el coto del hogar obrero de perón – 3 –

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DASHIELL HAMMETT

 

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Dashiell Hammett, todo un tipo
Escritor estadounidense cuya obra es esencial en el desarrollo de la novela negra. Sus relatos y novelas reflejan en tono crítico la convulsa sociedad de su país en los años veinte y sientan las bases de la figura literaria del detective privado. Después de trabajar durante una década en Hollywood, donde realizó la adaptación de su novela El halcón maltés, abandonó la literatura y fue encarcelado a consecuencia de la Caza de Brujas dirigida por el senador Mc Carthy en los años cincuenta.
1894. Nace en el estado de Maryland.
1914. Entra a trabajar como detective en la Agencia Pinkerton.
1923. Publica la primera historia del Agente de la Continental.
1944. Escribe El hombre delgado, su última obra.
1952. Permanece en prisión durante cinco meses.
1961. Es enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington.
Samuel Dashiell Hammett nació el 27 de mayo de 1894 en Saint Mary, condado del estado de Maryland, en la Costa Este de los Estados Unidos, en el seno de una familia católica de origen escocés y francés. Todavía adolescente abandonó la escuela en Baltimore, ciudad a la que se había trasladado su familia, a causa del fracaso de su padre en los negocios. Trabajó vendiendo periódicos y como aprendiz en compañías de ferrocarril, fábricas y agencias de bolsa. A los veinte años se incorporó a la Agencia Pinkerton, la empresa de investigación privada más famosa de los Estados Unidos. Su oficio de detective le permitió conocer pronto los perfiles más duros de la sociedad. La Pinkerton era la mejor escuela posible para un autor de novela negra, aunque entonces él, un joven alto, flaco y pelirrojo, estaba lejos de imaginar su futuro como escritor.
En 1918 dejó la agencia y se alistó en el Cuerpo de Ambulancias del ejército, donde contrajo una gripe que derivó en tuberculosis. Licenciado como sargento, se reintegró en la Pinkerton, pero un nuevo ataque de la enfermedad le obligó a renunciar al trabajo y a seguir un largo tratamiento en hospitales de veteranos de la costa del Pacífico. Tras ser dado de alta en 1921, un año después de su matrimonio con la enfermera Josephine Annis Dolan, a la que había conocido mientras permanecía internado, se trasladó a San Francisco, ciudad de notable influencia en su obra. Los ocho años que residió allí le proporcionaron no sólo un marco realista para sus tramas y personajes sino también un conocimiento sobre el terreno del acelerado desarrollo urbano de los Estados Unidos, telón de fondo de sus mejores narraciones.
En San Francisco, después de otro período de trabajo en la Pinkerton, que dio por finalizado al frustrarse a última hora un viaje profesional a Australia, estudió Periodismo y encontró un empleo como redactor publicitario de una joyería. Tenía buenas perspectivas de futuro profesional, pero para entonces ya había decidido encaminar sus pasos hacia la literatura popular y, más en concreto, a los relatos de intriga que publicaban las revistas especializadas al módico precio de diez centavos. Con ese objetivo comenzó a escribir mientras se dotaba de una cultura autodidacta frecuentando bibliotecas públicas. En 1922 las páginas de las revistas Smart Set y Black Mask acogieron sus primeras relatos. Al año siguiente inició con la segunda una colaboración regular mutuamente beneficiosa. En poco tiempo Hammett se convertiría en autor de éxito y referencia fundamental de la revista, y ésta alcanzaría, en buena medida gracias a su firma, el mayor prestigio entre las que eran conocidas con el nombre genérico de pulp fiction por la poca calidad del papel de pulpa en el que se imprimían.
A mitades de los años veinte Dashiell Hammet sobresalía entre los escritores del género por sus innovaciones formales y por su acerada visión de la sociedad americana de la época. El primer relato de la serie El agente de la Continental (Continental Op, 1923), un personaje que protagonizaría veintiséis narraciones, dos novela cortas y dos novelas, había sentado las bases de un cambio de rumbo en la ficción policíaca. Sus historias se caracterizaban por la fusión de intriga y acción, unos diálogos secos y chispeantes, la narración en primera persona, la eficacia y el cinismo del detective privado protagonista, la minuciosa descripción física de los personajes y una crítica apenas encubierta de los entresijos del poder y del dinero. Había nacido el estilo hard boiled (duro y en ebullición), del que Hammett sería la figura más representativa.
En 1927 se separó de su mujer, con la que había tenido dos hijas, y se dedicó con mayor intensidad a la literatura. Siguió publicando en Black Mask relatos independientes pero interconectados que más tarde, con pequeñas correcciones, agrupaba en novelas. Fue así cómo aparecieron dos protagonizadas por el agente de la Continental, Cosecha Roja (Red Harvest, 1929) y La maldición de los Dain (The Dain Curse, 1929), y la que le consagró como escritor, El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1930). En esta última creó el detective Sam Spade, “tan asombroso como un hombre de verdad en un escaparate de maniquíes”, según el crítico del New York Graphic, y referencia inevitable de muchos de los posteriores héroes de la novela negra. El halcón maltés, con Sam Spade envuelto en una complicada trama en torno a una estatuilla que provoca la avaricia de todos los personajes, tiene un desenlace final que ridiculiza el ansia de dinero, pero paradójicamente convirtió a su autor en un hombre rico y famoso.
Tras abandonar San Francisco por Nueva York, volvió rápidamente a la Costa Oeste reclamado por Hollywood, donde a lo largo de los años treinta adoptó para la pantalla varias de sus novelas, realizó guiones originales por encargo y colaboró en otros de diferentes películas. Al principió de la década vivió un período fecundo en lo creativo y compulsivo en lo personal. Sus descomunales borracheras, sus múltiples aventuras amorosas, el derroche del dinero y sus enrevesadas relaciones con las compañías le convirtieron en uno de los personajes más conocidos y difíciles de la Meca del Cine. El escritor William Faulkner, con el que siempre mantuvo una buena relación, llegó a decir tiempo después que se había convertido en “uno de esos tipos que no pueden triunfar en Hollywood sin tratar de bajar a Dios de su trono celestial”.
De esa época es su cuarta novela, La llave de cristal (The Glass Key, 1931) , sus guiones de Las calles de la ciudad, de Rouben Mamoulian, y Alias Dinamita, de Alan Crosland, y su adaptación cinematográfica de El halcón maltés, dirigida por Roy del Ruth en 1931, con el papel de Spade interpretado por Ricardo Cortez. Esta novela tendría una versión más libre realizada en 1936 por William Dieterle, con el título Satan Met a Lady, y otra, de idéntico título a la obra de Hammett, y muy fiel a ella, dirigida por John Houston en 1941 con Humphrey Bogart como protagonista. La llave de cristal fue llevada también en dos ocasiones a la pantalla. Y el propio Hammett se convirtió con el paso de los años en personaje de otras películas, como ocurrió en 1977 con Julia, de Fred Zinnemann, y en 1982 con Hammett, de Wim Wenders, esta última basada en una ficción biográfica escrita por Joe Gores.
El hombre delgado (The Thin Man, 1933), novela de la que se realizaron cinco versiones cinematográficas, cerró el ciclo de la producción literaria de Hammett. Tras publicarla, siguió en Hollywood, todavía escribió algunos relatos poco significativos e incluso pareció aceptar el papel de autor de éxito en crisis de creación, pero en realidad estaba en trance de cambiar de vida. Su relación amorosa con la joven autora de teatro Lillian Hellman y su compromiso intelectual con el marxismo le condujeron en poco tiempo por caminos muy diferentes a los que había circulado hasta entonces. Fue un cambio radical con todas sus consecuencias, entre ellas la de renunciar a la literatura. El emparejamiento con Lillian Hellman, basado en la independencia y en la comunidad de intereses culturales, duró con altibajos hasta su muerte, casi treinta años después. La militancia política no resistió tanto el paso del tiempo, pero sí la mayoría de las convicciones que le llevaron en 1937, durante la guerra civil española, a afiliarse al Partido Comunista y a participar activamente en organizaciones de izquierda junto a muchos otros intelectuales y gentes del cine.
Su conciencia antifascista y su sentido patriótico hicieron que se alistara de nuevo en el Ejército al convertirse Estados Unidos en país beligerante en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su delicada salud y de sus 48 años consiguió vestir el uniforme y fue enviado a las Islas Aleutianas, cercanas a Alaska, dónde se encargó de la edición de un periódico militar. Acabada la contienda se instaló en Nueva York. Tenía 51 años, todavía era famoso aunque llevaba años sin publicar, las relaciones amorosas con Lillian Hellman no pasaban por su mejor momento y cada vez era más dependiente de su adición a la bebida. Todo siguió así hasta 1948. En ese año un ataque de delirium tremens le indujo a abandonar el alcohol. Y, para sorpresa de cuantos le conocían, dejó la bebida para siempre. Hellman escribió más tarde que se sentía obligado porque había dado su palabra al médico que le previno de que estaría muerto en pocos meses si seguía con su afición a la botella. Según la escritora, esa explicación le movió a preguntarle si siempre había mantenido su palabra, contestándole Hammett que “la mayoría de las veces, quizá porque muy raramente la he comprometido”.
El hombre delgado, apodo por el que era conocido tras la publicación de su novela postrera, actuaba siempre de acuerdo a sus propias reglas, como volvería a demostrar cuando el clima político del país se tornó particularmente hostil con las figuras públicas de la izquierda. El era una de las más relevantes, un objetivo mayor para quienes participaban en la Caza de Brujas del senador Mc Carthy, y al verse obligado a declarar ante la Corte Suprema durante el verano de 1952, optó por la cárcel antes que denunciar a los miembros del Congreso para los Derechos Humanos que, bajo su presidencia, habían pagado la fianza de once dirigentes comunistas juzgados en 1948. Condenado a seis años de prisión, pasó cinco meses en tres penales distintos y, tras ser puesto en libertad, tuvo que hacer frente a una deuda fiscal de 140.000 dólares que le llevó a la ruina.
Sin dinero, sin posibilidades de trabajo porque su nombre figuraba en la lista negra y minado por la enfermedad, Hammett se apartó de la vida pública. Refugiado en el silencio, siempre mantuvo una hoja en blanco en su máquina de escribir, pero ese gesto era más una evocación del pasado que una apuesta de futuro. Hasta 1956 aún pudo vivir solo, pero desde esa fecha siempre tuvo a su lado a Lillian Hellman, quien ya había alcanzado renombre como escritora y autora de teatro. El 10 de enero de 1961 murió de cáncer y, conforme a sus deseos, fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington como veterano de dos guerras.

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