozo ciego, y más allá, a la playa, al Faro, y luego al mar abierto. En algún momento el cáncer se comió a mi abuela. En algún momento un colectivo convirtió en acordeón al Dodge 1500 que nos retornaba todos los veranos al mismo lugar. En algún momento parecieron más lejos que nunca las guerras de bombitas de agua de los carnavales de febrero. En algún momento todo quedo más lejos. Lejos, en algún momento.
Yo no seguiría yendo muchos veranos más a la casa del Faro. Una de las últimas veces, dentro del gabinete de las garrafas, tras trapos y escobas, encontré una pintura. Una sonriente Eva lucia magnifica con sus atuendos, pero en la sonrisa estaba esa mueca que alguna vez había visto, y sentí nuevamente miles de hormigas comiendo mi cuerpo. ¿Cuál de las dos era? En el reverso se leía: “A mi señora, la única, por siempre. Ayrinhac.” A la temporada siguiente, el cuadro junto con esta historia había desaparecido. Lo único que quedaba era el espejo. Espejo que espera, no importa cuánto tiempo, que alguien se detenga a mirarse en él. Espera, porque no son los ojos del que mira los que ven, son las cuencas de un abismo que con su mirada claman por el amor a ese vacío. Impávido, allí, testigo de un recuerdo incesante que desde la imagen tienta a buscar lo que tras lo que se muestra observa, en silencio, a la espera que olvidemos lo que del recuerdo ya no queda. Esa, que no solo quizá nunca fue, sino, y sobretodo, seguramente nunca existió.
***
Juan Pablo Liefeld Esta muy bien. Eso sí, el titulo para mi es IODO Y SALITRE. Es un texto que merece que un editor le de una oportunidad y simplemente lo lea (Maximiliano Crespi, Hernán Vanoli, Maximiliano Kreft, Leonora DjamentAndrés Beláustegui, , Francisco GaramonaGabriel Waldhuter, Juan Ignacio Boido, Cez Espósito). No digo feliz cumple porque eso se lo dejo a Palito Sixto Alegre: 
Juan Pablo Liefeld Juan Diego Incardona, Juan Pablo Lafosse, Hernán Sassi e Ines de Mendonca buen probecho, sospecho por conocerlos y por tener esa absurda pasión por el peronismo que no comprendo en ustedes, pero qué pasión es comprensible, quién puede decirme hoy me voy a comer tu dolor, que este texto que postié, buen provecho de Sebastían Cariola, les va a gustar seguramente, Buen provecho y viva Perón
Juan Diego Incardona gracias juanpi, hoy estaré dando vueltas todo el día, mañana lo leo tranquilo, abrazos para vos y sebastián
Juan Pablo Liefeld Vos sos Juan Diego Incardona la persona que le dio un espacio a Elsa Kalish para que pudiera tener su propia vos y este texto es una variante mejorada y más elegante y mas jodida como jodido podia ser el viejo atorrante de borges de Elsa Kalish, en fin, ficciones del Conurbano Bonaerense como Villa Celina y Vivir afuera y Los rebentados, un beso juan y ahotra me doy cuenta la única que en vivir afuera de Fogwill sabe narrar es mariana una puta con sida que lleva cocaína en la concha envuelta en forros y que es obviamente del Conurbano Bonaerense, en vivir afuera no es ni Ricardo Piglia ni Fogwill sino la puta la narradora, solo ella

Shameless. CAROLINA
Para Carolina Liefeld que todas las mañanas se levanta a las 5 de la madrugada para ir a trabajar a una fábrica de juguetes en José León Suárez y corta rutas y es la pesadilla de la Panamericana y yo le digo que lea a Pasolini y Celine y Ellroy y no me da pelota. Y es muy importante todo tu sacrificio y trabajo, Caro, importantisimo y León Trotsky – que lleva el mismo nombre del hijo de mi amigo Gonzalo Basualdo que aun no nació y tiene todo el futuro por delante – si estuviera vivo te diría lo mismo que yo que es tan importante trabajar en una fábrica como cortar rutas como leer a Pasolini y Celine y Ellroy.
Sí, Caro, somos igual a los Gallagher, la familia de la serie norteamericana Shameless – y los Simpsons y Casados con hijos y Las correciones y Los Cubrepiletas de Cha Cha Cha y El camino del tabaco y El club de la peléa y Mis rincones oscuros y Europa Central y El hombre que se enamoro de la luna y País de sombras y eso, IT y El hombre en el castillo y El señor de los anillos y Tabaquería y El lamento de Portnoy y La muerte de Bunny Munro y En pos del milenio y Correrías de un infiel y En la Frontera y Operación Masacre y Facundo y las obras completas de Freud, Nietzsche, Marx y Los Pimpinela y esos  son nuestros cuatro Beatles: Freud Nietzsche Marx y los Pimpinela y Animales hasta en la sopa y El diablo a todas horas y Boquitas pintadas y Los adioses y el cuento Iniciación de Fontanarrosa y La balada del boludo y El niño proletario y ¡Absalón, Absalón! y la carta de Oscar del Barco y Radiaciones I y II de Jünger y El narrador de Benjamin y La larga risa de todos estos años y La familia Máshber de Der Níster – gente muy particular y con algunos problemitas, pero así y todo, acá estamos sin dejar de golpear puertas que no se abren y esperando bondis que no llegan y seguimos caminando, como dice Chano, porque lo mejor esta por venir.
Siempre.

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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