el coto del hogar obrero de perón – 2 –

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TRES –
LAS BRONCAS SÁDICAS DEL PETISO OREJUDO Y LOS FURORES INDÓMITOS DEL GIGOLO PINOCHET 
un ensayo de interpretación de la realidad nacional
juan pablo liefeld
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.
“A Rose for Emily”, 1930

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Bibliografía (además de la televisión e Internet) utilizada para este ensayo de interpretación de la realidad nacional:
El manjar de los dioses. La búsqueda del árbol de la ciencia del bien y el mal. Una historia de las plantas, las drogas y la evolución humana – Terence McKenna
Las siete hermanas del sueño – Mordecai Cooke
Historia general de las drogas – Antonio Escohotado
Una historia de las drogas. Un viaje psicodélico al corazón del chamanismo contemporáneo – Daniel Pinchbeck
Una mirada a la oscuridad – Philip K. Dick
Trainspotting – Irvine Welsh (versión original en inglés)
Las Vegas parano – Hunter S. Thompson (versión en francés)
El señor de los venenos – Enrique Symns
Noches de cocaína – J. G. Ballard
Ponche de ácido lisérgico – Tom Wolfe
Yo fui el camello de Keith Richards – Tony Sánchez
El poder del perro – Don Winslow
La trilogía americana de James Ellroy: América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda
El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis – Mircea Eliade
Acercamientos. Drogas y ebriedad – Ernst Jünger
Flash Backs. Historia personal y cultural de una época. Una autobiografía – Timothy Leary
Polvo blanco. Historia cultural de la cocaína – Tim Madge
Blow – Bruce Porter (versión original en inglés)
Confessions of a dope dealer – Sheldon Norberg (versión original en inglés)
La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas, 1500-2000 – Richard Davenport-Hines
El siglo de la heroína – Tom Carnwath y Ian Smith
Una historia cultural de la intoxicación – Stuart Walton
Ciego de nieve. Una breve carrera en el comercio de la cocaína – Robert Sabbag
Marc, la sucia rata. Los pro y los contra de hacer dedo – José Sbarra
Vivir afuera – Fogwill
Europa Central – William T. Vollmann
En la frontera – Cormac McCarthy
En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media – Norman Cohn
Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre – Carlo Ginzburg
El nacimiento del purgatorio – Jacques Le Goff
Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo – Georges Duby
La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870 – Hugh Thomas
Sobre la responsabilidad. No matar – Oscar del Barco
La formación de la clase obrera en Inglaterra – E. P. Thompson
El cuerpo y la sociedad. Los hombres, las mujeres y la renuncia sexual en el cristianismo primitivo – Peter Brown
Historia criminal del cristianismo – Karlheinz Deschner
Técnica y civilización – Lewis Mumford
Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana – Giles MacDonogh
Stauffenberg. La biografía del hombre que atentó contra Hitler – Peter Hoffmann
Caballeros y milagros. Violencia y sacralidad en la sociedad feudal – Dominique Barthélemy
La misericordia ajena – John Boswell
Miles. La autobiografía – Miles Davis y Quincy Troupe
DOS-
LAS MANOS DE CHARLY GARCIA
estaba buscando en google
fotos de las manos de charly garcía
para subir junto al cuento de william faulkner
una rosa para emily
y que queria cambiar su título por el siguiente:
“las broncas sadicas del petiso orejudo y los furores indomitos del gigolo pinochet”
ok
cuento de faulkner
que condensa en su miniatura
la inmensiad de la obra faulkneriana
toda la pesadilla faulkneriana
el corazón de las tinieblas
de america
de una america
que va de faulkner a onetti
que va de usuhia a la quiaca
todo faulkner
esta ahí
en esa breve narración
y georges steiner
creo que en lenguaje y silencio
escribe que faulkner
probablemente sea el único autor
del siglo XX
que logra rozar
algo de la vieja tragedia griega
bien
ok
y estaba buscando
las manos de charly garcia
y google me tira imagenes
algunas muy inquietantes
que no eran de charly
de sus manos
pone en google
manos de charly
ahora a la madrugada
y mira las cosas que te tira google
te advierto que no vas a ver cosas lindas
entrando a los sitios
que te ofrece esta busqueda
pero entre las cosas que
me tiro google
en mi busqueda de las manos de charly garcia
para hacer un collage que acompañe
el cuento de faulkner
una rosa para emily
di con esta nota que pego abajo
y este cretavio publicitario
charly medina
que me reenvio
en mi cabeza
a ese otro
creativo publicitario y su obra
fogwill
y en las obras de charly medina que acompañan la entrevista del bolg
peinate que veine gente
me recordaron
la novela
vivir afuera
y los pichiciegos
no se
de faulkner a charly
de charly a fogwill
y de ahí
a este personaje
charly medina
que no conocia
y que quiza te interese
escucharlo en esta entrevista

-LIBROS KALISH
Charly Medina muestra las uñas
http://peinatequevienegente.com/…/charly-medina-muestra-la…/
Publicado el 17 junio, 2014 por José Playo
Una vez andaba boludeando en Unquillo y recalé en un bar que se llama Papaíto. Es un lindo bar que cada tanto viste sus paredes con obras de algún pintor, fotógrafo o lo que sea.
Cuando yo fui, había cuadros pintados sobre cartón. Eran cuadros inocentes y pícaros a la vez. El eje parecía ser siempre la pobreza, la marginalidad y el humor.
Pregunté quién era el autor. “El Charly”, me dijeron.
Di con él en el corazón de un barrio carenciado en Unquillo. Martín Baez fue el fotógrafo que captó la situación del artista mejor que yo con mi grabador. Nos fuimos todos contentos. Dos horas de charla y salió esto…
Que conste en actas: Charly Medina se pinta las uñas de las manos y de los pies desde mucho antes que Charly García. Sus hermanos, cuando era chico, sospechaban que el destino del menor de los Medina era, indefectiblemente, ser puto.
Una nutrida lista de parejas femeninas desde que comenzó a ejercer su adolescencia prueba que el diagnóstico no se cumplió. Pero ese tiempo ya es historia, hoy Charly está solo, según sus palabras, “con el corazón con agujeritos”.
Fue rico, fue pobre. Fue aventurero y suicida; tuvo los pies sobre la tierra y luego la cabeza en las nubes. Hoy vive en Unquillo, barrio San José, donde el avance de la ciudad no se ha tragado las casas precarias, donde falta revoque y sobra simpleza.
En las inmediaciones del mundo Medina se erige el último bastión de la resistencia contra la injusticia, una confusa línea invisible que activa el reflejo de poner el seguro en la puerta del auto.
En ese rincón de Unquillo, el disfrute va escoltado siempre por el yugo de la crueldad. Y ahí el tipo de las uñas azules está chocho: “Es mi lugar en el mundo”, asegura.
Basural bacanal
Charly es un Keith Richards pobre. Y desde que se bajó de su vida burguesa, tuvo que pagar durísimos peajes que a veces lo tiraron a la banquina, desde donde volvió montado en cuadros que le permitían zigzaguear en el tráfico de la fatalidad, un tráfico que amenaza siempre con atropellarlo.
Su obra es singular, irónica, cruda; hay minas en bolas que dan a luz en basureros sembrados de botellas de plástico, hay meretrices tetonas de sonrisas bobaliconas, hay cacos fumando paco con media raya del culo afuera, hay mujeres crucificadas y con los ojos en compota. La obra es a veces trash, a veces pornográfica. Pero nunca aburrida; la obra de Medina cuaja de manera indiscutible con el paisaje.
“No sé cómo estoy viviendo, supongo que del arte –dice con humildad–. Este año no he tenido alumnos y mi oficio también es enseñar. En este barrio medio carenciado me conocen y me respetan, y los niños están becados. Además, tengo a otra gente con más dinero que sí puede pagar”, agrega.
Las condiciones de vida de Charly Medina generan preguntas que huelga responder. Su casa chorizo es su estudio y en ella duerme, come y piensa. Todo entre cuadros. Cuando no está sentado en dos cajones de cerveza que hacen de banqueta frente al bastidor, escucha música electrónica que brota de una MacBook: “Porque el rock ya no existe más, y porque me quedé enganchado con esta música cuando viví en Ibiza”, explica.
A Charly Medina, exempresario acaudalado, exdibujante publicitario, exgerente de la cuenta de L’Equipe, excreador de la firma Natural, exactor de reparto, exokupa, exfundador serial de pizzerías, expeón de cortijos, lo aqueja una duda existencial que todavía no ha podido descular: ¿vale la pena seguir vivo?
Para ayudarlo a dar con esa respuesta hay un batallón de psiquiatras, psicólogos y asistentes sociales que tratan de encarrilarlo: “Tengo 55 años –cuenta–, pertenezco a la generación del reviente. En mi adolescencia los ídolos eran suicidas y morían jóvenes. En mi vida los excesos son una constante; internaciones, intentos de suicidio, soy una crisis permanente”, dice.
Charly se debate a diario en una batalla tolkieniana entre la ciencia psiquiátrica y la pulsión por dejar la vida frente a un lienzo o dentro de una botella.
Nació en Río cuarto, pasó la adolescencia en Córdoba y a los 17 se independizó para correr en moto. Mientras, estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes y se metió en el vertiginoso mundo de las agencias de publicidad para dibujar storyboards y armar piezas gráficas. Esto fue en la prehistoria informática, cuando no había computadoras y a la gente se la ubicaba en un teléfono fijo. “Seguí laburando por 35 años –cuenta–. Para un tipo de mi edad era importante, pero me estaba limando la cabeza. Entonces, en una fiesta apareció una dama montada en un potro de nácar sin bridas y sin estribos. Se bajó y con ella vino el amor. Se llamaba Celeste y estuvimos seis años –recuerda–. Yo ya tenía un viaje programado a Europa así que al final me fui”, resume.
Arrancó en Ibiza, donde el infierno es sexy y arde bajo atardeceres dolarizados y paisajes pecaminosos. Fue un tiempo bisagra para él. De ahí se montó en un Fiat y se fue a recorrer el sur de España, laburando en los cortijos como peón hasta llegar al País Vasco, donde se convirtió en actor de reparto para una compañía de cine y televisión.
Se volvió cuando falleció su viejo, y ocurrió algo insólito: la noche de la despedida con su madre, ya listo para retomar su aventura en el Viejo Mundo, perdió los pasajes, el pasaporte y la guita que traía. “Quedé en bolas –recuerda–. Mis amigos me hicieron el aguante para poner una pizzería. Y con mi novia de ese entonces pusimos un estudio de diseño. Después me descarrilé un poco, y no sólo me dejó ella, sino que perdí los dos negocios y terminé internado en una granja de desintoxicación”, recuerda.
Tras cartón
Una noche de embole agarró un cartón del embalaje de una heladera y empezó a pintar. Esa obra se llamó La Villa y tenía una serie de personajes anclados en un mundo marginal. Alguien de la Agencia Córdoba Cultura la vio y se la llevó al Museo Emilio Caraffa. Luego un tipo se la compró para obsequiársela a uno de los mayores coleccionistas de Córdoba: “A partir de ahí el lenguaje medio de cómic que yo usaba para mis personajes empieza a gustar y se empieza a vender –rememora–. Entonces me pongo de cabeza a pintar. Y acá estoy, lo más pancho”.
Su producción está empezando a colarse en lugares de legitimación, como una inyección de realidad que calienta las venas de un ámbito a veces frívolo. Los cuadros de Charly escupen color y se pegan a las paredes con facilidad. Su obra es un vicio.
El seudónimo de Charly es “Cartonero Báez”, un hombre que utiliza los soportes descartables para una construcción tan mañosa como hilarante: “Mi obra es para mirar las cosas desde atrás. No sólo me mueve reflejar en manos de quiénes estamos –una manga de rufianes, señala–. Yo desde la plástica trato de decirte que esto es injusto y hacer que te preguntes qué hacemos todos desde nuestro lugar”, concluye. Y tras una pausa agrega: “Puta, no sabía que pensaba todas estas cosas”.
Derrapes
La amenaza constante en la vida del “Cartonero Báez” es el derrape. Y aplaca la sed de la ansiedad echando garguero abajo un buen trago de cerveza caliente, aduciendo que eso no es chupar. “Con los excesos las cosas se sienten de otra forma, si cometés excesos te llamás a vivir al límite –dice–. El whisky y mi moto no se llevan bien, por ejemplo, y me costó un par de palos darme cuenta. Por ahora decidí seguir viviendo. No tengo muy en claro el compromiso con la vida, no me resulta tan importante vivir, pero respeto mi misión, que es mi obra”, concluye.
Mañana Charly tal vez piense en dejar de existir y pasado, en irse a Brasil. El Cartonero y Medina tiran y aflojan una cuerda peligrosa: “Fluctúo entre la ironía y la desesperación –dice–. Soy negativo, cuando no realista. Por eso pinto lo que existe. Por eso prefiero vivir y después pintarlo”.
En eso sí se ha puesto de acuerdo con su alter ego: vivir es un mal necesario.
Charly ahora está empantanado en químicos con receta, químicos que le bajan estrepitosamente la libido: “Además, con la medicación las ganas de pintar se me van a la mierda –explica–. Y sí, soy jodido como pareja, pero creo que me voy a cambiar de bando porque los hombres nunca me hicieron daño como las mujeres –ironiza–. Tengo una hija de crianza en Nueva York pero decidí llevar una vida en soledad, tengo dos hermanos con hijos, tuve parejas y me dejaron todas –cuenta–, me mandé todas las cagadas posibles, y ahí empecé un período de autodestrucción. Y hasta ahora la gente que conozco me viene convenciendo de que es mejor estar vivo que muerto”, reflexiona.
La gran paradoja del arte obra de manera misteriosa. Quienes más amenazados se sienten por los personajes que caricaturiza Medina son los que compran su obra. Y hay un sentido bastante romántico en el hecho de que se desembolsen unos billetes para sacar a Medina de la pobreza por un rato e iconizar el miedo en un living. Charly Medina pinta para mantener a raya a sus demonios.
Otros lo compran porque esos demonios son patrimonio de todos.
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“Será que mi misión es pintar basura”
La obra de Charly Medina rompe los moldes y las bolas. Comunica algo que a la gente le llama la atención y que molesta, que ensucia, que seduce, que da morbo y que a veces provoca una sonrisa cómplice: “Cuando veo a la gente que mira mi obra y se ríe, ya está. Fantástico si se vende, más vale, pero con ver la reacción quedo muy conforme”.
Charly define su estilo como “figurativo realista, localista, y lleno de desperdicios”. “En mis obras hay mucha basura. Hay algunos que le dicen arte trash, pero qué sé yo. Mirá cómo le doy bola a las marcas conocidas y a las segundas marcas –dice señalando una pintura de una mesa en la que pueden verse los restos de un festejo entre delincuentes tras un golpe jugoso: cocaína, etiquetas de puchos, celulares, tarjetas de crédito, billetes en rollitos–. Este cuadro es para usarlo sobre una mesa en serio”, grafica.
Sopórtame
Charly Medina explora soportes para conseguir efectos. El comportamiento del acrílico sobre el cartón corrugado, por ejemplo, hace que se acumule tierra sobre los pliegues pequeños y “así la pintura va cambiando con el tiempo, va ganando una textura especial”, explica. Lo mismo ocurre cuando, para hacer una versión femenina de la crucifixión, crea un bastidor a medida.
Pero el tipo no se queda sólo con la parte material del trabajo y vuelve a insistir con el mensaje, además quiere comunicar su sincera preocupación en un estricto sentido ecológico, cuando hay sobradas pruebas de que el mundo cruel corre serios riesgos de irse al carajo.
Otra preocupación que tiene el artista es el rol de la mujer en la locura de este mundo: “En mi obra la mujer es protagonista en un contexto de pobreza. Y jugueteo con los clásicos. La Maja Desnuda en un basural es un ejemplo –dice–. Prefiero quedarme con esta intención de revelar la injusticia social. Estos últimos dos años estoy trabajando a escala uno en uno. Tengo una técnica muy lenta y detallista. Lleva mucho tiempo, por eso hago varias cosas a la vez”, resume.
Para vivir mejor y no parar de pintar, intuye, hay que poner una pata en Buenos Aires y de ahí pegar el salto a Miami. Está difícil. “Porque estoy mostrando una imagen que la gente no quiere ver, porque creo que hay mucha más poesía en una alcantarilla que en un jarrón de flores –confiesa–. O será que mi misión es pintar basura y acá me quedo. Me vine a vivir a este barrio de Unquillo porque es un barrio donde el contexto de mi obra habla por sí solo. Me siento más cómodo entre mis marginales, mis pobres, mis putas, mis drogadictos y mis choros”, concluye.
Locura, dolor, fiesta
¿Quién compra un cuadro con un choro pintado? Una pregunta extraña. Mientras, en casi todos sus cuadros las imágenes terribles se ven tras una detallada lluvia de papelitos de colores. “Eso quiere decir que, a pesar de la locura y el dolor, sigue la fiesta”, explica.
En su obra los pobres no reclaman nada, como si el verdaderamente pobre fuese quien analiza lo que ve frente a sus ojos sin que se le mueva un pelo.
“Juego a hacerme el Molina Campos o el Diego Cuquejo –confiesa Medina–, porque hago caricaturas y todos somos una caricatura. Por eso, en una misma obra podés encontrar un cura corrupto, una travesti, un choro, un cana que se hace el boludo y un tren con gente en el techo”, enumera antes de volver a su vaso de cerveza. Tiene prohibido el alcohol, pero una cerveza caliente no cuenta.
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Perfil
Charly Medina nació en Río Cuarto en 1957. Egresó de la Escuela Provincial de Bellas Artes y trabajó 30 años como creativo publicitario. Actualmente está radicado y desarrolla su obra en Unquillo. Su blog es: charlymedina.blogspot.com.ar
http://charlymedina.blogspot.com.ar/

william t vollmann Angelina Jolie Osvaldo Pugliese libros kalish

UNO –
HOY TENGO GANAS DE TI – cinco –
basta
ricardo
me cansaste
todas las noches lo mismo
nunca se donde estas
y despues me entero por la tele
que estas por ahi
siempre con una atorranta diferente
ahora no pretendas
ricardo
que encima
me fume
que me humilles con la hija de onetti
soy una boluda importante
ricardo
por eso sali con vos tantos años
pero todo tiene un limite
ricardo
no me dejas esuchar
a ricardo montaner
con el pretexto que eso es populista
yo populista
atorrante
y encima me encagñas
con esa melancolia uruguya
sos peor que el depredador pinochet
basta ricardo
te vas
no te quiero ver mas
no te quiero escuchar mas
basta
vestite y andate
y mientras haces las valijas
ricardo
voy a poner a
ricardo montaner al palo
y descorchar una botella de champagne
y llamar a cinco taxi boys
para festejar
que por fin no te voy a ver mas
ricardo
y voy a subir
el video a las redes sociales
de los cinco taxi boys garchandome
con mascaras de ricardo montaner
y lo voy a llamar
al video
walter benjamin y el problema del mal
pd: yo no puedo creer que casullo y del barco
alguna vez hayan creido en vos
la verdad
que ni en el relato mas delirante
de Vichy mouse
es verosimil
y sin embargo…

Sobre la responsabilidad. No matar – Oscar del Barco
https://libroskalish.wordpress.com/…/sobre-la-responsabili…/

Los mejores Éxitos de Ricardo Montaner HD


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CERO – 
 …cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola…

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Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Angelina Jolie, Charly Medina, Chilly Gonzales, Don Winslow, el perro de la kiosquera, Ernst Jünger, Eva Perón, Evita, Flema, Fogwill, James Ellroy, Juan Domingo Perón, La Renga, Osvaldo Pugliese, Pier Paolo Pasolini, Tan Biónica, William Faulkner, William T. Vollmann. Guarda el enlace permanente.

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